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Ciencia, tecnología y sociedad: el sentido de las cosas

Dr. Ernesto Estévez Rams
27 marzo 2026 | 0 |

Foto: Obra Controller of the universe/Damián Ortega 2007

Toda ciencia lo suficientemente madura implica una tecnología, no importa si es natural, social o económica. Pero como mismo la infiere, no se delega en ella. Por más que a un nivel instrumental la idea de tecnociencia puede ser defendida, a nivel ontológico ninguna ciencia puede equipararse a la tecnología que infiere. 

Mucho antes de ser una manera de buscar respuestas, la ciencia es una manera de hacerse preguntas. Incluso, si se trata de la objetividad de la realidad, la ciencia es una manera de saber que preguntas tienen sentido. Pero la más de las veces, las que importan, de lo que se trata es de definir ese sentido. Y cuando se llega a ello, no basta la ciencia, sino que, siendo un producto social, necesita de toda la superstructura; es decir, de toda la cultura creada, destilada e ungida de sentido que una sociedad ha sido capaz de darse. No existen preguntas al margen del ser social, porque solo el ser social es capaz de preguntarse.

Allá por el año 1994, cuando Windows era aún una novedad, Microsoft centró su campaña de promoción en la pregunta: ¿Donde quieres ir hoy? Dando por sentado que, no importa la respuesta, la tecnología te podía llevar ahí. Poco después, en la guerra simbólica que le siguió a la irrupción de Linux, a la comunidad detrás del sistema operativo abierto se le ocurrió, como respuesta a Microsoft, aquello de ¿Dónde quieres ir mañana?

La diferencia entre ambas ideas es que mientras que el producto de la compañia de Bill Gates, que por aquellos años representaba el sumun de la corporocracia capitalista (como mismo hoy lo son Meta, Alphabet, Tesla o Amazon), Linux era una alternativa comunitaria que  Steve Ballmer, el cofundador de Microsoft, no tuvo pena de calificar de filocomunista. La ciencia detrás de ambos, Windows y Linux, bebían de una misma fuente, pero la tecnología que ellas implicaban en el sentido social, no.

La amenaza contracultural a lo hegemónico que Linux representaba  fue tratada en el plano ideológico, como mismo se trató a la contracultura hippie de los años sesenta y setentas. El modelo de Open Source ponía un signo de interrogación al más moderno y tecnológico de los modelos corporativos de los Estados Unidos y eso era una amenaza.  Comenzando con la oposición abierta, se terminó por intentar absorberla en la cultural corporativa. En buena medida lo lograron.  Pero el problema con tales “victorias” es que hay un elemento irreductible de rebeldía en toda contracultura que se niega a ser asimilada.

No importa lo mucho que la contracultura parezca contenida, el peligro que representa está ahí, latente. Le arranca al sistema cuotas ideológicas que erosionan el sentido común hegemónico que tanto empeño y dinero ponen en mantener. Todo modelo que se contraponga al del mercado y la ganancia como fin último, es un peligro ideológico para el capitalismo. Toda tecnología que salga de la lógica del mercado como espacio irrenunciable de la reproducción social, es un peligro.  Y todo modelo empresarial o económico es, en su aplicación social, una tecnología.  Como tal intenta aparecer como incontaminada de ideologías y solo inducida por la ciencia que la respalda, pero una vez que se ha convertido en tecnología, su componente cultural, y por tanto ideológico, no puede ser desterrada.

Todo discurso económico desde lo instrumental es un discurso ideológico por más que se pretenda otra cosa. Toda decisión económica es, por más que se disfrace de tecnología, una decisión política. Ideología y política están muy relacionadas, pero no son la misma cosa. La ideología tiene como función reflejar en la cultura, es decir en la conciencia social, la hegemonía de una clase a través de un sistema de sentidos comunes, valores y percepciones de la realidad. Lo político es todo ejercicio del poder que se sostiene en una ideología y que responde, al final, a las relaciones de clases existentes y el balance entre ellas. La ideología, no lo dude, también crea sus tecnologías para que le sirven a lo político como instrumentos de acción.

No nos dejemos engañar, ninguna tecnología es neutral, porque su campo de acción es social y como tal actúa sobre la cultura, es decir, sobre la conciencia social. Es, más allá de su utilidad inmediata, un instrumento político. Solo miren los cambios sociales inducidos por cualquier tecnología de moda, desde los más evidentes como los dispositivos electrónicos, las redes sociales digitales, o ahora mismo la inteligencia artificial, hasta los menos visibles como los modelos de Open Source o los corporativos cerrados. O para el caso, cualquier propuesta económica, desde la contrahegemónica anticapitalista, hasta las que nos presentan desde la construcción ideológica del “sentido común”.

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