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Estrellas que murieron y aún podemos ver

Raidel Sosa Armas
19 agosto 2026 | 0 |

Imagen de la Nebulosa de Cangrejo (M1). Cortesía al pie de la imagen


Imagina que sales al campo en una noche despejada, montas tu telescopio y apuntas a un punto de luz anodino en el cielo. A través del ocular ves una mota pálida, insignificante. Pero lo que realmente estás mirando es el cadáver de una estrella, un objeto tan denso que una cucharadita de su materia pesaría una tonelada. O una nube de gas que brilla porque en su interior gira, 30 veces por segundo, el núcleo colapsado de una estrella que explotó hace mil años. O el lugar exacto donde una estrella gigante desapareció del Universo para siempre, dejando solo su gravedad como firma.

Estos objetos no son ciencia ficción. Están al alcance de telescopios modestos. Y cuando sabes lo que estás viendo, cada punto de luz se convierte en una ventana a la física más extrema del cosmos. Esta pequeña guía quiere ser justamente eso: un mapa para visitar tres tipos de cadáveres estelares y entender qué es eso que entra por el ocular.

¿Qué le pasa a una estrella cuando se le acaba la “gasolina”?

Las estrellas brillan porque fusionan elementos en su núcleo: primero hidrógeno en helio, luego helio en carbono. Esa fusión genera una presión hacia afuera que mantiene a raya a la gravedad, que quiere aplastarlo todo hacia el centro. Mientras haya combustible, hay equilibrio. Pero cuando el combustible se acaba, la gravedad gana la partida.

Lo que ocurre a continuación depende únicamente de cuánta masa quede en el núcleo. Y el resultado final puede ser uno de estos tres objetos:

– Enana blanca: el rescoldo de estrellas como el Sol. Del tamaño de la Tierra pero con la masa de media estrella.

– Estrella de neutrones: el núcleo colapsado de estrellas mucho más masivas. Del tamaño de una ciudad, con la masa de casi dos soles.

– Agujero negro: cuando ni siquiera los neutrones aguantan. La estrella desaparece del Universo visible.

La buena noticia es que hay ejemplos de los tres tipos al alcance de un telescopio pequeño. Vamos a visitarlos.

1. Enanas blancas.

Lo que hay que saber

Cuando una estrella como el Sol agota su combustible nuclear, su núcleo se contrae. Pero no colapsa del todo. A escalas muy pequeñas, las partículas se rigen por reglas cuánticas, y una de ellas, el principio de exclusión de Pauli, dice que dos electrones no pueden ocupar el mismo estado. Cuando intentas apretujar electrones más allá de cierto límite, oponen una resistencia feroz. Es la llamada presión de degeneración electrónica.

El resultado es una enana blanca: un objeto con la masa de media estrella metida en un volumen como el de la Tierra. En cierto sentido, es como si la estrella entera se hubiera convertido en un átomo gigantesco, con los electrones circulando libres por todo el objeto, ya no ligados a núcleos concretos. La densidad es demencial: un terrón de azúcar de materia de enana blanca pesaría alrededor de una tonelada.

Las enanas blancas no generan energía. Solo brillan porque están muy calientes y tardan miles de millones de años en enfriarse. Son tenues, así que solo vemos las más cercanas.

Objetivo de observación: 40 Eridani B (Ómicron² Eridani B)

¿Qué es?: una enana blanca a 16,3 años luz de la Tierra. Es la enana blanca más fácil de observar con telescopios pequeños, porque su compañera brillante (40 Eridani A, magnitud 4,4) sirve de guía perfecta. La enana blanca es la estrella B del sistema y brilla con una discreta magnitud 9,5. Hay además una tercera estrella, 40 Eridani C, una enana roja de magnitud 11,2. Tres estrellas de tres tipos distintos en el mismo campo visual: un lujo.

Dato curioso para fans de Star Trek: según la ficción, el planeta Vulcano orbita alrededor de 40 Eridani A. Así que cuando observes este sistema estarás apuntando nada menos que al sol de Spock. La enana blanca y la enana roja serían perfectamente visibles desde ese hipotético planeta, como dos luceros en su cielo diurno y nocturno.

¿Cuándo observarlo?: Es visible desde el hemisferio norte durante los meses de invierno, especialmente enero. La constelación de Eridanus (el río) se extiende al sur de Orión.

¿Cómo encontrarlo?

40 Eridiani. Captura de pantalla de la app Stellarium.

1. Localiza la constelación de Orión. Identifica la brillante Rigel (β Orionis), el pie izquierdo del cazador.

2. Desde Rigel, desplázate hacia el oeste. Encuentra la estrella doble Ómicron² Eridani (también llamada 40 Eridani). En el mapa de enero del Observer’s Handbook aparece como el miembro oriental de un par cercano de estrellas, situado justo al oeste de la etiqueta «Rigel».

3. Apunta tu telescopio a 40 Eridani A (magnitud 4,4, visible a simple vista). Con un ocular de pocos aumentos (40-50x), busca un puntito tenue a 83″ al este-sureste (ángulo de posición 102°). Esa es la enana blanca, 40 Eridani B.

4. Si la noche es oscura y tu telescopio tiene al menos 80-100 mm de apertura, busca otra mota aún más débil a solo 8″ al norte de B: es la enana roja 40 Eridani C. Se necesita buena estabilidad atmosférica para separarla.

¿Qué verás realmente?: Un punto de luz blanca o blanco-azulada, sin nada que la distinga visualmente de una estrella corriente. La magia está en saber que ese punto diminuto es un objeto del tamaño de la Tierra, con una densidad que desafía la intuición, el rescoldo humeante de una estrella que agotó su combustible. Ya no arde. Solo se enfría lentamente, y seguirá brillando mucho después de que el Sol haya muerto.

Consejo: usa aumentos medios (80-120x). La enana blanca está cerca de la estrella principal A, así que un campo demasiado estrecho puede dificultar la localización. Un ocular de 25 mm en un telescopio típico de 1000 mm de focal da unos 40x, ideal para empezar.

2. Estrellas de neutrones.

Lo que hay que saber

Si la estrella original era masiva (ocho o más veces la masa del Sol), las reacciones nucleares no se detienen en el carbono. Continúan hasta formar un núcleo de hierro. Y el hierro es un mal negocio como combustible: es el elemento más estable, y fusionarlo o fisionarlo no libera energía, sino que la absorbe. Cuando el núcleo de hierro supera cierto límite, la presión de los electrones ya no basta para sostenerlo.

El colapso es brutal. En menos de un segundo, el centro de la estrella se desploma. Los electrones se combinan con protones para formar neutrones. La densidad se dispara hasta igualar la de un núcleo atómico: cien millones de toneladas por centímetro cúbico. Como si aplastáramos un portaaviones hasta el tamaño de la bolita de un bolígrafo.

El núcleo se ha convertido en una estrella de neutrones: una esfera de unos 20 km de diámetro compuesta casi enteramente de neutrones. Es literalmente un núcleo atómico gigantesco, sostenido ya no por electrones sino por la presión de degeneración de neutrones.

El colapso se detiene tan bruscamente que rebota. Ese rebote, combinado con una avalancha de neutrinos, hace estallar las capas externas de la estrella en una supernova de tipo II. La explosión siembra el espacio de elementos pesados (oxígeno, hierro, oro, uranio) y deja atrás la estrella de neutrones, que a menudo gira a velocidades increíbles y emite pulsos de radiación: es un púlsar.

Objetivo de observación: la Nebulosa del Cangrejo (M1)

¿Qué es?: Los restos de una supernova que explotó en el año 1054. Fue tan brillante que se veía a pleno día durante semanas y fue registrada por astrónomos chinos. La luz de aquella explosión tardó 6000 años en llegar hasta nosotros. Lo que vemos hoy es la nube de escombros en expansión, iluminada por la estrella de neutrones que quedó en el centro: el púlsar del Cangrejo, que gira 30 veces por segundo.

Por qué es especial: La luz que vemos de M1 no es luz normal. No son átomos emitiendo fotones como en una bombilla o en el Sol. Es radiación sincrotrón: electrones libres atrapados en el campo magnético del púlsar, girando en espiral a velocidades cercanas a la luz y emitiendo un resplandor azulado. Es la única fuente de luz sincrotrón observable con telescopios de aficionado. El propio Roy Bishop la describe como «el freno de disco al rojo vivo que ralentiza la rotación de una rueda». La energía que ilumina la nebulosa no viene de reacciones nucleares, sino de la energía de rotación que pierde lentamente el púlsar central.

¿Cuándo observarlo?: Mejor entre noviembre y marzo, cuando Tauro está alto en el cielo nocturno del hemisferio norte.

¿Cómo encontrarlo?

M1. Captura de pantalla de la app Stellarium

1. Localiza la constelación de Tauro. El punto de referencia es la estrella ζ Tauri (Zeta Tauri), que marca la punta del cuerno sur del toro (el oriental).

2. La nebulosa está aproximadamente 1° al noroeste de ζ Tauri, justo al norte de la línea que une ζ Tauri con β Tauri.

3. En el mapa de enero del Observer’s Handbook, M1 aparece como un pequeño círculo de puntos a unos 5 mm a la derecha de la marca del solsticio de verano (SS).

4. Apunta tu buscador o telescopio con bajo aumento a esa zona. M1 es pequeña (6×4 minutos de arco), así que parece una manchita borrosa, casi como un cometa sin cola.

¿Qué verás realmente?

Imagen tomada por el astrónomo cubano Antonio Alonso

Con un telescopio pequeño (80-100 mm) y cielos oscuros, M1 se ve como una nubecita alargada, grisácea, sin detalles. No esperes ver color ni los filamentos rojos que aparecen en las astrofotografías (esos están en la longitud de onda del hidrógeno-alfa, donde el ojo humano es muy poco sensible). Lo que ves es una mancha pálida. Pero si cierras los ojos y lo piensas, estás observando el resplandor creado por un objeto del tamaño de una ciudad que gira 30 veces por segundo, el corazón colapsado de una estrella que murió hace mil años. El átomo de calcio en tus huesos, el hierro en tu sangre, nacieron en explosiones como esta.

Consejo de observación: Usa visión lateral (mirar de reojo) para percibir mejor la nebulosa, ya que es difusa y de bajo brillo superficial. Un filtro nebular (UHC o de banda estrecha) puede ayudar a aumentar el contraste con cielos semiurbanos.

3. Agujeros negros estelares.

Comparación de tamaños de los agujeros negros “fotografiados” por el EHT (Telescopio de Horizonte de Eventos, por sus siglas en inglés)

Lo que hay que saber

Si tras la explosión de supernova el núcleo remanente supera unas tres masas solares, ni siquiera la presión de los neutrones puede frenar el colapso. La gravedad vence todas las resistencias y el objeto colapsa sin remedio. En segundos, el espacio-tiempo se cierra sobre sí mismo y lo que era el núcleo de una estrella desaparece del Universo observable. Solo queda su campo gravitatorio, una distorsión permanente en el tejido del espacio-tiempo: un agujero negro estelar.

No podemos verlo, por supuesto. Pero podemos ver el efecto que produce sobre su entorno: si tiene una estrella compañera cercana, el agujero negro le roba material, que se calienta a millones de grados mientras cae y emite rayos X.

Objetivo de observación: Cygnus X-1 (HDE 226868)

¿Qué es?: El primer agujero negro estelar firmemente identificado. Descubierto en 1971 por el Dr. Tom Bolton usando el telescopio de 1,88 m del Observatorio David Dunlap en Toronto, es una fuente de rayos X increíblemente potente. Esos rayos proceden de gas arrancado a una estrella supergigante azul (HDE 226868) que orbita a un compañero invisible cada 5,6 días. Ese compañero pesa entre 10 y 16 masas solares y no emite luz. Demasiado masivo para ser una enana blanca o una estrella de neutrones. La única explicación posible es un agujero negro.

¿Cuándo observarlo?: El verano y principios de otoño son ideales, cuando la constelación del Cisne está prácticamente en el cenit en latitudes medias del hemisferio norte.

¿Cómo encontrarlo?

1. Busca la constelación del Cisne. Localiza la estrella η Cygni (Eta Cygni), de magnitud 4, que está en el cuello del cisne.

2. A menos de medio grado al este-noreste de η Cygni se encuentra HDE 226868, la supergigante compañera del agujero negro.

3. La estrella brilla con magnitud 9, así que necesitarás un telescopio de al menos 60-80 mm de apertura. Un ocular de bajo aumento (30-50x) te mostrará el campo estelar.

¿Qué verás realmente?: Una estrella. Solo una estrella más entre las docenas que hay en el campo de visión. Pero es una estrella muy especial: una supergigante azul de tipo O, extremadamente caliente y luminosa, situada a unos 7000 años luz de nosotros. Debido al polvo interestelar, a través del telescopio puede parecer ligeramente anaranjada en lugar de azul, sobre todo con telescopios de cierta apertura.

Y aquí está el secreto: en esa misma posición, invisible, orbita un agujero negro. No puedes verlo. Nadie puede. Pero sabes que está ahí. Cada 5,6 días, la supergigante completa una vuelta alrededor de un pozo gravitatorio tan profundo que ni la luz escapa de él. Roy Bishop lo expresa mejor que nadie: «Ninguna pintura, simulación por ordenador o película de Hollywood puede igualar esta observación». Estás mirando directamente al lugar donde una estrella gigante desapareció para siempre.

Consejo de observación: Esta no es una observación espectacular en términos visuales. Requiere imaginación y conocimiento. Pero precisamente por eso es tan poderosa. Hazla en una noche tranquila, tómate tu tiempo para localizar η Cygni y el campo estelar. Cuando tengas HDE 226868 en el ocular, recuerda: ahí mismo, en ese punto de luz, hay un nudo en el tejido del espacio-tiempo. No es una metáfora.

Bonus: El compañero de Sirio (para los más avanzados)

Existe una enana blanca más brillante y más cercana que 40 Eridani B: Sirio B, la compañera de la estrella más brillante del cielo. Pero observarla es un desafío mucho mayor porque queda completamente inmersa en el resplandor de Sirio A. Para verla se necesita un telescopio de al menos 150-200 mm, excelente colimación, buena estabilidad atmosférica y un aumento alto (200-300x). Sirio B está actualmente cerca de su máxima separación aparente de Sirio A (unos 11″), lo que hace que estos años sean una buena oportunidad. Pero para iniciarse en enanas blancas, 40 Eridani B es mucho más agradecida.


Referencias

Bishop, R. (2026). Expired stars. En Observer’s Handbook 2026 (pp. 302-304). Royal Astronomical Society of Canada.

Bolton, C. T. (1972). Identification of Cygnus X-1 with HDE 226868. Nature, 235, 271-273. https://doi.org/10.1038/235271a0

Chandrasekhar, S. (1931). The maximum mass of ideal white dwarfs. The Astrophysical Journal, 74, 81-82. https://doi.org/10.1086/143324

Hewish, A., Bell, S. J., Pilkington, J. D. H., Scott, P. F., & Collins, R. A. (1968). Observation of a rapidly pulsating radio source. Nature, 217, 709-713. https://doi.org/10.1038/217709a0

Stephenson, F. R., & Green, D. A. (2002). Historical supernovae and their remnants. Oxford University Press.

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