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Fertilizantes químicos: héroes o villanos

Redacción JT
05 septiembre 2026 | 0 |

Por José Alfredo Herrera Altuve, Dr. C., Universidad Agraria de La Habana, Cuba
Por Lisset Herrera Isidrón, Dra. C., Unidad Profesional Interdisciplinaria de Ingeniería (UPIG), IPN, México


Un debate mal planteado

La seguridad alimentaria se define como la condición que existe “cuando toda la población, en todo momento, tiene acceso físico, económico y social a suficientes alimentos, sanos y nutritivos, para alcanzar sus necesidades de dieta y preferencias alimenticias para una vida activa y saludable”. (FAO, WFP e IFAD, 2012)

Cada persona necesita alimentarse a diario, y esto requiere múltiples productos de origen agrícola, que también son fuente de alimento animal. Aunque la población no deja de crecer, la tierra cultivable sigue siendo la misma o disminuye.

Esta situación fue aprovechada por Thomas Robert Malthus (1766-1834), economista y demógrafo británico, para postular su teoría de que la población humana tiende a aumentar en progresión geométrica, mientras que los recursos esenciales, sobre todo alimentos, crecen en progresión aritmética, limitados por la cantidad de tierra cultivable y el nivel tecnológico de la época. Esta diferencia implicaría que, a largo plazo, la población puede superar la capacidad de subsistencia, provocando hambrunas, enfermedades, guerras y otros “frenos positivos” que reducen la población. Esta teoría fue aprovechada para respaldar las guerras y programas para reducir la natalidad.

Sin embargo, a lo largo de los siglos, estos pronósticos apocalípticos no se han cumplido.

Para dar respuesta a las necesidades de alimentos, y sostener la demanda, la agricultura ha tenido que intensificarse de forma sostenible. El avance tecnológico ha sido un factor determinante en la producción de alimentos.

Se introdujeron sistemas de cultivo que ayudaron a incrementar los rendimientos. Una de las principales innovaciones fue la producción y uso de fertilizantes químicos. La utilización de fertilizantes químicos fue una de las acciones más importantes para refutar la teoría de Malthus.

La denominada Revolución Verde, que se produjo en el siglo XX, introdujo innovaciones en la agricultura que aumentaron significativamente la productividad y permiten alimentar a una población en crecimiento.

Pero, al mismo tiempo, su manejo incorrecto causó problemas de degradación de los suelos, contaminación del agua y afectación en la calidad de algunos alimentos.

La agricultura sostenible es una práctica cada vez más relevante y urgente en el mundo contemporáneo, donde la conservación del medio ambiente y la producción de alimentos de alta calidad van de la mano.

Tomando como base los ejemplos de problemas causados por un mal manejo de los fertilizantes, especialmente los químicos, parte de la comunidad científico-técnica y en los medios comunicativos se insiste en que los fertilizantes químicos, así como otros agroquímicos, son productos dañinos que destruyen los suelos y el agua y provocan propiedades nocivas en los cultivos.

Con ello, un debate interesante ha tomado fuerza.

Mucha gente cree que “químico” es sinónimo de “dañino” y que “orgánico” o “natural” es siempre bueno. Pero esa es una trampa mental. Las carnes rojas en exceso pueden afectar la salud del ser humano, pero en dosis adecuadas son parte de la alimentación. El agua es un compuesto químico y es esencial para la vida.

Para algunos, se convierte en casi un dogma que lo natural es la solución, casi mágica, de una agricultura no agresora del medio ambiente.

Lo “natural” no siempre es sostenible: el guano de murciélago mal almacenado también contamina, y el compost mal hecho puede emitir metano y otros gases con efecto invernadero.

Eliminar el uso de los fertilizantes químicos de pronto es un problema tan negativo como su uso excesivo. Hay que llegar a sistemas agrícolas que integren los fertilizantes químicos con otros suministradores de nutrientes y mejoradores de los suelos.

La tesis de este artículo es clara: 

Los fertilizantes químicos no son perjudiciales por sí mismos. Su mal uso es el verdadero problema.

Y la solución no pasa por eliminarlos, sino por aprender a usarlos adecuadamente. Eso es un ejemplo de lo que llamamos agricultura de oportunidad.

¿De dónde viene la mala fama de los fertilizantes químicos?

Para entender por qué los fertilizantes químicos cargan con tan mala reputación, hay que viajar en el tiempo.

Todo comenzó hace siglos, cuando los alimentos de origen vegetal eran insuficientes y para obtenerlos se procedía a la recolección; posteriormente se comenzaron a cultivar algunas especies vegetales. Hasta ese momento no se utilizaban suministradores de nutrientes.

Un paso adelante se logró cuando científicos, como Jan Baptista van Helmont, descubrieron que las plantas no se alimentaban solo de agua, sino que necesitaban ciertos elementos minerales del suelo.

Más tarde, se comprendió la importancia de la materia orgánica y los abonos orgánicos, descubriendo que los nutrientes orgánicos —como el estiércol— debían transformarse en formas minerales para que las plantas pudieran absorberlos. En otras palabras, lo orgánico solo funciona si los componentes del suelo, especialmente los microorganismos, lo convierten en inorgánico (nitrato, amonio, hidrogenofosfatos, iones potasio, calcio, etc.).

Con la Revolución Industrial, empezaron a fabricarse fertilizantes minerales de forma masiva por Liebig y Lawes (en 1843), lo que constituyó un avance espectacular: permitió producir muchos más alimentos en menor área de suelos y salvó a millones de personas del hambre.

Pero durante la llamada Revolución Verde (décadas de 1950-1970), el objetivo se redujo a producir al máximo, sin importar el costo ambiental. Se aplicaron cantidades elevadas de nitrógeno, fósforo y potasio, sin análisis de suelo, sin control y sin medir las consecuencias. Los resultados no se hicieron esperar: nitratos filtrados a los acuíferos, emisiones de óxido nitroso —un gas con efecto invernadero trescientas veces más potente que el dióxido de carbono—, contaminación de acuíferos con fosfatos, suelos cansados y agotados.

Actualmente, la protección del medio ambiente y la calidad de los alimentos ha dirigido, afortunadamente, la atención hacia el efecto de cada una de las acciones y productos que se utilizan en la agricultura. La ciencia empezó a investigar esos efectos negativos, y los titulares de la prensa y eventos científico-técnicos se llenaron de alertas.

Como era de esperar, a partir del voluminoso portafolio de resultados de las investigaciones con fertilizantes químicos, estos se volvieron blanco de acusaciones como agresores del medioambiente. Y la imagen del fertilizante químico quedó asociada a la contaminación y la insostenibilidad.

Claro que cualquier producto que se utiliza en la agricultura tiene un efecto en el agroecosistema y, en general, en la economía.

Los principales problemas con el uso inadecuado

  • Degradación del suelo: dosis en exceso pueden aumentar la acidez, saturar el suelo con nutrientes, alterar su microbiología y agotar la materia orgánica, reduciendo su fertilidad a largo plazo y su capacidad para retener agua.
  • Contaminación del agua: los nutrientes no absorbidos por las plantas (especialmente nitratos y fosfatos), por un exceso de dosis aplicada, se filtran a las aguas subterráneas o son arrastrados por escorrentía a ríos y lagos. Esto provoca eutrofización, un crecimiento excesivo de algas que agota el oxígeno del agua y crea “zonas muertas” para la vida acuática.
  • Daños a la salud humana: los nitratos que contaminan el agua potable pueden ser peligrosos, especialmente para bebés, causando metahemoglobinemia o “síndrome del bebé azul”.
  • Emisiones de gases de efecto invernadero: el nitrógeno no utilizado, aplicado en exceso, se puede convertir en óxido nitroso, un gas de efecto invernadero con un potencial de calentamiento mucho mayor que el dióxido de carbono.
  • Problemas directos en los cultivos: aplicar dosis excesivas puede causar “quemaduras por sal” en las plantas o un crecimiento vegetativo descontrolado que perjudica la cosecha final.
  • -Es reconocido que la producción de estos fertilizantes es un proceso que consume mucha energía (principalmente de combustibles fósiles), lo que los hace muy vulnerables a las crisis energéticas y los conflictos geopolíticos, vinculando así el precio de los alimentos a la volatilidad del mercado energético.

Como se observa, excepto el gasto de energía, los fertilizantes químicos solo se convierten en problema con el uso excesivo o inadecuado.

Pero aquí hubo un error de lógica: se generalizó a partir de malas prácticas. Como si por un accidente de coche dijéramos que todos los automóviles son peligrosos y deberíamos volver a andar a pie. Además, se olvida que el ser humano lleva miles de años transformando la naturaleza.

“Lo que define si un fertilizante es sostenible no es solo su origen, sino también su manejo.”

Aliados de la sostenibilidad

Antes de condenar a los fertilizantes químicos, vale la pena mirar el otro lado de la moneda. Los fertilizantes y mejoradores químicos del suelo bien usados:

  • – Incrementan los rendimientos hasta en un 50 % o más.
  • – Mejoran la calidad nutricional de los alimentos.
  • – Aportan nutrientes en formas directamente asimilables por las plantas.
  • – Permiten una nutrición de precisión.
  • – Evitan la deforestación al aumentar la productividad por unidad de superficie.

Algunos sistemas agrícolas promueven no utilizar los fertilizantes químicos y minerales, y sustituirlos por el uso de fertilizantes orgánicos y el aprovechamiento de los residuos agrícolas.

Los fertilizantes o abonos orgánicos son ante todo mejoradores de los suelos y además aportan algunas cantidades de nutrientes; por ello, todo el abono orgánico y residuos agrícolas con que se cuente debe utilizarse y sustituir en lo posible a otras fuentes de nutrientes.

Pero algunas de sus características no le permiten ser un sustituto completo de los fertilizantes químicos: para grandes áreas se necesitan cantidades que no siempre están disponibles; su contenido de nutrientes es bajo y variable, lo que dificulta ajustar la dosis exacta que necesita un cultivo o responder con rapidez a deficiencias agudas de nutrientes; y en áreas grandes exige mayor gasto de combustible para su producción y transportación.

Al igual que con los fertilizantes químicos, los problemas potenciales de los abonos orgánicos se refieren principalmente a cuando se realiza un manejo incorrecto.

En resumen, tanto los portadores de nutrientes y mejoradores del suelo químicos como los orgánicos deben ser aplicados con cuidado, preferentemente combinados. Estudios de larga duración (ej. Rothamsted, EE.UU., Brasil) demostraron que utilizando rotación más fertilización química balanceada se mantiene o mejora la materia orgánica del suelo. Si se une el uso adecuado de abonos orgánicos, el incremento de la producción y la mejora de los suelos se potencian.

La agricultura de oportunidad: la solución está en el “depende”

En la agricultura no hay receta fija. No hay una única forma válida de cultivar, ni de respetar la fertilidad de un suelo y nutrir adecuadamente a los cultivos. Lo que funciona en una región no sirve en otra. Por eso proponemos el concepto de agricultura de oportunidad: elegir la mejor combinación de técnicas —químicas, físicas, orgánicas, biológicas— según el contexto agronómico, climático, económico y social.

¿Qué factores definen la oportunidad?

  • – El tipo de suelo: en dependencia de si es arenoso o arcilloso, si retiene nutrientes o los pierde fácilmente.
  • – El clima: si llueve mucho o poco, si hace calor o frío.
  • – El cultivo: cada planta absorbe nutrientes de forma distinta y en momentos diferentes.
  • – Los recursos disponibles: ¿hay suficiente estiércol cerca? ¿compost? ¿residuos de cosecha?
  • – La economía del agricultor: no todos pueden adquirir suficientes abonos orgánicos o nuevos tipos de suministradores de nutrientes.
  • – La experiencia y costumbres de los agricultores, unido a los actores que con ellos interaccionan para mejorar la agricultura.

Ejemplos prácticos:

SituaciónEstrategia de oportunidad
Suelo con poca materia orgánicaAplicar compost más nitrógeno químico de liberación lenta
Suelo que fija el fósforo y lo vuelve inaccesibleAplicar superfosfatos localizados cerca de la raíz, combinados con hongos micorrízicos arbusculares. Si fuera necesario, realizar un encalado ligero
Cultivo de cobertura (por ejemplo, leguminosas)Abono verde más un pequeño aporte químico al inicio como dosis de arrancada
Suelo con baja fertilidad y propiedades químicas, físicas y biológicas inadecuadasCombinación de portadores de nutrientes y mejoradores del suelo, especialmente los orgánicos, y manejo integral del área agrícola

Lo que dice la ciencia: los datos hablan

Hay estudios de más de ciento cincuenta años, como los de la estación experimental de Rothamsted, en Inglaterra, que demuestran que combinar fertilizantes químicos con materia orgánica mantiene e, incluso, mejora la salud del suelo a largo plazo. Lejos de destruir el suelo, el uso racional de estos insumos puede recuperarlo.

La FAO ha mostrado que el aumento de rendimiento gracias a los fertilizantes evita la emisión de miles de millones de toneladas de dióxido de carbono por deforestación. Y hoy existen tecnologías aún más limpias: fertilizantes de nueva generación (recubiertos, estabilizados, nanofertilizantes, inhibidores de la ureasa, quelatos) que minimizan impactos; y la agricultura de precisión, que aplica solo lo necesario en el sitio exacto. Incluso los nanofertilizantes prometen reducir las pérdidas al mínimo.

Un dato que impresiona: según el investigador Jan Willem Erisman et al. (2008), publicado en Nature Geoscience, una parte importante de la población mundial depende del nitrógeno sintético para su alimentación. Sin él, el hambre sería masiva. Esa cifra es un ejemplo de que la tecnología ha evitado el hambre masiva que Malthus pronosticaba. Lógicamente, a medida que se avanza a una agricultura integral sostenible, con un manejo adecuado de los fertilizantes químicos, esta dependencia disminuye hasta niveles adecuados.

Respondamos a las críticas más comunes

CríticaRespuesta desde la oportunidad
“Contaminan los acuíferos”Eso ocurre cuando se aplica en exceso o justo después de lluvias torrenciales. La solución es gestionar mejor, no prohibir.
“Empobrecen la vida del suelo”Si se usa solo nitrógeno sin materia orgánica, sí. Pero combinado con abonos verdes o compost, la tierra se vuelve más fértil.
“No hacen falta; con una agricultura sin el uso de fertilizantes químicos basta”En suelos pobres y/o cultivos exigentes, sin fertilizante químico no hay producción suficiente; no es una situación económica ni socialmente viable.

Recomendaciones prácticas para un sistema sostenible de nutrición de los cultivos

Si un joven agricultor o estudiante quiere aplicar correctamente fertilizantes y/o abonos, estos son los pasos básicos:

Ante todo, analizar el suelo antes de aplicar nada. Sin diagnóstico previo, no hay receta. Si es necesario, realizar análisis durante el desarrollo de los cultivos.

La diferencia entre el beneficio y el daño no está en el fertilizante en sí, sino en cómo se utiliza. La mejor práctica se resume en:

  • Fuente: elegir el suministrador de nutrientes adecuado para las necesidades del suelo y del cultivo: nitratos para climas cálidos, amonio para arrozales inundados, abonos orgánicos en suelos degradados, portadores minerales compuestos de nutrientes para facilitar las aplicaciones. Muy importantes son los fertilizantes órgano-minerales, productos que combinan componentes orgánicos con minerales, ofreciendo una alternativa equilibrada y eficiente para la nutrición de las plantas.
  • Dosis: aplicar la cantidad precisa que las plantas necesitan, de acuerdo con el estado de la fertilidad del suelo, la demanda del cultivo y las condiciones generales del entorno.
  • Momento: aplicarlo en el momento óptimo para la absorción de la planta y las posibilidades de realizar la aplicación: fósforo y potasio previo o durante la siembra o plantación, fraccionamiento de nitrógeno para disminuir pérdidas. Los abonos orgánicos se aplican con tiempo suficiente para que puedan transformarse.
  • Lugar y método: colocarlo donde las raíces puedan aprovecharlo mejor: aplicaciones en bandas o nido para los portadores químicos, aplicaciones a voleo de los portadores orgánicos más utilizados, aplicación foliar para los microelementos.

Además, complementar con prácticas sostenibles como la rotación de cultivos, los cultivos de cobertura y la labranza mínima.

Conclusión: el enemigo no es el fertilizante, sino su manejo incorrecto

Los portadores fertilizantes y mejoradores químicos de los suelos no son ni santos ni demonios. Son herramientas. Y como cualquier herramienta, su efecto depende de quién, cómo y cuándo las usa.

  • – Los fertilizantes químicos no son malos por sí mismos; su sostenibilidad depende del uso racional y contextualizado.
  • – El verdadero obstáculo para una agricultura sostenible no es un insumo en particular, sino la falta de formación, la ausencia de políticas de apoyo y la presión comercial para vender soluciones mágicas.
  • – La agricultura de oportunidad nos invita a dejar atrás los dogmas y a pensar con criterio. No hay que elegir entre “químico” u “orgánico”, sino entre buenas y malas prácticas.
  • – No hay que casarse con un solo tipo de agricultura; hay que seleccionar lo oportuno en cada condición de suelo, clima, cultivo, agricultor, región y país.

Por lo tanto, el debate no debería ser “fertilizantes químicos, sí o no”, sino cómo hacer un uso más eficiente y sostenible de ellos para reducir su impacto ambiental, mientras se atacan de forma simultánea las injusticias estructurales en la distribución y el acceso a los alimentos.

En resumen: una agricultura de oportunidad.


Para seguir aprendiendo

  • Hernández, L. E., et al. “Plant nutrition challenges for a sustainable agriculture of the future”. Physiologia Plantarum, 176(6), e70018 (2024)
  • Erisman, J. W., et al. “How a century of ammonia synthesis changed the world”. Nature Geoscience 1, 636-639 (2008). 10.1038/ngeo325.
  • Herrera Altuve, J. A., y Ramírez Santoyo, L. F. Evaluación de la fertilidad del suelo y la nutrición de los cultivos. Editorial Científico-Técnica, Cuba, 2021.

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