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Cuando la física de lo cotidiano nos abre las puertas del universo

Raidel Sosa Armas
17 septiembre 2026 | 0 |

Cuando miramos al cielo nocturno, estamos viendo luz que ha viajado durante años, siglos o incluso millones de años antes de llegar a nuestros ojos. Esa luz es la única mensajera que tenemos de las estrellas, y descifrarla ha sido una de las aventuras intelectuales más fascinantes de la humanidad.

En el capítulo “From Light to Starlight” de su libro Starlight: An Introduction to Stellar Physics for Amateurs, Keith Robinson nos guía por ese camino con una claridad envidiable. No obstante, entender la luz de las estrellas exige primero entender qué es la luz misma, y ahí la física nos reserva algunas sorpresas.

¿Qué es la luz?

Cuando su profesor de física del Preuniversitario les dijo que la física no podía decir exactamente qué es la luz, decía una verdad profunda. La teoría electromagnética clásica, culminada por James Clerk Maxwell en la década de 1860, demostró que la luz es una onda electromagnética que se propaga por el espacio. Maxwell unificó electricidad, magnetismo y óptica en un solo marco teórico: la luz es una perturbación que viaja a través de campos eléctricos y magnéticos que se generan mutuamente, siempre a la misma velocidad en el vacío, c ≈ 300000 kilómetros por segundo.

Una onda electromagnética se caracteriza por su longitud de onda (λ) y su frecuencia (ν), relacionadas por la sencilla pero poderosa ecuación V = ν × λ. Como la velocidad de la luz es constante, a mayor frecuencia corresponde una menor longitud de onda. La amplitud de la onda, en el caso de la luz, se manifiesta en la intensidad de los campos eléctrico y magnético: a mayor amplitud, más brillante es la luz.

El espectro electromagnético: más allá de lo que vemos

Figura 1: La parte visible de todo el espectro electromagnético es una pequeña franja que va desde el color rojo hasta el violeta. Tomada de IStock

El ojo humano solo es sensible a una franja minúscula de todas las longitudes de onda posibles: la que va aproximadamente de 400 a 700 nanómetros (Divida un milímetro en un millon de partes. Luego tome 400 partes: Esa es la distancia entre cresta y cresta de la onda luminosa correspondiente al color violeta, por ejemplo).

Pero el espectro electromagnético se extiende mucho más allá. Hacia longitudes de onda más largas encontramos el infrarrojo, las microondas y las ondas de radio. Hacia longitudes más cortas, el ultravioleta, los rayos X y los rayos gamma. Como resume la propia obra de Robinson, “la longitud de onda λ determina el tipo de radiación electromagnética con la que estamos tratando”. Cada región del espectro nos revela aspectos distintos del universo que, de otro modo, permanecerían invisibles.

Un obstáculo en el camino: la atmósfera terrestre

Figura 2: La atmósfera juega un papel de filtro de luz, dejando pasar solo ciertos colores

Aquí surge un problema práctico: la atmósfera de la Tierra no es transparente a todas las longitudes de onda. Como documenta un material educativo de la NASA, “la atmósfera terrestre absorbe la mayor parte de las longitudes de onda más cortas que el ultravioleta, la mayoría de las comprendidas entre el infrarrojo y las microondas, y la mayoría de las ondas de radio más largas”. Solo dos grandes ventanas permanecen abiertas para la astronomía desde el suelo: la ventana óptica (luz visible y parte del infrarrojo cercano) y la ventana de radio (desde unos 5 MHz hasta unos 300 GHz).

Esto significa que gran parte de la información que las estrellas nos envían nunca llega a la superficie terrestre. Por eso la astronomía moderna recurre a telescopios espaciales que observan en infrarrojo, ultravioleta, rayos X y rayos gamma desde fuera de la atmósfera.

La crisis de la teoría ondulatoria: el efecto fotoeléctrico

A finales del siglo XIX, la teoría ondulatoria de la luz parecía imbatible. Pero un experimento sencillo estaba a punto de resquebrajar sus cimientos: el efecto fotoeléctrico. Al iluminar ciertos materiales, la luz puede arrancar electrones de sus átomos. Según la teoría ondulatoria, aumentar la intensidad de la luz (su amplitud) debería aumentar la energía de los electrones emitidos, y con luz de cualquier frecuencia, siempre que fuera suficientemente intensa, debería ser posible arrancar electrones.

Sin embargo, la realidad experimental dijo otra cosa. Existe una frecuencia mínima por debajo de la cual no se emite ningún electrón, por mucha intensidad que tenga la luz. Y por encima de esa frecuencia, la energía de los electrones emitidos depende de la frecuencia, no de la intensidad. La teoría ondulatoria no podía explicar esto.

La solución vino de la mano de Albert Einstein en 1905: la luz no es solo una onda, sino que también se comporta como un haz de paquetes discretos de energía llamados fotones. La energía de cada fotón viene dada por E = h × ν, donde h es la constante de Planck (6,626 × 10⁻³⁴ J·s). Para arrancar un electrón de un átomo se necesita un solo fotón con energía suficiente; no sirve acumular muchos fotones de baja energía.

Este descubrimiento no solo revolucionó la física, sino que transformó la astronomía. Los detectores modernos, como las cámaras CCD que equipan los telescopios profesionales y amateur, funcionan precisamente gracias al efecto fotoeléctrico: cada fotón que impacta en el chip de silicio libera un electrón, y la acumulación de esos electrones forma la imagen que vemos.

La radiación de cuerpo negro: el termómetro de las estrellas

Figura 3: Aquí se puede observar qué partes del espectro llegan a la superficie terrestre y qué partes son bloqueadas por la atmósfera terrestre. Imagen tomada de Wikipedia.

Si el efecto fotoeléctrico nos dice cómo la luz interactúa con la materia, la radiación de cuerpo negro nos dice cómo la materia emite luz. Todo objeto con temperatura superior al cero absoluto emite radiación electromagnética. Un cuerpo negro ideal es aquel que absorbe toda la radiación que incide sobre él y, en consecuencia, emite el espectro térmico más completo posible.

Las estrellas no son cuerpos negros perfectos, pero se aproximan bastante. Y esa aproximación es extraordinariamente útil porque nos permite deducir la temperatura superficial de una estrella simplemente analizando su espectro. La ley de Wien nos da la longitud de onda en la que una estrella emite la máxima cantidad de energía: λ_max = 2,8973 × 10⁷ / T, donde λ_max está en angstroms y T en kelvin. Para el Sol, con una temperatura superficial de unos 5.800 K, esto da un máximo en torno a los 5.000 Å, en la región verde del espectro. ¿Entonces el Sol es verde? No es exactamente así, amable lector. El Sol emite su máximo de energía en esa longitud de onda (verde), pero como no es mucho mayor que la energía que emite en el resto de los colores, la combinación de estos nos da un Sol blanco, tal y como se observa desde el espacio.

El espectro de las estrellas: líneas que hablan

Cuando se analiza la luz de una estrella con un espectroscopio, no se ve solo un arcoíris continuo. Sobre ese fondo continuo aparecen líneas oscuras: las líneas de absorción. Bunsen y Kirchhoff descubrieron en el siglo XIX que cada elemento químico produce un patrón único de líneas, tanto en emisión como en absorción. Esto significa que podemos identificar qué elementos hay en la atmósfera de una estrella simplemente estudiando su espectro.

El espectro de una estrella típica muestra un continuo (que se aproxima al de un cuerpo negro) atravesado por líneas de absorción. Ese continuo se origina en las capas más densas y calientes de la fotosfera, mientras que las líneas de absorción se producen cuando la luz atraviesa capas más externas y frías de la atmósfera estelar.

Figura 4: Espectroscopia casero, fabricado por el autor.

Una ventana al universo

La luz de las estrellas es mucho más que un punto brillante en el cielo. Es una onda electromagnética que nos trae información sobre la temperatura, la composición química y la energía de astros que están a años luz de distancia. Y paradójicamente, para descifrarla necesitamos una física que a veces parece contradictoria: la luz es onda y partícula, se propaga como un campo continuo pero interactúa como paquetes discretos. Como Robinson sugiere, los grandes modelos de la física son herramientas que usamos según convenga, no verdades absolutas. Y en esa flexibilidad reside precisamente su poder.

Referencias

1. Robinson, K. (2009). Starlight: An Introduction to Stellar Physics for Amateurs. Springer. Patrick Moore’s Practical Astronomy Series. DOI: 10.1007/978-1-4419-0708-0

2. Siegel, D. M. (1992). “The origin of the electromagnetic theory of light”. En Innovation in Maxwell’s Electromagnetic Theory: Molecular Vortices, Displacement Current, and Light (pp. 120–143). Cambridge University Press.

3. NASA Radio JOVE. “Chapter 4: Effects of Media”. Radio Astronomy Tutorial. Goddard Space Flight Center.

4. Australia Telescope National Facility. “Photoelectric Astronomy”. CSIRO.

5. University of Pittsburgh. “Unit 4: Ordinary Stars”. Astronomy 0089.

6. HyperPhysics. “Wien’s Displacement Law”. Georgia State University.

7. University College London. “Stefan-Boltzmann Law”. Star.ucl.ac.uk.

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