Inicio / Mirar las estrellas / El color de las estrellas: mucho más que un simple brillo

El color de las estrellas: mucho más que un simple brillo

Raidel Sosa Armas
23 septiembre 2026 | 0 |

Imagen tomada por Marco Ciocca, de la Universidad del Este de Kentucky


Cuando miramos al cielo nocturno, la mayoría de las estrellas nos parecen puntos blancos. Sin embargo, basta con fijarse en Betelgeuse (en la constelación de Orión) o Antares (en Escorpio) para notar un llamativo tono rojizo. No es casualidad: el color de una estrella es una de las claves más poderosas que tenemos para entender su naturaleza. Y para los astrónomos aficionados que observan estrellas variables, ese color se convierte en un auténtico desafío, pero también en una herramienta invaluable.

El engaño de las estrellas rojas: el efecto Purkinje

Quien se inicia en la observación visual de estrellas variables pronto aprende una regla de oro: las estimaciones de brillo deben hacerse con vistazos rápidos, nunca con miradas prolongadas. El motivo es un fenómeno fisiológico llamado efecto Purkinje. Nuestros ojos, en condiciones de baja luminosidad, son mucho más sensibles a la luz azul-verde que a la roja. Como consecuencia, si fijamos la vista en una estrella roja durante demasiado tiempo, esta parece volverse más brillante de lo que realmente es, comparada con las estrellas de referencia blancas o azuladas.

La Asociación Americana de Observadores de Estrellas Variables (AAVSO) recomienda dos estrategias para combatir este engaño: el ya mencionado “golpe de vista” y el método de desenfoque. Este último consiste en desenfocar el ocular hasta que las estrellas aparezcan como discos sin color, eliminando así el sesgo cromático y permitiendo una comparación más justa de sus brillos.

La necesidad de magnitudes estandarizadas

Históricamente, la magnitud de una estrella se definía únicamente por lo que el ojo humano podía percibir. Pero cuando la fotografía entró en escena a finales del siglo XIX, quedó claro que una placa fotográfica no “ve” igual que nosotros. Las emulsiones fotográficas eran muy sensibles al azul y al ultravioleta, pero casi ciegas al rojo. Así, una estrella roja como Betelgeuse aparecía mucho más débil en una fotografía que a simple vista.

Esto obligó a los astrónomos a hablar de magnitud fotográfica (m_{pg}) y magnitud visual, y pronto se hizo evidente que la diferencia entre ambas era una medida directa del color de la estrella. Nació así el índice de color internacional (m_{pg} – m_{pv}), que para las estrellas azules era negativo y para las rojas, positivo.

El gran salto llegó en la década de 1950 con la fotometría fotoeléctrica y el sistema UBV de Johnson y Morgan. Este sistema utiliza tres filtros estándar que aíslan regiones concretas del espectro:

· U (ultravioleta, ~3600 Å; un ángstrom, Å, es una unidad de longitud muy pequeña equivalente a la diezmillonésima parte de un milímetro, es decir, 0,0000000001 metros, que se usa para medir longitudes de onda de la luz; no debe confundirse con “Armstrong”, que es un apellido)

· B (azul, ~4400 Å)

· V (visual, ~5500 Å)

Cada estrella obtiene ahora tres magnitudes (m_U, m_B, m_V), y de ellas se derivan dos índices de color: U-B y B-V. Por convenio, la estrella Vega (o mejor dicho, un cuerpo negro ideal de 10.000 K) tiene todos los índices de color iguales a cero. Una estrella más caliente que Vega tendrá un B-V negativo; una más fría, positivo.

El color como termómetro

Aquí está la clave: el índice de color B-V es una medida directa de la temperatura superficial de la estrella. Esto se debe a que las estrellas, en primera aproximación, radian como cuerpos negros. La ley de Wien nos dice que cuanto más caliente es un cuerpo, más corta es la longitud de onda a la que emite su máxima energía. Por eso las estrellas calientes son azuladas y las frías, rojizas.

Para los astrónomos, esto es oro puro. Medir dos magnitudes a través de dos filtros es una tarea relativamente sencilla. A partir de ahí, se puede estimar la temperatura efectiva de la estrella sin necesidad de conocer su distancia o su radio, parámetros que son mucho más difíciles de obtener.

La relación entre B-V y temperatura efectiva se calibró observando estrellas “normales” (en su mayoría de la secuencia principal) cuyos radios y luminosidades se conocían por otros métodos. El resultado es una curva suave y predecible, muy similar a la que se obtiene teóricamente para cuerpos negros perfectos.

El diagrama que lo cambió todo

Diagrama HR color – luminosidad, tomado del sitio https://astro4edu.org/es/resources/diagram/iq40Hc92ni31/

A principios del siglo XX, Ejnar Hertzsprung y Henry Norris Russell trazaron un gráfico que se convertiría en el más importante de la astrofísica: el diagrama HR. En él se representa la luminosidad de las estrellas frente a su temperatura (o su tipo espectral, o su índice de color).

Al hacerlo, descubrieron algo asombroso: las estrellas no se distribuyen al azar, sino que se agrupan en regiones bien definidas:

· La secuencia principal, una banda diagonal donde se encuentran la mayoría de las estrellas (incluido el Sol), que fusionan hidrógeno en su núcleo.

· Las gigantes rojas y supergigantes, en la parte superior derecha: estrellas frías pero enormes, como Betelgeuse.

· Las enanas blancas, en la parte inferior izquierda: remanentes estelares muy calientes pero minúsculos.

El diagrama HR reveló que el color y la luminosidad no bastan para clasificar una estrella; también hay que tener en cuenta su clase de luminosidad. Por eso, hoy hablamos de estrellas de tipo espectral G2 V (el Sol) o M2 Iab (Betelgeuse), donde el número romano indica si es una enana, una gigante o una supergigante.

Por qué los filtros importan

Volviendo al principio. Para el aficionado que observa visualmente estrellas variables rojas, el efecto Purkinje es un recordatorio de que nuestros ojos no son instrumentos de precisión. Para quien utiliza una cámara CCD, la tentación de observar sin filtros (para captar más luz) es comprensible, pero peligrosa: sin filtros, las observaciones de una nova o de una variable roja pierden gran parte de su valor científico, porque no se pueden comparar con el sistema estándar.

Los filtros fotométricos, como los del sistema UBV, no solo estandarizan las medidas: nos permiten descifrar la temperatura, la naturaleza y la evolución de las estrellas. Cada vez que un aficionado mide con cuidado el brillo de una variable a través de un filtro, está contribuyendo a una base de datos global que alimenta nuestra comprensión del cosmos. Y todo empieza por entender que el color de una estrella es mucho más que una simple impresión visual: es una ventana a su física más íntima.


Referencias

· Robinson, K. (2009). Starlight. Patrick Moore’s Practical Astronomy Series. Springer.

· AAVSO. Manual para Observadores de Estrellas Variables (edición en español). Disponible en: https://www.aavso.org/sites/default/files/publications_files/manual/spanish_2013/SpanishManual-2013.pdf

· Jaschek, C. & Jaschek, M. (1987). The Classification of Stars. Cambridge University Press. (Capítulo 5: Photometric systems). Disponible en: http://core-cms.prod.aop.cambridge.org/core/books/abs/classification-of-stars/photometric-systems/1AE7B2C750174DAF6BF19E9833395A70

· LibreTexts Español. 17.2: Colores de Estrellas. Disponible en: https://espanol.libretexts.org/@api/deki/pages/127713/pdf/17.2%3A+Colores+de+Estrellas.pdf

· Rubin Observatory. Safari Estelar – Guía del Profesor. Disponible en: https://rubinobservatory.org/es/education/educators/investigations/safari-estelar/teacher-guide-2/background

· Sky & Telescope. Photometry: Measuring the Stars. Disponible en: https://skyandtelescope.org/astronomy-resources/photometry-measuring-the-stars/

Deja un comentario

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *