Ocho de los doce malnombristas en un alto en plena exploración.
Lunes 10 de agosto del 2009
En una playa que linda con el puente destruido por el ciclón Flora en el poblado de Quibiján, nos agrupamos los malnombristas al mediodía, justo bajo un frondoso almendro que se alza delante de la casa nuestro amigo Rafael, aunque él andaba por La Habana ejerciendo como policía. La pandilla se dividiría allí. Trece se quedarían acampados en la playa mientras doce iríamos a saldar nuestra deuda con Salto Fino abajo. Sacamos todas las provisiones y para los doce separamos comida para dos días, más alguna reserva. Para aliviar el peso, dejamos allí las balsas de la navegación y algunas otras pertenencias que consideramos no nos harían falta en la excursión.
Nos despedimos de los trece, cruzamos el puente bajo sobre el río, nos adentramos en el poblado, pasamos junto a la cafetería y seguimos el camino que va bordeando el río a cierta altura. Éramos ocho hombres y tres mujeres, más Alejandro, quien en dos días cumpliría trece años. Entre los hombres estaba Aníbal, un uruguayo que era novio de Lucía, la prima de Ana y Magela, también uruguaya, aunque Lu (como le decíamos) se había quedado en Quibiján. Es decir, conformábamos una pandilla internacional.
Rebasamos una arboleda colmada de almendros y jobos, hicimos un cruce del río, seguimos por una playa, volvimos a la orilla anterior y avanzamos sobre un césped. Yo iba descalzo para evitar mojarme los zapatos. Hicimos otro cruce a la derecha y uno más a la izquierda. Seguimos por un bosquecito, subimos una pequeña altura, volvimos al río y cruzamos hasta un ancho arenazo. Era la tercera vez que yo hacía aquel recorrido río arriba. Rebasando el arenazo, avanzamos bajo más almendros y jobos y cruzamos nuevamente el río.
Llegamos a una orilla pedregosa, nos reagrupamos y continuamos avanzando. Rebasamos un tramo de más de cien metros sobre las rocas, teniendo a la diestra un tramo bastante accidentado del cauce, lo cual percibíamos por el sonido de los rápidos. Llegamos a la base de una loma y comenzamos su esforzado ascenso. Aquella ruta evitaba dar una larga vuelta del río, teniendo como costo la subida de la pendiente. Con el sudor aflorando en cada piel, fuimos venciendo la altura y ya arriba escuchamos unos silbidos que nos confundieron. Delante de nosotros, por la zona de Salto Fino, había gente del grupo Extremo. Lizet, una malnombrista, andaba con ellos, mientras Adognis había navegado el Toa con nosotros, aunque se había quedado en Quibiján. Inicialmente creímos que los silbidos eran de ellos, pero pronto comprobamos que eran aves cantando.
Luego de un descanso en la máxima altura, descendimos la pendiente. Tras de cruzar dos aguadas, hicimos el último cruce del río. Seguimos un trillo sombreado y pasamos junto a un memorial que guarda los restos de dos milicianos caídos en la lucha contra bandidos. Al sitial se llegaba ascendiendo una aplanada escalera de concreto. Arriba se alzan a cada extremo sendos pedestales.
Siguiendo nuestro avance, rebasamos un tramo de farallones, continuamos por un trillo en un trecho llano, rebasamos otra aguada y comenzamos a avanzar sobre piedras, hasta llegar al arenazo que en ocasiones anteriores nos había servido de campamento base. Aunque pasaban las seis de la tarde, el sol aún calentaba con fuerza.
De inmediato buscamos leña para cocinar y algunos palos más para armar varas en tierra, pues casi nadie andaba con tienda de campaña, pensando en lo complicado que era acampar por la zona de Salto Fino. Solo Lorenzo llevaba su tienda de campaña y la armó para dormir esa noche.

Mientras Ale buscaba leña, vio encima de una enorme piedra algo aplanada unas piedras más pequeñas como simbolizando algo. Al subirse en el peñasco, vio escrita con las piedras “MN” y dibujada la forma de un corazón. Más piedras dejaban constancia de una firma: “Lizet”. Lindo gesto de la malnombrista que andaba por la zona con gente del grupo Extremo.

Como solo éramos doce, no habría más que un grupo de cocina. Comenzamos entonces las labores, alternándonos para darnos todos un rico chapuzón en el río Quibiján. Aunque no batía el aire, los tábanos – habitualmente abundantes en la zona – no estaban muy majaderos, pero los mosquitos sí.
Antes del anochecer formamos el tiroteo de espaguetis, spam en salsa y refresco. Terminamos de atracarnos ya de noche y luego el sueño nos rindió.
Martes 11 de agosto del 2009
De madrugada llovió, algo habitual en la zona. Al amanecer nos alistamos para el “combate”. Preparamos el desayuno a base de leche con chocolate y galletas con dulce de guayaba. Lorenzo dejó escondida su tienda de campaña en la tupida ladera que se alzaba a nuestras espaldas.
A las ocho de la mañana comenzamos a cruzar el río Quibiján. Como aliento a la tropa, dije que no pararía hasta que el chorro de agua de Salto Fino me golpeara en la cabeza. Todos íbamos con guantes puestos para protegernos de las variadas espinas que hay en la zona; la salvedad era Yaser, quien iba con uno solo. Jorge andaba con tenis, lo cual era un error dado el rigor del terreno. Ya del otro lado, nos sumergimos bajo las sombras de grandes árboles y comenzamos el ascenso de una inclinada ladera, siguiendo un trillo ya conocido por algunos.
Tras el fuerte ascenso, llegamos a la altura de un firme y empezamos a ascender por él. Unos metros de avance nos ofrecieron a lo lejos la visión de Salto Fino, con sus dos hilos de agua cayendo frente a la abrupta ladera. Raine filmó la escena.
Siguiendo hacia adelante, nos tropezamos con un pelado que ocupaba parte de la ladera derecha, en el que entre la tierra viva se notaban los troncos de los árboles cortados. El pelado llegaba en su descenso hasta el arroyo del Infierno. Aquel desbroce se convertiría en el futuro sembrado de un guajiro.

Continuamos subiendo por el firme, avanzando entre grandes hojas de malangas y sobre troncos caídos. Dos ciclones habían azotado la zona hacía menos de un año y los destrozos se apreciaban claramente en el monte. Nada bueno nos deparaba aquello. En un sitio el camino estaba obstruido por los troncos caídos y tuvimos que colarnos por un agujero abierto entre los troncos, para seguir avanzando. Al seguir por el firme, aparecieron las espinosas palmas pajúas. Aguantarse de un tronco podía llevar la sorpresa de agarrarse de las largas espinas de las pajúas y, aunque los guantes protegían, no lo hacían del todo. El tibisí y las cortaderas comenzaron a enredarnos el paso. Tras ascender una recia pendiente en aquellas condiciones, a las 9:25 llegamos al cocal, soltando sudor por cada parte de nuestros cuerpos.
Hicimos un breve descanso en el lugar y continuamos la marcha luego de girar a la derecha. Avanzando en la punta, me fui un poco a la izquierda y comencé a subir la ladera de la meseta, hasta que me di cuenta del error y volví abajo. Seguimos un faldeo complicado, porque los árboles caídos habían abierto espacios por los que entraba la luz solar y crecía la maleza. El trillo inicial pronto se perdió. El tibisí y la cortadera volvieron a cerrarnos el paso. Así llegamos hasta una primera aguada y allí hicimos un alto para comernos unas barras de coco.

Antes de continuar, los hombres nos organizamos por dúos para abrir monte a machete en la delantera, cada diez minutos. Hasta el momento yo iba abriendo solo delante, pero la crudeza del monte me fue sacando el cansancio. El primer dúo lo conformamos Lorenzo y yo. Al terminar los primeros diez minutos, Yaser y Wilfredo tomaron los machetes. Luego vendrían Aníbal y Jorge y cerrarían el ciclo los hermanos Raine y Ronny. Yo marcaba los diez minutos con mi reloj y, como algunos dúos comenzaron a demorarse más tiempo en la chapea, comencé a anunciar el cambio antes de que se cumpliera el lapso.
Buscábamos un pelado causado por un derrumbe, que nos había anunciado Vilmedis, nuestro amigo de la zona del Naranjo. Según él, al llegar al pelado, debíamos subirlo y continuar por arriba. Pero el problema estaba en que los derrumbes pululaban debido al azote de los ciclones. La zarza, la cortadera, la ayúa, el tibisí, la palma pajúa y hasta el helecho arborescente, nos tenían locos con sus espinas. Para colmo, el chichicate abundante en el Escambray, allí también hacía acto de presencia.
Una segunda aguada provocó un nuevo descanso y el consumo de otras barras de coco. También calmamos la sed, que se había crecido con el complicado andar.
Volviendo a la “carga, llegamos hasta un pelado que creímos era el mentado por Vilmedis. Lo cruzamos por debajo y, ya del otro lado, yo lo subí agarrándome de lo que pude, llevando conmigo una soga de siete metros que nos había dado Monty. Al llegar arriba, agarré la soga por una punta y la dejé caer para que los demás se agarraran del otro extremo. Comenzando la gente a trepar, algunas piedras sueltas cayeron, pero sin causar accidente. Al poco rato todos estábamos arriba, menos Wilfredo. Este subió un tramo del pelado por el otro lado y, estando en el medio, lo cruzó con cierto riesgo, hasta que alcanzó la soga y terminó de trepar con su ayuda.
Mientras sucedía lo del Wilfre, Lorenzo se adelantaba y comenzaba a abrir monte arriba. Al juntarnos todos, llegamos a otro pelado. Volví a subir a mano limpia, a extender la soga y la gente a trepar con su ayuda. Continuamos abriendo monte, pero la zarza estaba endemoniada y la dirección que llevábamos no era la más indicada, pues más bien ascendíamos la meseta. Decidimos entonces desandar lo andado.
Al llegar de vuelta a cada pelado, agarré la soga para que la gente bajara y después bajé yo sin soga de ayuda. Al volver a la base del primer derrumbe, notamos que habíamos perdido una hora infructuosamente.
Seguimos hacia adelante, en la dirección que llevábamos inicialmente. Ascendimos un firme y continuamos por la cresta, subiendo hacia la izquierda. Yo iba solo abriendo camino en la delantera, hasta que el cansancio me llegó y propuse rotar el machete. Como nadie movió un dedo, Ana cogió el machete y siguió abriendo en un tramo donde el tibisí y la cortadera no daban paz. Pero la dirección que llevábamos iba nuevamente a subir la meseta. Decidimos descender el firme y buscar una aguada, pues la tarde iba en picada.
Comenzamos a descender por una inclinada ladera, hasta que un tramo de vértigo nos detuvo. A esa altura de la jornada, algunas miradas se centraron en mí, como buscando alguna decisión que nos llevara a volver sobre nuestros pasos. Pero no hice más que ignorarlas. Saqué nuevamente la soga y repetimos la operación de los pelados. Al vencer el riesgoso tramo, seguimos descendiendo y finalmente llegamos a un arroyo. Presentíamos que la base de Salto Fino estaba cerca, pero la siete habían pasado y no nos quedaba mejor opción que acampar allí mismo.
Las laderas contiguas a la aguada formaban un estrecho cañón, por lo que el espacio para acampar era sumamente reducido e inclinado. Con la oscuridad creciendo, abrimos tres latas supuestamente de carne, que habían perdido sus etiquetas en el Toa, pero una de ellas resultó ser de puré de tomate. Como teníamos puré de papas instantáneo para hacer, decidimos mezclar el tomate con la papa. Magela y Yaser se enfrascaron en levantar candela y lo lograron entre tanta humedad reinante. Echaron la mezcla en mi caldero y lograron un sabroso, pero menguado bocado. En mi tanqueta preparamos refresco y logramos así un tiroteo de puré de papas, carne y refresco, aunque en pequeñas raciones para cada uno, comparado con tiroteos anteriores. El agua de las latas de carne “amplió” el menú.
Luego de comernos aquello con rapidez, tocaba el turno a ver cómo acomodarnos para “dormir”. Teníamos a unos pocos metros un salto, por lo que debíamos apretarnos donde estábamos. En la orilla izquierda, siguiendo la bajada, hallaron lugar Lorenzo y Aníbal sentados. En esa misma orilla se apretaron Raine y Yanieyis. Los demás nos mal acomodamos en la otra orilla. Yo saqué mi súper nylon y lo extendí para tirárnoslo por encima.
Con un pie pisando una cabeza ajena, deslizándonos por la pendiente y corrigiendo la posición a cada rato, sintiendo la empujazón del de al lado, teniendo un brazo comprimido, montándose un músculo con todo su dolor acompañante, sintiéndole la humedad a la tierra y escuchando el ruido inagotable del agua cayendo por la aguada, intentamos dormirnos. Y, por supuesto, solo a pequeños intervalos lo logramos.
(continuará la próxima semana)
