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La revancha de Salto Fino abajo (2009, tercera parte)

Miguel Alfonso Sandelis
10 octubre 2026 | 0 |

Lluvia tempranera para mojarnos y matarnos la sed. El camino más corto es una línea recta. Rotación de macheteros por dúos. Un descenso peligroso y un baño delicioso. En el pelado con Emilio. El doloroso regreso a Quibiján de los tres llagados. Una merienda inesperada para los últimos. Reencuentro, cumpleaños, comelata y partida.

Jueves 13 de agosto del 2009

Al acostarnos, Aníbal había propuesto el de pie para las 5:30, pero en aquel lugar tan irregular nadie quería incorporarse hasta que no se asomara la luz solar. Y a pesar de la tortuosa madrugada, recordando nuevamente al Chocky, podía ser peor, y justo a las seis de la mañana comenzó a caer un aguacero. ¡Qué más pedir! Estiré mi súper nylon para que los doce nos protegiéramos debajo. Pero algo bueno nos trajo la lluvia; por las hendiduras formadas por los pliegues del súper nylon comenzaron a correr chorritos de agua. Al darnos cuenta, pusimos los pomos a llenar y al poco rato ya podíamos aliviar la sed. Comenzó entonces a amanecer, la claridad se fue esparciendo por la jungla donde estábamos y la lluvia se mantuvo un rato más.

Después de escampar, en aquel lugar de embrujo once malnombristas le cantamos a coro “felicidades” a Ronny, pues ese día era su cumpleaños. De ese modo le alegrábamos un poco el amanecer, porque verdaderamente nuestro médico estaba bastante maltrecho.

Ronny, el cumpleañero

A su debilidad llegada a la hipoglicemia el día anterior, se le sumaba el sensible deterioro de sus pies, que amanecieron agrietados de tanta humedad recibida en los días de guerrilla. En similares condiciones estaban los pies de Ana y Jorge. Los de Raine tenían su afectación, aunque menor a aquel adolorido trío. Cada paso que ellos daban se les convertía en una tortura. ¡Y quién sabía cuánto quedaba por andar para salir de aquel monte y llegar a Quibiján!

Los pies llagados de Ronny y Ana.

Pero había que salir ya de allí. Sacamos la barra de dulce de guayaba y la picamos en trocitos pequeños. Lo que sobró se lo dimos a Ale, pero este prefirió repartir la diminuta cuota también entre todos. Después del “gran” desayuno y no quedándonos absolutamente más nada de alimento, recogimos y a las siete de la mañana comenzamos a abrir monte.

Llegamos al firme de la loma y, a insistencia de Lorenzo, continuamos por él en ascenso, abriéndonos paso entre una espesa maraña vegetal en la que había pinos diseminados. A cierta altura nos pareció que el firme llegaba al cocal. Lorenzo defendió seguir aquella ruta, pero ello implicaba recorrer un largo trayecto minado de troncos caídos, cortadera y tibisí. En aquel momento yo estaba abriendo monte a la delantera y desde posición pude ver a cierta distancia un pelado en una ladera de la que brotaba humo. De inmediato comprendí que aquel era el pelado hecho para la siembra, aquel por el que pasamos después de cruzar el río y subir al firme el primer día. Recordé entonces el humo que vimos el día anterior al anochecer.

Le dije a la gente que lo mejor era partirle recto al pelado, sin importar lo que hubiera por medio. Para defender mi idea, comencé una frase: “La distancia más corta entre dos puntos…” y Ale la completó “…es una recta.”

Sin más dudas, partimos en dirección al pelado. Lorenzo y yo tomamos la punta abriendo el monte con los machetes. Pronto se formó la rotación por dúo cada diez minutos. Raine y Wilfredo nos siguieron, mientras Aníbal corregía la dirección con una brújula. Íbamos descendiendo una ladera que tenía tibisí y zarza, aunque el helecho abundaba, el cual es fácil de cortar. Nuestras ropas y cuerpos pronto se empaparon por la humedad que tenía la vegetación. Éramos unos mugrientos seres humanos, pero qué nos importaba.

Estando el Wilfre abriendo en la delantera, llegó a un cañón y siguió por él en su descenso hacia la izquierda. Después que Wilfredo rebasó dos curvas retomé yo la delantera y salí del cañón. De un ascenso vino otro descenso, una aguada y un nuevo ascenso. Donde había mucha hierba, yo me tiraba para aplastarla y no tener que cortarla.

Al llegar a una ladera a cierta altura y escuchando por abajo el murmullo del arroyo del Infierno, la hierba con cortadera bloqueó el paso. Lorenzo me propuso seguir por allí para irle directo al pelado, pero calculé que aquello demoraría demasiado el avance y nos haría perder buena parte de las pocas fuerzas que nos quedaban.

Comencé a descender en dirección al arroyo para comprobar si era posible bajar por allí, y me topé con un barranco. Aunque el descenso era abrupto, mirándolo bien no era peor que todo lo que habíamos pasado y aquel sería tal vez el último paso arriesgado. Tiré la soga barranco abajo y comprobé que esta llegaba hasta un descanso después del cual se podía seguir sin soga, teniendo cuidado. La amarré fuerte al tronco de un gran helecho arborescente y llamé a la gente. Bajó Yaser de primero sin problemas, agarrado de la soga, y se afincó en el descanso para ayudar al descenso del resto. Otros más fueron bajando sin rollos, hasta que le tocó el turno a Raine, quien no se agarró bien de la soga y bajó como una tromba. Ana, que ya estaba abajo, al escuchar el desplome, pensó: “Ojalá sea una mochila. “Pero, a pesar del desliz, Raine no sufrió ninguna magulladura. Cada vez que alguien bajaba, algunas piedras se soltaban, por lo que Yaser le dijo a los que estaban a su lado que continuaran el descenso hasta el arroyo, evitándoles así recibir una pedrada. Así solo a él le tocaría esquivar las piedras.

Cuando solo yo quedaba por bajar, zafé la soga, la pasé por detrás del tronco del helecho, me enlacé una punta en la mano derecha y comencé a bajar con “media soga”. Cuando la soga no dio más, me dejé caer y Wilfredo y Yaser me recibieron como pudieron. Luego todos nos juntamos en arroyo del Infierno.

La euforia entre los doce era notable. La tomadera de agua y el baño que nos dimos nos supieron a gloria. Habíamos salido de un verdadero infierno y, paradójicamente, el arroyo del Infierno nos sabía ahora a paraíso.

Después del relax, seguimos arroyo abajo hasta llegar al pelado. Allí hallamos a Emilio, nuestro buen amigo, aquel campesino que nos posibilitó cruzar el Quibiján crecido en el año 2006. Andaba con su perro y nos aconsejó subir por el pelado, pues por el arroyo nos tropezaríamos con un buen salto. Más que el salto, decidimos subir por el pelado para evitar la cantidad de gajos y troncos que se nos interpondrían en el camino y que desde allí teníamos a la vista.

El buen amigo Emilio.

Comenzamos a subir por el pelado, pero aquello no era tan fácil como parecía. Realmente, nada se nos hacía fácil. A la inclinación del terreno se le sumaba la enfangazón provocada por la lluvia recién caída, de modo que al andar nos hundíamos. Cuando nos acercábamos a un tiznado horcón de tronco, nos agarrábamos de él. Poco a poco fuimos venciendo la molesta ladera hasta llegar al firme. Jorge y Magela llegaron de últimos. La tortura que sufría Jorge en sus pies era insufrible. Al llegar arriba, le di mis botas para que mejorara las pisadas, y él me dio sus tenis. Ana y Ronny también daban pena por sus pies.

Después de un descanso, cogimos el camino del firme de vuelta al río Quibiján y desde la altura pudimos echarle el último vistazo, casi melancólico, a Salto Fino. Raine filmó durante unos segundos la lejana caída de agua. Recorrimos los últimos metros del firme, seguimos el camino en descenso por la inclinada ladera, llegamos a la orilla del Quibiján y lo cruzamos.

Ya del otro lado, quisimos tirarnos una foto que también hizo historia en Mal Nombre. La instantánea, como en Salto Fino abajo, también sería automática para poder salir los doce, y Raine nuevamente sería el artista del lente. Nos metimos en el agua mientras nuestro fotógrafo acomodaba la cámara sobre una piedra, apuntaba y disparaba, para de inmediato correr a juntarse con el resto. La imagen que le ofrecimos al lente era la de unos andrajosos llegados de quién sabe dónde. Las ropas sucias y rajadas, las patillas crecidas en los hombres, los rostros mostrando una expresión entre sonrisa y mueca, un par de botas sobre las piedras en la delantera, una camisa a media agua y la inclinación de la imagen ofrecían un cuadro de honor para los dos días y medio que estuvimos metidos en la jungla.

La foto icónica de los 12.

Sin más nada que hacer por aquellos perdidos lares, tomamos el camino de vuelta a Quibiján. Aunque iríamos por un camino hecho, serían seis kilómetros de tortura para el trío que tenía desbaratados los pies y de agotamiento para los doce. Bien pronto se definió la impedimenta de lo tropa: los tres averiados, y yo haciéndoles compañía.

Allá por Quibiján la preocupación de los que esperaban por nosotros había crecido. Se planteó incluso salir a buscarnos, pero Ichi contuvo el impulso porque ¿dónde nos encontrarían? Todavía era tiempo de que apareciéramos sin llevarlos al desespero.

Los doce hicimos el primer cruce dispersos, subimos la loma y bajamos nuevamente al río. Algunos se dieron un baño antes de continuar. Siguiendo la marcha, los cuatro últimos nos fuimos retrasando cada vez más, pues el paso del trío adolorido no daba para otra cosa.

La avanzada fue haciendo los demás cruces del río y Ale y Yaser tomaron la punta. Ambos hicieron el último cruce, pasaron junto al bar-cafetería y siguieron hasta el río. Al pasar sobre el puente bajo, los que esperaban los vieron y les fueron encima a recibirlos, abrazarlos y caerles a preguntas. Poco después llegaron los otros seis a la playa y les dieron también su correspondiente recibimiento. Aníbal le entregó la cuchilla hallada en Salto Fino abajo a Amneris, una muchacha del grupo Extremo, lo cual era una prueba irrefutable de nuestra conquista, por si existía alguna duda en quienes nos esperaban. Solo faltaba por llegar la “impedimenta”.

Adiós al arenazo del Quibiján.

Atrás, Ronny se nos adelantó un poco y, al pasar junto a un bohío, una mujer le preguntó por Miguel. El tal Miguel era yo, y la mujer, la esposa de Emilio. Marilín, que es su nombre, lo invitó a tomar atol, una mezcla caliente de agua, harina, azúcar y chocolate. Ronny midió el camino extra que tenía que andar para llegar al bohío y, a pesar de su hambre gigantesca, prefirió no torturar de más a sus pies y siguió rumbo a Quibiján.

Cuando aparecimos los tres últimos frente al bohío, Marilín me reconoció y me llamó “Miguel”. Aquel grito en aquel lugar por supuesto que me sorprendió, pero pronto la reconocí. Como a Ronny, nos invitó al atol. Ana lo pensó, pero pensó también en sus pies llagados. Jorge optó por el dolor con tal aplacar el hambre y los tres fuimos hasta el bohío. Después de los saludos y una amistosa conversación con Marilín y algunos familiares suyos, nos ofrecieron hervir el atol, pero les dije que ni perdieran el tiempo, que nos lo sirvieran así mismo.  Nos ofrecieron un segundo vaso y lo aceptamos, además de unos pedazos de cake. Al ofrecernos más, nos aguantamos pues no queríamos demorarnos más, además de recordar el puerco que nos esperaba en Quibiján. Nos despedimos de la amistosa gente y seguimos la lenta marcha.

Allá en la playa de acampada, Ichi, Rayner y Pedro estaban preocupados porque la retaguardia no acababa de llegar y decidieron ir a nuestro encuentro. Los dos tríos nos encontramos al terminar nosotros el último cruce. En cada paso del río yo cargaba a Ana para evitarle más daños en los pies. Antes de hacerlo, dejaba la mochila en la orilla más avanzada del río. Al hacerlo por última vez, Pedro aprovechó para cargar mi mochila mientras yo iba en busca de Ana. Al cruzar a Ana y ver que Pedro se llevaba mi mochila, le tiré unas piedras, pero el espigado ECO se alejó de mi alcance.

Ana con su dedo fracturado.

Al fin la impedimenta llegó a la playa, terminando así la impresionante odisea a Salto Fino abajo. Cuando Monty se enteró de lo que habíamos hecho con su soga, se sintió orgulloso. Quedaban unas horas de relax, comelata, “curas de caballo” para los adoloridos, baño en el río, celebración de los cumpleaños de Ronny y Ale con un cake tirado encima del adolorido cumpleañero y la captura de un camión que gestionó Ichi por segunda vez, luego de que no llegáramos el día previsto.

Nos vamos en camión.

Alrededor de las cinco de la tarde llegó el camión. Los averiados fueron cargados y colocados sobre la cama del transporte. Partió el camión con la tanda de guerrilleros, quedando atrás Quibiján, su río, y a unos kilómetros, el mayor salto del Caribe insular. Entre los guerrilleros que viajábamos rumbo a Baracoa, doce malnombristas lo hacíamos con el gustoso honor de haber logrado una de las conquistas más peleadas en la larga y aventurera historia de Mal Nombre.

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