La llegada a Quibiján. Se suman unos y otros se van. La caminata hasta el arenazo. Comienza la subida, por primera vez por la ladera derecha. Cansancio en la caminata. Del firme a la falda siguiendo unas cintas amarillas. El complicado paso por un cañón. La llegada a Salto Fino arriba.
Domingo 2 de agosto
Pasado el mediodía, los malnombristas subimos una ladera desde la orilla del río Quibiján, llegamos a un consultorio del médico de la familia, tomamos a la derecha por el largo terraplén que nace en la carretera Moa-Baracoa, descendimos por este hasta el poblado de Quibiján y fuimos directo para la cafetería. Allí solo vendían unas galletas grandes y compramos 30. Era la doceava ocasión en que Mal Nombre llegaba a Quibiján en una guerrilla de verano. Al poco rato se aparecieron Frank, Héctor y Edgardo, los tres de la retaguardia, que andaban perdidos por el caserío de La Perrera.
Dejé al grupo en la cafetería y salí a buscar a cuatro malnombristas que no habían participado en la primera parte de la guerrilla y nos esperaban en Quibiján. Ellos eran la pareja de Mory y Liliana, Denis y el vasco Mattari, quien cargaba con equipamiento suficiente para descender por los saltos de Arroyo del Infierno. Mory y Liliana, quienes esperaban en la casa del delegado del Poder Popular, después de verme, se fueron para la cafetería. Denis y Mattari estaban parando en la casa de nuestro buen amigo Emilio Paumier, y hacia allá me fui. En la casa de Emilio me brindaron refresco frío de naranja agria y platanitos maduros. Le dije al dúo de malnombristas que me esperaran allí, que los recogeríamos cuando fuéramos para el arenazo previo a Salto Fino.
A mi regreso a la cafetería, el delegado, llamado Rider, me mostró un local detrás, dispuesto para que el grupo se quedara. Nos dijo que lo mejor era que acampáramos en el lugar, pues Salto Fino era duro, el arenazo estaba lejos y llegaríamos de noche. Liliana lo apoyó, pero yo riposté diciendo que llegaríamos de día, que sabíamos que Salto Fino era duro, que habíamos estado en la zona cinco veces y que no nos quedaríamos, pues no queríamos perder tiempo.
Nos despedimos de Mary, Idalmis y Lian, quienes regresaban ya para La Habana, y de Melyssa, el Gaby, Celia, Alberta y Alfredo, quienes pasarían los próximos días en Baracoa hasta nuestra llegada, en la casa de un amigo de Alfredo de la UCI.
Los que iríamos a Salto Fino partimos por la izquierda del Quibiján, río arriba, bajo matas de almendras y jobos. Cruzamos la corriente y llegamos a los bajos de la casa de Emilio. Allí nos esperaban con una caldosa y también había juego de dominó. Aquello era un atentado a nuestro ánimo de llegar en el día al arenazo. Tomamos caldosa, jugamos dominó, pero nos fuimos. Las cuerdas y otros utensilios para bajar los saltos de arroyo del Infierno los llevaría Emilio al arenazo al día siguiente en su mulo, lo cual nos evitaba llevar una gran carga en la caminata. En total éramos 20.

Cruzamos la corriente allí mismo, caminamos del otro lado, pasamos a la derecha del río y volvimos a cruzar a la izquierda. Subimos una lomita y cruzamos nuevamente hasta una playa, pero faltaban los tres de la retaguardia y me molesté porque nuevamente había que esperar por ellos. Cuando aparecieron, les solté una airada crítica. Les dije que por la retaguardia no se debía esperar, sino que ellos eran los que debían esperar por los más retrasados. Les quité la misión de la retaguardia y se la di a Bety y a Laura.
Seguimos caminando con la molestia de los destituidos y la disposición de Bety y Laura. Cruzamos a la izquierda, caminamos sobre piedras y llegamos a un arroyo al que María Karla llegó retrasada, pues tenía problemas en los pies. Bety y Laura se los remendaron, haciendo bien su función.
Al continuar la marcha, pasamos otro arroyo y comenzamos la subida de la loma que corta una vuelta del río. Yo iba delante imponiendo un buen paso, que el grupo mantenía. Llegamos arriba, hicimos un alto y descendimos hasta la orilla. Pasamos otro arroyo e hicimos el último cruce, que resultó ser más fácil que otras veces, pues el río estaba bajo.
Seguimos por la orilla derecha hasta llegar al arenazo, pero Yaser siguió con un grupito y, al darme cuenta, continué hasta la boca del arroyo del Infierno, les grité a los delanteros y estos regresaron. Eran algo más de las seis de la tarde, es decir, aún de día. Aunque ya se debía romper la estructura de los grupos de cocina al reducirse la tropa, los del Tres cocinamos arroz y plátanos hervidos. Liliana era algo vegetariana y solo comía de lo que ella llevaba, por lo que le dejamos a Mory una candela para que le calentara su comida.
A diferencia de otras ocasiones, en el arenazo había pocos tábanos y mosquitos. Antes de comer, nos bañamos en el río. Finalmente, el tiroteo se produjo ya de noche. Después cada cual se fue a dormir a su tienda de campaña, mientras Dany y yo nos acotejábamos en un vara en tierra improvisado. Dany era un estadounidense de 14 años, hijo de una amiga mía del pre, y en la guerrilla yo era su tutor.
Lunes 3 de agosto
Esa madrugada no llovió. A las seis le di el de pie a la tropa. Para el desayuno preparé leche con chocolate, a la que se le unieron las consabidas galletas con dulce de guayaba. Después recogimos las cosas que no llevaríamos a Salto Fino y las ocultamos detrás del arenazo, a una altura en el monte donde había una especie de vara en tierra.
En eso llegó Emilio con su mulo y con el equipamiento para descender los saltos. Redistribuimos los bultos de comida que llevaríamos a Salto Fino, recogimos el campamento y partimos casi a las 10 de la mañana, vistiendo cada cual con ropa de monte y usando guantes.
Cruzamos el río, ascendimos la ladera y llegamos al firme, con Emilio en compañía. Algunos subimos un poco más y pudimos ver a Salto Fino en la distancia. Descendimos por el pelado donde Emilio sembraba y cruzamos Arroyo del Infierno, pues por primero vez iríamos a Salto Fino por el firme de la derecha. Le dije a la gente que se abasteciera de agua, subimos por otro pelado hecho por Emilio y atravesamos dos cañones pasando sobre unos troncos, no sin riesgos.
Después sobrevino el ascenso de una pendiente bastante inclinada por la que hubo que trepar casi a gatas entre un platanal, con Emilio delante. Llegamos al fin al monte en la altura e hicimos un descanso. Allí empezaba un camino que Vilmedis, otro buen amigo, y un campesino llamado Enrique, nos habían anunciado cuando acampamos en el Naranjo, antes de partir para Quibiján. En el alto Mory le repartió caramelos a la tropa, tomamos agua y nos despedimos de Emilio, quien ya tenía que regresar a sus labores.
Continuamos avanzando con gran pendiente, hasta que llegamos al firme y tomamos por él hacia la izquierda en un nuevo ascenso, por un camino definido. Aunque la pendiente disminuía, el cansancio iba minando a la tropa. Teníamos que estar alertas al agarrarnos de los troncos, porque la palma pajúa aparecía de vez en cuando con sus largas espinas que salían del tronco. Nuestro plan era llegar primero a Salto Fino arriba y acampar en sus inmediaciones, para a la siguiente jornada, ir por Salto Fino abajo.

La mañana se nos fue en aquella cansona caminata, haciendo algunos descansos y teniendo a ambos lados del camino grandes pendientes en descenso. Al mediodía tiroteamos el maní de la jornada.
Llegamos a un entronque donde un trillo bajaba por la izquierda. En el lugar había una cinta amarilla atada a un tronco. Aquella cinta y otras más que veríamos fueron colocadas por Vilmedis y Enrique en una expedición en la que guiaban a un grupo. Supusimos que ese era el camino que nos llevaría a Salto Fino abajo.
En un descanso, el Cadete se retrasó y, cuando comenzábamos a inquietarnos, apareció. En nuestro avance seguían apareciendo cintas amarillas amarradas a troncos. Llegamos a un mirador que Vilmedis nos había anunciado. En el lugar se formaba un claro debido a la caída de varios árboles caídos. Esto nos permitió ver de cerca a Salto Fino. Allí hicimos un alto y fueron tiradas varias fotos.

Luego continuamos avanzando en ascenso, hasta que el camino dejó el firme y giró bruscamente a la izquierda. Pero Yaser, desesperado por una intoxicación que le picaba, siguió subiendo por el firme, abriendo camino, hasta que desistió y regresó. La ruta de la izquierda comenzó a llevarnos por una inclinada falda donde seguían apareciendo las cintas amarillas, dándonos confianza de que continuábamos por la vía correcta. Con Yasiel en la delantera, el faldeo se nos hacía bastante complicado dada la fuerte inclinación del terreno.
Llegamos a un trance peligroso donde había que rebasar un cañón luego de una bajada con piedras sueltas. El cañón en el lugar tenía una piedra lisa sobre la que era necesario pasar con el cuidado de no resbalar.
Mattari sacó una cuerda roja y la amarramos para que la gente se aguantara. Mientras, Yasiel cruzaba trabajosamente el cañón y seguía el camino con su novia Anita. Poco a poco fuimos cruzando los demás sin lamentar ningún percance. Al final dije que dejaran puesta la cuerda para el regreso del día siguiente.
En un desvío, tomé la delantera y seguí con el faldeo, pero ya en dirección a Salto Fino, alejándonos del firme, mientras la tarde avanzaba, preocupándonos que nos cogiera la noche por aquellos parajes nada acogedores para hacer campamento. A veces guiaba Yasiel y a veces yo.
Bajamos a un cañón por donde corría un hilo de agua deslizándose sobre las piedras y algunos aprovechamos para tomar, pues la sed nos estaba acosando. Rebasamos otros dos cañones y nos arrimamos más a la izquierda, hacia el borde de la meseta por la que cae Salto Fino, siempre bajo las sombras de una elevada vegetación.
Pasadas las cinco de la tarde, el avance se hacía complicado y no acababa de aparecer Salto Fino. Seguíamos bordeando la meseta, con algunos tramos sin pendiente y otros con subidas y bajadas. En la zona abundaban los helechos arborescentes y unas pintorescas arecas.
Como ya no había camino, nuestras guías seguían siendo las cintas amarillas. Cuando el que iba a la delantera perdía las cintas, las buscábamos entre todos hasta reencontrarlas.
Comenzamos a escuchar el fuerte sonido de un chorro. Sobrevino un descenso bastante complicado, donde abundaban las espinosas pencas de las palmas pajúas sobre el terreno. Con ellas nos pinchamos Bety y yo. El descenso se extendía, hasta que por fin arribamos a Arroyo del Infierno, casi al borde de la caída de Salto Fino.

En la orilla a la que llegamos encontramos los restos de un campamento, pues se veían palos largos enganchados a los troncos de los árboles en una pequeña y ligeramente inclinada explanada. La bella y fría poceta que antecede al salto invitaba al baño, y eso hicimos. Después avanzamos unos metros por una zanja, hasta detenernos al borde del mayor salto del Caribe insular, con sus alrededor de 300 metros de caída de agua. Era la segunda ocasión en la que Mal Nombre llegaba a aquel lugar
Desde la altura la vista era espléndida. Podíamos apreciar el lomerío en una gran extensión. Hacia abajo, la caída de agua se nos perdía a la vista. Después de tirarnos varias fotos con una bandera cubana nueva llevada por Mory y con la bandera malnombrista, Mattari ató una cuerda a un tronco y por turnos, el propio vasco, Edgardo, Liliana y Ernestico se colgaron de ella con rappel hacia el salto y les fueron tiradas varias fotos.
Terminado el momento cumbre, regresamos al lugar de acampada y fueron armadas varias tiendas de campaña. Yo ofrecí mi súper nylon para que lo pusieran de techo y pudieran guarecerse bajo él los que no armarían sus tiendas, ya que el espacio era reducido.

Después me dispuse a cocinar puré de papas, previsto para acampadas complicadas, y varios me ayudaron buscando leña. El menú se completó con carne en salsa y refresco, y el tiroteo lo hicimos ya de noche. Después de calzar nuestros estómagos, cada cual buscó su sitio para dormir. Dany se acostó en la tienda de Yaser, mientras Yasiel, Anita, Héctor y yo nos tiramos debajo de mi súper nylon.
(continuará la próxima semana)
