El mayor salto de Arroyo del Infierno.
Martes 4 de agosto del 2015
A las seis de la mañana di el de pie en aquel lugar situado a solo unos metros del mayor salto de Cuba. Preparé choco-leche fría y otros prepararon las galletas con dulce de guayaba. Después del tiroteo hicimos una redistribución de los bultos de comida. Luego recogimos el campamento y sobre las nueve de la mañana partimos. La meta del día era Salto Fino abajo, es decir, el lugar donde cae el chorro de agua tras abalanzarse desde unos 300 metros de altura.
Recorrimos con cuidado el camino de regreso, siguiendo las cintas amarillas. Pasamos el trance del complicado cañón con la ayuda de la cuerda roja y al final la recogimos. Al subir al firme Laura se desvió a la izquierda siguiendo el camino hecho por Yaser el día interior, hasta que le avisamos. Bajamos por el firme hasta el mirador, donde hicimos un alto. Seguimos descendiendo y llegamos al entronque del camino que pensamos debía llegar a Salto Fino abajo. Allí dejé a la gente a la espera y me fui a explorar la nueva ruta.
Comencé a ver marcas en los árboles, pero nada de las cintas amarillas. El camino entró en un complicado faldeo, pero como continuaba, le grité a la gente para que me alcanzaran. Nos juntamos todos y seguimos.
Continué en la delantera, guiándome por las marcas en los árboles y también notando que había troncos cortados, algunos de helechos arborescentes. Al llegar a un cañón por el que corría un hilito de agua, hicimos un alto para descansar y tirotear unos energéticos llevados por Mattari. Eran unos tubitos de diversos colores y sabores, además de unas barras. Por supuesto que también tomamos agua del cañón.
Al continuar la marcha, Yaser tomó la delantera. Seguimos un faldeo bastante inclinado, que no parecía acabar, descendiendo, pero no bruscamente. Comenzamos a escuchar chorros de agua en caída, que no podían ser otros que los saltos de Arroyo del Infierno. Seguimos el faldeo en descenso, hasta llegar a una bajada brusca y por ella nos deslizamos.
Finalmente, llegamos a la base de Salto Fino pasado el mediodía, logrando así la última meta de la guerrilla. La alegría de todos era notable. Bajo el chorro nos tiramos varias fotos con la bandera de Mal Nombre.
Después del momento de euforia, le eché un vistazo al lugar y no vi un espacio allanado que recordaba del año 2009, que pudiera servir para acampar. De todos modos, era temprano, aunque si comenzábamos a descender el Infierno, nos arriesgábamos a tener que acampar en un cañón. Yasiel y Anita, buscando dónde acampar, vieron un pequeño espacio bajo unas piedras. Laura bajó un poco por el arroyo y se tiró sobre un suelo rocoso. Como había cierta incertidumbre, conversamos en grupo y finalmente decidimos comenzar a descender el arroyo y acampar donde pudiéramos. La razón principal para seguir era adelantar dado lo temprano de la hora, pues era poco más de las dos de la tarde.
Llamamos a Laura hasta que la vimos tirada sobre las rocas. Comenzamos entonces a bajar Arroyo del Infierno.

Íbamos caminando por el cauce del arroyo mojándonos los pies, teniendo a ambos lados dos inclinadas laderas, y es el que el Infierno es un definido cañón de unos 1500 metros de extensión después de la caída de Salto Fino. Piedras sueltas, brevísimos arenazos, pequeños saltos y una exuberante vegetación conformaban el panorama.
Llegamos a un salto no muy alto, que no merecía armar todo el tinglado de equipamiento que llevaba Mattari. Agarré entonces una cuerda y me afinqué bien para que la gente se aguantara al bajar. Todos bajaron sin problemas, aunque cuando le tocó el turno a Mattari, la cuerda se me resbaló un poco, pero logré aguantarla.
Más adelante llegamos ante un salto de unos 7 metros, que reclamaba hacer un descenso con equipamiento. El plan de Mattari fue bajarlo con arnés, pero al final había que tirarse en una poceta, para lo cual era necesario saltar hacia adelante, pues había un saliente de roca. Mattari ató la cuerda a un tronco y enseñó cómo descender con rappel: dejarse caer hasta ponerse con los pies de frente a la ladera, las piernas abiertas, la mano izquierda atrás, se va soltando la soga. Poco a poco fue bajando la gente sin problemas. Con Liliana tomamos precauciones al llegar a la poceta, porque no sabía nadar. Al final, Mattari recogió la cuerda y se lanzó con impulso en la poceta.
Más adelante llegamos a un salto donde un largo tronco se atravesaba desde arriba hasta abajo. Algunos bajaron agarrándose de la cuerda roja, que tenía varios nudos; otros descendimos deslizándonos sentados sobre el tronco. Las mochilas las bajamos con cuerda.
Pasadas las seis de la tarde llegamos a un sitio donde decidimos acampar. Estábamos a solo unos metros de un salto grande y pasarlo a esa hora implicaría que nos cogiera la noche. A esa hora yo sentía una fiebre bastante alta, aunque no teníamos termómetro. Esa fiebre me venía a ratos desde el inicio de la guerrilla y ya el grupo la había nombrado la “Sandemia”, pues varios más la habían padecido.
El lugar era bastante irregular, pero sin salto ni rápido intenso. La gente comenzó a buscar su sitio para acampar. Yaser (con Dany sumado), Bety y Laura armaron sus dos tiendas de campaña algo adelante, en la orilla contigua a la ladera derecha. Un grupito armó sus tiendas en un cañón por la izquierda; estos eran Ernesto, Frank Ernesto, María Karla, Edgardo, Frank y Héctor. Yo me tiré sobre una roca en la orilla izquierda, junto al arroyo, hecho un “trapo”. Yasiel, Anita y Fernando se tirarían junto a mí. Mattari, Denis, Mory y Liliana acamparían en mi orilla, más cerca del arroyo.
En un arenacito pedregoso de la orilla izquierda, Edgardo y Frank comenzaron a cocinar en difíciles condiciones, sobre todo por la humedad que invadía a la leña. Ambos pasaron alrededor de dos horas en su esforzada labor (toda una proeza), y ya de noche lograron terminar un puré de papas, al que se les sumaron siete latas de carne en salsa. También se preparó refresco. Aunque me sentía bastante mal, yo mismo serví el tiroteo. Después de comer solo quedaba intentar dormir, y que no lloviera.
Miércoles 5 de agosto
Por suerte, no llovió de madrugada. Desde que iniciamos la guerrilla, notamos síntomas de sequía, pues los cauces estaban disminuidos con respecto a excursiones anteriores, y en la lluviosa cuenca de Arroyo del Infierno lo estábamos corroborando.
A las seis le di el de pie a la tropa. En la nueva jornada debíamos avanzar lo más posible, para acercarnos al río Quibiján. A pesar de pasar una madruga tan húmeda junta al arroyo, yo me sentía algo mejor. Desayunamos choco-leche fría y las tradicionales galletas con dulce de guayaba. A las 8:10 partimos arroyo abajo.
Muy pronto llegamos al salto final del 2009, de unos 10 metros de alto, donde tuvimos que empezar a subir por la ladera derecha minada de barrancos. Mattari ató una cuerda a un tronco por la derecha del salto y la gente comenzó a descender a rappel, con los arneses puestos y la mayoría con las mochilas en las espaldas. Lo de cargar las mochilas en los descensos fue un pedido mío al grupo para ir más rápido. Ya abajo, la balsa de Fernando sirvió para pasar las mochilas. Mory y yo bajamos de últimos, cada uno agarrados de la cuerda, sin arnés ni a rappel.
A las 9:48 de la mañana llegamos ante un nuevo salto. Mattari armó el descenso a rappel, pero se tiró en la poceta donde caía el chorro y yo le seguí. Un tronco atravesado en la poceta se prestaba para agarrarse. Algunos bajaron a rappel, otros tipo canopy y otros más se tiraron en la poceta. En el caso del canopy, se tensó la cuerda hacia abajo para que la gravedad ayudara en el descenso. Las mochilas las bajamos a canopy. La balsa de Fernando volvió a usarse para pasar las mochilas por la poceta.
Más adelante llegamos a un salto que era una especie de túnel y me fui de primero para no perder tiempo, pues se podía bajar a pie, sin cuerda y con las mochilas en las espaldas. Ya eran las 11 de la mañana cuando vino un salto pequeño que descendimos con la mochila cargada y una cuerda a mano.
Luego apareció un salto con farallones a ambos lados y un tronco atravesado a lo largo de arriba a abajo. Allí armamos el canopy y Edgardo y yo lo bajamos a mano. Al final nos juntamos varios para hacer presión de la cuerda hacia abajo, para que los demás pudieran deslizarse en el descenso. Estando en esa operación llegó nuestro amigo Emilio y lo embullamos para que bajara también por el canopy. Para el final quedaba Fernando y varios estábamos esperándolo para hacerle una trastada con el canopy, pero escapó al bajar a rappel.

En un pequeño, pero complicado salto, Yaser bajó agarrado de las rocas. Edgardo y yo lo bajamos a mano y después agarramos a los demás al bajar. Luego tuvimos que sobrepasar una armazón de troncos agrupados en medio del cauce, hasta llegar a una poceta.
Como plato fuerte de la jornada teníamos al mayor de Arroyo del Infierno, de casi 15 metros de altura. Una poceta la antecedía y a ella descendimos Frank y yo para explorar. Mattari amarró una cuerda a una gran piedra en la altura. En lo que esperábamos a que estuviera listo el equipamiento para el descenso, el frío nos fue invadiendo y yo metí mis “pescas” de pie, porque en la inactividad, el sueño de la mala noche me cayó encima. Yaser y Dani se entretuvieron arrancándoles las alas a los tábanos que agarraban. Mattari y Héctor bajaron a la poceta y se colocaron al borde del salto mayor, mientras Emilio se iba por el monte y como un gato descendía la ladera hasta llegar a la base del salto. Mory le siguió detrás y, ya abajo, los dos se parapetaron para hacer presión sobre la soga, de modo que tuviera la inclinación adecuada para el canopy.


Con todo listo, comenzó el descenso de la gente. Algunos prefirieron bajar a rappel, las mujeres lo hicieron modo canopy y los últimos también. El canopy tenía la ventaja de evitar mojarse en la fría agua de la poceta, pues su final estaba en la tierra.
Cuando todos estuvimos abajo, reuní al grupo. Les expliqué que venía un tramo suave, pero faltaba un salto grande para llegar al río Quibiján. Les ofrecí entonces dos opciones: seguir por el arroyo, aunque nos cogiera la noche en medio de algún salto, o salir por el pelado de Emilio y acampar esa noche en el arenazo del Quibiján. Bety y yo queríamos seguir para terminar de bajar Arroyo del Infierno. Frank prefería salir ya del arroyo. Finalmente, votamos y, por 9 a 8, ganó la opción de salir a acampar en el arenazo.
Con la decisión tomada, recorrimos el tramo más ligero, de varios cientos de metros de largo (allí acampamos una noche en el 2008), llegamos al pelado de Emilio y lo subimos. Yo me quedé de último y le eché lo que creí fuera el ultimo vistazo a Salto Fino. El descenso al río Quibiján lo hice con Emilio y su mula.

Llegando al arenazo Emilio se fue apurado para evitar llegar demasiado tarde a su casa. En lo que se levantaba el campamento, comenzó a crecer un runrún entre la tropa, que hablaba de terminar de recorrer al día siguiente el tramo de arroyo que nos faltaba. Yo me enfrasqué en cocinar y también en consolidar la opinión de volver al arroyo. Otros me apoyaron en la cocina, entre ellos, Fernando, quien se dedicó a cortar leña. Finalmente, el tiroteó se conformó por arroz, carne en salsa y refresco, y lo repartimos ya de noche. Una lluvia generó tensiones antes de la madrugada, consiguiendo que se mojaran algunas tiendas de campaña. Dany y yo no nos mojamos en nuestro vara en tierra.
(continuará la próxima semana)
