Fotos: cortesía de la entrevistada
A sus 78 años, sufriendo las consecuencias de “el virus”, resulta difícil lograr que se siente unos minutos para hablar con esta aspirante a periodista. No se trata de una épica tardía ni de una negación romántica del paso del tiempo, sino algo más simple: Ana Rosa no sabe estar quieta. No sabe vivir sin una tarea intelectual que la convoque. “No es lo mío quedarme en la casa sin hacer nada”, dice, como si en esa frase no hubiera una vida entera.
En teoría, su relación laboral con la Universidad de La Habana está por concluir. La séptima edición de la Maestría en Bioética está cerrando su ciclo. Quedan solo defensas y trámites. Después de eso, ya no habrá una razón institucional para seguir. Pero el problema no es administrativo: es existencial. Ana Rosa teme el día en que ya no sea necesaria.
Después de más de cincuenta años como profesora universitaria, la jubilación no alcanza. Ir al teatro, al ballet, incluso moverse por la ciudad, se ha vuelto un lujo. A esta altura de su vida, reconoce, nunca imaginó que tendría miedo de dejar de trabajar por razones económicas.
Para Ana Rosa hay algo más fuerte que el agotamiento: la responsabilidad de cumplir, aprendida temprano, reforzada durante décadas, convertida en forma de estar en el mundo. Ella pertenece a una generación para la cual vivir significó, ante todo, hacerse cargo. Estudiar. Enseñar. Alfabetizar. Dirigir. Sostener.
Mientras habla del posible cierre definitivo de la maestría a la que le ha dedicado los últimos años de su vida, no hay resentimiento en su tono, más bien una lucidez serena, incluso cuando admite frustración. Cree, y lo dice sin grandilocuencia, que el trabajo que han hecho es excelente, aunque no haya sido reconocido por las instituciones. Lo importante, insiste, no es el título, sino lo que esa maestría cambió en las personas que pasaron por ella.
A esta edad, Ana Rosa no hace balances para ajustar cuentas, sino para entenderse. Sabe que sacrificó aspectos de su desarrollo personal y profesional. Sabe que renunció a oportunidades. Pero también sabe que eligió. Y que eligió quedarse. Eligió cumplir. Eligió estar.
“Yo he tenido una vida feliz”, dice como quien ha pensado largamente esa afirmación y aun así la sostiene. Luego resume toda una ética de vida en una frase que no suena a consuelo, sino a convicción: ha preferido querer lo que tiene a tener lo que quiere.
Ana Rosa no habla de su infancia como un tiempo excepcional, sino con la naturalidad de quien enumera estaciones conocidas. Nació en Bauta y, cuando tenía poco más de un año, su padre murió de una afección cardíaca. Lo dice así, sin pausa ni subrayados. En su voz no hay tragedia inaugural ni ruptura fundacional. Es solo un dato más dentro de una vida que, desde muy temprano, aprendió a organizarse alrededor de lo que había.
Su madre y ella primero se mudaron a Baracoa, a la casa de una tía. No fue refugio, sino un arreglo práctico. Allí, la madre ayudaba en lo que hacía falta; el esposo de la tía era pescador y alguien tenía que quedarse con los niños de madrugada.
Después se mudó a Nueva Paz, la casa de los abuelos maternos. Más tarde, al Cotorro. Mudarse no era una experiencia excepcional sino parte del movimiento de la vida. Las escuelas cambiaban, los entornos también, pero ella no lo recuerda como una pérdida.
Su madre volvió a casarse cuando tenía seis años. De ese entonces, ya en la primaria, conserva en la memoria con precisión fechas, nombres de escuelas, grados cursados.
Cuando habla de esos años, Ana Rosa no se describe como una niña forzada a una madurez precoz. Más bien parece alguien que creció en un entorno donde la responsabilidad era lo normal. Nadie le explicó que estaba atravesando algo difícil. Simplemente, la vida seguía y juntas avanzaban.
Así, Ana Rosa no aprendió el deber como sacrificio, sino como costumbre. Mucho antes de las grandes convocatorias colectivas, antes de la alfabetización o del trabajo voluntario, ya había internalizado un principio sencillo: las cosas se hacen, y se hacen bien.
La Revolución no irrumpió en la vida de Ana Rosa como un acontecimiento abstracto ni como una revelación ideológica, llegó durante su adolescencia, mientras cursaba la secundaria. El país se transformaba y, ella crecía junto a él.
Eran años de intensa actividad. No de confusión, sino de movimiento. Entró primero en la Asociación de Jóvenes Rebeldes y luego en la Unión de Jóvenes Comunistas. Había reuniones, escuelas políticas por la noche, trabajos voluntarios. Todo ocurría con una naturalidad que hoy resulta difícil de explicar.
Y en medio de esta vorágine, llegó la Campaña de Alfabetización. Ana Rosa se inscribió para integrar las brigadas Conrado Benítez, pero finalmente no pudo ir al campo. Sin embargo, no se quedó al margen de todo, fue alfabetizadora popular y enseñó a leer y escribir a cuatro personas.

Una de sus alfabetizadas era una mujer con dos niños pequeños. Antes de cada clase, había que adelantar las tareas de la casa. Limpiar. Cocinar. Ordenar. Solo después venían las letras. Aquello, lejos de parecerle una molestia, formaba parte del aprendizaje: enseñar no era llegar y dictar, sino acomodarse a la vida del otro.
Luego vino la primera recogida de café, en Felicidad de Yateras. Tendría trece o catorce años. El viaje desde La Habana fue en un tren cañero improvisado, con vagones de carga y techos de guano. El trayecto fue largo, con paradas interminables. Al llegar, se alojaron en una casita campesina.
Allí pasaron frío, hambre y miedo. La Crisis de Octubre los alcanzó en la montaña. El abastecimiento previsto para cuarenta y cinco días tuvo que estirarse por más de dos meses. Comieron fruta del pan con azúcar prieta. Se internaron cada vez más en zonas aisladas. Hubo noches en que grupos contrarrevolucionarios rondaban los campamentos. Eran adolescentes. Organizaron guardias. Golpeaban latas para alertarse.
Ana Rosa no cuenta ese episodio como una hazaña. Lo recuerda como una experiencia intensa, difícil, formativa. No se presenta como víctima ni como heroína. Era lo que tocaba hacer y se hizo.
Más tarde, ya en el preuniversitario, regresó otras veces a la recogida de café. Entonces la experiencia fue distinta. Había organización, pago por productividad, competencia entre brigadas. Descubrió que tenía habilidad para recoger café. Su brigada producía bien. Con ese dinero compraban comida y hacían regalos al campesino que los acompañaba. Fue reconocida como la mejor recogedora del Segundo Frente Oriental. El homenaje no la deslumbra. Lo menciona como un dato más.
El paso al preuniversitario no llegó como una meta largamente deseada. Fue, más bien, una consecuencia. En la secundaria, Ana Rosa había sido una buena estudiante, constante, sin estridencias. No buscaba destacar. Estudiaba. Eso bastaba. Una profesora de Matemática fue quien insistió en que se presentara a las pruebas del Cepero Bonilla. No eran exámenes de conocimientos, sino pruebas psicométricas y aunque Ana Rosa dudó, al final accedió.
Hizo las pruebas en La Habana y volvió a su rutina. Poco después, una amiga llegó corriendo con el periódico. Su nombre estaba allí. Iba a tener que becarse. La noticia no desató celebraciones. Significaba adaptarse otra vez.
El Cepero Bonilla funcionaba en los antiguos maristas de La Víbora. Mucho asfalto y casi ningún árbol. Ana Rosa lo recuerda con precisión. Recuerda también el régimen interno: pases semanales, dormitorios en el último piso, el frío constante que hizo que llamaran a esa zona “la Siberia”. Levantarse temprano, hacer ejercicios obligatorios, duchas rápidas, clases, estudio. Los días se parecían entre sí.
Nunca terminó de adaptarse del todo. Más que nada porque no le gustaba. Marcaba los meses en las libretas y contaba los días que le quedaban para terminar su encierro.
Aun así, se esforzó. No quería quedarse atrás. El preuniversitario reunía estudiantes brillantes, futuros científicos, intelectuales, profesionales destacados. Ana Rosa, que se definía a sí misma como “una guajirita del Cotorro”, estudió más. No por competir, sino por sostenerse.
Allí también se tejieron vínculos duraderos. Amistades nacidas de la convivencia intensa, del estudio compartido, de las recogidas de café que siguieron formando parte de la experiencia estudiantil. Años después, todavía se mantienen conectados.
Cuando finalmente terminó, en 1966, el país necesitaba profesores. Había escasez en secundarias y preuniversitarios y se hizo un llamado a los egresados de centros como el Cepero Bonilla y Tarará para integrarse a un plan de alumnos-profesores. Ana Rosa respondió porque su país la necesitaba.
Había pensado estudiar Medicina. Luego la descartó en favor de Biología. Y aunque le atraía la ciencia, pensó que preparar clases de Matemática sería más manejable en ese contexto. Eligió esa asignatura con pragmatismo para su paso por el programa de alumnos-profesores. Dar clases no le resultó ajeno. Vivía becada en el edificio FOCSA, estudiaba en la universidad por la mañana y enseñaba por la tarde.
Sin nombrarlo aún, Ana Rosa empezaba a construir la doble vida que marcaría su trayectoria: estudiar e impartir conocimiento al mismo tiempo. Aprender y enseñar como partes de un mismo movimiento.
En medio de esa rutina partida en dos, Ana Rosa conoció a Antonio. No fue un encuentro marcado por el deslumbramiento, sino por la cercanía repetida. Coincidían en aulas, reuniones, pasillos. Ella solía sentarse adelante; él, atrás. Él la recuerda como una muchacha seria, recta, estudiosa, con una voluntad poco común. No era alguien que se prestara a complicaciones innecesarias. Eso, lejos de alejarlo, lo obligó a ajustarse.
El inicio del vínculo fue torpe y cotidiano. Una invitación improvisada. Un cabaret al que no pudieron entrar porque no tenían dinero suficiente. Conversaciones compartidas mientras esperaban reuniones que se atrasaban. No hubo gestos grandilocuentes.
Se casaron jóvenes, con pocos recursos. Vivían de sus salarios como profesores, cuarenta pesos cada uno. Primero compartieron casa con la familia de él. Más tarde, cuando el plan de alumnos-profesores terminó, comenzaron a construir una vida propia con lo que había.
Ana Rosa terminó su cuarto año de la carrera un embarazo avanzado. Dio su último examen y esa misma noche se rompió la fuente. Al día siguiente nació su primera hija, Aisa. No interrumpió los estudios. Retomó clases. Se graduó con uno de los mejores expedientes de su año.

En ese primer embarazo hubo un respaldo decisivo. La madre de Antonio ofreció algo concreto: apoyo. Vivían en su casa y, ante la disyuntiva, fue clara. Si Ana Rosa decidía continuar el embarazo, ella se haría cargo del cuidado durante el tiempo que hiciera falta para que pudiera terminar la carrera. No hubo presión ni discursos. Hubo una solución práctica. Ese sostén, silencioso, cotidiano, permitió que la maternidad no se convirtiera en interrupción.
La llegada de la primera hija no la apartó del espacio académico. Lo reorganizó. Dio clases mientras terminaba la universidad, asumió tareas docentes y comenzó a involucrarse en proyectos de investigación. Más tarde, con una segunda hija, la dinámica se repitió. Guarderías universitarias, redes familiares, horarios ajustados. El tiempo se volvió un recurso que había que administrar con precisión.
En paralelo, se afirmaba su trabajo científico. Genética de microorganismos, producción de antibióticos, investigación de laboratorio. Nunca dejó de investigar, incluso cuando la docencia ocupaba buena parte de sus días. Las dos dimensiones convivieron, no sin tensión, pero sin excluirse.
Renunció a becas de doctorado en el extranjero. No por falta de oportunidades, sino por decisión. No quiso separarse de sus hijas durante largos periodos. Esa elección tuvo consecuencias en su desarrollo académico. Ana Rosa lo sabe. Lo dice sin lamento. Las eligió a ellas.
Antonio recuerda esos años como un proceso de ajuste mutuo. Ella como eje organizador, como referencia constante. Él, más disperso, fue aprendiendo a centrarse. La independencia llegó cuando lograron un apartamento propio, ganado a base de horas de trabajo voluntario. A partir de ahí, la familia tomó forma definitiva.
Las hijas crecieron en un entorno marcado por el estudio sistemático, la exigencia diaria y la idea de que las cosas se terminan bien. Música, escuela, tareas. Nada se dejaba a medias. No por rigidez, sino por convicción.
Ana Rosa no separa esa etapa de su identidad profesional. Criar, enseñar e investigar no fueron compartimentos aislados. Formaron parte de una misma lógica: sostener procesos, acompañar trayectorias, cumplir.
Cuando hoy mira hacia atrás, no habla de equilibrio. Habla de continuidad. La doble jornada no fue una excepción. Fue la forma que tomó su vida.
A esta altura de su vida, Ana Rosa ya no toma decisiones a largo plazo. Trabaja con lo que hay. Un cierre pendiente. Un alumno que aún no termina. Un documento por revisar. Su relación con la universidad no se sostiene en grandes planes, sino en una sucesión de tareas que, vistas en conjunto, explican por qué nunca logró marcharse del todo.
Se jubiló formalmente en 2014. Firmó los papeles, entregó el cargo, vació el escritorio. Pensó que ese sería el final de una etapa. No lo fue. Volvió poco después, primero como apoyo puntual, luego como responsable de procesos específicos, más tarde como docente en la Maestría en Bioética. No regresó por nostalgia. Regresó porque había trabajo que nadie más estaba haciendo.
Cada intento de distancia se interrumpía por una solicitud concreta: una acreditación que exigía experiencia, una tesis que no podía quedar a medio camino. Ana Rosa aceptaba. No por incapacidad de decir que no, sino porque sabía exactamente lo que implicaba no hacerlo. Para ella, abandonar un proceso a medias nunca fue una opción legítima.
La bioética se convirtió, en ese tramo final, en un espacio de síntesis. No venía de allí; llegó después de décadas de docencia e investigación científica. Pero encontró un territorio donde la experiencia acumulada tenía sentido inmediato. Supervisar, orientar, discutir casos, formar criterios. No se trataba de producir más, sino de afinar. De transmitir una manera de pensar.
El cierre de la séptima edición de la maestría marca un límite real. Lo sabe. Quedarán defensas, expedientes, tareas administrativas. Después, el vacío. No un descanso, sino un silencio. Ana Rosa no le teme al cansancio; le inquieta la falta de utilidad.
El balance que hace no busca absoluciones. Reconoce las renuncias con la misma claridad con que enumera los logros. Becas rechazadas. Trayectorias posibles que no siguió. Tiempo propio postergado. Decisiones tomadas con plena conciencia de sus costos. No las revisa con arrepentimiento, sino con aceptación.
Cuando habla de felicidad, no se refiere a una emoción constante ni a una vida cómoda. Habla de coherencia. De haber sostenido una línea. De no haberse traicionado. Eligió quedarse cuando irse era una opción. Eligió cumplir cuando otras alternativas estaban disponibles.
Su historia no cierra con un retiro ejemplar ni con un reconocimiento final. Cierra, si es que cierra, con la certeza de haber sido necesaria durante mucho tiempo. Y con la dificultad, todavía presente, de imaginar una vida donde ya no lo sea.
Quizás por eso la universidad nunca terminó de dejarla. O quizás porque ella, a sus 78 años, con el cuerpo cansado y afectado por “el virus”, sigue encontrando razones para quedarse.
