Esta entrevista fue publicada originalmente en el sitio de Unesco Cuba y se reproduce con su autorización./Foto: UNESCO / R. Macía
La directora del Centro Nacional de Genética Médica en Cuba, Beatriz Marcheco Teruel, es una personalidad esencial de la ciencia cubana contemporánea. Hoy comparte resultados de dos décadas de investigación sobre el patrimonio genético en el país y explica, con ejemplos claros, por qué el color de la piel es un rasgo adaptativo —no un argumento para sustentar jerarquías humanas. Defiende la educación como herramienta central contra el racismo y subraya la responsabilidad social de la ciencia para traducir evidencias en cambios reales.
— ¿Qué es la genética médica? ¿Qué aborda esta área de la ciencia?
—La genética humana es la ciencia que estudia la herencia. El ADN es el material genético que traslada la información del llamado “código de la vida” de una generación a la siguiente. Las variaciones que ocurren en ese ADN —los cambios— son el principal objeto de estudio de la genética humana.
“En particular, la genética médica analiza cómo esas variaciones o mutaciones se traducen en fenómenos de salud. No hablamos solo de enfermedades: también de características que distinguen a los grupos humanos —rasgos, predisposiciones, resistencias y susceptibilidades— que forman parte de la diversidad biológica”.
El patrimonio genético de la población cubana
“Alrededor de 2006, comenzamos a realizar estudios que dan cuenta de la mezcla étnica a nivel del genoma en la población cubana. Durante 20 años, nuestro centro ha estado muy involucrado en lo que llamamos la caracterización del patrimonio genético de la nación.
“En ese camino surge Cuba indígena. Hacia 2018, el fotógrafo español Héctor Garrido, tras visitas a Baracoa y regiones cercanas en las zonas montañosas del oriente cubano, observó fenotipos —rasgos físicos— que recordaban los descritos para los primeros habitantes de la isla. Conversó sobre ello con el historiador de Baracoa, Alejandro Hartmann, y de ahí nació la idea. Se constituyó un equipo multidisciplinario del que formamos parte.
“Cuba indígena propone unir arte y ciencia para regresar a los orígenes. Abordamos familias que viven en esas comunidades serranas y, con su consentimiento informado, estudiamos su ADN”.
—¿Qué distingue ese patrimonio genético?
—Hemos estudiado la mezcla étnica a nivel del ADN. Como promedio, en la población cubana confluyen componentes europeos (mayoritariamente de la Península Ibérica), africanos, amerindios y asiáticos. Nuestros estudios sitúan poco más del 70% de aportes de origen europeo, cerca del 20% de origen africano, alrededor del 8% de origen amerindio y poco más del 1% de origen asiático oriental.
“En todas las personas estudiadas, aparecen simultáneamente aportes de África Occidental y de Europa, independientemente del color de la piel con que cada quien se autoidentifique. Somos también como lo dijo el sabio Fernando Ortiz desde muy temprano en sus propias indagaciones antropológicas, también somos un crisol de tonalidades que se expresa en nuestro color de la piel, pero que también que se expresa en nuestras prácticas culturales, en nuestras tradiciones, en nuestras costumbres. Somos una nación mestiza, una nación mulata, como también decía Nicolás Guillén”.
“No hemos encontrado ningún cubano sin aportes genéticos de África Occidental y de Europa. Somos una nación mestiza”.
—¿Qué significa esta mezcla en términos prácticos?
—Significa que no hay correspondencias simples entre apariencia y ascendencia. Una persona de piel clara puede tener aportes genéticos africanos; y viceversa. En nuestro ADN hay una huella compartida que nos une.
“Por eso sostengo que no existe evidencia científica para justificar el racismo o la discriminación por color de la piel. Hace más de 30 años, desde las ciencias biológicas, se viene demostrando que no hay argumentos científicos para agrupar a los seres humanos en razas jerarquizadas: el concepto de raza, tal como se ha usado socialmente, es una construcción histórica y colonial que sirvió para someter e inferiorizar a otros.
“Quiero dar un ejemplo: se realizó una indagación con personas nacidas ciegas —no conocen el color— y se les preguntó si se casarían con alguien de un color de piel diferente. Varias respondieron que no. Ese resultado ilustra cómo los procesos sociales han operado en la conciencia de las personas: aunque no ven los colores, han interiorizado prejuicios asociados al color de la piel”.

—Color de la piel: ¿cómo lo explica la biología?
—El color de la piel es un rasgo humano adaptativo y lábil. A nivel individual, la capacidad para sintetizar melanina —el principal pigmento que colorea la piel— es variable y está determinada genéticamente. Pero su expresión actúa en sinergia con la radiación ultravioleta (UV). Si dos personas tienen, genéticamente, una capacidad similar para producir melanina, la que viva en latitudes tropicales tendrá, en promedio, la piel más oscura que la que viva en latitudes altas con menor exposición solar. La melanina funciona como un bloqueador natural frente a los efectos del sol: por eso, al ir a la playa se recomienda usar protectores para limitar el impacto de los rayos UV sobre la piel humana.
“Debemos enseñar desde temprano —en la escuela— cómo definir e interpretar biológicamente el color de la piel. Y también que el color no se relaciona directamente con las enfermedades. A veces aparecen afirmaciones como “tal enfermedad es más frecuente en personas blancas” o “en personas de piel negra”. Esas frases inducen a pensar que la melanina se relaciona con la enfermedad, lo cual no tiene sentido. Es probable que, desde el punto de vista genético, esa enfermedad pueda tener relación con algún origen ancestral determinado con el origen europeo o con el origen africano, pero no directamente con el color de la piel”.
“En el terreno de las ciencias y en particular de las ciencias biológicas, progresivamente vamos encontrando evidencias que deconstruyen el concepto de razas”.
—¿Cómo democratizar la ciencia y formar conciencia?
—Es extremadamente importante y aún insuficiente el trabajo que se hace. El camino para deconstruir teorías de la racialidad y crear conciencia está, primero, en la educación. Hay que personalizar estos contenidos en diferentes etapas de la vida y empezar desde muy temprano.
“En Cuba existe un programa nacional de lucha contra el racismo y la discriminación, del que somos parte. Lo valioso es haber incorporado a científicas y científicos al equipo del programa. No es algo formal: tenemos participación en conversaciones, eventos, en la redacción de bases, en la caracterización del problema en un país donde sí existe racismo —y lo primero es reconocerlo.
“Esto vale también para América Latina, la región más mezclada del planeta, donde, el tema de la discriminación es evidente. De nuevo: la educación es esencial. Una organización como la UNESCO, paradigma en educación, cultura y ciencia, puede hacer mucho desde sus propios escenarios”.
Comunicar sin reduccionismos
“Quienes investigamos en medicina y biología tenemos un reto: a veces nos sale mejor un experimento o un diagnóstico que explicar sus resultados de forma comprensible para el gran público. Debemos desarrollar habilidades para trasladar comunicacionalmente conceptos como patrimonio genético, mezcla étnica o color de la piel.

“Al mismo tiempo, debemos evitar el reduccionismo genético. Conocer los genes no basta si no entendemos cómo interactúan con los estilos de vida y los factores ambientales.
“Un ejemplo: cada uno de nosotros tiene, como promedio, alrededor de cuatro oncogenes —genes vinculados con predisposición al cáncer— que están “apagados” o reprimidos. Existen “interruptores” que pueden activarlos: hábitos y exposiciones concretas, como tabaquismo, dieta, sedentarismo, químicos o agentes físicos ambientales, combinados con estrés, entre otros. Por eso no basta con identificar genes de predisposición; necesitamos comprender cómo se relacionan con el entorno: cuántos años fuma una persona, cuántos cigarrillos al día, a qué edad comenzó; cómo se alimenta; cuál es su índice de masa corporal; si practica actividad física; el contenido de grasas en su dieta, etc.
“Conocer la biología interior es apasionante, pero aún no tenemos todas las respuestas. Hay muchos genes cuyo funcionamiento y cuyos productos proteicos todavía no comprendemos del todo. Además, cerca del 98% de la información genética no corresponde a genes. Durante mucho tiempo se consideró “redundante” y sin significado, pero hoy sabemos que cumple funciones —entre ellas, la regulación de la actividad de los genes— y, en otros casos, interviene en procesos distintos. De manera que tenemos el reto de conocernos mejor y de entender cómo esa biología interior se relaciona con el entorno que nos rodea”.

—Después de mirar tan de cerca la vida, ¿mira el futuro con optimismo o con pesimismo?
— Con optimismo, siempre. El ser humano es algo increíble. Además de encontrar respuestas a muchas preguntas, lo importante es el uso que se les da: con esas respuestas podemos construir un mundo mejor, una sociedad mejor para todos, en función de nuestros principios y compromisos con la mayoría. Aunque haya aires de guerra o búsquedas de predominio entre países y proyectos sociales, siempre está la alternativa de trabajar por un mundo mejor: se puede sacar algo bueno del ser humano, sobre todo con educación.
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