Existe un río en la zona oriental de Cuba que es un sueño. El caudal de este bello accidente natural, la transparencia de sus aguas, la vegetación que lo circunda, las playas que ofrece y los rápidos que lo avivan lo convierten en una joya de la naturaleza cubana. Es a su vez el mayor afluente del Toa, el río más caudaloso de la Isla. Su cuenca está en la zona más lluviosa de nuestro archipiélago.
El río Jaguaní posee una extensión de unos 60 kilómetros y corre entre montañas, con un ancho que llega a alcanzar los 15 metros al acercarse a su encuentro con el Toa. Posee muchas playas a lo largo de su cauce, que son propicias para acampar. Sus principales afluentes son los arroyos Piloto, Bueno, Los Lirios y Blanco. Nace en tierras del municipio holguinero de Moa y desemboca en el Toa, en territorio de Baracoa. En parte de su trayecto holguinero, bordea por el sur la meseta del Toldo.
Como única población aledaña a sus orillas se encuentra el poblado de La Melba, ubicado en el municipio de Moa. Posee un bello salto de agua llamado “El Infierno”. Su cauce está rodeado de vegetación tropical, salvo en la zona más accidentada, cercana al Toa, donde la pobre capa vegetal provoca que la vegetación sea de un verde menos intenso que en las demás partes del río.
Es un río propicio para navegar en balsas playeras, teniendo la peculiaridad, a diferencia del Toa, de que todos sus rápidos son navegables. No obstante, se debe estar alerta por las súbitas y poderosas crecidas de su cauce. Su mayor rápido es un fuerte y largo chorrero donde el río gira a la izquierda y desemboca tumultuosamente en una ancha poceta, en una zona conocida como “Farallones”.
La Boca del Jaguaní –desembocadura en el Toa– es uno de los sitios naturales más preciosos de Cuba por la anchura del lugar, la exuberante vegetación, las inmensas dunas, el encuentro de las aguas de los dos ríos y el pequeño farallón que se alza ante el encuentro. En la vegetación que rodea al Jaguaní resaltan las cañas bravas, los cupeyes, las palmas reales y la bella flor de la mariposa, entre otras muchas especies, abundando también las pintorescas lianas, que tanto embellecen el paisaje.
El río Jaguaní se encuentra enclavado en el sistema montañoso Cuchillas del Toa. Entre los macizos montañosos que lo circundan resaltan las mesetas del Toldo y de Iberia.
En su zona más alta, al río Jaguaní se puede acceder a través de la meseta del Toldo, aunque para ello hay que atravesar toda la meseta de norte a sur. La única vía que llega hasta sus aguas es el terraplén de unos 38 kilómetros, que se extiende desde la carretera Moa-Baracoa –cerca de la ciudad del níquel– hasta el poblado de La Melba.
Este terraplén es bastante accidentado por sus pendientes y curvas y, sobre todo por el complicado paso de algunos arroyos donde la erosión ha dañado la vía. Otros dos accesos son a través del río Toa, ya sea descendiendo desde los municipios Yateras y San Antonio del Sur o ascendiendo desde el municipio Baracoa. Llegar al Jaguaní por otra zona es bastante complicado por lo agrestes de las montañas que lo circundan.
La primera aventura malnombrista por el Jaguaní
Luego de haber navegado el Toa en las dos primeras guerrillas de verano de Mal Nombre, Leopoldo nos habló del Jaguaní y de los cuentos suyos en una navegación por el río, y nos embullamos a incluirlo en la tercera guerrilla de verano en el año 1990. Manolo a su vez propuso empezar con una estancia en la base de campismo Cayo Guam, donde él había hecho estancia, pues como parte de su formación como ingeniero químico, había visitado una de las cercanas plantas niquelíferas de Moa.
Tres días haciendo cola en la terminal de trenes fueron los necesarios para comprar los pasajes hasta Holguín. Para seguir camino, existían en esa época los llamados ferrobús, que eran guaguas que recogían a los pasajeros en la terminal de trenes holguinera y los llevaban hacia sus destinos en diferentes municipios de la norteña provincia oriental. Para ello, en la agencia de pasajes por ferrocarriles de La Habana se podían comprar al unísono los boletos para el tren y para el ferrobús.
Nuestro destino final en la transportación era Moa, pero hasta la industrial ciudad solo alcanzamos 13 pasajes. Como paliativo, sacamos otros 14 pasajes hasta el entronque de Levisa y siete más hasta Mayarí.
En ese tiempo yo acababa de terminar el segundo ciclo de tratamiento de quimioterapia y había recibido 38 sesiones de radioterapia. Los sueros me tenían sin un pelo en la cabeza y, a diferencia de los habituales calvos, que tienen curtido el cuero cabelludo, mi cabeza mostraba un color blanco bastante “chillón”.
Mi intención de ir a la guerrilla provocó unas cuantas discusiones en mi familia, sobre todo por el hecho de que navegaría el río, con los consabidos golpes que ello implicaba al bajar los rápidos. Pero yo estaba renuente a ceder y el paliativo para mi familia fue que acepté navegar con una esponja en la cadera, para disminuir el efecto de los golpes que pudiera recibir.
Mi hermano sería el velador de que yo cumpliera con aquel acuerdo. También existía otra preocupación, pues la quimioterapia causaba un descenso en mi sistema inmunológico y, con ello, la posibilidad de que pudiera contraer alguna enfermedad oportunista.
Sábado, 28 de julio de 1990
Luego del viaje en tren hasta Holguín y de la continuación en varios ferrobuses hasta Moa, logramos pasar la noche en un albergue del INDER (con aire acondicionado), gestionado por el gobierno municipal, donde dormimos a placer.
Domingo 29 de julio de 1990
Temprano en la mañana viajamos en un camión hasta la base de campismo Cayo Guam, que debe su nombre al río homónimo que la atraviesa. Siendo un batallón tan grande, de 34 malnombristas (17 mujeres y 17 hombres), nos alojamos en un antiguo almacén que tenía dos amplios locales donde cabíamos todos.

El paisaje que nos rodeaba era bastante bello. Al oeste, la verde ladera de la meseta del Toldo se extendía a lo largo de varios kilómetros. Debajo de donde estábamos, corría el río, cristalino e inquieto. Los pinos y los ocujes abundaban por los alrededores. Algunas partes de las laderas que bordeaban al río, mostraban huellas de erosión, quedando a la intemperie la famosa tierra roja de Moa.
En nuestro nuevo albergue había literas y cada cual buscó su cama. Uno de los locales tenía una meseta y sobre ella colocamos todas las latas que llevábamos, En total eran 220 y, de ellas, 70 eran de leche condensada (algunas de choco-leche, otras con sabor a vainilla y otras sin sabor extra). Además, para los desayunos había un rosario de ofertas para la leche: chocolate pionero, chocolate tónico fortificante, leche malteada y harina lacteada, ¡todo un escándalo! Aún no había hecho aparición el Periodo Especial.
En la mañana, bajo un espléndido sol, varios nos fuimos al río a entrenar la navegación. Un rápido nos sirvió de entrenamiento y mi hermano se lanzó varias veces en su balsa. Algunos novatos se tiraron también.
Cerca de la base de campismo se hallaba el boquete de una antigua mina y justo sobre su entrada caía un fino salto de agua. Hasta allá se fue un buen grupo a husmear, a bañarse en el saltico y a tirarse unas fotos.
En el parqueo de la base de campismo había un camión particular y Alexis y yo buscamos al chofer. Coordinamos con el hombre para que nos recogiera al día siguiente a las siete de la mañana y nos llevara hasta La Melba, a cinco pesos por persona. La Melba es un poblado sumergido en las lomas, por donde pasa el río Jaguaní; allí se iniciaría nuestra navegación por el mayor afluente del Toa.
Por la noche le caímos a la pista de baile de la base de campismo y pronto el grupo formó una rueda de casino. Como a las 11 nos fuimos para nuestro albergue a dormir, pues al día siguiente nos debíamos levantar temprano para partir en camión rumbo a La Melba.
Lunes 30 de julio de 1990
Le di el de pie a la tropa a las seis de la mañana y comenzó entonces la agitada recogida. Repartimos algunas latas de leche condensada y la gente fue desayunando con galletas. Con todo recogido, nos fuimos para el parqueo, donde nos esperaba puntual el chofer con su camión. Entregué en la carpeta las llaves del albergue, nos montamos en el camión y partimos. En la cama del transporte, con techo, íbamos todos sentados.
El camión, primeramente, rebasó el puente sobre el río y del otro lado tomó a la derecha por un terraplén. Comenzamos a movernos rodeados de una alta vegetación, donde los ocujes abundaban y los pinos se aparecían de vez en cuando. Una larga pendiente puso a prueba el motor del vehículo, pero este fue venciendo poco a poco la loma. Ya arriba, el paisaje cambió; no mostraba el verdor tropical, y la erosión se apreciaba en las orillas del terraplén. Las curvas de la maltrecha vía y los barrancos ponían a prueba la destreza del chofer. Pasamos algunos arroyos cristalinos y algún que otro puente sobre ellos. Poco a poco, el terraplén nos fue llevando hasta la ladera de la meseta del Toldo, hasta que comenzamos a faldearla.
Cuando ya habíamos rebasado más de la mitad del trayecto, el camión se detuvo en un pintoresco lugar. Dos saltos de agua, cayendo de la ladera, confluían allí, justo en una curva del terraplén. Un puentecito sorteaba el obstáculo natural, mientras las aguas se unían para continuar loma abajo. Allí se había filmado una escena de la película Polvo Rojo, la cual abordaba el tema del rescate productivo de la planta de níquel de Moa, al triunfo de la Revolución. Nos bajamos en el lugar, tomamos agua y nos tiramos unas fotos con los saltos de agua de fondo. En aquella zona volvíamos a ver el verdor tropical en la vegetación.
Poco después de continuar el viaje nos abocamos a una extensa bajada, que pronto nos dejó ver en la profundidad el poblado de La Melba. Aquello era un semillero de casas entre montañas, teniendo a una curva del río Jaguaní como borde sur del poblado. Fuimos descendiendo despacio hasta que comenzaron a parecer las primeras casas, algunas de mampostería y otras de madera, todas de un aspecto sencillo. Se detuvo el camión junto a una construcción alta, abierta en dos laterales, que servía como círculo social del pueblo. Allí nos apeamos y, sin demorarnos, Leopoldo nos guió por una bajada hasta la orilla del río Jaguaní.
Bello, transparente, rodeado de una excelsa vegetación tropical, se nos mostraba el afluente del Toa. Una pequeña playa propiciaba los preparativos para la navegación. Sacamos las balsas y comenzamos a amarrar las mochilas a ellas. Los veteranos del Toa ayudamos en la operación a los novatos en navegación. Yo me ajusté una pachanga en la cabeza y, con una tira, sujeté la esponja en mi cadera izquierda.
Leyset no sabía nadar y nunca había navegado. Conocíamos por Leopoldo que el Jaguaní era menos fuerte que el Toa y, además, el año anterior Luz demostró en el Toa que, aún sin saber nadar, era factible lanzarse en la aventura navegante. Leyset y yo habíamos sido novios y, aunque ya no lo éramos, yo la cuidaría, porque el hecho de no saber nadar comoquiera era un riesgo.
Sobre las diez de la mañana comenzó la navegación. Debíamos navegar en tres días más de 30 kilómetros, hasta cerca del río Quibiján, ya en aguas del Toa. En los primeros centenares de metros, Jacqueline nos mostró que su lugar en la flotilla era el último, como en el Turquino. Gruñendo como acostumbraba, se dejaba llevar por el río, apenas sin bracear, mientras Tony, alias “El Pepe”, navegaba cerca de ella sin coger lucha con las quejas de su esposa.

Bien pronto un rápido puso a prueba a la flota. En el lugar, el final del rápido tenía un brusco giro del río a la izquierda. Tras lanzarse, Adriana formó un gran enredo en medio del torrente, al caerse de la balsa. Yo me tiré junto a Leyset y perdí mi pachanga en el intento.
Elién se trabó en un remolino que formaba el agua en el giro brusco, de modo que tuve que ir a destrabarla. Al llegar al rollo, halé a Elién y la empujé para que siguiera con su balsa.
Una lección de aquel rápido fue que el invento de amarrarme la esponja a la cadera resultó ser poco efectivo, pues con la primera presión de agua, la esponja se corrió de lugar. No obstante, yo seguí con aquella amarrazón, sobre todo para calmar la inquietud de mi hermano, quien me dio una gorra que llevaba puesta para que siguiera protegiendo mi vulnerable cuero cabelludo.
El resto de la mañana se fue sin nuevas complicaciones. El increíble paisaje a nuestro alrededor se prestaba para captarlo en imágenes. Para ello, mi hermano había llevado su camarita Smena, una veterana del Toa. Pero ahora el Oso (como le decían) se veía más arrestado. Ante la cercanía de un rápido, mi hermano sacó la cámara y se lanzó con ella en las manos, tirando varias fotos al bajar por el torrente.
Ya abajo, en aguas tranquilas, protegió la camarita en los múltiples nylon previstos al efecto y la guardó en un bolsillo de la mochila, que tenía a mano. El propio Oso, mostrando sus dotes de inventor, había fabricado unas paletas de acrílico, las que sujetaba a sus manos con unas ligas y nadaba por el Jaguaní con aquella innovación.
Un rápido complicado le inyectó dosis de adrenalina a la tarde. En el sitio, el río hace un giro brusco a la izquierda, justo donde baja el agua en torrente. Las caídas en el lugar se sucedieron una tras otra, ante la vista de quienes cogíamos “platea” a nuestras anchas, parados sobre una playa pedregosa al final del rápido, en la orilla izquierda.

Acercándonos a las cuatro de la tarde, comencé a fijarme en las playas que aparecían, buscando una propicia para acampar. Al aparecerse una buena playa en la orilla izquierda, le pusimos fin al primer día de navegación por el Jaguaní. Habíamos recorrido unos siete kilómetros de los más de 30 previstos hasta cerca del río Quibiján.
El hambre a esa hora era de respeto; los mareítos del Toa estaban a la orden del día. Jacqueline llegó retrasada, como para no perder la costumbre. Pero ella no era la única con retardo en la navegación. Elién había llevado a una amiga, con el anuncio de que era paracaidista o hacía cosas de ese tipo; se llamaba Lourdes. Pero en el primer día de navegación, la bien promovida muchacha no había demostrado mucho, pues no sabía casi nadar, se dejaba llevar por la corriente sin hacer mucho esfuerzo y los rápidos le causaban pavor.
Para colmo, había llevado una colcha, que se mojaba sin que nada lo impidiera, de modo que su mochila pesaba un mundo sobre la balsa. ¡Una colcha en el Jaguaní en pleno verano! Evidentemente, Elién no la instruyó bien sobre lo que debía llevar. Pero todo no terminaba ahí. La supuesta paracaidista era la única fumadora del grupo y en su mochila todo se mojaba menos los cigarros. De este modo, la pudimos ver fumándose un cigarro calmadamente en aquel ambiente tan desintoxicado.
Rápidamente, la “bomba atómica” explotó sobre la playa. Eso de “bomba atómica” fue una frase usada por el Chocky para ilustrar el reguero de ropas que se esparcía por todos lados en las playas de acampada, con el objetivo de secarla. El sol “hizo bien su trabajo”, al secar rápidamente la ropa y las balsas.
Comenzó a la par la cocina. Ajustamos varias piedras y pusimos los calderos encima. La leña estaba regalada y buenísima, pues el fuerte sol la había secado lo necesario, de modo que la candela se levantó con gran fuerza. El arroz se pudo cocinar con buen tiempo antes del oscurecer, se abrieron varias latas de carne y el “tiroteo” calmó las ansias de la hambreada tropa.
Después de la comida, la noche empezó a caer sobre el bello y aislado paraje en el que estábamos sumergidos. Tiramos las balsas infladas unas al lado de las otras y conversamos por grupitos, hasta que el sueño pudo más que las lenguas y caímos rendidos bajo un cielo hermosamente estrellado. No es lo mismo una noche estrellada en plena ciudad, donde las luces nocturnas le matan el brillo al cielo, que en medio del monte, libres los astros de la más mínima competencia luminosa. Allí, rodeados de jungla, el semillero de estrellas es excitante y sería el mejor escenario para dar una clase de astronomía sobre las constelaciones.
(Continuará la próxima semana)
