La primera evidencia controlada del efecto placebo data de 1799, gracias al ingenio del médico John Haygarth. Escéptico ante un costoso tratamiento para el dolor articular que utilizaba varillas metálicas para “extraer” la enfermedad del cuerpo, diseñó un experimento que lo pondría a prueba.
Haygarth fabricó varillas idénticas a las originales, pero de madera inerte, las aplicó a sus pacientes y observó que las nuevas varillas producían el mismo alivio que las metálicas. Su conclusión fue que la imaginación del paciente era un agente curativo potente, un hallazgo revolucionario para su época que sentó las bases de más de dos siglos de investigación.
En la actualidad, el efecto placebo ha dejado de verse como sugestión para entenderse como un recurso neurobiológico. Los avances en el mapeo y medición de sus efectos abren nuevas vías para potenciar tratamientos o reducir el consumo de fármacos, recetándolos de manera ética y responsable.
Base molecular
Las técnicas de neuroimagen funcional, particularmente la resonancia magnética funcional y la tomografía por emisión de positrones, han permitido identificar las estructuras cerebrales y los procesos neuroquímicos involucrados en el efecto placebo.
El mecanismo opera mediante procesos de modulación descendente que se originan en regiones corticales superiores. La corteza prefrontal procesa señales contextuales del entorno clínico, incluyendo la relación terapéutica, el ambiente clínico y las expectativas de tratamiento. Esta integración cognitiva desencadena una serie de respuestas neuroquímicas:
- – Opioides endógenos: El sistema opioide del propio cuerpo libera sustancias como las beta-endorfinas y las encefalinas, que ayudan a reducir la sensación de dolor. Estas pueden bloquear o disminuir la transmisión de las señales dolorosas en la médula espinal y en las áreas superiores del cerebro, generando un alivio real incluso sin un medicamento activo.
- – Dopamina: La activación del sistema dopaminérgico mesolímbico refuerza las expectativas positivas y modula la percepción de recompensa asociada al tratamiento.
- – Oxitocina: Su liberación contribuye a la regulación del estrés y fortalece los vínculos sociales que sustentan la relación terapéutica.
Estructuras específicas como la sustancia gris periacueductal funcionan como centros de producción de opioides endógenos, mientras que el hipotálamo coordina respuestas neuroendocrinas e inmunológica.
Entre el alivio y la ilusión
El alcance del efecto placebo se extiende mucho más allá de la analgesia, pero es crucial entender sus aplicaciones y límites para evitar falsas esperanzas y promover su uso ético y responsable. No es una cura milagrosa, sino una herramienta terapéutica que funciona sobre determinados síntomas, no sobre la raíz biológica de todas las enfermedades.
Las investigaciones han demostrado que el placebo es especialmente eficaz en condiciones donde la percepción subjetiva juega un papel central. Entre ellas se destacan:
- – Manejo del dolor crónico.
- – Insomnio relacionado con el estrés.
- – Trastornos del estado de ánimo como la depresión y la ansiedad.
- – Efectos secundarios del tratamiento del cáncer, como la fatiga y las náuseas.
Sin embargo, es fundamental aclarar para qué no sirve un placebo. No puede curar la causa subyacente de una infección, reducir los niveles de colesterol, ni encoger un tumor. Actúa sobre la experiencia de la enfermedad (los síntomas), pero no sobre la patología en sí misma.
Además, este fenómeno tiene una cara opuesta: el efecto nocebo, la contraparte negativa del placebo. Es la manifestación física de la creencia negativa: si las expectativas positivas pueden sanar, las negativas pueden enfermar. Un ejemplo clásico es el paciente que, tras leer la larga lista de efectos secundarios de un medicamento, comienza a experimentarlos, no por la acción del fármaco, sino por el poder de su propia ansiedad.
Beneficios de una actitud positiva
Lejos de ser considerado un fracaso o un ruido estadístico en los ensayos clínicos, el efecto placebo se está convirtiendo en un factor que redefine la práctica médica. Parte de la eficacia de cualquier tratamiento reside en su ritual. El simple hecho de acudir a una clínica, ser atendido por profesionales con batas blancas y seguir un protocolo de medicación tiene un profundo impacto en la percepción de los síntomas. Estos actos simbólicos comunican cuidado, atención y esperanza, activando las expectativas positivas del paciente y, con ello, los mecanismos neurobiológicos del placebo.
Este poder, sin embargo, supone un gran desafío para la investigación farmacéutica. Como ilustra el modelo de la figura 1 en el grupo que recibe un fármaco, una gran parte del efecto positivo proviene de la respuesta placebo (la base de la barra), mientras que el efecto farmacológico real puede ser comparativamente pequeño. Si la respuesta placebo es lo suficientemente fuerte, este beneficio adicional se vuelve estadísticamente invisible, llevando a que fármacos potencialmente útiles sean rechazados.

Los ensayos clínicos suelen comparar los efectos de un fármaco con los de un placebo para evaluar su eficacia y detectar posibles efectos secundarios. En estos estudios, los participantes se asignan al azar para recibir el medicamento o un placebo inactivo, y normalmente no saben cuál están recibiendo. Este procedimiento, llamado doble ciego, evita sesgos en los resultados. Al comparar los dos grupos, los investigadores determinan si el fármaco produce un efecto real más allá del placebo.
Sin embargo, el efecto placebo puede reducir la aparente eficacia del fármaco si se evalúa solo su efecto bruto y no el neto. Además, restar el efecto placebo puede generar respuestas no lineales que son difíciles de estimar, lo que puede disminuir la interpretación del efecto real del tratamiento.
Hacia una medicina integrada
El efecto placebo constituye un fenómeno neurobiológico mensurable que demuestra la capacidad del sistema nervioso central para modular procesos fisiológicos mediante mecanismos de expectativa y contexto. Su comprensión impulsa un cambio de paradigma en la medicina.
Transitamos de un modelo enfocado exclusivamente en intervenciones externas (fármacos o cirugías) a uno que debe integrar formalmente el estado neurobiológico interno del paciente como un factor primario en la curación. Fortalecer la relación médico-paciente, comunicar con empatía y gestionar las expectativas de forma honesta son intervenciones tan importantes como la prescripción de un fármaco.
La farmacia más potente y sofisticada del mundo no se encuentra en un laboratorio, sino en el interior de nuestro propio cuerpo. Aprender a utilizar su potencial sin explotar es, quizás, el mayor desafío y la más grande promesa para el futuro del bienestar humano.
Referencias
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