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Cuando el cerebro se vuelve perezoso: la paradoja de la inteligencia artificial conversacional

Milton García Borroto
21 enero 2026 | 0 |

Imagen: creada con ChatGpt


Hace apenas unas generaciones, los humanos usábamos nuestros músculos diariamente para sobrevivir: caminar largas distancias, cazar, cultivar, construir.

Con la llegada de la industrialización y luego de la era digital, gran parte de ese esfuerzo físico desapareció de la vida cotidiana. Al principio, el alivio fue bienvenido; pero con el tiempo, comenzaron a surgir consecuencias inesperadas. Más allá de la pérdida estética del tono muscular, aparecieron problemas metabólicos, cardiovasculares y posturales.

Hoy, conscientes de ese deterioro, millones de personas acuden al gimnasio no solo por vanidad, sino como una necesidad de mantener el cuerpo funcional.

Con el cerebro, sin embargo, estamos viviendo una paradoja inversa. Herramientas como los sistemas de inteligencia artificial estilo ChatGPT —capaces de redactar, sintetizar e incluso crear— están reemplazando gradualmente funciones cognitivas que antes ejercitábamos de forma natural: la memoria, la formulación de ideas propias, la resolución de problemas sin ayuda externa, la paciencia para pensar profundamente.

A diferencia del cuerpo, cuyo debilitamiento es visible o genera síntomas evidentes, el cerebro puede atrofiarse en silencio. No duele dejar de pensar; de hecho, puede resultar cómodo. Pero esa comodidad tiene un costo sutil: perdemos la capacidad de dudar, de cuestionar, de discernir entre lo que pensamos y lo que una máquina piensa por nosotros.

Peor aún: al no percibir claramente ese deterioro cognitivo —porque siempre hay una IA lista para “llenar el vacío”—, no sentimos la urgencia de “entrenar” nuestra mente. No existen “gimnasios mentales” tan populares ni tan accesibles como los físicos.

Y así, sin darnos cuenta, vamos delegando no solo tareas, sino juicios, opiniones e incluso emociones a algoritmos diseñados para complacer, no para desarrollarnos.

La lección del cuerpo debería servirnos de advertencia. Si ya sabemos que la falta de uso conduce al deterioro, no deberíamos esperar a que el pensamiento crítico se vuelva una habilidad extinta para actuar.

El verdadero reto de la era de la inteligencia artificial no es aprender a usarla mejor, sino asegurarnos de seguir usando —y ejercitando— aquello que nos hace humanos: nuestra capacidad de pensar por nosotros mismos.

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