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Macrovertederos en la capital: La Habana necesitaba anticiparse

Redacción JT
25 febrero 2026 | 0 |

Por Daniela Maura Méndez, Say Mena Suárez, Melanie Delgado, Adrián Ordoñez, Camila Baldemira, Diana Laura Saraiba y Dayelis Herrera, estudiantes de 4to. año de Periodismo

Foto: Vista aérea de La Habana. Se aprecia el humo de la quema de la basura en algunos puntos y la neblina resultante que se extiende sobre zonas de la ciudad.


Que La Habana esté hoy atravesada por macrovertederos humeantes no era una desgracia inevitable ni algo que apareció de pronto. Es, más bien, el resultado de un accionar público que durante años ha reaccionado tarde, cuando el problema ya está fuera de control. La basura dejó de ser hace tiempo un asunto “menor” de algunos barrios y se convirtió en una crisis urbana y sanitaria que habla, sin muchos rodeos, de cómo se está gestionando la ciudad y de la distancia entre las instituciones responsables, las soluciones que la ciencia ha ofrecido y la vida cotidiana de la gente.

En una capital que genera alrededor de 30 mil metros cúbicos de desechos sólidos al día, según datos de Servicios Comunales al momento de escribir este texto, la infraestructura disponible cubría apenas el 46 por ciento de las necesidades técnicas. Faltaban contenedores, combustible, equipos. La recogida se volvía irregular y, en muchos casos, simplemente no ocurría. El resultado saltaba a la vista: solares derrumbados llenos de basura, aceras intransitables y espacios comunitarios convertidos en lo que los propios vecinos llaman, sin adornos, macrovertederos. Ahora la situación ha llegado a un punto inmanejable a causa del bloqueo energético y la falta de combustible.

Centro Habana era probablemente uno de los ejemplos más visible de la situación. Con más de 105 mil habitantes, zonas como San Miguel y Belascoaín, Gervasio y Belascoaín u Oquendo y Salud convivieron durante años con vertederos que crecían sin control. No fueron hechos puntuales ni excepcionales. Fueron problemas que se dejaron acumular y que solo comenzaron a atenderse cuando ya resultaban imposibles de ignorar.

Eduardo, carpintero y vecino de San Miguel, recordaba que el vertedero junto a su casa llevaba allí más de doce años. Las soluciones que intentaron —limpiezas entre vecinos, muros improvisados con bloques y tejas— dicen mucho de una realidad conocida: cuando el servicio público no llega, las comunidades hacen lo que pueden. “Nosotros limpiábamos, pero no alcanzaba”, contó. El Plan de Higienización cercó la zona, pero ni siquiera eso impidió que la basura reapareciera.

Y es aquí donde surge la pregunta que incomoda: ¿por qué hubo que esperar a que La Habana estuviera llena de basura para actuar? O que las personas decidieran resolver el tema pegándole fuego a los desechos, como ha sucedido. El plan de higienización implementado a inicios de octubre llegó tarde. Fue una respuesta a una crisis ya desbordada, no una política pensada para evitar que los macrovertederos aparezcan.

Desde las instituciones responsables se han reiterado explicaciones conocidas. Mariano Suárez, director de Servicios Comunales, señalaba hace unos meses la falta de equipos a causa del bloqueo que sufre el país, la débil organización comunitaria y la indisciplina social. Alexis González Inclán, coordinador de programas del organismo, añadía que muchos macrovertederos tienen su origen en los escombros, cuya recogida corresponde al Ministerio de la Construcción. Mientras las responsabilidades se repartían, el problema continuaba creciendo.

Que existan causas estructurales no libera a las instituciones de su responsabilidad. Reconocer que “las acciones siguen siendo insuficientes” o que los vertederos oficiales están colapsados no puede convertirse en una justificación permanente. La falta de planificación, el intercambio limitado con  las comunidades y la poca educación ambiental apuntan a un problema más profundo que no se resuelve solo con más camiones o brigadas o con campañas puntuales.

Es cierto que por momentos se incrementaron los esfuerzos: aumentaron los barrenderos, se ampliaron los tramos cubiertos y se recogieron cerca de 92 mil metros cúbicos de desechos en una semana. También hubo avances en el reciclaje y proyectos comunitarios como Reciclo mi barrio. Pero esos resultados fueron insuficientes frente a la cantidad de basura que produce la ciudad y a una flota de camiones limitada, con equipos que transportan poco y vertederos que ya no dan abasto.

Mientras tanto, en zonas como Oquendo y Salud, la recogida ocurría apenas una vez por semana. En otros casos, los propios camiones empeoraban la situación al voltear los contenedores sin cuidado. La sensación entonces era clara: se limpia hoy, pero no hay garantías de que mañana no vuelva todo al mismo punto.

El problema se agrava aún más en el contexto de un país tropical. La basura acumulada no es solo una molestia visual ni un asunto de orden urbano. Es un riesgo sanitario real. Aguas estancadas, desechos y vectores crean un escenario peligroso que convierte la falta de prevención en una forma de negligencia.

La crisis de los macrovertederos muestra algo más que fallas técnicas. Deja al descubierto la necesidad de asumir responsabilidades claras y de dejar atrás la lógica de los planes de emergencia. Sin prevención, sin seguimiento y sin una política ambiental coherente en la práctica, cualquier higienización será apenas una solución momentánea.

La Habana no puede solo reaccionar. Necesita anticiparse. Necesita mandatos claros, comunidades que participen y una estrategia que entienda, de una vez, que la basura es un problema de salud pública. Llegar tarde no es solo ineficiencia: es poner en riesgo la salud de los habaneros.

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