El neurocirujano Marlon Manuel Ortiz Machín en su consulta del Hospital Hermanos Ameijeiras./Foto: de la autora
La neurocirugía no fue un plan, sino un encuentro. Marlon llegaba a la medicina con la pasión puesta en los misterios del cerebro: la memoria, el pensamiento, la sinfonía eléctrica de las neuronas. Su rumbo, sin embargo, tomó un giro inesperado en el quirófano, donde sus manos descubrieron un talento innato que otros vieron antes que él.
Tras una destacada asistencia en cirugía general, el Dr. Ismael Quesada Vera le dijo: “Tienes habilidades para esto”. Poco después, junto al neurocirujano Dr. Jorge Seña, vivió una nueva experiencia. En esa primera operación, todo cobró sentido: la precisión, la tensión, el impacto directo. A él le encantó, le fascinó, confiesa.
La excelencia académica del joven doctor Marlon Manuel Ortiz Machín, el mejor graduado de su facultad y uno de los mejores del país en aquel entonces, le abrió la puerta directa a la especialidad en el prestigioso Hospital Hermanos Ameijeiras. Allí encontró no solo un centro de alta complejidad, sino también a su mentor definitivo, quien muy temprano comenzó retándolo.
—¿Cómo llega a la neurocirugía y al Hospital Hermanos Ameijeiras?
—Siempre tuve ese interés por la medicina, aunque nunca de inicio por la cirugía. Yo soy hijo de médicos. Mi papá es médico de familia y mi mamá, enfermera. Nací en un consultorio, viví entre médicos y lo único que veía alrededor mío eran enfermedades, pacientes y dolencias. Y ese fue mi crecimiento toda la vida.
“Me apasionaban los temas relacionados con el cerebro, con las vías nerviosas, los lugares donde ocurrían fenómenos como el pensamiento, la memoria; incluso me preguntaba, siendo estudiante de Medicina, cómo el hombre podía pensar y cómo podía movilizar su cuerpo.
“Aunque me inclinaba por la parte molecular, un buen día participando en la rotación por cirugía, como ayudante de la especialidad, me dieron una tarea dentro del salón y la hice muy bien. A partir de ahí comencé a incursionar en esta área, encaminado por el Dr. Jorge Seña.
“Luego logro que me den la ubicación laboral en el Hospital Hermanos Ameijeiras, un centro de avanzada, donde las enfermedades son de alta complejidad, lo que hizo que fuese un choque muy grande para mí. Al venir de un pueblito sencillo como Regla me costó trabajo, no solo en lo profesional, sino también en la dinámica de vida.
“A mi llegada, el Dr. López Arbolay me dijo: `si quieres ser neurocirujano, específicamente de la base de cráneo, yo te puedo ayudar, pero tienes que sacar 100 puntos en tu primer examen de neurocirugía´. Fue todo un reto. Yo trabajé en función de eso, obtuve la máxima calificación y así comencé a vincularme a la cirugía de tumores complejos en la base del cráneo.
“Decir que, mucho antes de que todas estas cosas sucedieran, cuando me hicieron mi prueba de actitud para estudiar medicina, en mi boleta consta que yo quería ser neurocirujano. Parece que en algún momento tuve esa idea, pero ni lo recordaba hasta que recientemente me mostraron la prueba”.
—¿Por qué comienza a investigar específicamente la técnica endoscópica aplicada a la neurocirugía?
—Yo siempre me acuerdo de los pacientes que no salen bien. Y esta línea de investigación precisamente se basa en aquellos que no salieron bien; es decir, por qué no salieron bien, qué se pudo hacer mejor, cómo lo podemos hacer mejor… Hacerlo mejor no siempre implica altas tecnologías, a veces basta con un cambio en nuestro pensamiento y en nuestra manera de abordar los tumores.
“El grupo de neurocirugía endoscópica había sido creado en el año 2000 por el Dr. López Arbolay, quien comenzó este tipo de cirugía en Cuba, y yo me uní a él casi de manera causal. Aunque siempre hubo esa motivación en mí, ese deseo de ir más lejos y saber que a través de pequeños agujeros se puede llegar a zonas complejas del cerebro.
“Por curiosidad, y también deseo, empiezo a trabajar en esta línea. Inicialmente me decían ´el hombre del saco´, un apodo que me gané cuando me encargaba de ayudar en la cirugía y limpiaba y cuidaba el instrumental que luego de cada trabajo se guarda en un saco debido a su valor preciado y caro.
“Poco a poco me fui interesando por esa filosofía de ‘mínimamente invasivo’, por la necesidad de minimizar la forma de resolver los problemas del cerebro originando pocos daños en el paciente. No hacíamos nada con quitar un tumor y que el paciente quedara en un estado precario”.
—En 2022 usted obtuvo el Premio a la Innovación Tecnológica que otorga el CITMA a la investigación científica “Consideraciones anatómicas, físicas y matemáticas en los abordajes endoscópicos mínimamente invasivos para tumores de la base craneal”, en donde usted es uno de los autores principales. ¿En qué consiste este estudio?
—La investigación es un conjunto de consideraciones anatómicas, físicas y matemáticas en la cirugía de la base del cráneo para tumores complejos. Cuando hablamos de base del cráneo estamos hablando de lo que está debajo del cerebro. El cerebro se encuentra en una zona supratentorial[1] y son tumores que se asientan en los relieves ocios que están en esa base. Aquí ocurren los tumores, los que en su mayoría son benignos. Pero, ¿qué pasa? Al estar debajo del cerebro se comportan como malignos, pues en una cirugía tienes que levantar el cerebro para llegar a ellos y esto hace que se dañe mucho.
“Inicialmente, cuando yo comencé, las cirugías se prolongaban entre 10 y 12 horas. Eran extenuantes. Con los abordajes a través de la nariz, o sea, por un corredor natural, a la base del cráneo, no se hacen incisiones y se llega más rápido a la hipófisis. Esta es precisamente la primera técnica que se empieza a desarrollar en Cuba: “Abordaje endoscópico a la hipófisis”. Luego nos dimos cuenta que ese abordaje también se podía extender.
“El Dr. López Arbolay, que es el líder de este proyecto, y yo siendo aún alumno, empezamos a extender los abordajes a otras partes de la base del cráneo, a tal punto que en el hospital toda la cirugía de base cráneo tratamos de hacerla por endoscopía. Todo lo que está en la línea media del cerebro lo hacemos por la nariz y todo lo que está en la parte lateral lo hacemos a través de unos pequeños agujeros, los cuales se conocen internacionalmente por el nombre de keyhole.
“Sin embargo, estos abordajes no eran suficientes. Muchas veces, luego de quitar el tumor, no todos los pacientes evolucionaban de forma satisfactoria. Precisamente a esas complicaciones tratamos de aplicarle leyes físicas, anatómicas y matemáticas”.
Algunas de las innovaciones…
El impulso que generan los porqués y el entusiasmo por intentar otras rutas -siempre hacia el mismo fin: salvar una vida- hicieron que, con el tiempo, algunas conclusiones ganaran claridad y luego la ciencia las confirmara.
De lo primero que se dieron cuenta fue que los pacientes con tumores tenían a la misma vez hidrocefalia (líquido que se acumula en el cerebro luego de que un tumor bloquea los canales para su paso). En este caso su filosofía era poner un sistema derivativo, es decir, un catéter, para que drenara el líquido, lo cual recibe el nombre de sistema derivativo ventrículo-peritoneal.
“Lo innovativo aquí radica en que esta técnica siempre se había hecho a ciegas o usando un navegador muy costoso en algunos países desarrollados, y nosotros, que ya usábamos el endoscopio, dijimos: ¿Por qué no usar el endoscopio para poner el catéter?”. Y así surge, en el año 2016, la primera de las innovaciones que contempla este paquete.
“La idea es que se realice una sola operación efectiva para nunca más volver a tocar el catéter, porque de lo contrario, si no se resuelve este problema de la hidrocefalia, el paciente seguiría viniendo constantemente al hospital y ello se traduce en más costo hospitalario, dígase horas en el salón, complicaciones, fármacos, etc…
“Otra innovación fueron los análisis vectoriales de estos tumores complejos. En esta investigación, se buscó determinar el punto donde el tumor creció y hacia dónde, para garantizar que en una cirugía muy pequeña en la que no es visible, el vector de abordaje siga el camino más adecuado en relación con el vector de crecimiento.
“Con esta propuesta nosotros seleccionamos, desde antes, el abordaje más apropiado, para que el tumor esté siempre visible. De no hacerlo de esta forma, puede que haya que `traicionar´ el tumor y se rompa una estructura que dañe parte del cerebro”.

—¿Qué valores le concedes a este estudio tan disruptivo a nivel mundial?
—Este estudio no se trata solo de una técnica nueva, sino de cambiar la mentalidad con la que abordamos la neurocirugía. Hemos tomado herramientas ya conocidas para aplicarlas de manera innovadora en este campo, creando un paquete integral de soluciones que hace que una intervención sea más efectiva y segura. Es un análisis que se aplica a cada cirugía, diseñado para comprender y, sobre todo, para prevenir complicaciones.
“Su solidez está respaldada científicamente: ya contamos con alrededor de 10 publicaciones, dos de ellas en revistas de alto impacto de los Estados Unidos y de España, como Journal of Neurology and Stroke ycomo Neurocirugía respectivamente. Además de publicaciones en revistas cubanas.
“También hemos visto cómo los resultados son tangibles. En nuestro hospital ya se han realizado más de mil cirugías endoscópicas y, desde que implementamos este sistema, alrededor de 400 pacientes han sido operados con esta metodología. Aproximadamente cien pacientes al año se benefician de estas mejoras.
“El sueño ahora es extender el conocimiento a otros hospitales del país. Ya hemos comenzado a compartirlo —incluso en espacios internacionales—, pero la diseminación requiere tiempo y formación. La neurocirugía es una especialidad compleja, y nuestro mayor reto es que estas innovaciones lleguen a más equipos, para que más pacientes puedan operarse con este enfoque”.
—¿Cuántas personas participan en una neurocirugía endoscópica?
—En estas intervenciones participa un equipo integrado. Ese es el concepto fundamental: no es la innovación de un solo cirujano, sino una metodología de trabajo que sigue todo un grupo.
“El núcleo del equipo lo formamos dos cirujanos principales, acompañados por residentes en formación, el enfermero circulante y el anestesiólogo. En total, suelen ser entre cinco y siete personas, aunque los residentes pueden variar según los casos.
“En situaciones excepcionales —contamos con apenas cuatro o cinco—, cuando un tumor debe abordarse desde dos áreas distintas, nos dividimos en dos equipos simultáneos, cada uno con un cirujano principal. Pero lo más frecuente son los tumores bien delimitados, donde el objetivo es realizar una cirugía mínimamente invasiva, efectiva y con el menor daño posible al tejido cerebral”.
—¿Cómo es el flujo de trabajo en el hospital?
—El flujo de trabajo comienza siempre en la consulta, donde evaluamos al paciente por primera vez. Luego se inicia un proceso de preparación y se incluye en una lista de espera, uno de nuestros mayores desafíos, ya que la demanda supera nuestra capacidad y las listas suelen ser extensas. La ventaja con estos tumores, generalmente benignos, es que su crecimiento es muy lento y nos permite planificar con tiempo, sin la urgencia de un cáncer. Así tenemos cierto margen para priorizar según la complejidad o la sintomatología de cada caso.

“Los tumores malignos u oncológicos son manejados por otro grupo especializado dentro de la neurocirugía, con un flujo y una urgencia muy distintos”.
—¿Qué retos están pendiente como profesional?
—Cada día es un reto profesional. A pesar de todas estas innovaciones, no es suficiente. Siguen existiendo dificultades. Aun haciéndolo todo bien, los pacientes pueden salir mal. Esto puede pasar, esto pasa.
“Creo que vivimos sobre la base de retos que se multiplican a diario por los desafíos cotidianos, los mismos que tenemos todos. La dinámica de un neurocirujano es un poco difícil. Debemos ser muy sencillos, modestos y sobre todo muy humanos, porque tratamos con la vida de las personas, si algo sale mal los pacientes literalmente fallecen”.
—¿Tiene algún hobby o algo que lo identifique fuera del hospital?
—Para mí lo más importante es la familia, y mi disfrute vendría siendo ese: mi esposa, mis hijos, mis padres. También me apasiona el béisbol: verlo, jugarlo, así como compartir en casa una buena película.
“A nosotros, los neurocirujanos, se nos suele asociar mucho con tocar la guitarra de cuerdas, fue algo que comprobé estando en los Estados Unidos e Italia, cuando me triangulé en la especialidad. Al concluir las actividades nos daban este instrumento musical para tocarlo. Obviamente yo no sabía, pero la mayoría de los que estábamos allí sí. Igual, no creo que los mejores neurocirujanos del mundo se dedicarán a eso, por lo que parece ser un mito que se inicia en edades tempranas en las mismas escuelas de formación.
“Eso sí, a nosotros nos gusta mucho la música clásica. De hecho, una gran parte de las cirugías las realizamos con música. Al inicio usamos una más rápida. El Dr. Omar prefiere Polo Montañez, a mí me gusta más el género urbano. En la parte delicada usamos música clásica y, para cerrar, que es un proceso rápido y dinámico, salsa.
—Existen otros mitos asociados a la profesión… ¿Es verdad que los neurocirujanos pueden quitar los tumores o hematomas con la lengua?
—En tiempos remotos se dice que era así, pero realmente el cerebro es un órgano estéril y la cavidad oral tiene muchos gérmenes. Si sucedió en algún momento, no debería volver a suceder, porque al usar la lengua se crea la posibilidad de una infección en el sistema nervioso que sería grave.
—¿Cree que la neurocirugía cambia la perspectiva de ver la vida?
—Sí. El estar tan cerca de la muerte hace que aprecies mucho más lo que tienes, principalmente a tu familia y amigos. Para trabajar necesitas ponerte una coraza porque después tienes que volver a casa. Es muy fuerte. Es muy difícil cuando tienes que tomar decisiones en cuestión de segundos.
“Antes de cualquier cirugía creo necesario despojarse de muchas cosas. En la casa, por ejemplo, hay lógicas que ya están entendidas y tienen que ver con aquello del estilo de vida personal y familiar, de nosotros los neurocirujanos. Por ejemplo, los días en que estoy operando, martes y jueves, no me pueden llamar de mi casa. Si me suena el teléfono es porque algo muy grave sucedió.
“En el caso de tener una cirugía compleja al otro día, no puedes ir a una fiesta esa noche o puedes ir, saludar y retirarte en un horario bien temprano. No puedes trasnochar. No puedes tomar bebidas alcohólicas. Son irresponsabilidades que se convierten en indisciplinas.
“En el centro de todo están mis hijos de 11 y 2 años, para los que desafortunadamente ‘papá es quien siempre llega tarde’ o ‘papá está programado para una cirugía, pero va a estar en la fiesta sin problema’ y luego algo se complica en el salón. No será la primera vez que llego a la casa con los confetis en el piso. Me ha pasado tantas veces…
“A cambio, sí recibo mucho apoyo y estímulo de mis familiares y de los pacientes que escriben para agradecerme. Son mensajes muy bonitos, conmovedores y, a la vez, reconfortantes.
“Y sí, no creo que exista una profesión como la nuestra. Salvar la vida de una persona te devuelve una satisfacción incalculable”.
Para Marlon, estar tan cerca del cerebro humano trasciende lo técnico: es una responsabilidad íntima y elevada, con la certeza de que es ahí donde residen el amor, el pensamiento y la identidad misma, por lo que intervenirlo implica tocar la esencia de las personas.
Esta conciencia moldea su vida por completo; no se queja, lo cuenta con la misma naturalidad de quien cumple un ritual casi sagrado antes de cada cirugía. Se refiere al estudio exhaustivo la noche anterior, al descanso temprano, la abstinencia; un calendario, donde la frivolidad no tiene cabida.
[1] Supratentorial: Es un término médico, usado especialmente en neurología y neurocirugía, que se refiere a la región del cerebro situada sobre el tentorio del cerebelo.
