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Pasajes del Sur de la Isla de la Juventud (1997)

Miguel Alfonso Sandelis
24 enero 2026 | 0 |

En 1997 los malnombristas nos propusimos volver al Sur de la Isla de la Juventud. Pero en la nueva ocasión la prioridad sería Playa Blanca, una playa casi virgen a la que se accede a través del mismo terraplén que lleva a Punta del Este. Ya teníamos la experiencia aportada por el Oso, del petróleo para ahuyentar a los mosquitos y jejenes en las noches, y la aplicaríamos. Un recalo de droga por la costa sur de Cuba, nos retrasó en tres días el pase al Sur, en los que tuvimos como sitio de acampada el campamento de pioneros del Abra. En esos días visitamos tres playas del norte isleño: Bibijagua, Paraíso (o MININT) y Punta de Piedra. No obstante, la primera gran aventura fue conseguir los pasajes en barco.

La batalla de los pasajes

Viernes 15 de agosto de 1997

Un camión nos trasladó a 16 malnombristas con nuestras bicicletas desde la terminal de Tulipán en La Habana hasta el poblado de Surgidero de Batabanó. Nos bajamos en la terminal de Surgidero y de inmediato anoté a todos los malnombristas en la lista de espera, incluyendo a Pablo, quien nos había llamado para decirnos que llegaría por la tarde en bicicleta desde La Habana. Un barco debía salir por la noche rumbo a Nueva Gerona.

Sobre las dos de la tarde llegó Pablo, pero acompañado por Tony, el hermano de Maité. Esto ya era un problema, porque, como Tony no avisó, no lo anoté en el listado.

Comenzaron entonces a vender pasajes. Como no estábamos entre los primeros, tuvimos que ver con angustia como se iban agotando, hasta terminarse sin que alcanzáramos alguno siquiera.

Pero al poco rato sacaron cien pasajes más a la venta. De inmediato se formó el molote y, a la par, los malnombristas comenzamos a actuar en equipo. Hicimos una cadena humana a lo largo de la cola para impedir que hubiera colados. La cola fue avanzando y nosotros cerrando el cerco, hasta que nos tocó comprar. De un golpe pudimos comprar 18 pasajes para completar la cantidad que éramos, incluyendo a Tony. Con el “triunfo” en la mano, cogimos las bicicletas y nos fuimos para el puerto.

El viaje en barco

Tirados sobre el piso del barco, sintiendo su dureza, el Chocky sacó un invento al que le denominó “El Caderador”. Este era una especie de cojincito para atenuar el rigor de las superficies duras, sobre todo en las “pistolas” de las caderas.

Sábado 16 de agosto de 1997

A la medianoche zarpó el barco rumbo a Gerona. Casi al salir, se acercó un nubarrón amenazante y tapamos las mochilas con nylon, pero, al parecer, La Estrella malnombrista le dio un empujón a la nube, desviándola de nuestra dirección. La madrugada se despejó y pudimos hacer el viaje tranquilo, logrando dormir a intervalos.

Al amanecer vimos la silueta de la Isla, la que se fue definiendo con la claridad y el acercamiento del barco. Entró la nave por el río Las Casas y se detuvo junto al puerto de Gerona. A esa hora, a la “princesita” de Maité le entraron muchas ganas de orinar y en el barco ya habían cerrado los baños. Con mucho desespero y aguante, logró pisar al fin la placa del puerto y se fue apurada para un rincón, adonde logró llegar a tiempo para vaciar la vejiga sin tener que humedecer la ropa.

Fútbol “caliente” en el campamento de pioneros

En la primera tarde en el campamento nos prestaron una pelota de fútbol y formamos al momento dos equipos; Hery era el capitán de uno y yo del otro. En fin, que se enfrentaban el Fajardo y la CUJAE. A medida que el juego avanzaba, se iba poniendo caliente, entre los encontronazos que nos dábamos y la jodedera que formábamos provocando al contrario, todo dentro de los marcos de la estrecha amistad que había entre todos. Finalmente ganó la CUJAE y por supuesto que le restregué el triunfo a Hery en la cara.

Melones, voleibol y una guerrita de arena en Bibijagua

Domingo 17 de agosto de 1997

En la mañana del domingo pedaleamos hasta la playa de Bibijagua. Luego de visitar el campismo “Arenas Negras”, agrupamos las bicicletas en la arena y, casi entrando al agua, se apareció Adrián con varios melones, y ahí mismo la formamos. Después de devorar los melones, una net de voleibol nos provocó, y como Hery tenía un balón de voly, volvimos a formar los equipos de la CUJAE y el Fajardo, aunque en la nueva ocasión en composición mixta. Como en el fútbol, la intensidad del juego fue alta, incentivada por el cuero que nos dábamos Hery y yo cada vez que el equipo de cada uno ganaba un punto. El juego avanzó bastante apretado y finalmente la victoria fue para el Fajardo, dos sets por uno. Después entramos al agua a refrescar nuestros enardecidos cuerpos.

Adrián estaba impaciente. Uno de sus hobbies predilectos es la pesca submarina, pero aún no podía darse el gustazo por culpa del posible recalo de la droga. No obstante, aprovechó la estancia en playa Bibijagua para bucear bastante.

Al salir el grupo del agua, empezamos a embarrarnos de arena, pero en aquel piquete de 18 malnombristas los jodedores estaban a la “orden del día” y del embarre pasamos a un tiradero de arena, con corretaje incluido. La “guerrita” de arena fue tal, que hasta algunos bañistas ajenos al grupo cogieron sus salpicadas. Tuvimos entonces que llamarnos a la cordura.

Embarrados de arena en Playa Bibijagua

De playa Paraíso al cayo de Los Monos a nado

Lunes 18 de agosto de 1997

Para el día teníamos prevista una visita a otra playa de la costa norte de la Isla, pero antes visitamos el museo Presidio Modelo, donde estuvieron recluidos los moncadistas luego de ser apresados tras el histórico asalto. Desde las cercanías del museo parte una carretera hasta la playa llamada “Paraíso” o también la playa del “MININT”. Pedaleamos alrededor de un kilómetro hasta llegar al lugar. Un buen espacio de arena, un agua sumamente cálida y una cafetería-restaurante hallamos en el sitio. En la distancia, mar adentro, podíamos ver el llamado “Cayo de los Monos”.

Mientras nos bañábamos en aquella agua caliente, Vivian aseguraba comida para todos en el restaurante. Al poco rato de estar allí, la tentación nos movió a varios a llegarnos a nado al Cayo de los Monos. Poco a poco fuimos venciendo la distancia de unos 800 metros, hasta llegar al Cayo. Este es una especie de promontorio rocoso sobre el que crecen algunos árboles y hierba. Una casa sin techo resalta sobre la ladera sur del pequeño islote. Algunos se treparon en el cayo y otros le dimos un bojeo a nado. Después de saciar nuestra curiosidad, regresamos a nado a la playa, donde nos esperaban unas cajitas con almuerzo, como resultado de la gestión de Vivian, conteniendo arroz amarillo con mariscos y pescado. Después del almuerzo y de descansar un rato, partimos de regreso.

Travesuras en la playa Punta de Piedra

Martes 19 de agosto de 1997

Todavía sin permiso para el Sur, planificamos la visita a una nueva playa para el día. Esta sería Punta de Piedra, la más cercana a Gerona. Pasamos por la ciudad cabecera de la Isla, tomamos la carretera de Bibijagua y doblamos a la izquierda antes del Presidio Modelo, para poner rumbo en dirección a la costa.

Punta de Piedra es la mejor playa de las tres que visitamos en la costa norte de la Isla, sobre todo por la transparencia de su agua. En ella, una ancha y larga duna tiene allí como límites el manglar del canal de entrada a Nueva Gerona por el oeste y un enorme farallón por el este.

Encadenamos las bicicletas todas juntas y entramos al agua en otro día soleado. En medio del baño, alguien cayó en cuenta de que era el cumpleaños de Ulises. De inmediato se formó una “cacería” para capturarlo. Cuando lo atrapamos, le pudimos quitar, con bastante esfuerzo, la trusa al mastodonte, y le pusimos una condición para devolvérsela: que se mostrara en cueros. Ulises cumplió con la condición, dando una vuelta de carnera en el agua.

Pero la “fiesta” continuó. Aunque Oscar, el buen amigo de Abelito, lo calló, alguien recordó que el “Picúa” (como le decíamos a Abelito) cumplió años el día anterior. En esos momentos Abelito estaba algo distante del piquete mayor. Lo dejamos que se acercara y, cuando lo tuvimos a mano, le caímos encima en pandilla. Le quitamos también la trusa y lo levantamos en cueros del agua. En el forcejeó, el Picúa perdió el pin de su reloj y no lo pudo encontrar por mucho que lo buscó. Además, nos metió el cuento de que se le había perdido una chapa de pescar, poniendo a varios a buscarla.

Finalmente salimos del agua con la presión del hambre, pensando en buscar algo de comer en Gerona. Mientras nos alistábamos para partir, Eduardo y Vivian comían lomo ahumado en un restaurante ubicado en un extremo de la playa. Fue justo el momento para que una mano intencionada de alguien del grupo apretara el gusano de una de las cámaras de Eduardo, y la dejara sin aire. Al salir del restaurante Eduardo, se encontró con el fenómeno y su primer pensamiento fue creer que estaba ponchado. Después de cambiar la cámara y sin más travesuras en el ambiente, nos fuimos pedaleando de Punta de Piedra.

Oscar, el cocodrilero

Miércoles 20 de agosto de 1997

Junto al parque infantil del campamento de pioneros, había una jaula con un cocodrilo pequeño. Un trabajador del campamento sacó el reptil y Oscar quiso dárselas de domador. Agarró Oscar el cocodrilo y este le clavó los colmillos en una mano, sacándole un poco de sangre.

El cocodrilo que mordió a Oscar

Al fin en el Sur

Jueves 21 de agosto de 1997
En el punto de control de Cayo Piedra

Bien temprano en la mañana nos levantamos en una cafetería del caserío de Pino Alto, donde habíamos acampado en nuestro camino al Sur, ya con el permiso en la mano. Éramos 17, pues Deisy había regresado a La Habana. Recogimos el campamento y partimos a pedalear los siete kilómetros que nos separaban del puesto de guardafronteras de Cayo Piedra. Atravesamos sabanas, pedaleamos entre bosques y a las ocho de la mañana llegamos al punto de control. Ante la barrera que nos impedía el paso, les mostramos el permiso a los guardafronteras de guardia. Estos revisaron las mochilas y nos dejaron seguir.

Bajo un despejado cielo, tomamos de inmediato la carretera que va hacia Punta del Este, dejando a un lado la vía principal que recorre el Sur. Pedaleamos el corto tramo pavimentado y entramos en el largo y tortuoso terraplén que muy bien conocíamos el Chocky y yo desde la guerrilla de verano del año 92. En el único montecito que tiene el terraplén en los primeros kilómetros, me ponché. Con los árboles rodeándome, tuve que cambiar la cámara, acosado por los mosquitos. Resuelto el problema, seguimos pedaleando. Algunos nos adelantamos llevando un buen ritmo, hasta llegar al único entronque del terraplén. Siguiendo recto hacia adelante, llegaríamos a Punta del Este, pero la meta principal de la guerrilla era Playa Blanca, por lo que debíamos tomar a la derecha. Unos ocho kilómetros nos quedaban para llegar a la desconocida playa.

A Playa Blanca

En el entronque de Punta del Este y Playa Blanca, sentados a la espera de los últimos y protegidos de las ramas de unos arbustos, el ocio nos demostró no ser buena compañía para el grupo. Tirándonos una piedrecita por aquí y otra por allá, en poco tiempo se formó un tiroteo, en el que nos dispersamos por los alrededores, protegiéndonos en los arbustos y rastreando “municiones”. Solo se detuvo la guerrita al llegar los últimos. Seguimos entonces el avance.

La nueva vía era más estrecha que el largo terraplén a Punta del Este, encimándosenos las ramas de los árboles a nuestro paso. El terreno era bastante pedregoso.

Tras pedalear unos cinco o seis kilómetros, nos detuvimos junto a un bohío ubicado en un claro del bosque, que nos quedaba a la izquierda, el cual tenía en sus cercanías un pozo de agua. En la casa vivía un campesino llamado Joaquín, y esta estaba protegida por tela metálica.  Conversamos un rato con él y después fuimos al pozo a llenar de agua nuestros envases porque, según Joaquín, en Playa Blanca no había agua para tomar.

Mientras tirábamos un cubo con una soga al fondo del pozo y sacábamos agua, los mosquitos comenzaron a “avisarse”. Aquello se convirtió en una batalla campal. Nos apuramos lo más posible y salimos de prisa, pedaleando con furia.

En el último tramo, la vegetación se hizo más rala. Una serie de cajones de madera, cobijando panales de abejas, era la antesala de la orilla. Detrás, Playa Blanca se nos mostraba a la vista en unos dos kilómetros de extensión.

Llegada a Playa Blanca

La acampada en la paz de Playa Blanca

Aquello era una paz de silencio natural. Nada que indicara presencia humana había por los alrededores, salvo los pomos y otros objetos plásticos que recalaban de los barcos. La finísima arena solo era opacada en algunas partes por conglomerados de sargazos. En el extremo izquierdo había varias matas de uvas caletas. Hacia la derecha, en la distancia, se apreciaba una casuarina; al final, veíamos doblar hacia la derecha la línea de la orilla. Comenzamos la acampada al final del camino, frente a la playa. Levantamos los mosquiteros sobre la arena, mientras Adrián armaba su azul tienda de campaña.

La primera pesca

Después de instalados, los “pescadores” salieron a explorar el fondo de la playa. Estos eran Abelito, Oscar, Adrián y Hery. El primer hallazgo significativo fueron unas lajas apoyadas sobre el fondo, con unos escalones que las levantaban. Y, allá adentro, en el espacio creado entre las lajas y el fondo, descubrieron nada más y nada menos que colonias de langostas. En poco tiempo, los pescadores aseguraron la proteína de la comida de la jornada. Adrián parecía un niño. La pesca submarina era uno de sus hobbies preferidos y llegó al punto de coger langostas con un guante, sin necesidad de bichero.

El “frío”

Después de darnos un atracón de espaguetis con langostas y refresco, comenzó a languidecer la claridad de la tarde, y a aparecer el terror del Sur de la Isla: la plaga. A esa hora, ya estábamos completamente forrados: pantalón, camisa de mangas largas, medias en las manos y pulóver cubriendo la cabeza y dejando afuera la cara por la abertura del cuello. Esa vestimenta tuvo como nombre “El “frío”, porque parecía que estábamos vestidos para protegernos de una temperatura baja, en aquel caluroso verano. A esa hora, mojamos de petróleo, por segunda y última vez, las paredes de los mosquiteros. Ese era el toque final, para que no hubiera “casualidad” con la plaga.

El frío

Comidos, bebidos, oscurecidos y con plaga, no quedaba otra que penetrar en nuestros refugios. Cada cual entró en su mosquitero, salvo Adrián, que se coló en su tienda de campaña, la cual tenía mallas en la puerta, la ventana y el techo, por las que no cabían los jejenes. A aquella área donde estaban los mosquiteros y la tienda la llamamos “Zona Franca”, porque era donde único estábamos protegidos.

Idalmis en la Zona Franca

Al acostarnos tan temprano, la noche se nos hacía más larga, pero aquel panorama dominado por la plaga infernal no estaba para hacer tertulias. Es decir, Playa Blanca de día era un paraíso y de noche un infierno, si no se tomaban previsiones. Salvo algún que otro jején que siempre se colaba, lo más tedioso adentro era el calor, pero este era mucho más soportable que el ataque de los jejenes. Afuera, la oscuridad era cerrada, pues no había asomo de luna.

El cabeciduro de Eduardo

Viernes 22 de agosto de 1997

Al amanecer, la playa era un espejo. Y fue en aquel quieto panorama, cuando se escuchó la voz de Eduardo decir: “Me quedo con Palmarejo”. Yo no entendía bien por qué decía aquello. Como con la claridad, la plaga ya era mínima, salí del mosquitero, fui a verlo a su “morada” y le pregunté, sospechando la causa: “¿Cuánto petróleo le echaste al mosquitero?” Su respuesta lo decía todo: “Ninguno”. Poco a poco los demás se fueron asomando, aunque con cierto recelo, temiendo que quedara plaga afuera. Al salir, comenzaron a elogiar al petróleo por su eficaz efecto. En las paredes de los mosquiteros podíamos ver cientos de jejenes y otros bichos pegados y ya muertos. Solo Eduardo había sufrido por su cabezonada.

Una visita a Punta del Este

Nueve malnombristas nos juntamos para ir a Punta del Este en bicicletas, incluida Marialina, quien iba en una bicicleta de carrera, muy buena para rodar por carretera pavimentada, pero todo un riesgo por aquellos maltrechos terraplenes. Nos detuvimos en el pozo para coger agua, donde los mosquitos nos atacaron ferozmente. Allí parqueé mi bicicleta, con tan mala suerte que me ponché. Con rapidez, cambié la cámara.

Rodamos hasta el entronque con el largo terraplén y tomamos a la derecha en dirección a nuestro objetivo. El final fue una subida pedregosa, donde Marialina hizo una extraña pirueta y se ponchó. Ya en el edificio del radar, le cambiamos la cámara.

Sobre un muro de la entrada del edificio había unos panes y nos quedamos mirándonos, aguantados milagrosamente por no sé qué pizca de cordura. Entramos al edificio y nos recibieron con amabilidad, Pedimos agua y sobrecumplieron con agua fría, limones y azúcar para preparar una limonada. Allí entablamos una amena conversación con una investigadora.

Después nos propusieron subir a lo alto del radar, y para allá fuimos. Ya adentro, un meteorólogo nos habló de su funcionamiento. Después salimos por una puertecita a un balcón circular que rodea al radar, desde el que divisamos decenas de kilómetros a nuestro alrededor. El gran manto vegetal de la región, los tropicales colores de la playa, y unos cayos más allá, se colaron radiantes en nuestras pupilas, con la complicidad de un sol desenfrenado.

Luego de bajar del radar, nos montamos en las bicis, bajamos una lomita y nos fuimos para la cercana Cueva Número Uno de Punta del Este, la llamada “Capilla Sixtina del arte aborigen cubano”, por la variedad de pictografías que alberga en su techo y paredes. Los coloridos y enigmáticos círculos concéntricos, vistos tantas veces en fotografías, los teníamos ante nosotros. Pero la impresión por lo que veíamos duró poco, porque los mosquitos se “avisaron”, y buen pronto estábamos rodeados de una nube de ellos. La foto de grupo tirada a la entrada de la cueva cogió a todos moviéndonos, tratando de espantar a los zancudos.

Con apuro, partimos para la playa Tras unos cientos de metros de pedaleo rodeados de uvas caletas, se abrió la playa ante nosotros. Hacia la izquierda, la casa de visita; a la derecha, la extensa duna. Sin pensarlo, dejamos las bicicletas en la arena y nos metimos en el agua. Allí estuvimos un buen rato, refrescándonos ante el acoso del majadero sol y aliviando la piel tras las picadas.

Salimos con la presión de que no nos cogiera la noche en el regreso. Nos secamos al sol y partimos. Al pasar por el radar, nos llamaron para ofrecernos unos panes con queso. Ya no había cómo agradecerle a aquella gente. El deseo con el que nos comimos los panes, fue tal vez la mayor reciprocidad que tuvimos con ellos. Les agradecimos un mundo y partimos de vuelta a Playa Blanca.

Las últimas horas en Playa Blanca

Sábado 23 de agosto de 1997

Amanecimos con tranquilidad a nuestras últimas horas en Playa Blanca. Ese día regresaríamos a Nueva Gerona para hacer la cola para el barco. Yo tenía el listado del grupo con los números de carnés de identidad.

Eduardo durmió mejor, gracias a los chorros de petróleo que le echó al mosquitero. No obstante, le entraron algunos jejenes, porque Abelito le levantó subrepticiamente una de las paredes del mosquitero y se la calzó con un tronquito de madera. Cosas del Picúa.

Para el desayuno nos quedaba un poco de leche y también tostadas. Después del tiroteo, nos fuimos a bañar, para aprovechar el tiempo al máximo. Con la mañana avanzada, salimos del agua y comenzamos a recoger el campamento, pero sin apuro y con cierta nostalgia por tener que abandonar aquel paradisíaco lugar… de día. Al mediodía partimos de Playa Blanca, de regreso a Gerona.

El regreso (con bastantes complicaciones)

Domingo 24 de agosto de 1997

A las cuatro de la mañana nos despertamos, recogimos y partimos del campamento de pioneros, llevando un sentido agradecimiento por la atención recibida en los días en que allí estuvimos acampados. Ya en Gerona, nos fuimos para la terminal y allí nos sentamos a esperar a que rectificaran los pasajes.

A las seis comenzaron a mencionar nombre a nombre y a las siete comenzaron a vender los pasajes, formándose de inmediato un tumulto alrededor de la taquilla. Por cada nombre vendían tres, lo cual permitía que gente que no hizo la cola pudiera conseguir boletos. Como aquello me parecía injusto, le hablé al tumulto. De inmediato, los malnombristas comenzamos a organizar la cola para que no hubiera colados.

Estando en ese ajetreo, se apareció un hombre con varios pasajes para vender. Vivian al instante se le presentó, diciéndole que se los compraba. El hombre era trabajador de LABIOFAM y formaba parte de un grupo del centro que había ido a visitar la Isla. Como les sobraban pasajes, Vivian le compró 17, y así, casi milagrosamente –o gracias a La Estrella–, logramos tener los pasajes de vuelta.

Pero cuando creíamos tener todo resuelto, llegaron las verdaderas complicaciones. Al revisar los pasajes, notamos que estos no estaban llenos. Fuimos de inmediato a la taquilla para que los llenaran. El administrador de la terminal estaba allí y, al conocer que nuestros pasajes no habían sido vendidos por la cola, dijo que iba a llamar al barco para que los bloquearan.

Sin perder tiempo, cargamos nuestras mochilas y partimos en las bicicletas para el puerto. Al llegar a la puerta de entrada, Pablo llenó los pasajes, pero al intentar pasar con ellos, nos dijeron que a algunos les faltaba el cuño de la terminal.

Previendo un maldito desenlace, Hery, Adrián, Alejandro y yo volvimos a pedalear de prisa, llevando encima los pasajes que estaban por acuñar, hasta volver a la terminal. Allí me esmeré hablándole al administrador. El hombre, sin aflojar, nos recomendó que buscáramos a los que nos vendieron los pasajes. Le dijimos que ya habían subido al barco, y entonces orientó que nos los acuñaran.

Pero los rollos no se acababan. En medio de las gestiones, se apareció Oscar a la carrera, con los pasajes de Vivian y Kenya. A las primas las dejaron pasar con los pasajes sin cuños, pero, al intentar subir al barco, en la misma escalerilla se dieron cuenta y las viraron. Incluimos sus pasajes con los otros que faltaban por acuñar, les pusieron por fin el cuño y partimos de vuelta al puerto, liberando con cada pedaleo el estrés de la última hora vivida.

Cuando todo parecía resuelto, nos dimos cuenta que mi pasaje no había sido acuñado. Aquello era lo de nunca acabar, y el barco estaba a punto de partir. Virar para la terminal sería perder el barco; por eso me arriesgué a mostrar el pasaje en la puerta de entrada. Por suerte, allí no se dieron cuenta de que no estaba acuñado. Pero faltaba la última barrera, la del barco.

Fue entonces cuando a Hery se le “encendió la chispa”. Cogió todos los boletos de los que faltábamos, hizo un bulto con ellos y los entregó así. El hombre de la escalerilla los tomó ingenuamente, los picó a todos juntos por la mitad y se los devolvió a Hery. Con la respiración aguantada, subí entre los demás, y no paramos los 17 hasta llegar al último piso del barco con nuestras bicicletas. Allí pudimos respirar de verdad, sin un sustico más.

El resto del viaje se fue sin complicaciones: la navegación en el barco y el viaje en un tren desde Surgidero hasta Tulipán. Así terminaba la décima guerrilla de verano de Mal Nombre, tal vez la más “turística” de cuantas habíamos hecho, porque los paseos por las playas del norte y la estancia en Playa Blanca requirieron de poco rigor guerrillero. Playa Blanca fue nuestro paraíso, por supuesto, de día, aunque de noche supimos arreglárnosla para minimizar el acoso de la plaga. Si algo marcó a aquel grupo de bicicleteros de la Isla del 97, fue su incansable capacidad de joder.

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