Para la guerrilla de verano del 2001, previmos una combinación de lugares a visitar en el Sur de la Isla de la Juventud y nuevamente las bicicletas serían nuestro principal medio de transporte. Guanal, Carapachibey y Punta del Este estarían en la mira del itinerario, pero Playa Blanca sería nuevamente el plato fuerte para los 34 malnombristas participantes en la excursión.
Aguacero en un viaje en barco
Viernes 27 de julio del 2001
Llegó el barco al puerto del Surgidero de Batabanó y subimos con las mochilas, hasta ocupar un espacio en el piso superior. Después los hombres del grupo bajamos a buscar las bicicletas. Al tratar de pasar por una puerta para cortar camino, un custodio nos lo impidió y tuvimos que dar una larga vuelta. Finalmente pudimos subir con las bicicletas hasta el piso superior.
Zarpó el barco del puerto y comenzó a alejarse de la costa. Al poco rato, el cielo se nubló y bien pronto comenzó a llover. Los pasajeros que estaban en el piso, comenzaron a bajar buscando techo seguro, menos los malnombristas, que permanecimos estoicos arriba, protegiéndonos con nylon. El aguacero vino acompañado de viento y truenos.
Luego de un buen rato de lluvia, finalmente escampó, quedándose ensopada la cubierta. Con la llegada de la noche, nos empezamos a acotejar para intentar dormir algunas horas.
Hacia el Sur con roturas, tormenta y otras desventuras
Sábado 28 de julio del 2001
Partimos rumbo al Sur de la Isla de la Juventud cuando eran las 10:20 de la mañana. Tomamos la autopista a La Fe bajo un cielo nublado. En la ancha vía la lluvia llegó pronto y tuvimos que sacar los nylon para proteger las mochilas. También muy pronto, País comenzó a tener problemas en su bicicleta. A su excesivo peso se le sumaba el de su hijo, José Javier, quien iba en la parrilla, más dos mochilas.
Al llegar a La Fe, ya había escampado y nos comenzamos a concentrar en la circunvalación. Allí llegó Yara con la parrilla partida y Joel se la entizó con un alambre. En medio del impase, Irene comenzó a buscar un sitio para liberar su vejiga, pero la zona estaba carente de árboles y solo pudo lograr su objetivo agacha detrás de unos arbustos.
Al volver a pedalear, se nos ancló en las miradas un cerrado nubarrón rumbo al Sur. Al poco rato ya estaba lloviendo otra vez. Pasamos por Mella con la lluvia aflojando, pero, llegando a Pino Alto, se desató una tormenta. Luisito que, con tres años, iba sentado sobre un asientico ajustado sobre el caballo delantero de la bicicleta doble de sus padres, se recostó sobre el timón delantero y Hery lo tapó con un nylon. La tormenta traía fuerte lluvia y viento, acompañados de truenos. El corto tramo que separa Mella de Pino Alto lo pedaleamos casi sin ver. Al llegar a Pino Alto, descendimos la cuneta por la izquierda y nos guarecimos en el portal de la cafetería del pobladito. En la cafetería vendían pan con jamón y con mortadella, y jugo de guayaba. El hambriento ataque que allí hicimos asombró a los lugareños. Cuando escampó, seguimos el pedaleo.
Pasamos un tramo de sabana, seguimos entre grandes árboles y llegamos al punto de control de Cayo Piedra. Allí nos encontramos con “Caballo Loco”, un combatiente del Ejército Rebelde, que atendía la zona por la empresa de Flora y Fauna. Conversamos un rato con el carismático “personaje”.
Rumbo a Carapachibey, otra vez las bicis con problemas
En los 10 kilómetros que van del entronque del Guanal al de Carapachibey la carretera mostró sus “garras”; en unos tramos era terraplén y en otros peores el pavimento estaba demasiado agreste. El Puro comenzó a sufrir un salto de biela al pedalear, debido a un pasador en mal estado. El problema se le fue agravando, hasta que decidió seguir a pie, llevando la bici de la mano. A País la bicicleta volvió a “encabritársele” y tuvo que parar bajo el sol de la tarde.
Mientras la retaguardia se complicaba, la delantera ya había llegado a Carapachibey, donde se levanta uno de los faros más altos de América Latina, con 60 metros de alto.
De las cuatro casas unidas por un pasillo circular y asentadas en la base del faro, solo dos estaban habitadas. Un muro bordeaba toda la zona y una pipa de agua estaba parqueada en una explanada ubicada frente al faro, dentro del área delimitada por el muro. Comenzó entonces la acampada sobre el pasillo circular. Las tiendas de campaña y los mosquiteros empezaron a abrirse.
Como aún faltaban por llegar el Puro, País y José Javier; Yaser, Sosa, Hery y yo partimos a buscarlos en nuestras bicicletas. Hery iba en su doble. Rebasamos la carreterita de entrada y algo más adelante nos encontramos con el Puro, quien seguía caminando. Al tratar de ayudarlo, se negó, se montó en la bicicleta y partió dando pedales con su salto en la biela y acompañado por Sosa.
Un poco más adelante nos topamos con una escena que daba para reírse. País y Javier avanzaban a pie, País “echaba chispas” y su niño era quien le daba psicoterapia. El problema de la bicicleta era serio; se le había partido el eje, víctima del excesivo peso. Como allí no había arreglo posible, desarmamos la bicicleta. Yaser se llevó a José Javier emparrillado, País se montó en el asiento trasero de la doble de Hery, llevando una rueda en la mano, y yo enganché a mi bicicleta el resto de la bici de País. Así pudimos llegar a Carapachibey, para terminar el primer día de pedaleo por el Sur de la Isla.
Un zoológico rupestre
Domingo 29 de julio del 2001
El Rincón del Guanal parecía un zoológico. Nuestro primer asombro nos lo causó la mansa jutía “Pancho”. Los niños se deleitaron tocando al animalito. Después la atención se la llevó un perrito que no dejaba de fastidiar a un gatico. Luego supimos de un cocodrilo que estaba por las cercanías del pozo. Al llegar al pozo, el animal no se nos mostró, pero un niño del lugar lo sacó de debajo de una bañadera que estaba virada al revés.
El cocodrilo era un jovenzuelo. Después nuestras miradas se posaron en una mata donde se recreaba un tocororo. Terminada la contemplación de la fauna del lugar, llenamos de agua todos los envases y matamos la sed del momento, sintiendo el ataque der los mosquitos, los cuales no podían faltar entre las especies del “zoológico”.
Más fauna en playa Guanal
Una lagunita se abría en el extremo occidental de playa Guanal, donde estábamos acampados, y hasta allí fuimos unos cuantos de la tropa. Dos orificios asomados en el agua eran el hocico del cocodrilo. El animal no era muy grande. Algunas piedrecitas que le lanzamos lo hicieron chapoletear en el agua, permitiéndonos verle casi todo el cuerpo. Esa noche dormiríamos al lado de un cocodrilo. A la escena del reptil le siguió otra humorística, en la que José Javier le caía atrás a Bethsy con un cangrejo en la mano. La gritería de la niña retumbó en la playa.
Ahora: abejas
Lunes 30 de julio del 2001
Después de pasar el entronque a Playa Larga, enrumbamos hacia Cayo Piedra. Avanzando por la vía recta, vimos hacia adelante un grupo de hombres al borde del terraplén. Al acercarnos, notamos que estaban castrando abejas, por lo que apretamos la velocidad para evitar ser picados. Pero Javier (un novato e ingeniero eléctrico) casi choca con Yara y, del incidente, ambos fueron al suelo, recibiendo picadas en varias partes del cuerpo. Como almas que llevan el diablo, volvieron a montarse y se alejaron del lugar.
Jacinto y Catalina
Dejando atrás el terraplén a Punta del Este, enfilamos hacia Playa Blanca. La nueva senda nos llevó hasta una estación biológica ubicada al lado del pozo que nos serviría de abastecimiento de agua, y allí nos detuvimos. Un amplio claro en el bosque, con dos casas de madera (una con ventanas protegidas por telas metálicas y la otra abandonada), el pozo que ya conocíamos desde el año 97, perros flacos, puercos, matas de guayabas con frutas y, por supuesto bastantes mosquitos, hallamos en el lugar.

Lo mejor del sitio eran Jacinto y Catalina, una pareja de lugareños que nos abrió los brazos de la amistad desde el primer momento. En lo que llenábamos los pomos de agua, Ichi se subía en una mata de guayabas y País hacía aparición con retraso. Conversando con la pareja, estos nos invitaron a buscar miel en unos panales cercanos, pero, de momento, nuestra prioridad era organizar la acampada en la cercana Playa Blanca.

Pescando
Acabados de levantar las tiendas de campaña en playa Blanca, Hery y Adrián entraron al agua con sus escopetas de caza submarina, con la intención de agrandar el menú de la comida. Ambos habían sido protagonistas de la pesca en la guerrilla de verano del 97 en la misma playa. En la ocasión, unas lajas que descansaban en el fondo eran los refugios predilectos de las langostas. Pero en la nueva incursión, las lajas no aparecían. Joel, Yaser y yo nos sumamos a la pesquisa, hasta que apareció una primera laja y Joel logró cazar dos crustáceos.
Un poco después, mientras nadaba, me pasó una picúa por debajo y le avisé a Adrián, quien le partió para arriba de inmediato y le hizo un primer disparo, sin tener éxito, pero en el segundo, logró ensartar a la picúa, que era un animal de buen tamaño. Hery se le unió para sacar la varilla, pero no pudieron en el agua y tuvieron salir a la orilla para hacerlo. Terminamos la pesca muertos de hambre.

Un nuevo invento para la plaga
Al oscurecer, formamos el tiroteo, incluyendo a Jacinto y Catalina en la repartición. Para apaciguar a la plaga, Jacinto nos mostró un invento. Con agujas de pino, formó un bultico alargado, cubrió el bulto con algas, que estaban en abundancia sobre la arena, pero le dejó una esquina afuera al bultico para encenderlo. La candela lograda formó una gran humareda, que apaciguó a los molestos insectos. Al ver la efectividad del invento, otros lo imitaron.
Un accidente
Martes 31 de julio del 2001
Cerca del mediodía cayó un aguacero, el segundo de la jornada, y Lorenzo, Irene, Gipsy y Ganni se protegieron bajo un gran nylon. Mientras aún llovía, a Ichi, Yaser y al Chocky se les ocurrió quitarles el nylon. Para ello salieron del agua cautelosamente. Finalmente, el Chocky se quedó en la orilla, mientras Ichi y Yaser agarraban el nylon y se mandaban a correr para la playa.
En el corretaje, Yaser no se dio cuenta que el Chocky estaba agachado en la orilla y, cuando lo vio, ya era tarde, para evitar darle un rodillazo en la parte superior del párpado. De inmediato, comenzó a brotar la sangre. La herida requería puntos, pero no teníamos quién ni con qué darlos. Adrián sacó un kit de medicamentos y en su tienda de campaña le puso un punto de “mariposa”, con tanta meticulosidad, que dejó bien unidas las dos partes de la herida. Anna propuso llevarlo a un médico, pero le dije que no tenía sentido, porque cuando llegáramos, ya sería tarde para coserle puntos. El Chocky tampoco quería salir de Playa Blanca.
A Punta del Este por una costa desconocida
Miércoles 1ro. de agosto del 2001
Sobre las nueve de la mañana partimos 27 malnombristas en una jornada también amenazada por la lluvia. Íbamos ligeros de peso, a recorrer una costa desconocida. Nuestro destino era Punta del Este. Dejamos atrás la arena, caminamos por una orilla baja y rocosa ‒con el mangle asomado‒, pasamos un tramo de hierba y doblamos la punta oriental de la ensenada donde se asienta playa Blanca. Continuamos la marcha por un largo tramo donde algunos espacios de arena se nos abrían entre diente de perro y oquedades en el terreno. A la izquierda, tierra adentro, se asomaba el bosque en el que destacaban bellos ejemplares de yareyes. Sobre el suelo veíamos variedad de objetos plásticos llegados allí por el recalo provenientes de barcos.
El cielo seguía nublado y, tras una amenaza sin concretarse, nos soltó un aguacero. El clima así nos ayudaba pues, sin nubes, el andar por aquella costa hubiera sido sofocante y más que sediento.
Llegamos al borde de un farallón, descendimos por dientes de perro, rebasamos una playita de arena gruesa y trepamos un nuevo farallón, más alto que el anterior. Ya arriba, la inmensidad del mar se nos abrió. Un fondo marino arenoso, de varios metros de profundidad, se extendía como una planicie. En el horizonte: varios cayos del archipiélago de Los Canarreos.

Al pie del farallón recibían el oleaje grandes peñascos rajados por la furia del mar, con el beneplácito del tiempo. Una botella de color verde se mantenía íntegra en medio del batir de las olas contra las rocas; tal vez fuera plástica. Al este noreste se nos dibujaba la gran esfera blanca del radar de Punta del Este. Hacia atrás podíamos ver la maleza verde sobre una vasta extensión de tierra llana. Empotrada en el diente de perro, hallamos una placa de geodesia y cartografía. Antes de partir de allí, nos tiramos unas fotos.
Descendimos el farallón y tomamos por una vereda, hasta que se nos interpuso una maleza con espinas y decidimos abrirnos paso hacia la costa. Pero antes tuvimos que hacer un alto, porque Patricia se había llenado de unas espinas muy finas, pero alargadas, que le provocaban bastante picazón. Patry, con los ocho años que tenía, se había portado bastante bien, pero aquello le molestaba bastante y Adrián tuvo que sacarle las molestas espinas con mucha paciencia.
Para llegar a la costa, avanzamos con dificultad entre unos arbustos leñosos y sobre un terreno rocoso, bajo un fuerte aguacero. Ya abajo, continuamos por costa baja, recorriendo un trecho de lajas y diente de perro, donde abundaba el alga, hasta salir a la arena de la playa Punta del Este. Yaser y yo no perdimos tiempo en darnos un chapuzón. Mientras nos bañábamos, la tropa siguió, pero más adelante se detuvo para hablar con un hombre que llegó hasta la orilla. Era un trabajador de la estación meteorológica y les dijo que una onda tropical era la causante de aquel mal tiempo prolongado.
Debate con votación
Al llegar los caminantes de regreso a playa Blanca, recibimos la agradable noticia de que el tiroteo estaba listo, gracias a la ingente labor realizada por los que se quedaron. No obstante, algunos nos bañamos en la playa.
A esa hora había una seria incertidumbre en el grupo. El plan para el día siguiente era regresar a Nueva Gerona, pero el cielo estaba muy nublado y había tres opiniones diferentes sobre dónde acampar esa noche. Unos preferían quedarse en Playa Blanca, otros en la casa de Jacinto y Catalina, y algunos optaban por ir hasta Cayo Piedra. Llamé entonces al grupo. Cuando estuvimos todos, propuse y acordamos una premisa: acampar todos juntos.
Comenzando el debate, se desechó la opción de Cayo Piedra, porque no llegaríamos de día. Desde el inicio se destaparon dos grandes defensores de las otras dos opciones: Mariela por la casa de Jacinto y Catalina, y País por quedarse en Playa Blanca. Con el debate muy polarizado, di mi opinión, que más bien pareció un parte meteorológico. Acababa de aclararse el cielo y, señalando hacia el este, dije que una onda tropical era una línea viajera, y que esta ya estaba pasando. Después de mis palabras, hicimos la votación y ganó la opción de quedarnos en la playa por estrecho margen. ¡Qué opción!
Una noche inolvidable
Después de la votación, se formó el tiroteo y, ya cayendo la noche y sin amenaza en el cielo, nos fuimos a acostar. Adrián le dio cobija a Idalmis y a Luisito en su tienda de campaña, por si acaso.
Pero un rato más tarde comenzó a relampaguear por el este. A los relámpagos le siguió un viento de lluvia, que no daba margen para dudar sobre lo que nos venía encima. Algunos ya estaban dormidos cuando se desató el aguacero. En poco tiempo, Playa Blanca se volvió un infierno. Mi parte meteorológico había sido un verdadero desastre. La tienda de campaña de Adrián se repletó con 15 malnombristas, que comenzaron a ver pasar las horas sentados.
Jueves 2 de agosto del 2001
A la una de la madrugada, Yaser lanzó una pregunta al aire: “¿Qué hora es?” La respuesta gritada por alguien fue una decepción: “La una”. ¡La una nada más! Y a todas esas, los mosquitos no daban tregua, como si fueran impermeables. Yo estuve un tiempo sentado sobre la tanqueta afuera del mosquitero, metido dentro de un nylon negro ecológico, pero los mosquitos me obligaron a entrar. En ese entra y sale se me fueron las horas como un chicle que se estira, como si no tuviera límite.
Al amanecer ya había escampado, pero el campamento parecía tierra arrasada. Las tiendas de campaña estaban caídas o ladeadas, los mosquiteros igual, además de enchumbados. Todo el mundo se fue levantando con ojeras. Habíamos pasado unas de las peores noches en toda la historia de Mal Nombre.
Mi papá es mejor que el tuyo
Tras partir de playa Blanca, de regreso a Nueva Gerona, hicimos un alto en el pozo para llenar los pomos de agua y despedirnos de Jacinto y Catalina. En eso estaba José Javier, pero no lograba llenar el cubo, por lo que su papá le quiso enseñar. Cogió País el cubo y lo lanzó al fondo con cierto estilo, pero con tan mala previsión que, con el cubo, también se fue la soga. Bethsy e Ichi, que estaban cerca, comenzaron a burlarse, y José Javier se molestó con Bethsy, al punto de decirle una frase que se hizo célebre en Mal Nombre: “Mi papá es mejor que el tuyo”. No por ello, dejaron de burlarse. Entonces País, con la cara más infeliz del mundo, fue a ver a Jacinto para comentarle la situación. Jacinto buscó una vara que tenía un gancho en la punta en forma de bichero y “pescó” el cubo con el artefacto.
¡Qué país!
“Qué Paíz” es una frase muy usada por Mal Nombre, tomada de los animados de Elpidio Valdés para ilustrar las veleidades del clima cubano. Pues tal frase venía a la perfección en aquella soleada mañana, después de dos días de abundante lluvia en una playa donde tanta falta nos hizo el astro rey. Y era precisamente en una jornada de mucho pedalear cuando el sol volvía a salir, ¡y con qué ímpetu!
•••
El resto de la guerrilla se comportó según lo previsto: visita al museo del Presidio Modelo, estancia en Gerona, regreso en barco y viaje final a La Habana en una camioneta gestionada por Ichi. Terminaba así la tercera excursión de Mal Nombre por el Sur de la Isla de la Juventud, en la que, además de los malnombristas, fueron protagonistas la lluvia, el sol y la fauna, en lo que no podía faltar la insufrible plaga de mosquitos y jejenes.
