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Pasajes del Sur de la Isla de la Juventud (2010, segunda parte)

Miguel Alfonso Sandelis
13 febrero 2026 | 0 |

En Cocodrilo a la vuelta de Punta Francés

Viernes 6 de agosto del 2010

El trayecto hasta Cocodrilo esta vez fue sin problemas. De nuevo en la cafetería, otra compra generalizada garantizó una merienda equitativa para todos y otra vez el teléfono fue asaltado por los que más extrañaban. Como había acumulación de ponches en las cámaras, una ponchera particular vio formarse una cola no habitual. En el patio donde se hallaba la ponchera había una mata de cocos repleta y Reinaldo le compró diez cocos al ponchero.

Frente a la cafetería había una manguerita con agua dulce y algunos nos bañamos, librándonos por primera vez de la sal acumulada en los últimos días. Hay quien fue más allá, quitándole la sal también a la bicicleta. Se rellenaron allí los pomos de agua. Al lado de la cafetería hallé milagrosamente una goma 28 en una tienda, pudiendo cambiar así la goma rajada.

Lo inmediato vs. lo estratégico

El plan para el día era acampar en Playa Guanal, pero aún faltaban 33 kilómetros y la tarde ya avanzaba. Surgió entonces la variante de acampar nuevamente en Carapachibey, donde había mejores condiciones, aunque después la distancia a pedalear sería mayor. Ante la disyuntiva, llamé a reunión bajo un almendro. El ser humano tiene la tendencia a asegurar lo inmediato, aunque por ello complique lo posterior. Una frase beisbolera lo resume así: “hay que ganar el juego dé hoy y mañana ya se verá.” Por eso, en la reunión bajo el almendro, se aprobó Carapachibey.

Problemas con las bicis

Con la tarde cayendo, fueron llegando los primeros a Carapachibey, pero los problemas en la retaguardia continuaban. Antes del entronque del farito, a la doble de Hery y Juliet se le partió la cadena. Me enteré del problema al llegar a Carapachibey y regresé con Hainer a ayudar.

Cuando nos topamos con Hery y Juliet, ya venían pedaleando, pues Hery había remendado la cadena. Pero nos anunciaron que el Rafa estaba atrás con la bicicleta rota. Seguimos en retroceso, nos topamos con el Tin, y luego el Rafa nos rebasó montado en el trasero de una camioneta, con la bicicleta junto a él. Volvimos en la dirección del faro y dimos nuevamente con el Rafa, que estaba casi llegando a pie a Carapachibey, pues la camioneta lo había dejado en el entronque.

Otra vez en Carapachibey

La acogida en Carapachibey fue buena. El baño en la playita no se hizo esperar ni tampoco la pesca de Reinaldo, quien no perdía un chance con su escopeta. Realmente la pesca en el Sur no estaba prohibida, siempre que fuera a consumirse en la zona. Otra cosa eran los pescadores y, sobre todo, los llamados “cazadores furtivos”, que llevaban los productos, principalmente a Gerona, para la venta ilegal.

El grupo Dos de cocina preparó espaguetis mientras se redistribuían los bultos de comida. En el mismo lugar de ruinas de concreto y cabillas, se repartió la comida, dejando para después la pesca de Reinaldo, que llegó algo tarde, cuando la plaga estaba al salir. Esperamos la noche vestidos para el “frío”. Una larga tertulia de los adolescentes del grupo matizó las horas previas al sueño. Otros jugaron dominó en el pasillo y finalmente durmieron allí. Varios malnombristas acamparon en lo alto del faro.

Aurora e Idalmis delante del faro de Carapachibey

El cruento terraplén a Punta del Este

Sábado 7 de agosto del 2010

Pasado el mediodía partimos 38 malnombristas de Cayo Piedra, con destino a Punta del Este, bajo un sol dispuesto a molestarnos. Por la orientación del terraplén entre el este y el oeste, en días soleados nunca llega la sombra, lo cual se refuerza por ser casi todo el tramo entre zona pantanosa, donde la vegetación es baja.

La Ciénaga de Lanier premia a la zona con charcos frecuentes entre el diente de perro y el fango, e incluso un lagunato se muestra en el trayecto. Tony, Hery y Lorenzo se habían ido en un camión Kamaz para Nueva Gerona. Tony tenía problemas con la visión, mientras Hery y Lorenzo se iban a buscar gomas sustitutas de las que tenían rajadas; antes, dejaron allí la bicicleta doble de Hery.

En el terraplén a Punta del Este los problemas comenzaron pronto. Al rebasar los 1.5 kilómetros de pavimento, Monty se ponchó. Lo pasiva de su actitud agravó la situación, pues se sentó a esperar un ponche frío que no llegaba. Jorge, más adelante, sufrió otro ponche, mientras Bety y Martica, conversando, chocaron y cayeron, sin más consecuencia que una joroba en un pedal de la primera. Al rato le enderezaron el pedal y Bety continuó. Como María Emilia tenía una goma rajada, Wilfredo cargaba a Amelie en su espalda, mientras pedaleaba.

El cruento terraplén a Punta del Este

La sed comenzó a vaciar los envases de agua desproporcionadamente. Para colmo, la poca agua que le quedaba a la gente sabía a caldo, por la elevada temperatura ambiente. El cansancio tenía poco alivio, pues las sombras de los árboles escaseaban y los mosquitos acosaban en la maleza.

Al poco rato de rebasar el entronque a Playa Blanca, por si fuera poco, se me reventó una cámara, cuando debían faltarme unos ocho kilómetros. Sin perder tiempo, comencé a caminar, halando la bicicleta. Leyva, al pasar, me facilitó un repuesto. Esperé alrededor de media hora por una bomba de aire y herramientas – mis llaves mecánicas se las había dado a Jorge al poncharse –, pero al no aparecer ni lo uno ni lo otro, retomé la marcha. Se me fueron así casi dos horas. En el último kilómetro, la ciénaga desaparece ya en la cercanía de la costa, elevándose la vegetación y encimándose al terraplén. En ese tramo los cangrejos y los macaos habitan a su gusto.

Una lomita empedrada fue el preludio de la ansiada llegada. Al subir, un albergue de Guardabosques me dio la bienvenida. Parte de la tropa ya había llegado. A la izquierda teníamos el edificio que sostenía en la altura la blanca esfera del radar meteorológico de Punta del Este. Era la cuarta visita de Mal Nombre al lugar.

Los malnombristas se habían agrupado en el albergue de Guardabosques. Varias mujeres del grupo habían ido al edificio del radar y fueron muy bien recibidas. De su gestión quedó que dormiríamos allí, sobre colchones y en aire acondicionado; ¡qué más pedir!

Al rato llegó un carro de turismo tipo camioneta, con Alejo y María Emilia, incluyendo sus bicicletas. Siguió arribando gente, pero aún faltaban Monty y la retaguardia. La tarde iba cayendo y la demora era preocupante, pues con la noche, la plaga daría cuenta de los faltantes, además de otras complicaciones que traería la falta de luz. ¡Era mejor ni pensarlo!

Partí entonces en la bicicleta de Reinaldo, con la compañía de Hainer en la suya, en busca de los últimos. En el tramo de monte dimos con el Rafa y el Tin, que venían caminando por ponches en sus bicis; por suerte, les faltaba poco. Continuamos hasta dar con Raine y Alberto, que pensaban dejar sus mochilas y regresar por Monty. El Arquitecto –el otro de la retaguardia – venía con él, según nos informaron.

Continuamos pedaleando en retroceso y rebasamos el entronque a Playa Blanca, cuando vimos de lejos una sola bicicleta, por supuesto con su ciclista. Aquello era raro. Jackmel –el Arquitecto – no dejaría a Monty solo, y un isleño a esa hora no parecía ser algo lógico.

En efecto, ni lo uno ni lo otro. Una gran sorpresa nos llevamos al ver a Hery y a Lorenzo, que traían un ritmo impresionante en la doble de Hery. Nos cruzamos y seguí con Hainer en un pedaleo intenso, mientras la tarde seguía esfumándose.

Por fin vimos las siluetas de los retrasados, hasta que llegamos a su lado; venían caminando sin más alternativas. Sin perder tiempo, Hainer montó a Monty en su parrilla; el emparrillado llevaría de la mano su bicicleta. En la caja de atrás de mi “chivo” puse la mochila de Monty. Jackmel montó en su bicicleta, llevando su mochila.

Partimos de esta forma, pero pronto comprendimos lo difícil que era para Monty llevar su bicicleta de la mano, estando emparrillado. Entonces cogí la bicicleta de Monty con la mano derecha, mientras seguía pedaleando. Hainer continuó llevando a Monty en la parrilla. A esa ahora el sol ya se había ocultado y quedaba su claridad remanente.

Qué decir de los brincos de la bici de Monty por aquel terraplén y el esfuerzo de mi muñeca derecha. Llevábamos un ritmo desaforado, a la vista de la noche. Raine llegó de regreso y pasó para su parrilla la mochila de Monty. De este modo, aún con luz, a las 8:30 llegamos por fin al albergue de Guardafronteras, evitando una noche en aquel infierno de pantano, mosquitos y jejenes.

Una acogida espectacular

Las horas que restaban de la jornada fueron puro relax. La acogida en el edificio no pudo ser mejor. Allí habitaban en armonía compañeros del Instituto de Meteorología, Áreas Protegidas, Flora y Fauna, Patrimonio y Guardabosques. Evidentemente, a nuestra llegada afloró la sensibilidad humana de aquella gente, que al vernos “tirotear” afuera, con niños y mujeres, vestidos para el “frío”, nos regalaron su comedor. ¡Para colmo, teníamos agua fría a “discreción” y televisión!

Finalmente, después de informarnos por la tele de lo que pasaba en este mundo, y de que algunos jugaran dominó, dormimos repartidos en las dos plantas del edificio, unos en el área de televisión ubicada en la planta baja y otros en dos cuartos de la planta superior, todos con aire acondicionado.

Visita al radar

Domingo 8 de agosto del 2010

Ese día tocaba ocio, muy merecido después de la dura jornada anterior. El desayuno trajo refresco, pues la leche no era para esos días de relax.

Vista desde el mirador del radar de Punta del Este

En la mañana, la visita al radar no se hizo esperar. Andrés, un ingeniero muy capaz, nos explicó los pormenores técnicos del funcionamiento y de aquel ciclón que se le perdió a Rubiera y atravesó Punta del Este, cuando desde allí alertaban. A la par, disfrutamos la vista desde el mirador que ronda a la esfera. La cayería que se extiende hasta Cayo Largo, comienza allí. El cayo de Los Monos se divisa a lo lejos. Al oeste, el monte y el pantano lo abarcan todo. La playa hacia el sur choca con un impetuoso farallón.

Visitas a las cuevas No. 1 y No. 2 de Punta del Este

Un importante atractivo en la mañana lo fue la visita a dos cuevas de la zona: las Número 1 y Número 2 de Punta del Este. La 1, ubicada a la derecha del terraplén a la playa, justo al bajar la pendiente inicial, tiene gran fama por ser la que guarda la mayor cantidad de pictografías en el país, por lo que es llamada “La Capilla Sixtina Cubana”. Esta, formada por un solo salón con una claraboya en su interior, ya había sido visitada en las ocasiones anteriores en que Mal Nombre llegó a Punta del Este.

En la cueva No. 1 de Punta del Este

Dos compañeros de Patrimonio sirvieron de guías, comentando las distintas interpretaciones que existen sobre los 28 círculos concéntricos que adornan el techo de la cueva. Nos hablaron de un gallego llamado Antonio Isla, prófugo del Presidio Modelo, que vivió allí varios años en la primera mitad del pasado siglo. El humo de sus fogatas causó algunos estragos en las pictografías.

La crecida vegetación frente a la cueva, sobre todo de uvas caletas, también causó daños, al elevar la humedad, y con ella incrementar la afectación de los hongos. Anteriormente, con la entrada directa de la brisa marina, la humedad era escasa. A instancias de Antonio Núñez Jiménez, se pudo llevar a cabo la restauración de las pictografías por parte del Centro Nacional de Conservación y Restauración de Monumentos (CENCREM).

La cueva Número 2, ubicada en el lado contrario del terraplén, también alberga pictografías, aunque, en menor cantidad, tal vez por su reducido tamaño. Las pinturas aborígenes fueron todas hechas con líneas rojas, a diferencia de la 1, donde el negro y el rojo conformaron los trazos.

Un baño en la playa

El baño en la playa ocupó un buen espacio del día, pues la gente iba y venía en grupos. Un camino de unos 200 metros de largo entre las uvas caletas, lleva directo hasta la ancha y blanca franja de arena en la mejor zona de playa, sin tener que recorrer el terraplén hasta la Puntilla. La playa, con su tonalidad verde azulada, era baja en su interior, con todo el fondo arenoso y un agua cálida, típica de un verano tropical.

Una interesante caminata hasta Playa Blanca

Lunes 9 de agosto del 2010

Una visita a Playa Blanca era el plan para el día, aunque la comodidad de Punta del Este sedujo a la mayoría a quedarse allí. Para los caminantes, el desayuno fue reforzado.

Finalmente, a las 8:57 de la mañana, partimos 11 rumbo a Playa Blanca, ubicada en dirección sur a unos ocho kilómetros de donde estábamos. Nos acompañaban dos trabajadores de Flora y Fauna, que aprovecharían la jornada para revisar los nidos de quelonios. Uno de ellos llevaba una vara de pescar. Una perrita del otro trabajador de Flora y Fauna se sumó a la tropa. Cargábamos adecuadas provisiones de agua y comida.

Camino a Playa Blanca

Un trillo iniciado junto al albergue de los guardabosques nos sumergió en el monte. Después avanzamos por la costa formada por lajas de piedras, pues la arena de la playa había quedado atrás.

Más adelante subimos un farallón por una ladera inclinada. Un trillo arriba nos siguió guiando entre la maleza costera. Al final del farallón, bajamos a un playazo de arena amarillenta y gruesa.

Allí los de Flora y Fauna revisaron las fechas de unos nidos de quelonios. En la zona desovaban tortugas, careyes y caguamas. Los nidos mostraban un declive en el terreno, formado por la hembra al desovar. Cada uno tenía un palito enterrado, con un pomo amarrado con un papel en su interior, marcando la fecha del desove.

De nuestros acompañantes aprendimos cosas sumamente interesantes. Cada hembra puede parir entre tres y cuatro veces, y cada parición puede tener entre 50 y 60 huevos. Los cascarones demoran 55 días en abrirse, para que los recién nacidos salgan a luchar por la vida, que en sus casos significa alcanzar las profundidades del mar sin devorados por los depredadores.

Continuamos caminando, ahora por costa baja, con la gran suerte de hacerlo en un día nublado. El suelo que pisábamos era ora diente de perro, ora lajas de piedras y ora incómoda arena. A nuestro paso encontrábamos cualquier tipo de objetos plásticos, debido al recalo de los barcos, desde los cuales se lanzan al mar indiscriminadamente.

Al rato llegamos a un segundo farallón, más bajo que el anterior. Seguimos la franja costera, teniendo hacia la tierra una vegetación de arbustos y yareyes. Comenzamos a doblar el extremo de una caleta, hasta divisar en su fondo a Playa Blanca, con sus casi dos kilómetros de arena. Continuamos por la orilla, ya hacia adentro, pisando indistintamente suelo de arena con caracoles, hierba, diente de perro y rebasando a veces las raíces del mangle colorado.

En un momento en que andábamos sobre hierba, divisamos dos carapachos entre unos arbustos. Uno pertenecía a una gran tortuga verde y aún tenía la cabeza del quelonio. El otro era de un carey. Evidentemente, de las manos indiscriminadas de cazadores furtivos se había cometido aquel incalificable acto.

Finalmente llegamos a Playa Blanca, cuando eran las 11:11 minutos de la mañana. Pronto me asaltaron los recuerdos de las dos acampadas anteriores. Noté la falta de unas matas de uvas caletas en un extremo de la playa, bajo las cuales cocinábamos. Los ciclones recientes las arrancaron de su hábitat. En general, la vegetación costera había sido dañada por los huracanes. Grandes cantidades de un alga de color oscuro reposaban sobre gran parte de la arena. La arena de Playa Blanca es tan fina que tiene una textura pastosa.

En Playa Blanca

Buscamos en la arena un lugar despejado de algas para dejar las provisiones que trajimos y entramos en el agua relajadamente. Pasamos un buen rato de tertulia en un ruedo dentro del agua, hasta que el hambre nos llamó a capitulo.

Ya afuera, abrimos latas y nylon para darnos un improvisado banquete, e incluimos a la perrita en la ración. Después de llenarnos al gusto, descansamos otro rato y finalmente partimos de regreso, contando todavía con las nubes que nos protegían de un acoso solar. Distinto fuera el viaje con un cielo despejado, pues la sed y el cansancio hubieran sido inolvidables.

Llegamos sin contratiempos al farallón más bajo. Allí hicimos un alto, pues el dueño de la vara de pescar realizó algunos tiros. Luego seguimos hasta el playazo, donde la mezcla de lo consumido me obligó a ocultarme en unos matorrales. Al borde del farallón, el hombre de la vara volvió a hacer tiros, pero esta vez no se fue en blanco. Un sábalo primero y una picúa después, mordieron el pescadito artificial de carnada, pero a ambos los perdió en el forcejeo.

Me bañé en la playita mientras esperábamos a Wilfredo, que venía detrás a paso relajado; Raine también se bañó. Luego continuamos hasta recorrer sin problemas el tramo que faltaba hasta el radar, llegando sobre las tres de la tarde al reencuentro con el resto.

Reunión final en Punta del Este

Martes 10 de agosto del 2010

Ya a punto de partir, llamamos a reunión en el lobby del edificio, para despedirnos de quienes nos habían entregado lo mejor de sí en aquellos días en Punta del Este. Comencé agradeciendo a los anfitriones y, seguidamente, Daniel, uno de Patrimonio, soltó todo lo que tenía adentro; habló de la disciplina del grupo, que nadie toma (lo cual es así en guerrillas, pues en La Habana, sin excedernos, tomamos en las fiestas) ni fuma, la forma tan sana de compartir, y que lo único malo era el “nombre”.

Cuando aparecimos el primer día, alguien comentó que venía mucha gente en bicicleta, y no le creyeron, como era lógico. Les impresionó la sencillez con la que llegamos, sin pedir nada. La pequeña Naibeth terminó la reunión cantando “El Rey”, mientras le hacíamos coro. No quedaba más, solo partir, y la suerte estaba echada.

El final de la más larga bicicletada por el Sur de la Isla de la Juventud

El trayecto de regreso a Nueva Gerona fue mucho menos accidentado que a la ida. Terminaba así el periplo más largo de Mal Nombre por el Sur de la Isla de la Juventud. A la excursión le restaba un día en Gerona, con visita incluida al Presidio Modelo. El día de la partida le celebramos a Ale su cumpleaños 14, con pique de cake y embarre. Andrés, el meteorólogo, fue a la despedida, con la nostalgia en sus ojos por separarse de aquel extraño grupo que por unos días le cambió la vida a Punta Este.

El regreso lo hicimos todos juntos en un catamarán hasta Batabanó y desde allí en una Yutong hasta La Habana, excepto cinco apurados que volvieron en avión. Mientras, las bicicletas partían en la patana. Alexis y Alfredo, dos veteranos malnombristas que no fueron a la excursión, se encargaron de recoger las bicis en Batabanó para montarlas en un camión y regresarlas a La Habana.

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