Inicio / Monte Adentro / Pasajes del Sur de la Isla de la Juventud 2016 (primera parte)

Pasajes del Sur de la Isla de la Juventud 2016 (primera parte)

Miguel Alfonso Sandelis
22 febrero 2026 | 0 |

Con 60 participantes, la quinta bicicletada de Mal Nombre por el Sur de la Isla de la Juventud se convirtió en la guerrilla de verano más masiva en toda la historia del grupo, aunque no todos coincidimos en tiempo, y eso hizo más compleja la excursión.

Las bicicletadas por la Isla siempre han sido las guerrillas más complicadas organizativamente, sobre todo desde que bicicleteros y bicicletas no podemos ir juntos en una misma embarcación. A ello se le adicionan las gestiones para conseguir el pase al Sur, más todos los aseguramientos que hay que llevar para las bicicletas, de herramientas, bombas de aire, kits para coger ponches, piezas, gomas y cámaras de repuesto, y para protegerse de la plaga, de petróleo y otros líquidos ahuyentadores.

Pues en aquel año 2016 el hecho de que varios tuvieran que incorporarse días después de la partida del grueso de la tropa, y de que otros terminaran la guerrilla antes que el resto, complicaba mucho más las cosas. Solo imaginar que las bicicletas de los tardíos se fueron antes, con las demás. ¿Dónde dejarlas entonces? Pues en la sede del Partido Municipal se encontró la solución, gracias a la sensibilidad de la Miembro del Buró que estaba al frente del Municipio en aquellos días de la etapa vacacional.

En un parqueo enrejado del Partido quedaron las bicicletas a buen resguardo, hasta que sus bicicleteros fueron a recogerlas. De modo similar, las bicicletas de los que se fueron antes del final de la guerrilla, quedaron en el parqueo del Partido, para que fueran recogidas por los que continuamos guerrilleando, y llevadas a la patana que las cargaría de vuelta al puerto de Batabanó.

Pasa de todo en el primer día de pedaleo

Lunes, 25 de julio del 2016

En un césped interior del centro recreativo El Ajao, a la salida de Nueva Gerona, despertó el grupo a la primera mañana de pedaleo. Mientras la bicicletada partía a recorrer los 41 kilómetros que median entre Gerona y la playa El Colony, ubicada en el fondo de la ensenada de la Siguanea, Ernestico y yo nos íbamos para la sede de la Asamblea Municipal del Poder Popular, pues aún no teníamos en la mano el permiso para el pase al Sur de la Isla.

Yaser, al frente de los pedalistas y con gran entrenamiento ciclístico, iría guiando en la punta. Dos muchachas llamaban la atención por sus escasas habilidades para montar bicicleta. Eran María Karla y Daniela, a quienes tuvieron que ayudar a montarse. A su vez, Alfredito y Eledys resaltaban por ir rodando en una bicicleta doble.

Siguiendo la carretera, bordearon la serranía del Abra, recorrieron los sube y baja del tramo que lleva hasta la entrada a La Demajagua y corrigieron el rumbo hacia el sur. Sobrevino entonces una larga bajada, muy buena para relajar las piernas, pero riesgosa para quienes se dejaran llevar sin frenos.

Ese fue el caso de Anh, la vietnamita y única extranjera en la tropa, quien fue ganando en velocidad, hasta que perdió el control del timón y aterrizó de ojo en el pavimento. Al instante se le formó un hematoma en los alrededores del ojo y, del trance, se le partió el timón de la bicicleta. Cuando fueron a ayudarla, ya Anh estaba de pie, pero imposibilitada de seguir rodando en su averiada bici. No obstante, una camioneta se detuvo y cargó encima con la muchacha y la bicicleta.

No pasó mucho tiempo para que Sabrina rodara a velocidad por la misma pendiente en bajada y también perdiera el control del timón. El aterrizaje de Sabrina fue de mentón, saliendo del accidente con una herida que, evidentemente, llevaba puntos. Pero la suerte también se asomó por el poco transitado lugar. Una guagüita de ETECSA se prestó para llevar a la muchacha de regreso a Gerona.

Inicialmente la iba a acompañar Mary, por lo que dejaron sus bicicletas, las que fueron montadas en una carreta. Pero casi al partir, llegó al lugar Ale, el novio de Sabrina e hijo de Mary, quien sustituyó a su mamá en la guagüita, porque los tres no cabían. La bicicleta de Ale también fue montada en la carreta. Pero al partir los transportes, se quedó Mary en la carretera sin bici, hasta que logró montarse en un carro que iba en la dirección de El Colony.

Más adelante, unas matas de mago detuvieron a un grupito, y allá fueron los comilones a darse una hartada. Pero la de Lorenzo fue in extremis, de modo tal que tuvo que vomitar gran parte de las deliciosas frutas que había ingerido.

En un caserío llamado “Melvis”, Alexis intentó reagrupar a los bicicleteros, y logró juntar a un grupito, pero después prefirieron seguir rodando sin más demora. Más adelante se poncharon Janett y Héctor y su solución fueron “ponches fríos”.

Sin saber lo que pasaba, llamé a Yaser por móvil, y fue entonces que me enteré de los accidentes de Anh y Sabrina. ¡Vaya comienzo de la guerrilla!

Las gestiones de Ernestico y mía para lograr el permiso, se habían estancado porque el vicepresidente de la Asamblea Municipal no acababa de llegar a la sede del Gobierno. Cuando por fin apareció el hombre, nos montó en su carro, quedando nuestras bicicletas guardadas en el Gobierno.

Una visita a una especialista de Guardabosques, nos permitió salir con la aprobación de nuestra entrada al Sur, pero aún sin el papel que lo hacía constar. Quedó entonces el compromiso del vicepresidente de llevárnoslo a La Cañada, que sería nuestro lugar de acampada para el día siguiente.

Terminadas las gestiones del permiso, Ernesto y yo nos fuimos para el hospital de Gerona, adonde se habían dirigido Sabrina y Ale. Allí nos encontramos con la joven pareja y salimos del lugar luego de que a Sabrina le cosieran cuatro puntos en el mentón.

Fuimos entonces para el parque Guerrillero Heroico, donde la pareja se montó en un Moskvich que los llevaría hasta El Colony por 17 CUC, después de haberle regateado al chofer el precio inicial de 25. Partimos entonces Ernesto y yo en nuestras bicicletas rumbo al Colony, imponiéndole un buen ritmo al pedaleo.

Por allá por el poblado de La Victoria consiguieron soldarle el timón a la bicicleta de Anh y en otra carreta se montaron la vietnamita, Amelie, Daniela y el Guille, quien andaba ponchado.

El Guille ponchado

Próximos a las seis de la tarde llegaron los primeros al Colony y comenzaron a plantar campamento en la arena de la playa, justo detrás del hotel que hay en el lugar. Yaser y el Rafa, entre los primeros en llegar, regresaron por la carretera a ayudar en la retaguardia. Por allá encontraron a Janett, quien había seguido ponchándose, y la ayudaron a llegar a empujones.

Mientras la gente seguía llegando a El Colony, Ernesto y yo continuábamos rodando a marcha forzada. A la entrada de La Cañada hicimos el único alto del recorrido, donde tomamos un poco de agua recalentada por el sol de la tarde. Pasadas las siete, enfilamos por la recta final y vimos a lo lejos unos puntos en la carretera; eran los integrantes de la retaguardia. Un poco después llegábamos al arenazo donde ya se alzaba un gran número de tiendas de campaña. Concluía así la primera y azarosa jornada de pedaleo por la Isla.

Del Colony a La Cañada

Martes, 26 de julio del 2016

Acampada en El Colony

La madrugada acampados en la playa se mostraba tranquila, hasta que un aguacero con viento revolcó al campamento, incluyendo a varias tiendas de campaña, quedando todo empapado.

En la mañana la quietud del mar era asombrosa. La ensenada de la Siguanea era un enorme plato donde no se movía nada. La poca profundidad de la playa y la quietud del agua le propiciaron al grupo un baño relajante en el que fueron avistadas varias estrellas de mar. Yaser, el Rafa y el Tin, con Eledys sumada, lograron alguna pesca.

Pasadas las diez de la mañana partimos a pedalear los 13 kilómetros que separan al Colony de la finca de La Cañada, pero antes Héctor resolvió rollos que tenían las bicicletas del Guille y mía. Ya rodando, Sabrina se fue retrasando con Ale, porque a la herida del mentó se le sumaba un pelado en las piernas, también causado por el accidente. Anh también tenía un pelado, pero no le molestaba al pedalear.

En el tramo a Lorenzo se le partió la cadena y comenzó a caminar, hasta que Héctor se la empató y el Loro pudo seguir con la cadena más tensa.

Ya en la finca, fuimos bien acogidos por los trabajadores de Flora y Fauna y de inmediato plantarnos el campamento en el lugar.

Por la tarde partimos 19 malnombristas a subir la loma de La Cañada, la mayor elevación de la Isla. Hicimos el trayecto por la misma ruta que en el 2010 y llegamos sin dificultad a la cima, con la buena nueva de encontrar un busto de Martí, a diferencia de la vez anterior. El busto era pequeño y de mármol.

El regreso a la finca lo hicimos sin contratiempos. Lo más relevante de la visita a la loma fue Samuelito que, con solo cuatro años, caminó buena parte del trayecto, alentado por mamá Yanieyis.

El resto de la acampada tuvo como gran aliciente el atracón que nos dimos de arroz y carne en salsa, para finalmente tirarnos en las tiendas de campaña con los estómagos llenos.

De La Cañada a Playa Larga

Miércoles, 27 de julio del 2016

Un largo trayecto nos deparaba en la nueva jornada, la cual debía concluir en Playa Larga, ubicada en la zona protegida del Sur. Saliendo de la finca de La Cañada y rebasando el pobladito de Melvis, tomamos a la derecha por la carretera que, extendida entre el este y el oeste, alcanza a la Autopista de La Fe.

Cerca de la Autopista, en el poblado de Frank País, nos cayó encima un aguacero y el grueso de la tropa, en lo que esperábamos a la retaguardia, pasamos la lluvia tirados en un ruedo en medio de la carretera.

De Frank País pasamos a la Autopista, a bordear La Fe por la circunvalación, a rebasar el poblado de Mella y a hacer una estancia en Pino Alto, para darnos un atracón en la cafetería.

El paso por el punto de control de Cayo Piedra lo hicimos sin problemas, porque ya yo tenía el permiso en la mano. Después pedaleamos recto hacia el sur, rebasamos el entronque con la carretera que va paralela a la costa, pero seguimos derecho a recorrer los cinco kilómetros que nos faltaban para llegar a Playa Larga.

Era la primera vez que Mal Nombre llegaba a Playa Larga, aunque Alexis y yo habíamos estado en el lugar en 1988, con un grupo de nuestra graduación de la Cujae.

Acampada en Playa Larga

Playa Larga, como su nombre lo indica, posee una larga extensión. Una franja de casuarinas crece aledaña a su orilla, pero donde acampamos estaba despoblada de árboles. El agua de la playa es muy cálida y algo turbia, su fondo tiene bastantes áreas cubiertas por las algas y la franja de arena de la orilla es pequeña. Realmente, no es de las mejores playas del Sur de la Isla.

En la estrecha franja de arena armamos la mayoría de las tiendas de campaña, porque detrás pululaban los guizazos. Un gran almendro se enseñoreaba entre el campo de guizazos, y más atrás se alzaba un bosque donde abundaban las matas de uvas caletas (y los mosquitos).

Para buscar el agua de tomar y cocinar, formamos un piquete y regresamos un tramo por donde llegamos, a buscar el líquido de un pozo aledaño a la vereda que acabábamos de recorrer.

Luego vino el baño de la tropa en la playa, que incluyó una pesca submarina, la cocina y el tiroteo, hasta que cayó la noche, con el beneplácito de un viento que ahuyentaba a la plaga. Terminado el tiroteo, la candelada de la cocina siguió encendida para asar los pescados, los cuales fueron repartidos en la tropa, rayando la madrugada.

Tras la tempestad, la calma, y con ella, la plaga

Jueves, 28 de julio del 2016

Todo iba muy bien en la estrellada noche, hasta que un recio nubarrón se “parqueó” encima del campamento. En poco tiempo se desató una tormenta y algunas tiendas estuvieron a punto de irse.

Pero lo peor vino después. Ese dicho que reza: “tras la tempestad, la calma”, se puso de manifiesto, y fue entonces cuando la plaga hizo acto de presencia. Los jejenes en mayor cuantía, pero los mosquitos también, comenzaron a atacar con furia, colándose los jejenes por las mallas más anchas de las ventanas de las tiendas.

Oscurece en Playa Larga

En la truculenta madrugada el que peor la pasó fue El Cadete. El muchachón llegaba con la experiencia de sus campañas en la escuela militar, donde se pernoctaba en hamacas. Cuando lo vi amarrando la hamaca, le aconsejé no hacerlo, pero no me hizo caso. ¡Y bien caro que le costó! Los jejenes se le colaban por dondequiera y terminó tirado en la hierba, a esperar estoicamente a que amaneciera, sin pegar un ojo.

El rescate del Tin

El plan para el nuevo día era pedalear 28 kilómetros desde Playa Blanca hasta Carapachibey. En la mañana dejé que la tropa se despertara relajada, porque la distancia a recorrer en el día era poca, y teniendo en cuenta la cruenta madrugada que acabábamos de pasar. Poco a poco la gente se fue desperezando y recogiendo el campamento a la par de prepararse el desayuno.

Un poco antes de las diez comenzaron a partir los “contusos”, término que usé para denominar a aquellos que pedaleaban con dificultados, tomando el apelativo de uno de los animados de Elpidio Valdés. Los primeros contusos en partir fueron Gabriel y Amanda. Amanda andaba sin parrilla y Gabriel cargaba un caldero grande.

Detrás fueron saliendo los demás, pero cuando el Tin fue a partir, sintió trabazón en su rueda trasera, causada por una avería en un cono. Yaser y Mary se quedaron acompañándolo, pero, al no encontrar solución, decidieron arrancar así mismo.

Mientras, el grueso de la bicicletada vencía el tramo de salida de Playa Larga y luego rodaba los 11 kilómetros que separan al entronque del Rincón del Guanal, lugar donde nos fuimos agrupando, a la par de saciar la sed con el agua del pozo que hay allí.

Después del descanso y reagrupe, la bicicletada volvió a dar pedal, sintiendo el rigor de un sol sin nubes que lo opacaran. Así se llegó al entronque de Carapachibey, para después recorrer los dos kilómetros que restan hasta el faro. Ya en Carapachibey, tuve que hacer una llamada a Gerona, para que nos dejaran acampar, pues los fareros no conocían de nuestro plan de hacer estancia allí. Destrabado el asunto, comenzó la acampada por los pasillos de la edificación y por sus alrededores.

Pero a esa hora aún no habían aparecido el Tin, Yaser y Mary. Decidí entonces regresar a buscarlos. Conmigo se fue Alfredo en la bici doble y un poco después partió también Jorgito.

Pero, ¿qué estaba pasando por allá atrás? Pues a duras penas llegó el Tin en su bicicleta al Rincón del Guanal, acompañado por Yaser y Mary. Ya en el Rincón, el cono de la bici del Tin no daba más.

Héctor, quien se había quedado esperándolos, decidió llevarse la bici averiada para Carapachibey, cargándola como pudo mientras pedaleaba en la suya. Mary y Yaser partieron también, este último con la intención de regresar montado en la bicicleta doble, para recoger al Tin. Pero no se iba a quedar el Tin esperando en el Rincón por su rescate. Partió entonces a caminar por el soleado terraplén.

Mientras tanto, rodábamos de regreso Alfredo, Jorgito y yo, hasta que dimos con Héctor. La forma en que Héctor cargaba la bicicleta del Tin era bastante incómoda y le sugerí que la acomodara de alguna forma en la parrilla. Entonces Héctor la asentó sobre una tabla fijada en la parrilla y así pudo seguir mejor, acompañado de Jorgito.

Alfredo y yo continuamos, hasta que dimos con Yaser y Mary. Cuando estos nos contaron que habían dejado al Tin en el Rincón, a Alfredito se le “cayeron las alas”. Yo no perdí tiempo y partí a dar con el Tin, pero me quedé preocupado, porque si Alfredo viraba para Carapachibey, no tendríamos la bicicleta doble para que el Tin se montara.

Tal era mi preocupación, que decidí regresar por la doble, pero en poco tiempo vi a lo lejos que se me acercaba el “tándem”, como ya le decíamos a la bici articulada, y fue buena mi sorpresa cuando en ella venía pedaleando Yaser. Seguimos los dos juntos, dimos con el Tin, quien ya había avanzado unos kilómetros a pie, este se montó en la doble, y partimos los tres en dos bicicletas hacia Carapachibey, adonde llegamos un tiempo después sin más dificultades.

El arreglo del cono del Tin

En el sótano del edificio del radar de Carapachibey se unieron dos “científicos” de la mecánica de las cosas: Rovic y Raine; dos tipos que, para empezar a resolver un problema, tienen primero que hacer un análisis de los pro, los contra, lo humano, lo divino, lo terrenal y lo interplanetario. Por un montón de variantes de solución pasó el cono del Tin, en lo que un grupo pescaba en la ensenada, otro cocinaba y otro subía a lo alto del radar.

Los científicos Rovic y Raine analizando la solución del cono del Tin

Cuando ya parecía que del profundo análisis de aquel par de eruditos saldría una solución merecedora del “Premio Nacional de Innovación 2016”, se apareció Héctor con el facilismo de decir que Edgardo tenía un centro de eje para sustituir completo el de la rueda del Tin.

Como Edgardo estaba pescando, hubo dudas en cogerlo, pero Héctor aseguró que con Edgar no había problemas. Entonces Rovic, con esa paciencia/pachocha infinita que lo caracteriza, se dedicó a desarmar la rueda con todos sus rayos, a colocar estos en el nuevo eje, a montar la rueda y a centrarla. Quedó así resuelto el problema del “Contuso Mayor”.

En El Jorobado

Viernes 29 de julio del 2016

Unos diez kilómetros antes del poblado de Cocodrilo se encuentra el puesto de Flora y Fauna conocido como El Jorobado. Hasta allí fuimos llegando los malnombristas, provenientes de Carapachibey, luego de pedalear bajo el sol unos 20 kilómetros de terraplén maltrecho.

En el lugar, a la derecha de la vía, hay una ancha explanada rodeada de bosque, con la casa de Flora y Fauna de fondo, la cual tiene el piso de concreto, las paredes de tablas y el techo de guano. Detrás de la casa hay un pozo, custodiado rigurosamente por un enjambre de mosquitos.

En El Jorobado hallamos a dos trabajadores. Uno ya estaba entrado en años y se notaba que era un tipo serio, responsable y juicioso. Pero el otro era un joven, que se dio a conocer bien rápido en el grupo por su locuacidad.

En el punto de Flora y Fauna en El Jorobado

De su conversación con Adrián, supimos que Sandor era muy buen pescador. Después conocimos que era un gran negociante y finalmente supimos que era un relevante científico, pues aseguró con total tranquilidad, que el cáncer se curaba con bicarbonato. Lo que no sabía Sandor era que estaba rodeado de científicos y que uno de ellos, el Tin, era el hijo del más relevante investigador de vacunas contra el cáncer en Cuba.

La conversación terminó porque Adrián tenía que solucionar un grave problema: su parrilla se había partido. Pero él mismo la solucionó con una horqueta de palo, invento campesino que resultaba muy eficaz para situaciones como aquella. Nos despedimos de nuestros anfitriones y partimos rumbo a Cocodrilo, teniendo como destino final del día la hermosa playa de Punta Francés.

(Continuará la próxima semana)

Deja un comentario

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *