En Cocodrilo
Viernes, 29 de julio del 2016
A Cocodrilo, el poblado más sureño de la Isla de la Juventud, se apareció Jorgito con una parrilla de palo, inventada por Adrián y Frank. Gabi llegó peor, con el timón rajado. Pero la prioridad era comer y el asalto a la cafetería no se hizo esperar.

Después del atracón, organizado por Mary para que alcanzara para todos, lo prioritario era arreglar las bicicletas averiadas.
En una casa se halló a un soldador. El timón del Gabi no tenía arreglo por esa vía, pero las debilitadas parrillas de Celia y el Cadete sí fueron remendadas por la soldadura. Para el timón del Gabi, Oxana gestionó uno nuevo, ni se sabe cómo.
Papito, un carismático poblador del lugar, prestó una varilla de pescar para sustituir la de Adrián, que estaba inutilizada.
También en Cocodrilo se rellenaron los pomos de agua y hasta hubo tiempo para jugar voleibol en un terreno montado frente a la cafetería.
En fin, que Cocodrilo fue un lugar restaurador para que la tropa pudiera seguir camino.
¡Cómo llegar a Punta Francés!
A siete kilómetros de Cocodrilo se halla el Hato de Milián, una finca de Flora y Fauna, con una casa y un pozo. Allí entramos algunos malnombristas, saludamos a dos trabajadores y rellenamos de agua mi tanqueta de 14 litros y algunos pomos, asediados por los mosquitos.
La vía que continuaba tenía tramos arenosos al sol, tramos de tierra con sombras de uvas caletas y yareyes, y un largo tramo rocoso como antesala del “Bosque Encantado”. En el bello tramo de un kilómetro de bosque, que termina en la costa, Jorgito y Frank se encontraron a Celia con un reguero de cosas tiradas por el suelo, porque la bici se le había volcado. La muchacha tenía tremendo “berro”, pero no por el reguero, sino porque la licra que llevaba puesta, se le había roto. Con la risa aguantada, Frank y Jorgito (el dúo de la retaguardia) la ayudaron a recoger e incorporarse.
Al Bosque sobrevino el tramo arenoso de camino, rodeado de yareyes por la derecha y de uvas caletas por la izquierda, como franja protectora de la arena de la playa. Pero ese tramo, de alrededor de un kilómetro, era terrífico. Como el suelo era muy arenoso, prácticamente no se podía pedalear. Entonces había que halar la bicicleta con toda su carga, tratando de sortear unos guizazos que se diseminaban por todo el tramo. Todo ello era bajo el sol de la tarde. Algunos inventaron poner el timón al revés para que no girara, y entonces empujar la bicicleta por detrás a través de la caja que llevaba la mochila sujeta a la parrilla, y les dio algún resultado.

Pero al arenazo le siguió el bosque de mangle y yareyes de otro kilómetro más, que estaba minado de charcos, de modo que también por allí era muy difícil pedalear sin caerse. Como la opción era llevar las bicicletas de las manos y como el mangle y los yareyes cubrían todo de sombra, los mosquitos se despacharon a su gusto en aquellos bicicleteros que no podíamos espantarlos porque teníamos las manos ocupadas.

En el tramo final, rodeado solo de yareyes, el terreno se hizo más consistente y pudimos pedalear un poco hasta llegar finalmente a Punta Francés.
Lorenzo, quien ya había llegado al destino, viró a ayudar a María Emilia, su pareja, y a Amelie, la hija de Mariemí. Llegó Lorenzo al manglar y siguió por este, hasta que le anunciaron que aquellas a quienes buscaba, ya habían pasado. El hecho fue que, mientras Lorenzo partía de un costado del bungaló, María Emilia y Amelie llegaban a la playa por una entrada anterior. Se dedicó entonces Lorenzo a ayudar a los que no habían llegado, cargándoles bultos. David y Oscar también regresaron a ofrecer ayuda.
El Cadete, por no querer bajarse de la bicicleta, se cayó en un charco y la rueda trasera de la bici cogió la forma de un “ocho”. Ernestico llegó a la playa blasfemando y así estuvo un buen rato, hasta que se le fueron aliviando las picadas de los mosquitos.
Pero lo peor lo vivieron los dos integrantes de la retaguardia. Pasando por la angustia del tramo de arena bajo el sol, Jorgito llegó al límite del aguante y tiró al suelo la bicicleta, con tal mala suerte que se le partió la parrilla de madera que le habían inventado.
Frank, al ver la consecuencia de tal acto, le soltó a Jorgito una andanada de improperios. Después de aplacarse los insultos, tomaron la decisión de dejar allí la bici y los bultos de Jorgito para luego regresar a buscarlos. Hicieron los dos la caminata por el manglar, llevando la bicicleta de Frank con sus bultos y el enjambre de mosquitos como compañía. Arribarron a Punta Francés, dejaron las cosas de Frank y volvieron por el sufrido camino del manglar. Llegaron al tramo de arena, recogieron la bici de Jorgito y dejaron allí la carga. Partieron entonces hacia Punta Francés, por segunda vez, atravesando nuevamente el manglar.
Al llegar a la playa, Jorgito, casi en automático, entró en el agua. Pero a Frank le remordió la conciencia porque, junto con la carga, habían dejado también varios y necesarios envases llenos de agua. Y allá se fue Frank por tercera vez de regreso, a recorrer el infernal manglar-mosquital.
Al llegar adonde habían quedado los bultos, los empezó a meter en su mochila, que la había llevado vacía para la ocasión. Al principio le pareció que no le cabría todo, pero con paciencia, logró que todo cupiera. Partió entonces por tercera vez hacia Punta Francés.
Pero, cuál no fue su sorpresa en medio del manglar, ya en penumbras, al ver a Jorgito, que iba a su encuentro. La descarga entonces se la llevó Frank por haberse ido solo. Se distribuyeron la carga y llegaron así, definitivamente, a la dichosa Punta Francés.
La llegada a Punta Francés: del infierno al paraíso
Imagínese llegar con el estrés de tantas penurias a una playa de unos dos kilómetros de largo, con unas tonalidades verdes y azules escandalosas, un agua tranquila y transparente, una franja de arena de más de 30 metros de ancho, una hilera de tumbonas esperándote sobre la arena, un puente extendido hacia adentro del agua unos cien metros, un pintoresco y gran bungaló de madera en medio de aquel arenazo con un acogedor portal con barandas, y un bote plástico a disposición.
Aquella era una playa casi virgen solo para nosotros, además de los dos trabajadores de Flora y Fauna que allí encontramos, junto a la esposa de uno de ellos. Dos días estaríamos en aquel lugar tan recóndito como paradisíaco.
La primera noche en Punta Francés
“El Sigua” le decían a uno de los trabajadores de Flora y Fauna. Era un moreno entrado en años, de casi dos metros de altura, que tenía como hobby hacer tallas en madera. Vitico era el otro. Joven, rubio, fuerte, con tremendas condiciones físicas para llevar el trabajo de Flora y Fauna en aquel lugar tan silvestre.
Una prioridad a la llegada de los malnombristas, con la tarde avanzada y la plaga cerca, era armar las tiendas de campa en un lugar apropiado. Y no había otro mejor que el puente sobre el agua, en su tramo más alejado de la orilla. A mitad del puente, este se ensanchaba donde había una caseta techada. Allí dormían el Sigua, Vitico y su esposa, porque el viento batía más allí que en el bungaló. Adrián fue el único equivocado que armó su tienda en el portal del bungaló, y la pagó con creces, porque no usó petróleo y la plaga se ensañó con él.
La otra prioridad a la llegada era la cocina. Detrás del bungaló, del otro lado del camino, había una cocina techada, y allí fueron hechos unos buenos espaguetis, con el trabajo conjunto del Sigua y el grupo Uno de cocina. Antes del anochecer ya se estaba formando el tiroteo.
En la primera entrada a la playa habían quedado varias bicicletas. Vitico, al verlas, le dijo al grupo que debían moverlas del lugar para despejar la entrada, porque cada noche una cocodrila se desplazaba por allí para llegar al agua. Pero ahí no acababa todo. Unos 50 metros detrás del bungaló había una laguna de un color rojizo, dada la tonalidad del mangle que allí crecía, que estaba llena de cocodrilos. La gente escuchó pasmada aquellos comentarios de Vitico.
Sábado, 30 de julio del 2016
A las dos de la madrugada, se apareció Sandro en Punta Francés, el locuaz trabajador de Flora y Fauna que habíamos conocido en el puesto de Flora y Fauna El Jorobado. Sandro llegaba asesinado por los mosquitos.
Abundante ocio el primer día entero en Punta del Este

Pasar un día entero en un lugar es algo no acostumbrado en Mal Nombre, imagínese en aquel paradisíaco paraje. Aquella playa maravillosa vio a los malnombristas relajados, entrando y saliendo del agua al gusto, cogiendo sombra bajo el puente, tirados en las tumbonas y desfrutando desde el extremo del puente de la fauna marina que por allí pasaba, y hasta hubo quienes le dedicaron tiempo al dominó en el portal del bungaló.
Después del desayuno Vitico llevó en su bote al Sigua y su esposa, hasta el inicio del Bosque Encantado, para ahorrarles el tenebroso paso por el manglar y el camino de arena. El Sigua terminaba ya su turno de trabajo y la esposa de Vitico regresaba a Cocodrilo.
En la mañana el Tin, Rafa, Adrián, Yaser y Sandor se fueron caminando hacia el extremo oriental de la playa, donde la arena es interrumpida por el mangle, y por allá entraron al agua para dedicarle unas horas a la pesca submarina. De vuelta llegaron con una picúa, unas langostas y algunos peces menores.
Vitico le había alertado a Alfredo que debían quitar las tiendas de campaña del puente, pues podía llegar un yate con turistas. Pero Alfredito no me dijo nada. Un yate se acercó y, al ver el puente atestado de tiendas, se alejó y desde allí llamaron a Vitico para sonarle una crítica. Este me dijo lo sucedido y le descargué entonces a Alfredo. Los yates con turistas salían de la marina Colony, ubicada en el fondo de la ensenada de la Siguanea.
Al mediodía llegaron por el agua dos pescadores amigos de Vitico, que habían partido en la mañana, nada más y nada menos que del distante Cocodrilo. Los hombres se aparecieron cargados de pesca, entre las que resaltaba un apetitoso pez perro. Varios malnombristas aprovecharon para tirarse fotos con algunos llamativos pescados.
También al mediodía hubo un no acostumbrado almuerzo, preparado por el grupo Dos de cocina, teniendo como plato “estrella” a un puré de papas.
Pero lo mejor vino después. Cuando los pescadores empezaron a limpiar los peces en el agua, se apareció en vuelo una bandada de aves surgida no se sabía de dónde. Primaban dos especies, el grandulón rabihorcado y la más pequeña gaviota.
Janett y yo pronto nos dimos cuenta del motivo de aquella aparición voladora y comenzamos a tirar al aire vísceras de los pescados. Aquello se convirtió en un verdadero show. Los pájaros capturaban en el aire los restos que tirábamos. Pero ahí no acababa todo. Más de un rabihorcado, aprovechando su mayor tamaño y fuerza, le quitó a alguna gaviota el bocado del pico.
En la tarde, los pescadores malnombristas volvieron a su faena, mientras que otros tres del grupo, Rovic, Denis y yo, nos fuimos a cumplir una importante misión. En Punta Francés no había forma de reabastecerse de agua y el líquido preciado ya escaseaba. Nos montamos los tres en el bote con las bicicletas y unos cuantos envases vacíos, y Vitico nos llevó hasta el inicio del Bosque Encantado, de donde partimos a pedal rumbo al Hato de Milián.
En el Hato llenamos los envases de agua y al regreso Vitico fue a buscarnos nuevamente en el bote para llevarnos de vuelta a Punta Francés. En el tramo sobre el bote cogí un rato los remos, pero al ver una tormenta que se acercaba y que ya estaba moviendo el mar con su viento, Vitico cogió los remos y los agitó, hasta que una lancha del MININT, que estaba atracada junto al puente, fue a buscarnos y nos haló hasta el puente. Por suerte, la tormenta se desvió sin agredir a Punta Francés.
La cocina de esa tarde estuvo escandalosamente variada en cuanto a la proteína, gracias a la pesca del día. Antes del oscurecer ya el tiroteo había terminado.
La noche también estuvo movida. Un piquetico se fue con Vitico y algunas linternas, a explorar las cercanías de la laguna, con la intención de ver algún cocodrilo. No lograron ver ningún animal grande, pero sí uno chiquito que fue capturado por Vitico y llevado en la vuelta para dejarlo en una gaveta de una habituación del bungaló, amarrado con un cordel.
La brisa nocturna volvió a batir sobre el puente, creando condiciones óptimas para la mayoría de la tropa. Solo Adrián volvió a pernoctar en el portal, pero esta vez roció suficiente petróleo en las ventanas de su tienda de campaña como para que no se atreviera ningún jején.
Segundo día de estancia en Punta Francés
Domingo, 31 de julio del 2016
Por la mañana no di de pie. Ni falta que hacía. El grupo Tres preparó el desayuno con calma. Después un grupo volvió al agua a pescar.
Luego Vitico me embulló a ir en bote hasta lo profundo, para ver la pesca submarina de uno de los pescadores amigos suyos. Eledys se me sumó. Más allá de la playa, en el mar abierto, había algunas boyas fijas. Llegamos en el bote hasta la última boya, donde estaba el canto del veril, y nos tiramos al agua. Allí la profundidad era de unos 30 metros, pero seguía profundizando más allá del canto. Todo era impresionante: la tonalidad azul que se iba oscureciendo con la profundidad, la capacidad respiratoria del pescador, la transparencia del agua, cómo se filtraban en ella los rayos solares y la diversidad de la fauna marina.

Mientras buceábamos, un yate comenzó a acercarse y Vitico nos agitó para que montáramos en el bote. Ya arriba Eledys y yo, Vitico comenzó a remar con fuerza hasta acercarse al puente y notar que aún había una tienda de campaña armada sobre él. Era la de los más remolones del grupo: Alfredo y el Gabi, y les eché una refriega. Por suerte, el yate siguió de largo sin acercarse a la playa.
Al mediodía el grupo Tres preparó otro almuerzo a base de puré de papas, con pescado acompañante.
Por la tarde volvieron al agua los pescadores malnombristas, con Sandor sumado, quien demostró sus buenas habilidades para la pesca. Otros caminamos por la orilla hacia el este y pudimos ver monte adentro, entre yareyes, una maravillosa construcción de madera, que servía de restaurante cuando algún crucero anclaba en las cercanías de la playa.
Aquella belleza solitaria, con salón, bar y otros locales, todo hecho con madera preciosa, parecía salida de alguna película de aventuras, como si fuera una maravilla en la jungla. Pero aquel encanto de madera tenía custodios: un enjambre de mosquitos, que reducía drásticamente el tiempo soportable para estar en el lugar.
Pero la tarde trajo un hecho lamentable. El cocodrilito llevado al bungaló por Vitico, apareció muerto. Según nos dijo el propio Vitico, la causa fue un atracón de comida.
El grupo Tres de cocina comenzó sus labores. Para iniciar, hacía falta leña urgente y allá se fueron Frank y Jorgito a buscar. Jorgito encontró un buen tronco y comenzó a sacarle virutas. Al verlo Frank, le dijo que eso era madera preciosa, nada más y nada menos que cedro, y le quitó el tronco. A Frank se le ocurrió hacer una talla con él y le cortó una protuberancia, pero notó que tenía trazos de lápiz y Vitico le aclaró la duda: “Esa es una talla del Sigua”. Entonces comprendió Frank que le había cortado una aleta a un tiburón tallado por el Sigua. Edgardo, que había visto la escena, trató de consolar a Frank diciéndole que cuando el Sigua dejaba una talla, nunca más la volvía a coger, según le había contado.
Un poco después se apareció la lancha del MININT con un cargamento de agua, pues el día anterior les habíamos dado pomos vacíos. Con ese abastecimiento ya nos alcanzaba hasta que partiéramos de Punta Francés al día siguiente.
Cuando el tiroteo estuvo listo, convoqué a una reunión en el portal del bungaló, pero se demoró en empezar porque varios estaban jugando voleibol al lado del bungaló, usando como net una soga amarrada.
Ya en la reunión, comencé criticando al Gabi y Alfredo por haber dejado armada la tienda de campaña sobre el puente. Después critiqué el hecho de que se quedaran varios bultos también sobre el puente, de lo cual había hecho una alerta. En un local del bungaló había una nevera y en ella los malnombristas estaban poniendo a enfriar pomos de agua, pero un pomo de Anh se había desaparecido, lo cual señalé en la reunión como algo grave.

Por último, para relajar, hice el cuento del destino del tiburón del Sigua y, de inmediato, el cuero les fue para arriba a Jorgito y a Frank, Terminada la reunión, se formó el tiroteo.
Ya de noche, algunos se quedaron jugando dominó en el portal, mientras la mayoría se fue para el puente y poco a poco fueron cayendo en las tiendas de campaña.
Lunes 1ro. de agosto del 2016
Pero ya en la madrugada, con gran parte de la tropa durmiendo sobre el puente, los del dominó “cocinaron” una jodedera, con la complicidad de Vitico. Se montaron todos en el bote y se fueron para las cercanías del puente. Ya allí, el Rafa comenzó una serenata a bolero limpio, y en poco tiempo despertó a los dormilones. De los despertados hubo algunos que se rieron de la broma, pero a otros se les vio bastante molestos.
En medio de aquella escena, a Melissa, que estaba en el bote, le entraron ganas de hacer pis. Después de insistir en el “No miren” y de estar a punto de caerse al agua por el vaivén que formó, logró su objetivo. Luego el bote se fue alejando del puente, hasta regresar a la orilla. Al poco tiempo el silencio reinaba en Punta Francés.
(Continuará la próxima semana)
