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Pasajes del Sur de la Isla de la Juventud 2016 (tercera parte)

Miguel Alfonso Sandelis
06 marzo 2026 | 0 |

Con Vitico antes de entrar en el Bosque Encantado


De Punta del Este a Cocodrilo

Lunes 1ro. de agosto del 2016

El día de la partida de Punta del Este Vitico nos llevó buena parte de la carga en el bote hasta la entrada del Bosque Encantado. La mayoría caminamos por la arena empujando las bicicletas por detrás, con el timón virado al revés. Otros fueron por el camino entre el mangle. Después, por el tramo del arenazo, unos cuantos seguimos por la orilla, donde la arena mojada es más compacta. En resumen, el tortuoso tramo de mangle y arenazo se nos fue muchos menos sufrido que a la ida.

En la orilla, casi al inicio del Bosque, nos reunimos todos y nos tiramos unas fotos con nuestro nuevo y gran amigo, quien nos prometió que nos vería en Nueva Gerona. En el lugar Vitico nos mostró un agujón que había sido trozado por la mitad, al parecer por un tiburón.

Con las mochilas cargadas nuevamente en las bicis, partimos por el Bosque Encantado y luego tomamos el terraplén abierto. En el tramo hasta el poblado de Cocodrilo resaltaron las bicis de los matemáticos Guille y Laura, que estaban prácticamente sin frenos, y ellos tenían que frenar apretando un tenis con la goma delantera; la parrilla de David, que se descompuso y este solucionó el problema en el momento; el alto de algunos en el Hato de Milián para recargar agua en el pozo; unos caballos sueltos a los que Héctor les pudo pasar la mano; y el riquísimo baño del Tin y mío en una bellísima entrada de mar con playa incluida, que hallamos al inicio del poblado.

Un nuevo “atraco” en Cocodrilo y una pregonera inesperada

En el nuevo alto en el pobladito volvimos a hacer un “atraco” a la cafetería. Allí encontramos a la esposa de Vitico vendiendo chicharrones y nuestra vietnamita Ahn no solo le compró, sino que se dedicó a pregonarlos, recibiendo un extra de ellos gratis, por su buen trabajo de márketing. Un reposo final en el poblado sirvió de preludio antes de volver a pedalear.

De Cocodrilo al Rincón del Guanal

Mucho sol nos regaló el largo y accidentado tramo de carretera que une a Cocodrilo con el Rincón del Guanal. En el puesto de Flora y Fauna del Jorobado hicimos un alto y allí encontramos nuevamente a Sándor, quien me ajustó la caja a la bicicleta, pues en Punta Francés lo había hecho Rovic con una parte de mi muleta y esta se había partido. Junto al farito que hay en el entronque a Carapachibey varios hicieron un breve descanso a pleno sol.

La llegada al Rincón se complementó con los ponches de las bicis de Adrián y Gabriel, y con un tiroteo de maní que preparé en el ranchoncito del lugar. Terminado el tiroteo, cogí unos trozos der maní y partí en mi bici de regreso para llevarles su cuota a los que faltaban por llegar.

Después de terminada la repartición, seguí hacia atrás en busca de un hombre llamado Nino con su perro, a quienes había visto antes de llegar al Rincón. Nino era un tío de Vitico, quien nos dijo que inicialmente, al vernos, Nino se escondería. Pero no fue así, el tío me saludó amistosamente y conversamos un rato.

Una sedición en el Rincón y una visita a Playa Guanal

Al regresar al Rincón, había una sedición formada. El caso fue que los trabajadores de Flora y Fauna del lugar, en amistoso gesto, les prometieron a nuestras huestes ofertarles un pernil si nos quedábamos allí acampados, porque el plan inicial era hacerlo en Playa Guanal. La propuesta era un atentado contra el plan. No obstante, convoqué a ir a la playa a todo el que quisiera, y se me sumaron el Tin, Yaser, Frank, el Cadete, Jorgito, Edgardo y Osniel.

Partimos raudos los ocho por un camino ancho, sombreado por el bosque que nos rodeaba. Eran unos cinco kilómetros a recorrer y nuestro ritmo de pedaleo era bastante agitado. Pasado el bosque alto, entramos en un tramo de arbustos con terreno arenoso, pero aún duro, hasta que llegamos a un arenazo donde a duras penas pudimos seguir avanzando montados, hasta que la playa se nos abrió a la vista.

Era la tercera vez que un piquete de malnombristas llegaba hasta aquella playa, donde el viento parecía no cansarse en batir y agitar el oleaje. Sobre la arena se alzaba una casucha de madera y guano y junto a ella hallamos a dos trabajadores de Flora Fauna, cuya misión principal era custodiar los nidos de caguamas que habían sido sembrados en el gran arenazo que se extendía hacia el este en toda la extensión de la playa. Sobre la arena gruesa podían verse varias tumbonas, que esperaban reposadas a la acostada de algún turista ocasional. En la orilla los montones de algas iban y venían con el rompiente de las olas, enturbiando el agua.

La bella entrada de mar donde nos bañamos el Tin y yo

En el extremo de la playa, al que acabábamos de llegar, una canalito separaba la duna de una especie de represa natural, a la que le continuaba una contrastante y extensa costa de diente de perro, donde resaltaban diseminados notables monolitos rocosos, lanzados por furiosos oleajes ciclónicos desde tiempos inmemoriales. El canalito, en su extremo marino, llegaba hasta un cayito sobre el que crecían escasos arbustos.

De la conversación con los trabajadores, además de conocer su labor, supimos que un cocodrilo solía ir hasta el cayito para después regresar al monte donde abundaba esta especie de reptiles.

Playa Guanal

El mayor rato en el lugar lo pasamos refrescando nuestros cuerpos en la cálida agua represada. El regreso al Rincón lo volvimos a hacer en apuro.

Acampada movida en el Rincón del Guanal

Mientras los ocho aventureros estábamos en nuestras andadas, el grupo Cuatro de cocina se enfrascaba en las labores culinarias, que realmente no fueron muy intensas, pues los lugareños pusieron la mayor parte. Al pernil anunciado se les sumaron unos espesos frijoles colorados, donados y cocinados por nuestros anfitriones. Todo esto se desarrollaba en una casa rústica que se alzaba en la parte trasera de la finca de Flora y Fauna, la cual tenía todas las condiciones para cocinar con leña.

La cocina del Rincón del Guanal

A la par de las labores cocineras, las tiendas de campaña fueron armadas en la explanada de la finca y un raro hobby capturó la atención de los malnombristas dedicados al ocio. Un cocodrilo de tamaño mediano, que estaba amarrado a un árbol por una soga y, a su vez, tenía la boca amarrada, fue cargado por varios malnombristas, entre el temor y la novedad, y se tiraron fotos con él.

María Libia con el cocodrilo en el Rincón del Guanal

También captó la atención una linda y simpática niña que cargaba un perrito, a quien conocimos en nuestro paso por el Rincón a la ida. La niña era muy sociable y se comportaba con los guerrilleros como si los conociera de toda la vida.

Mientras esto sucedía, Janett y Liset, dos malnombristas con grandes dotes de organizadoras, se dedicaban a redistribuir los bultos de comida, para que cuando partiéramos al día siguiente, la carga fuera lo más pareja posible en cada bicicleta.

Con la llegada de la noche ‒ya de vuelta los ocho‒ la plaga no se exacerbó, pues había un viento de lluvia merodeando. Comenzó entonces una llovizna cuando anuncié el tiroteo. Justo cuando toda la tropa estaba aglomerada en la techada cocina para recibir su apetitosa ración de pernil, frijoles colorados, arroz y refresco, se desató una tormenta y las tiendas de campaña comenzaron a temblar. Varios salieron corriendo de la cocina para asegurarlas, pero los daños fueron inevitables. A la de María Libia y Michel se le partió una varilla, mientras que volaron las de Oxana, el Guille, David y Yanieyis, y Amanda y Gabriel.

La tormenta fue corta, pero los estragos quedaron, y una llovizna remanente también. Varios del grupo recibieron con mucho gusto la oferta de nuestros anfitriones de pasar la noche en el portal de la casa delantera, incluso de acampar en los cuartos con colchones.

Terminado el revuelo provocado por la tormenta, todo el mundo volvió a concentrarse en el ansiado tiroteo. Nuevamente se atestó la cocina, se hizo la distribución inicial, y hubo doble y hasta triple.

Mientras comíamos, dos cosas nos llamaron la atención. Una era la cantidad de macaos enormes que pululaban por la casa de la cocina. La otra era un cubo lleno de alacranes. Cuando preguntamos por ellos, nos dijeron que los criaban para vender, dadas las propiedades medicinales de su veneno.

Tras el atracón, el resto de la noche se completó con un juego de dominó en el portal de la casa delantera, en el que resaltó Anh, quien estaba muy bien aplatanada a las costumbres cubanas. Finalmente, el sueño completó la jornada.

El recorrido por el tortuoso terraplén entre Cayo Piedra y Punta del Este

La lluvia continuó toda la madrugada y solo escampó casi al amanecer. El plan para el nuevo día era llegar a Punta del Este en un recorrido de 42 kilómetros. El grupo, aunque seguiría siendo grande, se reduciría porque diez malnombristas tenían que regresar ya a La Habana, es decir, en Cayo Piedra seguirían su camino hacia Nueva Gerona.

En la mañana preparé el desayuno con el grupo Dos de cocina. Después del tiroteo anuncié la retaguardia para el día, que serían Jorgito, Héctor y Frank. Jorgito protestó porque después de los dos días de ocio en Punta Francés, él consideraba que se debía correr la retaguardia. Inicialmente me molesté con él, pero después accedí a cambiar la retaguardia. A esa hora Jorgito dijo que él la iba a hacer de todos modos, y entonces Raine se “metió en el potaje”, para decirle a Jorgito que, si ya yo había encontrado una solución, no siguiera creando problemas. Finalmente, la retaguardia serían Osniel, David y Ernestico.

Como ya era acostumbrado, el Gabi y Alfredito fueron los más lentos en alistarse y se llevaron nuevamente mi crítica. El Guille era lo contrario, siempre salía de primero.

En el recorrido hasta Cayo Piedra no hubo grandes problemas. Allí hicimos un alto para consumir la típica merienda de maní, que estuvo calzada por una donación de los guardafronteras, quienes nos aportaron pescado en latas y un raro polvo de refresco. Nosotros incluimos también galletas en el menú y aprovecharnos para tomar agua antes de enfrentar el largo y tortuoso terraplén que lleva hasta Punta del Este en 22 kilómetros de recorrido.

El descanso en el terraplén tortuoso

Pasado el mediodía retomamos el pedaleo. Después de rebasar un primer tramo pavimentado, comenzamos a rodar por terraplén, teniendo que sortear los charcos dejados por la lluvia. Atravesábamos ya la ciénaga de Lanier.

El Guille volvió a tomar la delantera y esta posición privilegiada le dio la posibilidad de ver un cocodrilo que atravesaba el terraplén. También pudo ver a varios venados corriendo a la deriva.

En un trance infortunado, Janett cayó al piso porque el Rafa, sin darse cuenta, le dio un toquecito a su bicicleta con su caja. Se levantó la Jane y siguió el pedaleo, pero más adelante se volvió a caer, esta vez en un charco,

La bicicleta doble, con Edgardo y Eledys, iba también bastante adelantada, pero un reventón en una goma la detuvo en seco, justo después de rebasar el entronque a Playa Blanca. La solución vino de manos del Rafa, quien cosió la goma para después cogerle el ponche a la cámara. En el lugar del problema nos fuimos reuniendo varios malnombristas bajo un sol fuerte. Algunos trataban de aprovechar la poca sombra que daban los arbustos.

Después del descanso, el dúo volvió a pedalear en la doble, pero surgió un nuevo ponche y en los cambios de cámara se les enredó el problema, porque ambas gomas tenían dimensiones diferentes.

Yo me fui delante porque debía llegar entre los primeros al radar meteorológico para hacer las gestiones de nuestra acampada, pero atrás seguían surgiendo problemas. Denis también se ponchó y Rovic le resolvió el problema. Después el ponchado fue Yaser y él mismo le cambió la cámara.

Por mi parte, cuando llegué a la entrada de la cerca que da paso al edificio del radar, ya había un grupito de malnombristas esperando por mi gestión. Entré, hablé y de inmediato se ofrecieron a recibirnos gustosamente.

Pero atrás seguían los problemas. Jorgito, Yaser y el Tin decidieron regresar a ayudar y llegaron hasta donde estaban los del tándem de la doble. Jorgito le dio su bicicleta a Eledys para él seguir caminando con Edgardo. Entre las cajas de las bicicletas del Tin, Yaser y Eledys se repartieron los bultos del tándem. Pero más adelante Yaser se volvió a ponchar y decidieron todos seguir a pie.

Yo estaba preocupado porque no acababan de llegar, por lo que tomé mi bicicleta y, con gomas de repuesto, partí a dar con los retrasados. Héctor se me sumó. Cuando los encontramos, le pusimos una goma a la doble y así pudo rodar nuevamente, pedaleando en ella Jorgito y Edgardo. Yaser y el Tin siguieron a pie, pues ya les faltaba poco por llegar. Así se terminaron las angustias en el tortuoso terraplén que une a Cayo Piedra con Punta del Este.

La estación meteorológica de Punta del Este: un hotel Cinco Estrellas

Para quienes llegábamos a la estación meteorológica de Punta del Este después de pasar varios días pedaleando bajo el sol por terraplenes maltrechos, de bañarnos solo con agua salada, de cocinar rústicamente, de tomar un agua más que tibia y de dormir en tiendas de campaña con una plaga afuera merodeando y un fuerte calor adentro, el nuevo sitio de acampada parecía un hotel Cinco Estrellas.

En el “hotel Cinco Estrellas”

Imagínese cuartos con aire acondicionado, colchonetas o cojines para dormir, una cocina con todas las condiciones, una nevera para enfriar el agua de tomar, tanques con agua dulce para quitarnos la salada y ninguna brecha abierta para que la plaga entrara. Aquello era demasiado para 36 esforzados malnombristas.

Así transcurrieron los más de dos días vividos en Punta del Este, que incluyeron la subida al mirador del radar, la visita a las cuevas Número Uno y Número Dos, colmadas de pictografías aborígenes, la pesca para los adictos y el baño en la bella playa. El único ingrediente de guerrilla lo puso la caminata de ida y vuelta a Playa Blanca por la costa, para los 15 que la realizamos.

Nuevamente Mal Nombre se va de caminata a Playa Blanca

Jueves, 4 de agosto del 2016

Después de consumir un desayuno superior al ingerido por los que se quedarían en el ocio de Punta del Este, 15 malnombristas partimos para Playa Blanca ‒como en dos ocasiones anteriores ya había hecho Mal Nombre ‒, siendo el más pequeño Samuel, aún sin cumplir los cuatro años de edad, quien iba con mamá Yanieyis, ora cargado, ora caminando.

Yanieyis y Samuelito caminando en un tramo del trayecto a Playa Blanca

Tomamos un trillo que nos llevó a la costa y, avanzando por esta, vimos sobre el suelo los restos de una gran manta. Llegamos a un punto donde había que dejar la costa y subir a buscar un camino. En ese trance me enredé sobremanera en un mar de arbustos, donde también abundaban las plantas espinosas, y yo, que andaba en short, me llevé unos cuantos arañazos. Al fin pude salir al camino y avancé por este, mientras Adrián seguía por la costa haciendo de vanguardia con el resto de la tropa. Subió Adrián por una zona rocosa, nos voceamos y nos encontramos nuevamente los 15 en el camino.

Luego nos trepamos en un faraón de más de 10 metros de altura, desde donde tuvimos una amplia visión hacia el este de un mal encrespado por cierto temporal que andaba rondando por la Isla. Del farallón bajé apurado a adentrarme en unos matorrales ‒ya se imaginan por qué‒ y terminé la faena con un enjuague en un estrecho playazo, pero en un descuido, una ola me empujó hacia una roca, saliendo del momento con una pequeña herida en una pierna.

La continuación de la caminata fue sobre diente de perro, hasta llegar a un farallón más bajo que el anterior. Después sobrevino un trayecto extenso, donde se alternaban tramos de arena, de lajas y de diente de perro. A esa altura de la caminata Rovic estaba bastante extenuado.

Doblamos a la derecha por la punta de la ensenada que guarda en su fondo a Playa Blanca. Avanzamos primero sobre pastos con guizazos y después por un tramo de mangle donde alternábamos la caminata por la orilla o entre el mangle.

Por fin llegamos a un extremo de Playa Blanca y avanzamos por la fina arena, hasta pararnos de frente a una casucha de madera, Allí encontramos a tres guardafronteras: un jefe y dos jóvenes reclutas, y entablamos una cordial conversación con ellos.

A esa hora, el hambre y la sed estaban bastante crecidos en el piquete. Sacamos entonces las provisiones que teníamos y comenzamos a distribuirlas. Un gran trozo de maní molido, nada habitual, nos tocó a cada uno, del cual les dimos también a los guardafronteras. El resto del menú estuvo conformado por galletas con carne, chocolate en polvo y refresco.

Como la playa estaba revuelta, solo unos pocos nos adentramos en ella y solo por un breve tiempo, de modo que el mayor tiempo de la estancia en Playa Blanca fue para el descanso, y algunos hasta echamos una siesta. Por suerte para nosotros el cielo estuvo algo nublado en la ida y también lo estaría en el regreso.

Alrededor de las tres de la tarde partimos de vuelta y la cansina caminata se nos fue como una letanía. Salimos de la ensenada, recorrimos el tramo largo que alternaba arena con lajas y dientes de perro, rebasamos, los dos farallones y volvimos a la costa por el camino encontrado por Adrián. Más adelante, algunos buscaron un trillo por el monte y otros seguimos por la playa para reencontrarnos finalmente los 15 en el edificio de la estación meteorológica.

El final de una guerrilla

La partida de Punta del Este tuvo como preludio una despedida calurosa de aquellos meteorólogos que nos habían tratado tan bien durante nuestra estancia. Un chichón en una goma de la bicicleta de Oxana detuvo la partida por unos minutos.

El tortuoso terraplén hasta Cayo Piedra esta vez no se portó tan mal; solo hubo unos pocos contratiempos. Denis pasó bastante trabajo al principio porque, con su gran tamaño, tenía el asiento de la bicicleta muy bajo. A Osniel se le partió la parrilla y tuvo que resolver con una de madera. Lo más aparatoso del trayecto lo puse yo al intentar pasar por un filón fangoso de tierra al borde de un charco. El intento me falló al resbalar una goma, terminando la bicicleta en el charco, mientras yo volaba hacia el lado contrario, para proyectarme contra un matorral. Del embrollo salí con varios arañazos.

A Cayo Piedra la bicicleta tándem no llegó nada bien y el Rafa tuvo que volver a vestirse de costurero para remendar una de sus gomas.

En el tramo entre Cayo Piedra y Pino Alto ocurrió una confusión. Inicialmente, teníamos previsto visitar el criadero de cocodrilos que se encontraba a unos seis kilómetros de la carretera y, aunque desechamos la opción, Jorgito y los del tándem fueron en pos del criadero y yo les caí detrás hasta encontrarlos justo al llegar al lugar. En el criadero había unos estanques donde tenían a los cocodrilos más pequeños, mientras los grandes vivían en una zona amplia, cercada, y hasta allí llegamos para ver como una cocodrila recién parida nos enfrentaba del otro lado de la cerca.

La cocodrila fajona

El resto del viaje hasta Nueva Gerona se fue sin contratiempos. En el tramo de la autopista de La Fe pedaleamos con fuerza.

Ya en Gerona, volvimos a acampar en el parque del Ajao (como en la ida), nos reencontramos con Vitico en la casa de un familiar suyo donde le celebramos el cumpleaños a Héctor, y no faltó el recorrido por los lugares más transitados de la ciudad. La vuelta a La Habana no tuvo contratiempos, para terminar así la quinta bicicletada por el Sur de la Isla de la Juventud.

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