De Punta Francés al Rincón del Guanal ¿o a Carapachibey?
Jueves 3 de agosto del 2023
Pasadas las siete de la mañana le di el de pie a la tropa. De inmediato, mi grupo de cocina, el Dos, se activó para preparar el desayuno. Esa mañana partiríamos de la zona rumbo al Rincón del Guanal, o a Carapachibey si se nos hacía tarde. Carapachibey era mejor lugar de acampada por la ausencia de plaga en lo alto del faro, pero nos obligaría a recorrer una mayor distancia para llegar a Punta del Este el día siguiente, que incluía recorrer un maltrecho terraplén de 23 kilómetros de extensión.
En el desayuno preparamos choco-leche, además de las galletas con dulce de guayaba. Después del tiroteo, se intensificó la recogida. A Andy casi lo tuvo que sacar Sosa del agua. El niño le había cogido el gusto a la playa y ya le estaban saliendo “escamas”.
Con el campamento desarmado y una guardia vieja hecha, partimos del lugar, quedando Rivas y Alejandro Armando en la retaguardia.
Una cueva marina, un buen almuerzo y una cogedera de ponches en Cocodrilo
A las 12:37 llegué al centro social de Cocodrilo. Allí nos esperaba Orlando para enseñarnos una cueva que hay a la salida del pueblo hacia el Hato de Milián. La mayoría del grupo fue a visitar el lugar, incluyendo a Denis, Yisel y Adrián, quienes se nos unieron al llegar al poblado. En el sitio hubo un criadero de caguamas, que estaba en ruinas. La costa está formada por gigantescos farallones y una cueva marina los atraviesa para abrir una boca en el antiguo criadero. En el final de la salida una escalera de concreto facilita el paso.

Desde la altura de los farallones comenzamos a tirarnos hacia un agua cristalina con gran profundidad. Después salimos por la cueva. A instancias de Orlando, una pared de las ruinas sirvió de trampolín de varios para tirarse al agua. Luego volvimos al centro social. Allí, como a la ida, pudimos disfrutar de un almuerzo, que tenía como plato fuerte un riquísimo pescado, además de arroz y refresco.
Pero Alejandro Armando no acababa de llegar porque los ponches estaban haciendo olas en la bicicleta que yo le había prestado. Como se demoraba, le dije a la tropa que se fuera y que acampara en Carapachibey, porque la hora no aconsejaba otra cosa. Para el nuevo tramo había un cambio de retaguardia. Rafa y Denis asumirían la misión.
Cuando el grupo partió, fui de regreso a encontrarme con Rivas y Alejandro. Gabi se nos unió. En una rústica ponchera tuvimos que esperar bastante para coger los ponches. Por suerte, el Rafa me dejó una cámara nueva para resolver el problema de una de las ruedas. A las 3:32 partimos los cuatro últimos de Cocodrilo con un buen sol calentando en lo alto.
Un perrito de compañía
Llegué con la retaguardia al Jorobado cuando eran las 4:37. Allí nos abastecimos de agua y partimos justo a las cinco. En el nuevo trayecto nos siguió un perrito que era del trabajador de Flora y Fauna del Jorobado. Aunque tratamos de azuzarlo para que regresara, el perrito continuó con nosotros. A una camioneta que venía en sentido contrario, le hice señas. El chofer paró, le pedimos que llevara de vuelta al perrito al Jorobado, lo montamos en la parte de atrás y seguimos pedaleando.
¡Mentira que otra vez!
Lo demorado del trayecto del día, la comodidad de dormir en lo alto del faro y la experiencia no muy grata de la acampada en el Rincón del Guanal, provocaron la decisión de acampar nuevamente en Carapachibey y no en el Rincón, aunque ello alargara el recorrido del siguiente día.
A las 6:05 llegamos los últimos al faro de Carapachibey cuando ya el resto de la tropa se había acomodado en el lugar. Los del grupo de cocina, con Raine al mando, nos enfrascamos en las labores culinarias. Arroz, carne en salsa, refresco y pescado sería el menú de la comida, pues ya los pescadores del piquete estaban haciendo lo suyo. Un poco antes del oscurecer formamos el tiroteo y ya de noche se apareció Orlando en su moto.
Después del atracón y de que se fuera Orlando, cuando ya la plaga estaba en su punto, nos fuimos a acampar a lo alto del faro. Solo Sosa y Andy se quedaron abajo, en el pasillo, metidos en su tienda de campaña. Arriba, tirados por el circular pasillo que rodea a los grandes lentes del faro, comenzaron a transcurrirnos las horas de una noche sin acoso de los bichos.
Viernes 4 de agosto del 2023
Pero por segunda vez mi cómoda ubicación en lo alto del faro era interrumpida por los efectos de un atracón. Esta vez los síntomas empezaban con náuseas. Cuando me convencí de que tenía que dejar irremediablemente mi comodidad, comencé a bajar las escaleras.
Fui descendiendo sin agitación, para no alterar más a mi estómago, pero cuando me faltaban tres escaleras, no pude más y solté un chorro de vómito contra la pared del faro, el cual llegó hasta el piso de la base. Pero con soltar la bilis, no terminaban mis problemas. Tuve que bajar de prisa, alejarme unas decenas de metros caminando sobre las ruinas de concreto y cabilla, y quitarme la ropa para que por detrás saliera lo que quedaba de mi maleficio, mientras la plaga volvía a acribillarme la piel por todos lados.
Cuando terminé la operación, como en la vez anterior, me bañé a jarrazos y después subí hasta el mismo nivel donde terminé de pasar la noche en la otra ocasión. Pero en ese momento la ventana estaba cerrada. Subí dos escaleras más y me tiré en un estrecho pasillo entre pasos de escaleras, porque no podía arriesgarme a subir y que nuevamente en la altura me dieran ganas de vomitar o de lo otro. Cuando los efectos de las picadas de mosquitos y jejenes se me pasaron, pude conciliar el sueño.
De Carapachibey a Punta del Este
A las 6:30 le di el de pie a la pandilla, luego de subir a lo alto del faro. Bajamos todos y comenzó la recogida. Cuando estuvimos listos, nos despedimos y les dimos las gracias a los fareros. A las 8:11 minutos partimos de Carapachibey sin desayunar, lo cual haríamos con las provisiones que dejamos en el Rincón del Guanal. Con Roberto y Ernesto de retaguardias, rodamos hasta el Rincón sin problemas en una mañana despejada. A las 9:31 llegué al destino.
Allí constatamos el celo que puso Ricardo en el cuidado de nuestras provisiones. Los del grupo Tres prepararon el desayuno que, además de la guayaba con galletas, nuevamente incluía choco-leche, pues la tirada del día sería larga. Mientras formábamos el tiroteo, Marlon y Ernesto vomitaron. Al parecer, la comida de la noche anterior también les hizo sus estragos.
Después de desayunar, la gente empezó a salir. Rovic y yo partimos de retaguardia a las 11:20, junto con Claudia y Marlon. Después de pasar las complicaciones del primer tramo, la carretera mejoró y aumentamos el ritmo. A las 12:11 pasamos por el entronque a Playa Larga.
A las 12: 47 llegamos los últimos a Cayo Piedra. Allí estaba el resto de la tropa descansando en un portal techado de la casa donde radicaban los guardabosques. La bienvenida fue con agua fría y Mal Nombre la completó con el maní del mediodía.
Con Rivas y Rovic de retaguardia, partimos a las 1:40 a recorrer el difícil terraplén que lleva a Punta del Este. Pasamos un tramo pavimentado, más adelante un bosquecito y seguimos atravesando ya la Ciénaga de Lanier, donde los arbustos y el diente de perro con casimbas nos hacían olas por los laterales, junto con los baches de la vía.
Después de pasar el entronque a Playa Blanca, Sosa se ponchó. Como su goma estaba lisa, le di una que yo llevaba de repuesto. Tras cogerle el ponche a la cámara, siguió rodando con Andy en su asientico. Un poco después a Rivas se le partió la parrilla y tuvo que remendarla malamente para continuar la marcha.

Más adelante Sosa se ponchó por segunda vez y nuevamente hubo que cogerle el ponche. Comenzó entonces a caer una lluvia ligera y, después de que aplacara un poco, se desató un aguacero que en poco tiempo nos dejó empapados. En el último kilómetro del trayecto, donde un bello bosque se apodera del paisaje, Sosa tuvo un tercer ponche, como para quitarle protagonismo a Alejandro en este casillero.
Al final del bosque, Jorgito, el guardabosques, me mostró un pozo de agua salobre ubicado a la derecha, como reserva por si en el radar meteorológico de Punta del Este el agua estuviera escasa. Finalmente subimos un pedregoso tramo final, para aparecer en el edificio del radar cuando eran las 5:44 minutos de la tarde. Llegábamos así al último objetivo propuesto en el recorrido por el Sur de la Isla de la Juventud.
Buena acogida y ocio en Punta del Este
El edificio del radar meteorológico de Punta del Este posee dos plantas. En la planta baja tiene un pasillo, dos habitaciones de trabajo con aire acondicionado, una sala de estar donde hay un televisor, un comedor con la cocina detrás y dos cuartos al final. Detrás de una de las habitaciones de trabajo está la puerta de entrada al radar, el cual se caracteriza por su gran esfera blanca que protege al radar de las inclemencias del tiempo. En la planta alta hay varias habitaciones. El edificio y un área exterior están rodeados por una cerca perimetral.
Al llegar los malnombristas había dos trabajadores del radar ‒una mujer y un hombre que eran pareja‒ y me pidieron que hablara por teléfono con el director. Eso hice y, aunque el jefe del lugar tenía sus recelos, todo se destrabó, porque como suele ocurrir, los que están en el lugar nos abren sus solidarios brazos. Reuní al grupo y le hablé del comportamiento que debíamos tener en el lugar. En eso llegó Orlando en su moto. En dos cuartos ubicamos las mochilas. Los bultos de comida los sacamos para el portal del edificio y después los colocamos en la cocina.
Como había poca agua en el lugar, la necesaria de la cocina la fue a buscar el grupo Tres al pocito que me enseñó Jorgito. Allí se irían varios a bañar. Los espaguetis previstos para la comida se hicieron en una hornilla de gas, que tardó un mundo en cocinarlos. En el local de la cocina hacía mucho calor, por lo que el trabajo de Yanetsy, Daniela y Yisel fue estoico. La comida se completó con carne en salsa y refresco en polvo para que cada cual se lo preparara. La mujer del radar les brindó a las cocineras todo su apoyo.
Al oscurecer se cerraron las puertas del edificio para evitar la invasión de la plaga. Un poco después formamos en el comedor el tiroteo, que dio para llenarse. Para dormir nos distribuimos en los dos cuartos, donde había ventiladores, y en la sala de televisión, donde estaba instalado un aire acondicionado que no debíamos encender, pero un meteorólogo joven lo prendió, para beneplácito de los que allí nos tiramos. Algunos que prefirieron armar sus tiendas de campaña en las afueras del edificio, pernoctaron en ellas.
Sábado 5 de agosto del 2023
En una jornada prevista completamente para el ocio, el de pie de la tropa fue relajado. Los del grupo Uno prepararon un desayuno de galletas con dulce de guayaba, churrupias y refresco en polvo.
Después de desayunar, el meteorólogo joven nos dio una explicación en un pequeño parque meteorológico ubicado en las afueras del edificio, que estaba conformado por varios equipos de medición. Aunque el radar no estaba funcionando, varios de aquellos equipos sí, permitiendo medir el viento la lluvia, la radiación solar y otras variables de la meteorología. De allí fuimos a uno de los locales de trabajo y a través de un monitor nos brindaron una explicación ampliada sobre las funciones que realizaban.
Terminadas las explicaciones, conformamos un grupo grande y fuimos a visitar la Cueva No. 1 de Punta del Este, conocida como la “Capilla Sixtina del Arte Rupestre Cubano”, por ser la de mayor cantidad de pictografías aborígenes. Luego de deleitarnos y admirar aquellos famosos círculos concéntricos, nos tomamos una foto a la salida de la cueva, con la tradicional compañía que brindan los mosquitos en el lugar.
En el resto de la mañana y parte de la tarde cada cual hizo lo que se le antojó. Rafa, David y Denis se fueron a pescar submarino, mientras Marlon lo hacía a vara. Los demás disfrutamos de la bella playa de Punta del Este, en un día espléndido. Por la tarde los pescadores submarinos salieron del agua bastante extenuados, pero cargando buena pesca, a la que se le sumaron algunas langostas donadas por pescadores del lugar. Por la tarde se apareció un tractor halando una carreta con un buen cargamento de agua, gracias a una gestión de Orlando. En el tractor iban el chofer y un acompañante.

Después nos reunimos en el edificio para decidir qué hacer al siguiente día. El plan inicial era pasar dos días enteros en Punta del Este con la posibilidad de ir a Playa Blanca en uno de ellos, pero la mayoría decidió regresar a Gerona para tener tiempo de visitar los lugares más interesantes del norte de la Isla.
La cocina del grupo Uno la hicieron en la parte trasera del edificio para quitarse de arriba la demora y el calor del día interior. No obstante, la faena se demoró, sobre todo cocinando la cuantiosa pesca. El tiroteo nocturno fue todo un manjar: bastante arroz, refresco frío, buena cantidad de pescado y una cuota de langosta que dio para liberarla, quedándonos Rovic, Rivas y yo dándonos un banquete con el riquísimo marisco.
En la sala de televisión pudimos ver uno de los juegos del play-off de la Serie Nacional de Pelota, en el que Las Tunas le ganó 7 a 2 a Industriales. Después cada cual se fue a acostar. Los de la sala de TV volvimos a tener aire acondicionado. Esa noche la plaga no mostró mucha furia en los exteriores.
El regreso a Nueva Gerona
Domingo 6 de agosto del 2023
En la madrugada llovió un poco, lo cual estaba siendo muy raro en Punta del Este en aquella temporada. Según nos dijeron los meteorológicos del radar, esa noche cayeron solo 2,2 milímetros de precipitaciones.
A las seis le di el de pie a la tropa. El objetivo del día era regresar a Nueva Gerona. Mi grupo de cocina, el Dos, preparó el desayuno con bastante leche con chocolate (toda la que quedaba), galletas con dulce de guayaba y también bastante churrupia. Después de tirotear el desayuno, hicimos una redistribución de la carga de comida restante. Luego intensificamos la recogida y nos agrupamos en las afueras del edificio.
Allí descubrimos que una rueda de la bicicleta de Ernesto tenía la llanta jorobada y, aunque Rovic se la mejoró, su situación era delicada. Pero el tractor con la carreta que nos llevó agua el día anterior, partiría esa misma mañana, y esa era una gran oportunidad. Luego de que Orlando hablara con el chofer, se montaron en la carreta Sosa y Andy con la bicicleta, además de Ernesto con la suya. Montamos también las mochilas de todos, lo cual era un gran alivio para pasar el averiado terraplén de Punta del Este a Cayo Piedra. Finalmente, nos tiramos unas fotos de grupo en la delantera del edificio con aquella pareja de anfitriones que tan solidariamente nos había recibido.
A las 10:35 partieron los primeros de Punta del Este. Yo lo hice de último con Rovic y Jorgito, pues los tres haríamos de retaguardias. Después de pasar el kilómetro del bosque, una cámara de Denis se desvalvuló. El Cadete se la cambió y se quedó con nosotros atrás, mientras Denis se adelantaba. Al poco rato nos pasó por el lado el tractor con la carreta. Sus dos tripulantes habían pasado parte de la noche pescando.
Después de rebasar el bosquecito más cercano a Cayo Piedra, Jorgito nos guió para visitar un cenote que se ubica en la parte sur de la carretera. Tras caminar algunas decenas de metros sobre terreno cársico, llegamos a un pequeño lagunato formado por el derrumbe del techo de una cueva inundada. El fondo se veía oscuro y algunas plantas acuáticas vivían en su interior. Estábamos en plena ciénaga de Lanier. Jorgito nos dijo que por los alrededores había otros cenotes.

Un poco después de las 12 llegamos a Cayo Piedra, donde nos esperaba el resto de la tropa. Allí supimos de un ponche que había tenido Yisel en una cámara. Tomamos agua fría y pasada la una de la tarde partimos del lugar, luego de despedirnos de Jorgito.
Después de pasar el gran bosque que le pone fin al sur y la sábana que le continúa, hicimos un alto “obligado” en la casa de la mujer que prestaba servicios de cafetería en las afueras de Pino Alto. Jugo natural, panqué con una capa de chocolate y pudín eran las apetitosas ofertas que tenía la buena mujer. El alto nos sirvió, no solo para calzar nuestros estómagos, sino también para aliviarnos del fuerte sol que estaba azotando la carretera.

En el siguiente tramo me fui en la delantera y pedaleé con fuerza hasta entrar en La Fe para reagruparnos en una esquina en busca de más aseguramientos alimenticios. En una venduta cercana encontramos a Ricardo, el de Flora y Fauna, que estaba sentado a una mesa con unos tragos de más. Finalmente, nos concentramos en la esquina, luego de que cada cual “le echara” algo a su estómago en alguno de los lugares de los alrededores.
A las 5:20 partimos de La Fe. Al tomar la Autopista, apreté el ritmo en la delantera. Rivas y Fernando se me sumaron. Al llegar a Gerona, fuimos directo para la sede de la UJC.
Un día de paseo con el colofón de la trepada a La Peña
Lunes 7 de agosto del 2023
Después de pasar una tranquila noche en el campamento de pioneros del Abra, partimos hacia Gerona en el último día del grupo en la Isla de la Juventud. En la jornada se conformaron varios grupitos para hacer los últimos recorridos de la guerrilla. El museo Presidio Modelo, la playa Bibijagua y los lugares más recurrentes de la ciudad sintieron el paso de los malnombristas.
Después de las siete de la tarde conformamos un grupo y nos fuimos a treparnos en la altura conocida como “La Peña”, desde la cual se divisa la ciudad de Gerona y se tiene una vista ampliada de la Isla. Para ello, atravesamos parte de la ciudad y nos adentramos en un camino que dejamos para tomar el trillo de ascenso a la Peña, que forma parte de una de las elevaciones de la Sierra de Casas.

Primeramente, rebasamos el entronque de la Cueva del Agua y después el trillo nos fue llevando en ascenso hasta un farallón que bordeamos por la derecha. Cuando íbamos a subir un último tramo sobre rocas, un hombre que iba con su hija, me vio con una muleta y sin el regatón, que se lo quité para afincarme más en el monte, y me dijo que por allí no iba a poder subir. Esa era una más de las incomprensiones de los que se prejuician sin conocer.
En el tramo rocoso el guao estaba abundante, por lo que había que tener mucho cuidado de no rozarlo. Ya arriba, comenzó a abrírsenos la vista, hasta llegar al borde de un farallón desde donde pedíamos ver a Nueva Gerona completa. Mientras disfrutábamos de la visión, se apareció otra parte del grupo.
Con la tarde en picada, decidimos regresar. El descenso fue algo apurado para que no nos cogiera la noche en el monte. Ya abajo y de noche, nos adentramos en la Cueva del Agua. Una escalera de piedra nos llevó a un pequeño lago donde me tiré sin pensarlo. Luego salimos y tomamos la ruta de regreso a la UJC. La jornada terminó con una última acampada del grupo en el teatro de la Juventud.
Final del último viaje a la Isla
El martes 8 de agosto regresó el grupo a La Habana. Primero en catamarán y después en guagua, la pandilla malnombrista se trasladó desde Nueva Gerona hasta la capital. Rovic y yo nos quedamos un día más para regresar con las bicicletas en la patana.
Terminaba así la guerrilla de verano número 34 de Mal Nombre, la sexta que incluía un periplo por la Isla de la Juventud, teniendo como plato fuerte la zona Sur. Atrás quedaban las hermosas playas, los aislados terraplenes atravesando exóticos bosques, el faro más alto de Cuba y la majadera plaga.
Quedaban también los nuevos y solidarios amigos: los inolvidables Orlando y Jorgito; los trabajadores de Flora y Fauna del Rincón del Guanal, el Jorobado y el Hato de Milián; los fareros; los meteorólogos; y los muchachos de la UJC con su primera secretaria. Y es que la Isla de la Juventud no solo resalta por sus bellos lugares, sino y, sobre todo, por su extraordinaria gente.
