Jueves 6 de agosto
En el arenazo el de pie mañanero fue sin presión. Preparé choco-leche con la última leche que quedaba, de un pomo que tenía el Cadete, que se lo habían pedido y él no se daba cuenta que lo tenía.
Como algunos insistíamos en terminar de bajar el arroyo, hablé con la gente de que tendríamos que guardar las cosas si nadie se quedaba en el arenazo. Mory dijo que se quedaba y otros le siguieron. Mory acompañaría a Liliana hasta el último cruce del río, pues ella iba para Quibiján, pero él después regresaría al arenazo.
Embullé a Dany para que fuera a terminar el trayecto por el arroyo y el muchachón se decidió. A lo largo de la guerrilla el jovenzuelo había ido creciendo como guerrillero. Finalmente; solo iríamos nueve a terminar lo empezado: Dany, Bety, María Libia, Mattari, Fernando, Héctor, Yaser, el Cadete y yo.
Cuando eran las 8:55 partimos. Cruzamos el río y comenzamos a subir la ladera, pero noté que faltaba Dany. Lamenté haberme confiado en que iría, pero me alegré cuando lo vi subir. Ya en el firme, avanzamos hasta el pelado de Emilio y descendimos por él hacia el arroyo.

Los nueve comenzamos a descender la parte que nos faltaba del accidentado cauce y bien pronto apareció un salto grande, el segundo mayor del Infierno, de unos 12 metros de altura. Héctor se trepó por unas piedras y amarró una cuerda a un árbol que se elevaba por la orilla derecha. Mattari preparó el descenso, que sería a rappel.
Como a unos cuatro metros de altura sobre la poceta donde caía el chorro había un saliente de rocas. Allí se terminaría el descenso a rappel para que el que llegara, se lanzara a la poceta.

Con todo listo, comenzó el descenso. La gente fue bajando sin problemas hasta el saliente y tirándose en la poceta. Yo me demoré arriba hablando con Bety cuando me entró fuerte dolor de barriga. Cuando ya me tocaba el descenso, le dije a Mattari que me estaba haciendo el “dos”. Él creyó que era de miedo e intentó calmarme y entonces le tuve que decir que no era de miedo, sino de verdad, y que acabara de ponerme el arnés, porque si no, haría la “gracia” allí mismo.
Mi descenso fue tan rápido como tirarme en la poceta. Ya abajo, me oculté malamente detrás de una roca y allí mismo, casi a la vista de los demás, solté mi “recado”, que como era pura flojera, se impregnó en la pared rocosa que parecía una pictografía, y un pobre cangrejo, asustado, salió huyendo del lugar, llevándose en su carapacho restos de mi “obra”. De la “pictografía” quedó una foto para el recuerdo.
El último en bajar del salto fue Mattari, quien antes zafó la cuerda del árbol y la pasó por detrás del tronco, quedándose con un cabo en la mano. Luego de descender a rappel, haló la cuerda para rescatarla.
Al continuar el avance por el arroyo, apareció un salto pequeño y Mattari amarró la cuerda roja a un árbol, con un nudo en la cuerda para el agarre, aunque algunos bajamos sin ella. Después tomé la punta del grupito, bajé otro salto a capela por las piedras, me trepé sobre un gran tronco que posaba sobre la poceta final del salto y me senté sobre el tronco. Otros se sumaron, hasta hacer una hilera sobre el tronco. Mattari, al vernos, se dispuso a tirarnos una foto y nos dijo que, a una voz, nos dejáramos caer en la poceta. Eso hicimos y la foto quedó para la historia del grupo.
Continuamos caminando por el agua con Yaser en la punta y llegamos finalmente al río Quibiján cuando eran las once de la mañana. Por primera vez en una guerrilla completábamos el recorrido de Arroyo del Infierno desde la caída de Salto Fino hasta el río Quibiján, a la par de llegar a Salto Fino arriba y a Salto Fino abajo.
Los nueve sentimos una gran alegría al bañarnos en las cálidas aguas del Quibiján. Dany me retó a competir en natación y me ganó por un tin, pero él nadó descalzo y en short, y yo con botas y pantalón. Después fuimos para el campamento del arenazo y nos tiramos varias fotos los nueve juntos.
Frank y Edgardo cocinaron espaguetis para un almuerzo inusual y lo tiroteamos con refresco y carne en salsa. Esa tarde nos iríamos para el poblado de Quibiján, pero como aún quedaba tiempo para la partida, nos entregamos al relax, aunque antes pusimos a secar toda la ropa. En la ociosa tarde no faltó el relajante baño en el río.
A las tres empezamos a recoger con lentitud y redistribuimos los bultos de comida que quedaban en dos partes. Una parte se la dejaríamos a Emilio en su casa y la otra a otro amigo nuestro, Edgard, quien vivía en Baracoa.

Por fin partimos sin prisa para Quibiján. Yasiel iba con una muleta mía, pues tenía un grano infectado en una pierna, con una gran hinchazón.
En la vuelta pudimos ver el mausoleo erigido en honor a dos milicianos caídos en la lucha contra bandidos. La loma que corta camino sorprendió a la gente, pues no se acordaban de haberla subida en la ida. Los cruces del río los hicimos con el grupo algo disperso, hasta que por fin llegamos a la casa de Emilio.
A la casa le fuimos como en un asalto, pues subimos casi todos. Allí encontramos a nuestro amigo campesino, a su esposa Marilín y a las dos hijas del matrimonio.
A esa altura de la guerrilla Dany estaba completamente aplatanado en el grupo y entró en la casa como “Pedro por su casa”. Emilio le regaló un mango grande y se lo comió entero. Detrás nuestro anfitrión le brindó un plato de caldosa y el yanqui-cubano también le “fajó”. Nada de eso ocurrió a la vista del grupo. Por eso cuando Emilio le brindó unas ricas piñas cubanas al grupo, Dany no quiso y me dijo por qué.
Pasamos un rato más haciendo una tertulia con la familia de nuestro amigo y al final les dimos las cosas de comida que habíamos separado para ellos. Mattari completó la donación con una cuerda y dos arneses. Finalmente, nos despedimos y partimos, salvo Mattari y Denis, pues la familia los había invitado a una fiestecita por el cumple de una de las hijas.
Los demás bajamos al río, cruzamos la corriente, caminamos bordeando la orilla, entramos en Quibiján y nos fuimos directo para la cafetería. Allí el delegado me abrió el local de atrás para que durmiéramos en él, pues no parecía que saliera ningún transporte para Baracoa en lo quedaba del día. Llevamos las mochilas para el local y abrimos las ventanas.
En la cafetería no había nada de comer, ocurriendo una gran paradoja en el día: almorzamos cuando nunca lo hacíamos, pero no comeríamos cuando siempre lo hacemos. Hasta el oscurecer algunos jugamos con una pelota de goma, principalmente Dany, Bety y yo. Al caer la noche aparecieron dos guitarras, una de cuerdas metálicas y otra con las cuerdas a la zurda. Denis y el Cadete cambiaron las cuerdas y ellos dos y yo nos rotamos la guitarra cantando canciones. El delegado y otro lugareño acompañaron la descarga con maracas y bongós, siguiendo nuestros acordes con un ritmo que mostraba una gran maestría, lo cual parecía increíble, pues no habían ido a ninguna escuela de música. Ambos, a la par, se daban sus buenos buches de algún tipo de aguardiente.
Varios malnombristas vieron la novela en la adjunta sala de televisión. Algunos llegamos a la media noche en la descarga y nos fuimos a acostar con los estómagos vacíos por primera y única vez en la guerrilla.
Era la primera vez en más de diez ocasiones que teníamos que acampar en Quibiján por no tener un transporte que nos llevara a Baracoa.
Viernes 7 de agosto
A las 5:45 de la mañana di el de pie porque iba a salir un camión temprano para Baracoa. Recogimos, partimos para la parada del poblado, llegó el camión, nos tuvimos que apurar y montamos en él. Todos los malnombristas pudimos alcanzar asiento, pero subió una mujer con una niña y le di el mío. Al rato de bambolearse el camión por el terraplén que se extiende paralelo al río Toa la niña vomitó y me embarró las piernas y los zuecos que yo llevaba puestos. El camión se fue repletando de parada en parada. En él iban Emilio, Marilín y Enrique el del Naranjo del Toa, a quien le conté la aventura por Salto Fino.
Luego de casi dos horas de trayecto, llegamos a la carretera Moa-Baracoa y tomamos por esta hacia la derecha: Un poco después entramos en la bella ciudad de Baracoa y terminamos el viaje en la vieja terminal.
Atrás quedaba la cuenca del Toa, una de las zonas naturales más vírgenes de Cuba, con su afluente el Quibiján y uno de los arroyos que lo nutre, el Infierno. Quedaban los 20 saltos del Infierno y la escondida caída de agua del mayor salto del Caribe insular: Salto Fino. Y quedaban en nuestras memorias las intensas aventuras vividas en los días de guerrilla.
