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Doctor Juan Carlos: el “padrino” de muchos niños y niñas en Matanzas 

Yuni Moliner
01 mayo 2026 | 0 |

En Matanzas, el nombre del doctor Juan Carlos Perdomo Arríen suele aparecer allí donde comienza una historia de vida. Su trayectoria, dedicada a la genética médica, lo ha vinculado desde 1987 a uno de los instantes más decisivos para las familias: la llegada de un hijo y la prevención de enfermedades durante el embarazo. Jefe del Grupo Provincial de la especialidad y presidente de su capítulo científico, ha hecho de la ciencia un ejercicio constante de cercanía y compromiso.

No es raro que, al caminar por la ciudad, las parejas lo reconozcan y lo saluden con afecto. En cada uno de esos gestos hay memoria y gratitud: ha acompañado el nacimiento de miles de niños y niñas y, sin proponérselo, se ha convertido en una especie de padrino para quienes conoció incluso antes de nacer, cuando apenas eran fetos de más de 16 semanas.

Exigente consigo mismo ha participado en estudios e investigaciones sobre gemelos, centenarios en Cuba, mestizaje, así como sobre el impacto de la covid-19 y las arbovirosis en el embarazo.

Su trayectoria acumula reconocimientos como la medalla Jesús Menéndez, la distinción Manuel Piti Fajardo y, más recientemente, la Orden Lázaro Peña de III Grado.

Sin embargo, lejos de los méritos formales, insiste en que las verdaderas medallas son invisibles: aquellas que se quedan en el alma tras años de entrega, exigencia y servicio al pueblo y que distingue a una especialidad, un programa, y un colectivo. 

Su vocación nació temprano, desde los años de preuniversitario “Siempre estuve convencido de que quería ser médico… siempre he tenido una inmensa vocación de servicio”, recuerda. 

Esa convicción ha estado acompañada por una visión profundamente humanista de la medicina. Para él, ejercerla implica renuncias. 

“Es darte a los demás a través de ti, porque eso justamente es lo que cura”. 

De ahí que no conciba la medicina como un acto limitado al espacio hospitalario.  “La bata es un simple atributo. La medicina es un sentimiento… hay que amarla por vocación y para una entrega total”. 

Su llegada a la genética clínica no fue planificada. Respondió más bien al contexto de una especialidad que comenzaba a desarrollarse en Cuba y que entonces era poco conocida. 

“Me hice genetista clínico no por orientación profesional… era una especialidad joven, incluso elitista en el mundo”. 

Tras graduarse, formó parte de los inicios del programa de Medicina General Integral en Matanzas. Más tarde, gracias a sus resultados académicos, continuó su formación en el Instituto de Ciencias Básicas y Preclínicas “Victoria de Girón”, en La Habana, durante cuatro años. 

A finales de los años 80 regresó a la provincia y se integró al desarrollo de la genética médica, entonces con escasos especialistas. Desde 1998 ha asumido responsabilidades en la dirección de estos servicios, función que ha sostenido durante décadas. 

Genética médica al servicio de la sociedad

El doctor Juan Carlos Perdomo Arríen define la genética médica como una especialidad tan compleja como profundamente humana. 

Estamos hablando de todo aquello que significa la construcción de la vida. La proyección más importante para concretar el amor de una pareja es un hijo”. 

En cada embarazo, explica, convergen dimensiones múltiples.  “Se evocan sentimientos, esperanzas, expectativas, creencias religiosas, cultura… y también riesgos biológicos, sociales y económicos”. 

En ese escenario, el genetista no solo evalúa, sino que orienta y acompaña. El programa cubano de genética médica, integrado al sistema materno-infantil, permite evaluar riesgos, realizar ultrasonidos prenatales, aplicar estudios especializados y brindar asesoramiento genético a las familias. 

Iniciado en Matanzas en 1984, este programa ha fortalecido la prevención, detección y manejo de enfermedades genéticas y defectos congénitos en el país. 

A lo largo de su carrera, el doctor ha sido testigo de innumerables historias. 

“Los momentos importantes están en cada niño, en cada pareja… en la alegría de haber podido ayudar a tantos”. 

También reconoce los escenarios difíciles, donde no siempre hay finales felices, pero donde el acompañamiento sigue siendo esencial. 

“Aunque no se traiga un niño en brazos, ayudar a tomar una decisión informada también es un resultado positivo”.

El impacto de su labor trasciende generaciones y se refleja tanto en niños como en adultos atendidos por enfermedades genéticas o discapacidades. 

“Sientes que lo has hecho bien y que has dado todo”. 

Su desempeño ha sido reconocido dentro y fuera del país, con participación en misiones internacionales. “He tenido la posibilidad de representar a Cuba y a la medicina cubana en otros escenarios, y lo he hecho con orgullo”. 

Aun así, subraya que su mayor exigencia siempre ha sido personal: “No he exigido más de lo que me he exigido. Mi vida ha sido una vida de exigencia en el plano profesional”. 

En ese recorrido, destaca el valor del trabajo colectivo. 

“Muy importante ha sido el equipo que me ha acompañado durante años: el centro provincial de genética, la red de genetistas, los másteres en asesoramiento genético y los ultrasonografistas prenatales”. 

Gracias a esa red, se ha ampliado el acceso a los servicios y se ha fortalecido la atención a las gestantes en toda la provincia. 

Desde su hogar en la barriada de Playa, el doctor reconoce la gratitud como un principio esencial. Agradece a su familia, a sus maestros. “A mis abuelos y tíos por una maternidad sustituta que sembraron en mis profundos valores humanos, sobre todo del amor que cura y salva aún en las peores circunstancias, a quien me acompaña cada día: mi refugio y motivo, al privilegio de haber sido conducido por profesores, excepcionales mentores quienes sembraron ciencias y afectos que perduran hasta hoy”.

También, agradece a los tantos padres y amigos que depositaron un día cualquiera la confianza de su bien mayor: los niños y niñas de los que, desde la ciencia, se ha convertido en padrino.

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