Volver al Jaguaní siempre es una delicia, aunque la sombra de una posible crecida penda sobre los guerrilleros. Por segundo año consecutivo los malnombristas queríamos aprovechar la Semana de la Victoria de Girón, para hacer una excursión larga, sin esperar a la guerrilla de verano, y navegar el Jaguaní por séptima vez era la propuesta.
Por segunda vez en la historia del grupo se haría un viaje en avión. La primera fue en el año 90, cuando nueve malnombristas tomaron el AN-2 que iba de Baracoa a Maisí, para unirse con los otros 25 participantes en aquella guerrilla de verano. Ahora Eledys había dado la idea para posteriormente ella misma hacer las gestiones. Las balsas parecían ser un serio problema, pero el viaje del grupo a Varadero para participar en la competencia anual de Aguas Abiertas, propició la compra de 16 colchones inflables en una tienda de la playa azul.
En esta ocasión teníamos una novedad: colocar una placa en homenaje a Antonio Núñez Jiménez en la comunidad de Boca del Naranjo. La idea surgió de un encuentro en la Fundación “El Hombre y la Naturaleza Antonio Núñez Jiménez”, donde fueron invitados algunos grupos excursionistas, incluyendo a Mal Nombre. Allí nos pidieron hacer actividades relacionadas con Núñez Jiménez y yo les dije que ya teníamos nuestro plan de actividades, pero que podíamos vincular alguna de ellas a su vida. Y eso fue lo que hicimos. Yo propuse un texto y Oscar hizo la placa con teflón.
Lo demás del viaje en lo organizativo fue el trámite del permiso de acceso al Jaguaní, una reunión previa y mis informaciones enviadas por las listas de correos electrónicos.
Sábado 14 de abril del 2018
La hora de reunirnos en el Aeropuerto Internacional José Martí era las diez de la mañana, pero en la semana de la partida, una llamada a Eledys desde el Aeropuerto alertó de que el viaje se retrasaría en dos horas.

Por eso sobre a las 12 del día comenzaron a agruparse los malnombristas en la Terminal Número Uno del Aeropuerto. Al pasar las mochilas por revisión se dio el primer problema. Ni el petróleo ni el bage podían pasar. El petróleo estaba previsto para levantar la candela al cocinar en el monte y el bage era necesario para coger los poches a las balsas, pero el peligro de un incendio en el avión pesaba más que cualquier necesidad nuestra. Por eso entregamos lo que teníamos, pero con una excepción. Yo estaba seguro de haber metido un pomo de bage en mi mochila, pero el detector no lo señaló. No obstante, alerté a los compañeros de la Aduana y estos buscaron el pomo en mi mochila, sin lograr hallarlo. Finalmente, mi mochila pasó con la duda.
Después de la rectificación de los pasajes, subimos a un salón de espera. Allí comenzó a pasar el tiempo sin que anunciaran nuestro vuelo con destino a Holguín. Primeramente, anunciaron que el avión no partiría en tiempo por un problema operativo. Más tarde informaron que era un problema técnico. A buen entendedor, con pocas palabras bastan: el avión estaba roto.
Como la llegada a Holguín estaba prevista para la tarde, habíamos gestionado un camión a esa hora, para que nos llevara directo hasta Moa. Pero la demora de la partida nos complicaba el viaje en camión. Llamé al chofer para comentarle del atraso y quedé en avisarle cuando tuviéramos claridad en la hora de la partida del vuelo.
Un poco más tarde reunieron a los pasajeros y un funcionario del Aeropuerto explicó que, ante el desperfecto del avión, este sería sustituido por otros dos aviones. Un poco después supimos que en un avión se iría una parte de los pasajeros hasta la ciudad de Santiago de Cuba, para desde allí trasladarlos en guagua hasta la ciudad de Holguín. Los que irían en el otro avión volarían directo hasta el aeropuerto holguinero.
Como el viaje se demoraba, a todos los pasajeros nos dieron un baucher de seis CUC, para consumir al gusto, salvo un pan con jamón y queso que sería dirigido. Vino entonces el conteo de cada pasajero al detalle para comprar alimentos por el valor exacto de seis CUC, y así no perder ni un kilo. Entre tanto, las conversaciones en grupitos se sucedían para pasar el tiempo lo más ameno posible. En ese ínterin llamamos a Tony, un malnombrista holguinero, y le pedimos que nos gestionara un pomo de bage para nosotros recogerlo cuando llegáramos a la ciudad de los parques.
Llegó la noche sin viajar aún y nos pasaron para un salón con aire acondicionado donde nos ofrecieron un nuevo baucher, pero este por un valor de 12 CUC, pues ya tocaba la hora de la comida. Nuevamente vinieron las cuentas y recuentas para no perder un centavo. En este ambiente más cómodo el tiempo siguió pasando, hasta que al fin nos anunciaron la salida de los vuelos. Los 30 malnombristas que conformábamos el grupo bajamos a la pista, nos montamos en un cómodo avión y a las 10:58 de la noche la aeronave comenzó a moverse. Algunos volaban por primera vez, lo cual podía verse en sus rostros. Camila se encontraba entre los primerizos; su cara de susto lo ponía en evidencia.
El viaje fue una divinidad. En la oscuridad de la noche, las provincias iban pasando a una velocidad nunca vista por Mal Nombre.
Domingo 15 de abril del 2018
A las 12:03 minutos de la madrugada aterrizó el avión en al aeropuerto de Holguín. Nos bajamos, recogimos las mochilas y salimos al exterior. Pero como aún no había llegado el camión, nos tiramos por el suelo a esperarlo.
A la 1:45 llegó el camión, nos montamos y partimos. Recorrimos el tramo de autopista que lleva a la ciudad, atravesamos la urbe, paramos unos minutos en la terminal de La Balear y después pasamos por un cruce de calles donde nos esperaba Tony con el bage. Luego del saludo madrugador, recogí el pomo y le di los cien pesos que costaba, sacados del fondo del grupo.
El largo viaje hasta Moa se nos fue dando cabezazos por el sueño. A las 6:10 de la mañana llegamos a la terminal de Moa. Antes de la guerrilla yo había contactado con Lara, un funcionario de la terminal moense para que nos gestionara un transporte que nos llevara al intrincado poblado de La Melba. Al llegar, di con Lara y este me dijo que esperara. Los malnombristas aprovecharon para tirarse en el salón de la terminal, mientras yo estaba atento a la posible llegada del transporte. A las nueve de la mañana nos montamos en una guarandinga coordinada por Lara y partimos rumbo a La Melba.
El camión que transportaba a la caseta de pasajeros era un Kamaz. Desde el inicio del viaje el chofer mostró unas ganas tremendas de llegar rápido al destino. El tramo de ancha carretera desde Moa hasta el entronque con la vía de La Melba no causó inquietud, pero desde que cogimos la carreterita de montaña, la tropa se puso en vilo por la velocidad a la que cogíamos las curvas y pendientes del trayecto.
Luego de un largo y discontinuo ascenso, comenzamos a movernos por una especie de meseta algo erosionada. Pasamos el maltrecho puente sobre un arroyo cristalino y nos pegamos a la base de la meseta del Toldo.
El ajetreo del apresurado viaje puso mal a Camila, María y Amanda. Las ganas de vomitar se reflejaban en las caras de las tres muchachas. María y Amanda no pudieron aguantar y unas jabitas de nylon sirvieron para evitar que sus bilis se regaran por la guarandinga.
Un poco más adelante paramos donde confluyen los saltos de agua de La Comadre y el Compadre. Allí nos bajamos junto al puente del lugar, justo donde fue filmada una escena de la película “Polvo Rojo”.
Al continuar la travesía, el fango se hizo notar, hasta que llegamos a un punto donde el camión se atascó. Los intentos del chofer de sacar a la guarandinga acelerando fueron infructuosos y tuvo que apelar al güinche del transporte para salir del atolladero. Para la operación, todos los malnombristas nos bajamos. Un acompañante del chofer afincó el cable del güinche al tronco de un árbol y con la potencia que daba el güinche las ruedas atascadas pudieron salir del fanguero.

Librados del trance, nos montamos en la guarandinga y continuamos el viaje, comenzando poco después un largo descenso entre una vistosa vegetación tropical.
A las once de la mañana llegamos a La Melba, un pintoresco caserío rodeado de montañas y limitado al sur y al este por el vistoso río Jaguaní. Allí contacté con el jefe del área por el Parque Alejandro Humboldt, y jefe a su vez de Canelo, con quien habíamos tenido algunos tropezones en estancias anteriores. Le enseñé el permiso que habíamos tramitado con anterioridad y el hombre no puso ninguna traba.

Después fuimos para la desembocadura en el Jaguaní, de un arroyo cercano. Allí la mayoría tuvo la primea imagen del “río más lindo de Cuba”. Comenzaron entonces los preparativos para la navegación. Cada cual sacó su balsa, le puso el forro y la comenzó inflar. Varios de los colchones fueron inflados por Osniel y Héctor con una bomba de aire de funcionamiento eléctrico, conectada al tomacorriente de una casa aledaña a la vía principal del poblado. Los más experimentados ayudamos a amarrar las mochilas a las balsas. a los que nunca habían navegado.
En la flotilla navegante, Samuel era el más pequeño con 5 años. Él iría con protectores en las extremidades y casco protector, sobre la balsa de su mamá Yanieyis, rotándose con David y Osniel. El segundo más pequeño era Eduardito, quien estaba a punto de cumplir 10 años e iría solo en una balsa roja, vestido con enguatada roja y mono rojo; por eso le pusieron “La mancha roja”. Después les seguían en orden ascendente Amelie con 13 años y Camila con 14. Janett llevaba dentro de su mochila la placa en homenaje a Antonio Núñez Jiménez, que pondríamos en Boca del Naranjo.
A la 1:47 comenzamos la navegación bajo un sol resplandeciente. Como retaguardias del día iban Yordanis y Héctor. Desde el inicio María se hizo sentir por sus gritos al bajar rápidos nada complicados.
Al kilómetro de navegación nos detuvimos en una playa donde un grupo de lugareños se recreaban. Dos equipos jugaban voleibol, net por medio, mientras otros servían una caldosa. De inmediato se formó un equipo de malnombristas que empezó a jugar con uno de los equipos de los lugareños. A la par, una mujer comenzó a servirnos caldosa en unos vasos plásticos. La caldosa era una delicia por su sabor y por el hambre que ya teníamos. Aquella gente divertida y solidaria pertenecía a una iglesia. Finalmente, los malnombristas perdieron en el voleibol entre remates y errores. Antes de seguir la navegación, les agradecimos la riquísima y oportuna caldosa.
Continuamos avanzando entre curvas y rápidos. La habitual transparencia del río se ponía en evidencia en cada tramo. Pero algo había cambiado con respecto a navegaciones anteriores. La extraordinaria belleza de la flora aledaña al río, de un intenso verde tropical, no tenía el esplendor de otras ocasiones. El huracán Matheus era la causa del cambio, al derribar gran cantidad de árboles y provocar no pocos deslizamientos de tierra en las laderas. Ya había transcurrido más de año y medio del paso de Matheus y, aunque se notaba cierta recuperación de la flora, los estragos eran todavía sumamente evidentes.
La claridad de la tarde fue empañada por cierta nubosidad, aunque sin riesgo de lluvia. Laksmi comenzó a sentirse mal entre la frialdad de la tarde y la pesadez de la caldosa, sin haberse recuperado de los estragos que le causó a su estómago el aciago viaje desde Moa hasta La Melba. Finalmente, vomitó la caldosa. De este modo, su estreno en la navegación no era nada halagüeño.
Más adelante sobrevino un rápido que tenía un palo puntiagudo sobresaliendo en medio del torrente, lo cual parecía ofrecer un alto riesgo de provocar ponches, pero no fue así. Como el rápido despertaba expectativas, cuando la gente lo pasaba, se quedaba del otro lado cogiéndole platea a los siguientes. De este modo, varios pudieron ver cómo María, Claudia y Yaíma se revolcaban, a María Karla se le iba la balsa y Héctor, payaseando en medio del rápido sin balsa y llevando en una mano la webcam prestada por Wilfredo, tuvo que ser asistido por Rangel.

A las 5:30 la vanguardia se detuvo en una playa a la derecha, por la que surcaba una corriente de agua llamada “Arroyo Prieto”. Allí se haría la acampada. Una explanada arenosa a más de un metro de altura sobre el nivel del río serviría de terreno para levantar las tiendas de campaña. A las 6:08 minutos llegó la retaguardia. En la primera jornada habíamos recorrido siete kilómetros del cauce del río.
Luego de crear las condiciones para acampar, el grupo Uno de cocina, con Edgardo al mando, comenzó a trabajar. Cerca del arroyo instalaron el gran caldero de Gabriel y el mío más pequeño, buscaron leña y levantaron la candela. Poco a poco la tarde fue muriendo mientras en el gran caldero se iba cocinando un arroz amarillo. Al anochecer se anunció el tiroteo, que se completaba con las habituales ofertas de carne en salsa y refresco.

Luego de la comida, de mi bocinita anaranjada, llevada por Osniel y Héctor, comenzó a dejarse escuchar música. Una fogata alumbró un rato la noche, hasta que pasadas las diez la gente fue cayendo en sus lechos.
Lunes 16 de abril del 2018
Tras una noche calmada, di el de pie a las 6:30. De inmediato los del grupo Dos, con Janett al frente, comenzamos a preparar el desayuno. Choco-leche y galletas con dulce de guayaba fue nuestra oferta mañanera. Tras el desayuno, vino un retraso cogiendo ponches y cosiendo los forros de las balsas. Sobre las diez comenzamos la navegación en la segunda jornada en el río.
A media mañana paramos en el salto del Infierno, una bella caída de agua con su mayor esplendor a unos metros del río. En el 2013 el agua cayendo se asomaba entre la vegetación, pero Matheus había despoblado el lugar y el chorro estaba al desnudo.
Desde el inicio de la travesía busqué un rápido enrevesado en el que se contaban varias anécdotas del grupo de navegaciones anteriores. Pero al parecer, Matheus había transformado el rápido de modo que pasamos por él sin darnos cuenta.
Al mediodía nos detuvimos en una playa a la izquierda para tirotear el maní del mediodía y reagruparnos. Un poco después vino otro reagrupe en una playa ubicada frente al arroyo “La Isabel”. En aquel lugar estuvimos acampados un día y dos noches en el año 2006 producto de una crecida. Héctor y Osniel cargaban en sus balsas varias manos de plátano de un racimo que se encontraron a orillas del río.
Mi plan para el día era llegar hasta el arroyo “Los Lirios”. Por eso alargué la navegación pasadas las cinco de la tarde. Entonces comencé a buscar una playa para acampar, que estuviera orientada de tal forma que los rayos del sol le llegaran hasta lo más tarde posible.
A las 5: 45 los de la vanguardia concluimos la navegación en una playa ubicada a la izquierda del río, a unos 300 metros del arroyo Los Lirios. Habíamos navegado 11 kilómetros en la jornada. Poco a poco se fueron levantando las tiendas de campaña, hasta que el lugar tomó un típico aspecto de campamento malnombrista.
Luego de acotejarnos, los del grupo Dos comenzamos a cocinar los espaguetis que correspondían a esa tarde, los que estuvieron listos después del oscurecer y los tiroteamos con la carne en salsa y el refresco, sumándoseles unos plátanos hervidos, gracias a las manos cargadas por Héctor y Osniel. Esa noche hubo fogata con música y pasadas las diez el sueño tomó el mando del campamento.
(Continuará la próxima semana)
