Primera visión de Salto Fino.
La primera vez que supe de Salto Fino fue a través un artículo publicado en la revista Pioneros. Hablaba de cuatro jóvenes que habían llegado a Salto Fino y lo anunciaban como el mayor salto de agua del Caribe insular, con alrededor de 300 metros de caída de agua. Hasta ese momento yo creí que el Salto del Guayabo, el cual cae de la meseta de Nipe, era el mayor de Cuba.
Después de leer el artículo me dije que Mal Nombre tenía que ir a Salto Fino. De los cuatro muchachos que se mencionaban, una de nombre Dany estudiaba en la facultad de Biología de la Universidad de la Habana, y allá me fui. En la secretaría de la facultad me dijeron el grupo de Danay y que daba clases por la mañana. Con esa información di con ella y, al preguntarle cómo llegar a Salto Fino, me dijo que lo mejor era que hablara con Adognis, quien era otro de los cuatro jóvenes mencionados en el artículo. Gracias a Danay, contacté una cita con Adognis en su casa y hasta allá me llegué con Yisel, quien era mi pareja por aquel entonces.
Adognis era el líder del grupo Extremo, al que pertenecían también los otros tres muchachos. Me habló de llegar a Baracoa, seguir hasta el poblado de Quibiján y subir por un camino que va junto al río del mismo nombre, hasta llegar a un arenazo donde es factible hacer una acampada antes de ir en busca del Salto. Después me indicó subir por la izquierda de Arroyo del Infierno, que es el cauce de agua que nutre al Salto, hasta llegar a un cocal. Luego hay que subir una fuerte pendiente y tomar a la derecha hasta llegar a Salto Fino en su altura.
En el plan de la guerrilla de verano de Mal Nombre del año 2005 incluimos a Salto Fino como objetivo final. Pero el fallecimiento del padre de Yaser mientras estábamos en la guerrilla y la falta de un permiso para navegar el Jaguaní, que era el primer objetivo, nos hicieron cambiar los planes. Pero al año siguiente Salto Fino volvió a estar en la “mirilla”.
Viernes 4 de agosto del 2006
En la confluencia de los ríos Toa y Quibiján nos cayó una llovizna de madrugada, pero por corto tiempo. Veníamos de navegar el río Jaguaní y el próximo objetivo era Salto Fino.
Tras el de pie mañanero, el grupo Uno preparó el desayuno con chocolate con leche y le adicionó un fufú elaborado con los plátanos que cocinó Alfredo la noche anterior, que fue mejorado con un rico aliño.
Después de desayunar, el Puro, Enmanuel y Reinier se despidieron de la tropa y partieron juntos por la arena, pues ya concluían la guerrilla. El Puro y su hijo irían hasta Camagüey a ver a unos parientes, mientras Reinier se reuniría con su mamá en Jiguaní. Se les vio de lejos cruzar el Toa en busca del caserío La Perrera.
Mientras recogíamos el campamento, nuestro amigo Vilmedi, trabajador del Parque Alejandro Humldt, se apareció en un carrito parecido a un karting, pero algo mayor, sobre todo por sus grandes ruedas, que rodaban con ligereza sobre terreno empedrado. Conversando amistosamente, nos dijo que no podía acompañarnos a Salto Fino. Le dimos unas balsas ponchadas y unos sacos, los cuales les serían bastante útiles. Dejamos además sobre la arena un bulto de sacos para que la gente de la zona los pudiera utilizar. Se fue Vilmedi e hicimos una guardia vieja para sanear el lugar. Además de recoger todos los desperdicios, quemamos pomos plásticos y nylon.
Ya listos, partimos por donde mismo se fue el trío que nos antecedió en la ida. Nuestro primer destino de la jornada era el poblado de Quibiján, para desde allí seguir rumbo a un arenazo del río del mismo nombre, donde haríamos el campamento base para buscar Salto Fino.

Al cruzar a la otra orilla del Toa, Lorenzo se dio un baño en un charquito, con tan mala suerte que su cuerpo se impregnó de un mal olor, pues allí solían orinar los caballos. Las burlas al Loro no faltaron y tuvo que mejorar su aspecto bañándose en el río.
Cuando la gente terminaba de cruzar el río, Ale se entretenía mojándolos. Cuando le hizo la “gracia” a Eduardo, este le habló con fuerza, por lo que Alfredo le respondió que solo era un niño y yo apoyé a Alfre. Justo Alfredo y yo continuamos la marcha cargando un gran caldero que nos había prestado un campesino la tarde anterior.
Subimos todos una lomita y recorrimos río arriba una ancha vereda sombreada por grandes árboles, hasta llegar a la casa del dueño del caldero. Entregamos el caldero, agradecimos y continuamos río arriba por un camino más estrecho. Mayte iba en la retaguardia, mostrando una cojera notable, debido a una lesión sufrida en su rodilla navegando el Jaguaní. Hery, al verla en aquel estado, le cargó la mochila.
Después de andar un tramo por la orilla izquierda, el camino nos llevó a cruzar la corriente y, al hacerlo, nos detuvimos cerca de un bohío para darnos un descanso. Varios aprovechamos para refrescarnos en el río y Alfredo inició un tiroteo de agua, en el que participaron varios y se alargó por un rato.
Continuamos la marcha por la orilla derecha y pasamos cerca de un bohío. Alejandrito, el adolescente, dejó un machete regado, que Hery encontró y enganchó a su mochila. Hicimos otros dos cruces, pasando en el segundo junto a la boca del río Barbudo, hasta que finalmente llegamos al puente roto del río Quibiján, ya en el poblado que teníamos por meta. Era la séptima ocasión en la que un grupo malnombrista llegaba a aquel lugar.
Cruzamos el río sobre el puente bajo que sustituyó al destruido por el huracán Flora, penetramos en el poblado y fuimos a la cafetería. Allí nos hicieron un cubo de refresco de naranja agria y nos vendieron plátanos maduros, todo muy oportuno para apaciguar el hambre que teníamos. Pero más oportuno fue el carro del pan, que llegó justo al poblado cuando los malnombristas merendábamos. En resumen, arrasamos con el pan destinado a la cafetería y siete de las flautas compradas nos agrandaron con azúcar la merienda del momento.
Pasadas las dos de la tarde partimos rumbo al arenazo del río Quibiján. Unos seis kilómetros debíamos recorrer hasta el lugar. Tomamos un trillo que pasaba por detrás de la cafetería y avanzamos un tramo bajo una gran arboleda. Llegamos al río, lo cruzamos, faldeamos un poco y nuevamente atravesamos la corriente. Las libras de pan las llevábamos en un saco que nos rotábamos entre los hombres.
Siguiendo río arriba, pasamos junto a una casa y, al llegar nuevamente al río, hicimos otro cruce y nos detuvimos para reagruparnos; algunos nos dimos un chapuzón en una buena playa, pues el sol estaba alebrestado. Ale aprovechó para hacer el “Dos”. Al continuar, comenzamos a rotarnos también la mochila de Mayte, dada su lesión. Cruzamos por cuarta vez el río, pasando al final por un pedregal sobre el que crecía un matorral algo espinoso, que en las crecidas del río quedaba sumergido bajo el agua, o al menos, aislado de la orilla.
Ya en la otra ribera, avanzamos sobre unas piedras e iniciamos un fuerte ascenso. Yo caminaba en la delantera de la tropa y llevaba en una mano el mapa de papel. Hasta el momento, la ruta seguida me coincidía con el mapa.
Vencer aquella altura permitía evitar una vuelta del río. Ascendíamos en zig-zag, en un típico faldeo. Al llegar a buena altura, hicimos un alto, pues los corazones latían con fuerza. En pleno descenso, nos pasó por el lado una arria de mulos, que se movía en sentido contrario al nuestro.
Terminamos el receso y comenzamos a bajar una buena pendiente hasta llegar casi al nivel del Quibiján. Pasamos un arroyo y el trillo nos llevó a una orilla del río bastante pedregosa. El cruce de la corriente era casi impracticable en el lugar, debido a lo accidentado del cauce. Ichi buscó más adelante y encontró un mejor lugar para cruzar, viendo además la continuación del trillo en la otra orilla. Pasamos a la orilla derecha con el agua sobre la cintura, llegamos a un pequeño arenazo, seguimos el trillo y vimos una escalera de concreto que ascendía rumbo a la ladera. Al subir los escalones, llegamos a un monumento con dos pedestales a cada extremo y una acera que los unía. Allí fueron enterrados dos milicianos que cayeron combatiendo en la lucha contra bandidos.
Al volver al trillo, Mary me propuso que acampáramos en el pequeño arenazo, pero le respondí que faltaba poco por llegar al verdadero arenazo que buscábamos. Por el mapa me guiaba para tan segura aseveración. Seguimos el trillo bajo la sombra de los árboles, salimos a unas piedras, las rebasamos, cruzamos una aguada, entremos en un pedregal y, luego de avanzar unos 200 metros, llegamos al arenazo que no serviría de acampada. El lugar tenía muy buenas condiciones para acampar, dada su amplitud.
Le indiqué a la tropa que se detuviera allí, pero para asegurarme, caminé un poco más hasta ver en la otra orilla la salida de un arroyo, que no podía ser otro que el Infierno, el mismo que le daba el agua a Salto Fino. La desembocadura del Infierno en el río Quibiján es hermosa, pero tiene algo de lúgubre o misteriosa, pues el caudal salta sobre unas piedras y brota bajo las sombras de los árboles. Yisel, que me había acompaño, le disparó una instantánea a la salida del arroyo y volvimos los dos hasta el lugar de acampada.
Comenzó entonces el montaje del campamento. Entre las tiendas de campaña que se armaron, resaltaban los inventos de varas en tierra hechos por Eduardo y por Jackmel. Después de levantadas las tiendas, el grupo Uno comenzó a cocinar los espaguetis previstos para el día. La leña seca era abundante por los alrededores.
La búsqueda de Salto Fino quedaba para el día siguiente, pero como necesitaba aclararme por dónde subir, partí de exploración, con Yisel en compañía. Antes del viaje, Adognis me había dicho que debíamos ascender por un camino hasta un firme. También me dijo que el camino iniciaba su subida a una distancia del arroyo del Infierno de unos 50 metros.
Teniendo en cuenta estas informaciones, cruzamos el Quibiján aprovechando unas piedras que facilitaban el paso. Ya del otro lado, bordeamos el río entre el monte, hasta llegar al arroyo del Infierno. Ascendimos un poco sobre las piedras e iniciamos el regreso faldeando a una mayor altura, abriéndonos paso entre la vegetación. Luego de andar varias decenas de metros sin hallar camino alguno, la espesura se ensanchó, pues grandes árboles daban sombra sobre el terreno impidiendo que creciera maleza. Unos metros más adelante hallamos un camino que surcaba paralelo al río.
Cerca de donde hicimos el cruce de la corriente, el camino comenzaba a subir y en un punto se bifurcaba. El trillo de la derecha iba en busca del firme, lo cual me parecía lo más conveniente. No obstante, para descartar, cogimos primeramente el que seguía en ascenso por la izquierda con Yisel en la punta. Pasamos un tramo barandeado con troncos, rebasamos un platanal que no tenía racimos y llegamos a un tramo enyerbado donde el camino se perdió. Decidimos regresar, pero al hacerlo, perdimos el camino. Tomé la punta en la búsqueda hasta estar seguro de seguir el camino anterior.
Volví a donde estaba Yisel y regresamos los dos juntos hasta el entronque de los trillos. Subí un poco por el camino de la derecha y, como faldeaba en busca del firme, regresé hasta Yisel y descendimos los dos juntos, cuando la tarde estaba muriendo. Por aquel camino tomaríamos al día siguiente. Cruzamos el río y llegamos al campamento cuando el tiroteo estaba casi listo y los mosquitos, confabulaos con los tábanos, acosaban a la tropa.
Cayó la noche, la plaga se calmó, armamos el tiroteo y tragamos con gusto. El cansancio por el ajetreo de la jornada no dio para hacer tertulia y nos guarecimos sin mucha demora en las tiendas de campaña y en los vara en tierra. La súper tienda del Tin acogió a varios. El sueño nos rindió para recuperar fuerzas para una nueva jornada llena de expectativas.
Sábado 5 de agosto del 2006
Sin lluvia nocturna, pudimos descansar a plenitud. Al amanecer el grupo Dos preparó el desayuno a base de una leche con chocolate muy oportuna para una jornada de incógnitas.
El plan era llegar a Salto Fino por arriba, es decir, donde se inicia la caída de agua. Pero no todos subiríamos. Los niños no irían y algunos padres se quedarían con ellos. Además, Marcos tenía las botas rotas y debía coserlas, por lo que se quedaría junto con Ichi al frente del campamento. En total no subirían 15 malnombristas, mientras 18 sí lo haríamos, incluidas tres féminas: Yisel, Yanieyis y Lizet.
En plenos preparativos de la partida, llegó un guajiro al campamento. El hombre cultivaba por la zona y nos ofreció la posibilidad de coger unas viandas de sus sembrados. Cuando partimos los exploradores, Marcos se fue con el guajiro a buscar las viandas y, de paso, echarle un vistazo a Salto Fino, pues según el guajiro, desde el sembrado que tenía en la ladera opuesta al arroyo del Infierno, se podía ver el salto.
Los exploradores cruzamos el río y nos agrupamos al inicio del camino, bajo la gran arboleda. A las 9:25 comenzamos la subida. El primer tramo nos sacó la lengua, hasta que logramos alcanzar el firme. Al continuar, País y yo tomamos la delantera con un par de machetes para despejar las malezas del camino, pues decidimos hacer una rotación de los machetes por dúos. Pronto vimos que el camino no estaba muy complicado, aunque descubrimos una palma que tenía unas largas espinas en su tronco y sus pencas eran verdaderos erizos: la palma pajúa. Bien rápido sufrimos los pinchazos de la endémica de la zona.
Mientras ascendíamos por la cresta, podíamos ver hacia abajo una pendiente casi vertical en la ladera izquierda. Por la derecha la ladera descendía con un poco menos de pendiente y desde el fondo nos llegaba el murmullo del arroyo del Infierno. Mirando hacia la diestra nos llevamos una sorpresa. A más de un kilómetro de distancia, precipitándose sobre una pared de montaña, caía Salto Fino en dos chorros de agua paralelos. Aquella visión exaltó los ánimos de los malnombristas y propició las primeras fotos del grupo al Salto, tomadas por nuestra fotorreportera Yisel.
Continuando el ascenso y llegamos a un cocal de unas pocas matas, que se alzaba sobre un terreno de poca pendiente. Allí el camino se nos perdió y le dije a la gente que caminaran en diferentes direcciones y buscaran un camino. Pronto Alfredo encontró uno por la derecha y lo siguió con Lizet. El sonido de una aguada se escuchaba en esa dirección. Al poco rato de partir los dos, les comencé a gritar, preguntándoles si ya habían llegado a la aguada, pero creyeron que yo les decía que regresaran, y eso hicieron.

Mientras tanto, Papiro y Ariel encontraron algo parecido a un trillo, que subía por una empinada pendiente. Fui hasta donde estaban, despejando unas cuantas espinas en el avance. Al unirnos, subimos los tres la complicada pendiente y ya arriba nos topamos con un entronque de dos caminos bien definidos.
La senda avanzaba por un firme. Pronto nos vimos sumergidos en un monte de helechos arborescentes. Seguimos con alternancias de ascensos y descensos, aunque con más subidas, hasta llegar a un tope. A nuestra derecha debía estar Salto Fino, pero un firme nos cortaba la visión. Caminando un poco más, vimos un trillo que descendía por la derecha, mientras otro más definido continuaba hacia adelante. Hery, Leyva y yo descendimos por la derecha y nos sumergimos en un monte húmedo y bien sombreado. Pronto el camino se nos perdió y regresamos adonde nos esperaba el resto de la tropa.
El de la derecha se notaba más claro y avancé unos metros por él. Regresé y le dije a Papiro que lo siguiera un tramo más. Yisel ya nos había alcanzado y se fue con Papiro. Al poco rato volvieron los dos, pues el camino iniciaba un descenso. Ese hecho unido a que Salto Fino nos quedaba hacia la derecha, me hizo decidir coger el trillo de la derecha. Llamé al resto de los malnombristas y, cuando todos se nos unieron, partimos por el camino de la derecha.
Seguimos todos juntos, sintiendo a esa hora hambre y sed. Al llegar a un nuevo entronque, decidimos merendar. Nos sentamos sobre el camino y de unos nylon sacamos panes y barras dulce de guayaba. Picamos las barras, le pusimos un trozo a cada pan y cada uno cogió su cuota. Como no llevábamos mucha agua, nos pasamos los envases y la gente la tomó a buchitos.
Después seguimos hacia delante, desechando el camino de la derecha, que era menos definido. Pero la dirección que llevábamos no nos convencía. Por eso, al llegar ante un gran árbol hicimos una reunión. Eran las 2:15 de la tarde y ya habían pasado cuatro horas y 50 minutos de lento andar, desde que partimos del arenazo.
Lorenzo propuso seguir por aquel camino, pero mi propuesta era tomar el camino que encontró Alfredo, aquel que llevaba hasta una aguada. La gente estaba escéptica y la sed agravaba la situación. Partimos de regreso, en busca del trillo de la aguada. Pasamos los entronques y descendimos con trabajo hasta el cocal, pero ya allí, la mayoría prefirió seguir hasta el campamento. Hery y Leyva tomaron la punta de los que bajaban. País se embulló a ir hasta la aguada para matar la sed, pero Javier se negó y padre e hijo cogieron también el rumbo del arenazo.

Solo seis tomamos el camino de la aguada: Alfredo, Yaser, Raine, Yanieyis, Yisel y yo. Lizet no acompañó a Alfredo, pues tenía suficientes espinas clavadas como para hacerla desistir. A medida que avanzábamos el chorro se sentía más fuerte. Casi llegando, Yaser y yo nos adelantamos hasta la aguada, él subiendo unos metros y yo descendiendo por una zanja. El agua cristalina descendía sobre un inclinado lecho de piedras.
Los demás siguieron la ruta de Yaser y yo ascendí con cuidado sobre las piedras para unirme a ellos. Por supuesto que matamos la tortuosa sed y Yisel aprovechó par tirar una instantánea. Luego Alfredo subió la ladera de la aguada opuesta a la que descendimos los seis, pero no vio continuidad del camino y volvió atrás cuando comenzaba a llover.
Partimos de regreso y pronto sentimos sobre nuestras suelas el fango del terreno. Llegamos al cocal e iniciamos la bajada hasta el río Quibiján. En el inclinado tramo inicial, el fanguero y la hierba mojada pusieron a prueba nuestro equilibrio, y unos cuantos resbalones, con nalgazos incluidos, comenzaron a ocurrir. Raine y Yisel se enfrascaron en una competencia para ver quién se caía menos y quién se burlaba más del caído.
Tras descender el tramo más inclinado, empezamos a escuchar el murmullo del arroyo del Infierno por la izquierda y el del río Quibiján por la derecha. También hacia la diestra escuchamos las voces de los malnombristas en el campamento y vimos desde la altura las tiendas de campaña instaladas sobre el arenazo. Terminando de descender el firme, iniciamos el faldeo hasta la orilla e hicimos el cruce del Quibiján sin problemas cuando ya había escampado.
De inmediato convoqué a una reunión para ver qué haríamos al día siguiente. Tras un debate, se decidió que un grupito exploraría ‒con suficiente agua y comida, a propuesta de Leyva‒, para evitar las penurias que habíamos padecido en la jornada. Al otro día de la exploración subiríamos todos hasta el buscado Salto.
Mientras el grupo estaba en la loma, Marcos consiguió unas malangas y con ellas hicieron un rico caldo, que nos ofrecieron de momento a los recién llegados. Ichi a su vez había hecho una gestión y nos propuso comprar un puerco a 700 pesos. Yo me opuse inicialmente por el gasto que implicaba, pero después cedí y dije que podíamos coger un poco de dinero del fondo recogido antes de la guerrilla. Pero la gente decidió que cada cual aportara lo que pudiera, sin tocar el fondo. Algunos dieron veinte pesos, otros diez y hubo quien no pudo aportar. de este modo se logró llegar a la cifra necesaria.
Después de la recogida del dinero se armó el tiroteo de unos sabrosos y muy deseados espaguetis con carne en sala, más el habitual refresco. El menú también incluía unos plátanos conseguidos por Marcos, pero que quedaron algo crudos. Mientras comíamos, los tábanos y los mosquitos dieron su función. Terminamos de comer, cayó la noche y remoloneamos un poco, hasta que el sueño dio cuenta del grupo.
(Continuará la próxima semana)
