Precipitándose el agua 300 metros desde Salto Fino arriba.
Sábado 2 de agosto del 2008
La madrugada estuvo exenta de lluvia en un lugar donde Mal Nombre había sufrido las inclemencias del tiempo en otras ocasiones. Nuestro plan era conquistar primeramente Salto Fino por arriba, regresar al arenazo, después conquistarlo por abajo y seguir el cauce del arroyo del Infierno, con todos sus saltos, hasta su desembocadura en el río Quibiján.
Como la jornada sería intensa, preparamos un desayuno a base de leche con chocolate, tostada con dulce de guayaba y también boronilla residual de las tostadas. Mientras nos alistábamos para la partida, llegaron Adognis, Maikel, Aurora y Rafael. Los cuatro madrugaron y se movieron con agilidad, pues aún no eran las ocho de la mañana.
En busca de Salto Fino iríamos 20, mientras 15 se quedarían en el arenazo. Ningún niño iría a la complicada aventura, quedándose Ichi y Alejo al frente del campamento junto al río.
A las nueve de la mañana partió la veintena de malnombristas en busca de su objetivo. Todos llevábamos guantes para protegernos de las espinas, pues la palma pajúa, el tibisí, la cortadera, la uña de gato, la ayúa, el chichicate y el helecho arborescente esperaban por nosotros. Cruzamos el río y nos detuvimos bajo la arboleda que se alza en la otra orilla.
Maikel y Adognis subdividieron al grupo en tríos para una mejor organización y hablaron de la importancia de la disciplina, dada la complejidad de lo que íbamos a hacer. Adognis mostró un sistema de silbidos para conducir a la tropa en el monte. Con estas precisiones, comenzamos la subida con Rafael en la punta, Maikel y Adognis a continuación y después el resto de los malnombristas. Ronny tenía la misión de ir a la retaguardia.
Subimos la ladera hasta el firme y unos metros más adelante tuvimos la visión lejana de Salto Fino. Quienes lo veían por primera vez, se admiraron de aquellos dos hilos de agua que descendían delante de la pared de la montaña. Siguiendo la marcha, llegamos al sembrado de Emilio, el buen guajiro que nos propició cruzar el Quibiján crecido en el año 2006. El desmonte era mayor que cuando en ocasiones anteriores pasamos por el lugar, y estaba sembrado de malangas.
Continuando el ascenso, vino a nuestro encuentro la palma pajúa, con sus largas espinas en el tronco. Después le tocó el turno al tibisí, con su inagotable afán por enredarnos el cuello, los brazos y las piernas. De vez en cuando una ayúa nos recordaba que de sus carnosidades en el tronco brotan espinas. En la trepadera hicimos más de un alto para reagrupar a la gente.
Llegamos al cocal y nos detuvimos unos minutos para continuar por la derecha, desde donde provenía el sonido de una aguada. No obstante, no llegamos hasta allá, sino que comenzamos la subida por un tramo menos complicado que el escogido por Mal Nombre anteriormente. Llegamos al firme y seguimos por la derecha hasta un entronque. El camino recto llevaba a Los Cedrones, y el de la derecha, a La Montura, un alto al que se llega después de bajar a un cañón.
Tomamos a la derecha, bajamos entre helechos arborescentes hasta el cañón, subimos a La Montura y comenzamos un descenso por la cuenca del arroyo que vierte en el salto de Ana Laura, inmersos en una vegetación paradisíaca, colmada por extrañas palmas y gigantescos helechos arborescentes. La capa arbórea impedía que la luz solar incidiera directamente sobre nosotros.

Al llegar al arroyo, hicimos un descanso y Ana sacó unos caramelos, que repartió entre la tropa. Completamos una merienda con trozos de barras de maní y un refresco que preparamos en unos pepinos con el agua del arroyo.
Hasta allí habían llegado dos cuartetos malnombristas, uno en el 2006 y otro en el 2007. En ambas ocasiones nuestro destino fue Ana Laura, sin tener claro si era o no Salto Fino. Ahora con nosotros iban tres guerrilleros que habían llegado al mayor salto del Caribe insular.
Rafael buscó en la ladera izquierda, según la dirección del descenso del arroyo. Su objetivo era un camino que existió por aquella ruta. Pero nada halló y comenzó el ascenso de la ladera con un machetín y en camiseta. Al poco rato, la picazón se prendió de la piel de nuestro guía. La pendiente era bastante inclinada y nos agarrábamos de cuanto tuviéramos a mano.
Venció Rafael la ladera y la tropa detrás de él, e hicimos un alto en el firme. Adognis sacó una brújula y marcó 240 grados, para señalar la dirección que debíamos seguir. Descendimos hasta una aguada, ascendimos por la ladera contigua y llegamos a un nuevo firme. Andando por el firme dejamos a un lado otra aguada sin tener que bajar a ella. Luego vino el descenso hasta una nueva aguada, su cruce y el ascenso hasta otro firme.
El nuevo firme nos condujo a una explanada donde abundaban las extrañas palmas de la zona. Aquel sitio, con muy buenas condiciones para acampar, era lo que Adognis y Maikel llamaban el campamento de Jutiíto Loco. Allí había hecho estancia varias veces el grupo Extremo. Siendo las tres de la tarde, dejamos las mochilas en el lugar y partimos en busca de Salto Fino. Por supuesto que a nadie se le ocurrió preocuparse porque se fueran a robar nuestro cargamento en aquel recóndito lugar. Aún nos daba tiempo para ir a Salto Fino y regresar al campamento previsto para pasar esa noche.

Iniciamos un ligero descenso hasta llegar a un arroyo. Seguimos por este y entroncamos con el mayor cauce de la zona: Arroyo del Infierno. Comenzamos a bajar el Infierno, caminando por el medio del arroyo, excepto Roque y Wilfredo, quienes iban haciendo todo tipo de peripecias para no mojarse los zapatos.
Llegamos a un descenso del agua sobre rocas, en forma de salto. Al lugar, los de Extremo lo habían nombrado “Los Majaes”, por haber visto a varios majaes de Santamaría dándose allí un baño de sol, pues la anchura del lugar permitía el paso a los rayos solares. Pero al llegar los 20 solo hallamos pieles mudadas por los reptiles.
Bajamos sobre las piedras y continuamos avanzando con grandes expectativas, pues nos acercábamos a la codiciada meta. Sobrevino una poceta que era la antesala del salto. La mayoría nos tiramos en la fría agua sin pensarlo, pero algunos esquivaron el escollo agarrándose con trabajo de las matas por el borde derecho.
Ya del otro lado, el paisaje se nos abrió. A lo lejos podíamos ver una extensa área del lomerío. Unos metros más y se abría el suelo en un abismo. El sonido del agua era al saltar, pero no abajo, pues 305 metros de desnivel es demasiada altura como para escuchar el choque del agua en el fondo. Tras dos intentos fallidos anteriores, Mal Nombre había conquistado Salto Fino, con la ayuda de Rafael, Maikel y Adognis. Eran las cuatro de la tarde.
Maikel amarró una cuerda (nosotros le decíamos soga) transversal a la corriente, al borde del abismo, para evitar un desliz. A la izquierda hallamos una vara que le sirvió de asta a una bandera cubana algo destruida, que también hallamos. Allí la dejó el grupo Extremo en su última incursión por la zona. Ahora la recogían para llevársela de recuerdo. Vimos también una marca en un árbol, hecha por algún otro grupo que allí estuvo recientemente.
Les tocó el turno a las cámaras y vinieron las fotos de grupo y al entorno. La cámara de Patricia tenía la ventaja de no dañarse con el agua. Wilfredo y Roque posaron descaradamente en calzoncillos. Por cierto, Roque mostraba en su blanca piel una gran lejanía del efecto de los rayos solares.
Terminó el jolgorio y era hora ya de regresar. Bordeamos la poceta para no mojarnos y continuamos avanzando arroyo arriba, con el gran regocijo de haber cumplido nuestra meta en una esforzada jornada.
Allá en el arenazo, el día fue bien diferente para los malnombristas que allí acampaban. En medio del ocio, su mayor tortura fueron los tábanos, que no dejaban de acosarlos; solo con el agua al cuello podían librarse de los molestos insectos. Jackmel amarró una soga a una mata y con ella inventaron el deporte de lanzarse y describir el péndulo más largo posible, antes de caer al agua. Luisito se llevó las palmas siendo el protagonista de la tirada más larga. Un grupito de siete, con Ichi conduciendo, se fue a buscar viandas y regresó con una buena cosecha de plátanos y malangas.
Al mediodía llegaron Baldoquín y Teherán, los amigos que esperaban Maikel y Adognis. A esa hora hubo un no habitual almuerzo, con un solo plato de menú: sopa. Más tarde comenzaron las labores cocineras. Ichi, Alejo, Meitín y Jackmel se esforzaron con la leña y la candela, y más temprano de lo habitual terminaron de conformar una abundante y variada comida. Al arroz, la carne en salsa y el refresco habituales, se les sumaron plátanos tostones y malangas hervidas, además de pepinos y lentejas donadas por la macrobiótica Aurora.
Mientras los del arenazo se atracaban, los que estábamos por Salto Fino llegamos a Los Majaes y trepamos sobre las piedras sin usar “cuerda”. Seguimos el curso del arroyo y dejamos a un lado el arroyito que nos llevaba hasta el lugar donde dejamos las mochilas. De pronto vimos cómo el Infierno se teñía de un verde intenso. El causante de tal rareza era Adognis, quien había vertido unos metros por delante del resto del grupo, un colorante usado como señal de aviso en Rescate y Salvamento.
Continuamos avanzando entre las verdes aguas y más adelante dejamos el arroyo, al subir por la orilla derecha. El motivo del desvío era la intención de Maikel y Adognis de mostrarnos un curioso derrumbe. Caminamos unos pocos metros entre la maleza y llegamos al sitio buscado. Una hondonada de unos 30 metros de diámetro se abrió a nuestra vista. El lugar fue descubierto por los de Extremo poco después de ocurrir el derrumbe. A nuestra llegada, el suelo ya se iba cubriendo por una vegetación rala.
Según Adognis, la hondonada se creó al hundirse una ladera, lo que provocó el levantamiento del otro extremo del derrumbe como en un columpio, quedando un gran trozo de tierra afuera. Su científica explicación fue filmada. Maikel, para relajar el científico ambiente, dijo que por la zona había perros jíbaros que atacaban. Magela alegó al momento. “Hoy yo quiero para dormir un hombre con un machete.”

Terminada la visita al curioso accidente natural, volvimos al arroyo del Infierno, bajamos por este hasta el arroyo más pequeño y lo cogimos en subida hasta que desapareció. Así llegamos al campamento Jutiíto Loco, que en verdad, estaba por hacer.
La cercanía de la noche era preocupante. Tratamos de encender una fogata, pero la humedad de la madera se opuso tenazmente. No quedaba más remedio que preparar comida fría. Abrimos unas latas y preparamos carne con galletas. También preparamos refresco y Adognis hizo una sopa. El mismo Adognis le echó colorante verde a uno de los pepinos con refresco, como broma. Mientras tragábamos, volvió a salir a flote la conversación sobre los perros jíbaros.
Como la ropa que teníamos puesta estaba mojada, se hizo una larga tendera y se tendió la ropa en ella, después de ponernos ropa seca. Los que tenían hamacas, las amarraron y les pusieron un nylon por encima colgado sobre una soga. Pero algo había que hacer para guarecer a la mayoría.
Mi súper nylon fue estirado y tendido sobre el suelo, y encima de él colocamos pencas verdes de las palmas raras, para acolchonar el suelo. Estiramos el súper nylon de Lorenzo, que era mayor que el mío, y lo amarramos por sus cuatro puntas a árboles cercanos, de modo que sirviera de techo. A modo de paredes usamos nylon ecológicos abiertos y todas las junturas las sellamos con cinta adhesiva, dejando abierta solo una entrada. A aquel esperpento de casa le pusimos el “Sarcófago”, dado su color negro y la poca entrada de aire que tenía.

Con la noche cubriéndolo todo, el frío arreciando y la humedad reinando, los desguarecidos comenzamos a penetrar en el Sarcófago. Poco a poco la “casa” se fue llenado y también desbordando, de modo que las paredes comenzaron a ensancharse. Tania se había acostado en una hamaca y todos adentro del Sarcófago rezábamos porque le fuera bien, porque si con su espesura tenía que entrar en nuestro “albergue”, aquello explotaría. Al acostarnos, sentimos la incomodidad de las pencas, pues la fibra central de cada una estaba hacia arriba. El aire adentro estaba enrarecido. En aquellas condiciones, dormir sería un lujo. Pero al decir del Chocky, “podía ser peor, podía estar lloviendo”.
Domingo 3 de agosto del 2008
Y fue peor. En medio de la madrugada comenzó a llover. El agua caía con intermitencia; cuando creíamos que ya había pasado, nuevamente el cielo mandaba su mojada carga.
