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Un cuarteto en busca de Salto Fino (2007, primera parte)

Miguel Alfonso Sandelis
14 agosto 2026 | 0 |

Vista de Salto Fino


La guerrilla de verano del año 2007 sería para el Escambray y duraría solo nueve días, es decir, menos de lo normal. Pero esa fue la solución que hallamos, ante la imposibilidad de ir al Sur de la Isla de la Juventud, pues el acceso a aquella zona se restringió más de lo habitual dadas las salidas ilegales que en ella ocurrieron por ese tiempo. Como al terminar la guerrilla me sobrarían días de vacaciones, se me ocurrió ir en busca de Salto Fino, pues en una próxima excursión de verano el alto salto sería un objetivo.

Embullé a Yisel para que al terminar la guerrilla de verano y sin regresar a La Habana, cogiéramos la dirección de Oriente y fuéramos en busca del escurridizo objetivo. En pleno Escambray, ella y yo embullamos a Raine y Yanieyis, quienes finalmente se decidieron a acompañarnos.

Lunes 6 de agosto del 2007

Siendo las cinco de la tarde y estando el piquete malnombrista en la terminal de ómnibus de Cienfuegos para desde allí partir hacia La Habana y concluir la guerrilla, Raine, Yanieyis, Yisel y yo nos despedimos de la tropa y fuimos a pie hasta el Prado cienfueguero. Caminamos por el Prado hasta una parada, donde nos montamos en una guagua que iba en dirección a Cruces. Hicimos todo el viaje sentados; salimos de la Perla del Sur, rebasamos el poblado de Palmira y terminamos el trayecto en el pueblo de Cruces, con la tarde ya avanzada.

Al bajarnos, preguntamos por las máquinas de alquiler, pero no había ninguna a la vista. Caminamos hasta la salida despueblo, en la dirección de la Autopista Nacional. Nos detuvimos junto a una parada marcada por un poste. Allí perdimos una media hora sin que nada pasara. Decidimos regresar en busca de una máquina y Raine tuvo éxitos en la gestión.

Nos montamos los cuatro y partimos. Rebasamos el cruce de Lajas, llegamos al poblado de Ranchuelos y nos detuvimos frente a una casa donde una mujer vendía café. La mujer nos aconsejó quedarnos allí para coger algunos de los camiones que hacían un alto en el lugar y después seguían rumbo al Oriente cubano. Pero la Autopista Nacional distaba solo dos kilómetros de donde estábamos y preferimos llegar hasta allá con la anuencia del chofer de la máquina.

Llegamos al puente de la Autopista en Ranchuelo a las ocho de la noche, aunque todavía quedaba alguna claridad del día. Bajamos hasta la Autopista y bien rápido nos paró un camión que iba en dirección a Sancti Spíritus. El suelo de la cama del camión estaba cubierto con latas de refresco y cerveza aplastadas, y sobre ellas posamos nuestras asentaderas. Cayó la noche en el viaje, pasamos la entrada a Santa Clara y antes de llegar a Sancti Spíritus el camión hizo un alto en un servicentro.

Otro camión que iba rumbo a Las Tunas se detuvo en el lugar y, sin perder tiempo, nos montamos en él. Este era techado y cargaba a bastantes personas. El suelo de la cama estaba ahora lleno de bejucos y nos acomodamos como pudimos sobre la bejuquera.

Martes 7 de agosto del 2007

Durmiendo a pedacitos, se nos fueron pasando las horas y las provincias, y a las cinco de la mañana llegó el camión a La Caldosa, en la entrada de la ciudad de Las Tunas. Nos apeamos creyendo que allí se terminaba el viaje, pero, al enterarnos que continuaba hasta Holguín, nos volvimos a montar. Amaneció en el nuevo trayecto y a las siete llegamos a la terminal holguinera.

Al bajarnos, vimos a un coche y hablamos con el cochero para que nos llevara a La Balear. Al ponernos un precio de treinta pesos por los cuatro, lo desechamos y el hombre lo bajó a veinte. Nos montamos entonces e hicimos el recorrido hasta nuestro nuevo destino.

Llegando a La Balear vimos un camión que estaba a punto de partir hacia Moa, pero la molotera por montar era respetable y no pudimos irnos en el transporte. No obstante, al poco rato llegó otro camión con idéntico destino y logramos montarnos en él.

El nuevo viaje fue una verdadera tortura. El camión estaba atestado y Yanieyis, sintiendo encima la carga de andar rodando de forma incómoda desde las ocho de la noche del día anterior, comenzó a sentirse mal. Por suerte, no llegó al vómito, pero ni cuenta se dio cuando pasamos por Sagua de Tánamo, su pueblo natal.

A las tres de la tarde entramos en la ciudad de Moa y concluimos el viaje en la terminal moense. En la cafetería del interior de la terminal tomamos yogur de soya y en la candonga cercana comimos pan con puerco y tomamos refresco. La gran noticia era que Yanieyis no quería comer. Su insaciable apetito se vio afectado por la revoltura que tenía en el estómago.

Al poco rato de espera en la terminal, apareció un camión que iba hasta Baracoa. Llegamos junto al transporte, pero el chofer no tenía intenciones de partir de inmediato. Al indagar con él sobre el porqué de la demora, nos dijo que estaba esperando a que llegara más gente. Como seguía sin llenarse el camión, se anunció la partida, pero cobrándose veinte pesos por persona por el viaje. Normalmente ese trayecto costaba diez pesos.

Subimos todos los que esperábamos y comenzó el trayecto. Salimos de la ciudad de Moa y nos adentramos en el largo terraplén que llega hasta el puente sobre el río Toa. Al rato de andar curveando y subiendo y bajando pendientes, nos detuvimos junto a punto de control de la policía, donde unos policías subieron a revisar el camión.

El Toa

Terminó sin problemas la revisión del camión y más adelante, andando por zona costera, el camión dobló a la derecha y llegó muy cerca del río Nibujón para echar petróleo de un tanque que había en una casa. Todos los pasajeros nos apeamos y los cuatro malnombristas nos acercamos a la orilla del río. Pronto llamaron desde el camión y volvimos a montarnos.

Aunque el recorrido terminaba en la villa primada, como nosotros teníamos por destino el poblado de Quibiján, no llegaríamos hasta Baracoa. Pasando el puente del Toa, nos apeamos en el entronque con la carretera que llega hasta Quibiján, cuando los relojes marcaban las seis de la tarde.

Veintidós kilómetros teníamos por delante para llegar a nuestro destino y en el terraplén no había indicios de transporte alguno. Yisel estaba muerta de hambre. No quedaba otra alternativa que caminar, y eso hicimos.

Camino a Quibiján

Andando entre grandes arboledas, cocales y cacaotales, lea preguntamos a unas personas si por allí vendían algo de comer, pero la respuesta fue negativa. A esa hora ya el hambre nos hería a los cuatro.

Después de andar más de dos kilómetros, llegamos a una bodega, pero estaba cerrada. No obstante, supimos que al lado vivía la bodeguera y fui hasta su casa. La mujer se llamaba Mirta y, al presentármele y pedirle que nos vendiera algo de la bodega, me regaló de inmediato una piña y diez panes. La piña era de las que allí llaman “cubana”, que es más dulce que las que conocemos, y más alargada.

Después Alina nos abrió la bodega y compramos yogur de soya. Con polvo de naranja preparamos un refresco para completar la merienda.

Aún sin terminar de tragar, se apareció un camión. Nos despedimos de la solidaria Mirta y nos montamos. Cuando el camión reanudó la marcha, Yisel comentó una teoría que había en un grupo excursionista al que ella pertenecía. Según dicha teoría, cuando uno quisiera coger una botella, tenía que ponerse a merendar, que de inmediato algo aparecía. Terminamos la merienda sobre el transporte y el hambre quedó aplacado, sobre todo en la desesperada Yisel.

El camión tenía ponchada una goma de una de las jimaguas traseras, y esta se le salía por fuera. Nosotros íbamos con la ilusión de llegar a Quibiján en el camión, pero el chofer se detuvo junto a su casa, a unos cuantos kilómetros aún de nuestro destino. El deteriorado estado de la goma ponchada impidió que continuáramos el viaje sobre aquel transporte. Tomamos agua fría en la casa del chofer y este nos dio una esperanzadora información. Cerca vivía el chofer de otro camión y hasta allí fuimos. Pero la gestión fue infructuosa, pues el hombre nos dijo que no tenía petróleo.

Con la tarde muriendo, partimos a pie. El terraplén avanzaba paralelo al Toa y en ocasiones lo podíamos ver entre los árboles. Pasamos entre unos pinos, ya en penumbras, y luego sacamos nuestras linternas para alumbrarnos. En la oscuridad de la noche podíamos ver las luces espaciadas de las casas que estaban alrededor del terraplén.

En un momento en que el cansancio y el sueño nos estaban dominando, pedí un alto para volver a hacer el “dos” en un matorral. En lo que me separaba, los otros tres se tiraron sobre el terraplén y se quedaron dormidos. Al terminar mi “gestión”, volví a la vía, creyendo que Raine me estaba imitando por otro matorral, por lo que aproveché para dormir unos instantes. Pasados unos minutos, me desperté, vi a los demás durmiendo y comprendí que todos estábamos exhaustos.

Al levantarnos, llegó hasta nosotros el jefe del sector de la policía. Luego de presentarnos, le dijimos que pensábamos buscar un lugar para dormir y nos llevó hasta un caney cercano, que es un rancho con techo cónico de guano y sin paredes, que utilizan en la zona para realizar actividades sociales. Antes de dormir, bajamos una lomita y llegamos a orillas del Toa. Bañarse con jabón en aquel apacible y limpio río fue una verdadera delicia. Después volvimos al ranchón y nos acotejamos bajo el guano, con las mochilas a mano, quedándonos rendidos en pocos minutos.

Miércoles 8 de agosto del 2007

Una llovizna humedeció el amanecer a orillas del Toa. Un puerco husmeaba por nuestros alrededores y tuvimos que espantarlo. Como desayuno nos comimos los panes que nos quedaron del regalo de Mirta. También quedaba la bolsa de yogur de Yanieyis, pero se echó a perder y la tuvimos que botar. Ella seguía inapetente.

Tras la recogida, comenzamos a caminar. Pasamos el caserío de La Perrera y también una casa; junto a ella un cartel anunciaba: “Parque Nacional Alejandro de Humboldt”. Anduvimos junto a la casa sin mirar al lado, no fuera a ser que nos impidieran la entrada a la zona del Parque.

El cuarteto

En una fresca mañana y rodeados por una hermosa vegetación donde resaltaban los pinos y los helechos, ascendimos una pendiente y, tras girar a la derecha, iniciamos un largo descenso que nos llevó hasta el poblado de Quibiján. De inmediato, fuimos hasta la cafetería del pueblo y allí compramos dos flautas de pan, que calzaron nuestro desayuno.

Partimos de Quibiján rumbo al arenazo que nos sirvió de campamento base par la búsqueda de Salto Fino en la guerrilla de verano del año anterior. Pasamos una arboleda con abundantes matas de almendro y cruzamos el transparente río Quibiján hacia la derecha. Subimos y faldeamos un tramo a unos metros del nivel del río; luego descendimos e hicimos un segundo cruce.

Siguiendo la marcha, nos encontramos a unos lugareños y uno de ellos nos regaló una piña cubana. Realizamos un tercer cruce hasta una playa y más adelante hicimos el cuarto cruce. Luego de un tramo avanzando sobre piedras, comenzamos a subir la loma que evita una vuelta del río. Con nuestras frentes perladas de sudor, vencimos la altura y descendimos hasta la orilla. Tras pasar una aguada, hicimos el último cruce del río. En cada paso del río crucé descalzo con Yisel cargada en mis espaldas, previendo que no se mojaran sus botas para que la humedad no le causara a sus pies daños similares a los que sufrió el año anterior en la búsqueda de Salto Fino.

Pasamos el monumento y tumba de dos milicianos caídos en la lucha contra bandidos, rebasamos unas piedras, seguimos por un tramo llano, cruzamos una aguada, continuamos por un pedregal y llegamos finalmente al arenazo que buscábamos.

De inmediato, comenzamos a cambiarnos para iniciar la exploración. En medio de esa faena, se apareció un guajiro llamado Roberto. Era un hombre alto, más bien flaco, cincuentón. Después de los saludos, nos dijo que tenía un sembrado en la ladera del frente, justo en un lugar al que Yisel y yo llegamos el pasado año.

A la 1:37 de la tarde partimos del arenazo. Cruzamos el río y comenzamos el ascenso de la ladera. Al llegar al firme, seguimos por este hasta ver un sembrado de malangas en el descenso de la ladera derecha. En aquella de vegetación tan exuberante, desmontar la ladera para sembrar implicaba un daño ecológico. Pero era de admirar el esfuerzo que tuvo que hacer el campesino que ejecutó el desmonte y la siembra, pues la ladera era sumamente inclinada. Desde allí, como un año atrás, pudimos Salto Fino a lo lejos, con el descenso del agua sobre la pared rocosa. Raine aprovechó para hacerle varias fotos al salto.

Pasando el sembrado, rebasamos un tramo bastante inclinado del firme, agarrándonos de las raíces de los árboles. Continuamos ascendiendo por el camino, que tenía sus tramos con hierba.

A las 3:35 llegamos al cocal. Revisamos el área y encontramos un sitio algo plano para hacer allí campamento al término de la exploración del día. En un hueco pusimos las cuatro mochilas y las ocultamos colocándoles encima varias pencas de los cocoteros. Para reconocer el lugar a la vuelta, Raine apoyó el extremo de una penca sobre un tronco cortado y a aquel invento de señal lo nombramos “La Talanquera”.

Listos ya para guerrillear, comenzamos el ascenso de un tramo sumamente inclinado, matizado por diversas espinas. Medio a rastras llegamos a la altura y hallamos una placa de Geodesia y Cartografía medio oculta entre hierbas. Ya arriba, desechamos un camino a la izquierda y seguimos un firme por la diestra, como hicimos un año atrás. Pasamos un campo de helechos y más adelante el camino giró a la izquierda hasta llevarnos al entronque de Cedrón, justo el lugar donde Marcos dejó como señal un tronco cortado el pasado año. Nosotros también señalamos el lugar con un tronco caído obstruyendo el camino de Cedrón y, además, con una marca a machete en el tronco de un árbol.

Giramos a la derecha y, siguiendo un camino entre la espesura, bajamos un cañón y lo ascendimos del otro lado. Luego comenzamos otro descenso. Vimos algunas marcas hechas en los troncos de los árboles y llegamos a un entronque. Creyendo que ya habíamos pasado el Salto de Ana Laura, comenzamos a bajar hasta llegar a una aguada y continuamos por ella. Con el aporte de otras dos aguadas, el cauce se convirtió en un arroyo y fuimos descendiendo, a veces sobre piedras, otros caminando por las orillas. Un bello bosque de altas palmeras y briosos helechos arborescentes, similar al que vimos por la zona en el 2006, nos fue acompañando, hasta que llegamos al borde de un salto. Era el mismo que conocí un año atrás, cuando arribé allí con Marcos, Monty y Lorenzo. Es decir, estábamos nuevamente en Ana Laura.

Al borde del salto de Ana Laura.

Me asomé al borde del salto y noté dos cosas: el arroyo tenía menos agua que el año pasado y la caída no era libre. Miré bien la superficie rocosa sobre la que se deslizaba el agua y vi que esta era rugosa. Acto seguido estiré una pierna y apoyé la bota sobre la piedra. Hice lo mismo con la otra pierna, apoyando la otra bota más abajo, y comprobé que me podía afincar. Miré entonces a Yisel, que estaba asomada al salto junto a Yanieyis y Raine. Ella me comprendió e inició también el descenso.

Apoyándonos en los salientes y las oquedades de la piedra o agarrándonos de algún que otro tronco cercano, fuimos descendiendo, dándonos también las manos en los trances más complicados. Raine y Yanieyis buscaron un paso por la ladera, pero al no ver nada factible, se quedaron a la expectativa.

Yisel y yo continuamos bajando. Tuvimos que vencer un gran tronco atravesado en la bajada. En algunos agarres de los salientes notamos que la piedra se desboronaba, pues la humedad la había reblandecido. Esto era un nuevo riesgo, pues no podíamos confiarnos de ningún agarre. En ocasiones nos aguantábamos de los troncos de los árboles más cercanos. La pendiente rondaba los 45 grados. Yo constantemente miraba hacia el exterior para ver si encontraba alguna vista panorámica, como la que nos permitió ver Salto Fino desde el firme y, aunque podía ver hacia el cielo, no tenía una visión extensa hacia adelante.

Nuestro descenso se extendió por unos cien metros sin que tuviéramos la visión panorámica. Aquello no era Salto Fino. Con este convencimiento y viendo que el salto continuaba con las mismas características en su bajada, iniciamos el regreso. Además, sería un gran problema que nos cogiera la noche sin alcanzar el cocal.

Con mucha cautela, fuimos subiendo, empapados ya los dos de tanta salpicadura de agua. Por fin llegamos al borde del salto y nos reencontramos con Raine y Yanieyis. Raine propuso continuar explorando y yo le dije que debíamos destinar un tiempo al regreso para que no nos cogiera la noche sin llegar al cocal.

Comenzamos a subir por la aguada hasta que llegamos al camino de arriba, justo a un entronque donde había un árbol marcado. Raine giró a la derecha para seguir explorando por la maleza, y los demás lo seguimos. Sin hallar ninguna senda que nos condujera supuestamente a Salto Fino, nos reencontramos los cuatro en el entronque marcado y allí vimos un trillo que ascendía por la izquierda, pero ya eran las 7:05 y no podíamos perder más tiempo.

La subida final después del descenso del salto.

Acordamos dejar para el otro día la exploración de aquel trillo y partimos de regreso a toda prisa. Subimos hasta un tope, descendimos al cañón inicial y lo subimos del otro lado. Casi llegando al entronque de Cedrón y con la noche encima, se desató un aguacero, como si no bastara la oscuridad para probarnos. Llegamos al entronque alumbrándonos con la linterna de Yisel, que daba una luz blanca, pero bastante discreta.

Andando por un firme, tomé la punta del cuarteto, mientras la lluvia seguía mojándonos. Sabiendo que teníamos que hacer un descenso brusco hasta el cocal, me decidí a bajar ya por la izquierda, pero pronto volví a arriba, pues la ruta no me pareció correcta. Volví al firme cuando la lluvia comenzaba a arreciar. Seguimos el camino, comenzamos a andar un firme más fino y entramos en el bosque de helechos que antecedía a la bajada hasta el cocal.

La placa de Geodesia y Cartografía sería nuestra guía para hallar el lugar correcto para bajar. Pero antes de preverlo, hallamos una placa, también de Geodesia y Cartografía. Aquella era mayor que la que buscábamos. Mi preocupación entonces era si íbamos por la vía correcta. ¿Por qué el año pasado no la vimos de día en ninguno de nuestros pasos por aquel lugar? ¿Por qué unas horas antes, a la ida, tampoco la habíamos visto, siendo también de día? Con tales interrogantes en mi cabeza, seguí hacia adelante. Ya la luz de la linterna era solo un resplandor.

Calculando el tiempo que llevábamos caminando por el firme, creíamos que ya estábamos cerca de la bajada. Comencé entonces a arrastrarme para seguir con las manos el camino, hasta que me pareció que este terminaba. Comencé entonces a auscultar el terreno con los brazos y las manos, buscando la placa.

Más arriba, las dos muchachas se sentaron juntas. Yanieyis le comentó a Yisel que si no llegábamos al cocal, era mejor juntarnos los cuatro para pasar la noche dándonos calor unos a los otros. Pero una mano mía dio con la placa. La alegría fue grande y, sin tiempo que perder, iniciamos el abrupto descenso.

La bajada fue un desbarate loma abajo, entre el fango y las espinas, dando resbalones y pinchándonos constantemente. ¡Pero qué nos importaba a esa hora! Nuestra obsesión era llegar. Al disminuir la pendiente, comenzamos a buscar “La Talanquera”. Por suerte, la lluvia había aflojado. Tras dar varios tumbos, hallamos la penca sobre el tronco y después nuestras mochilas en el hueco.

A ciegas armamos las dos tiendas de campaña y las dos muchachas entraron en cada una. Después de ponerse ropa seca, desde adentro, las chicas comenzaron a darnos órdenes: busca esto, busca lo otro, aguántame esto; así Raine y yo fuimos obedeciendo, hasta que también nos tocó entrar en cada tienda. Las muchachas nos esperaban con una comida fría, lista para ser devorada, que incluía tostadas con carne y con dulce de guayaba, más la piña cubana. Raine y yo nos vestimos también con ropa seca y los cuatros nos entregamos a la importante tarea de comer.

Acampada en el Cocal

Después de calmar el hambre, sacamos algunas piedras y raíces del suelo donde nos acostaríamos. Sin más nada que hacer y con el cansancio por ayuda, nos entregamos a un sueño, que tendría bastantes intermitencias en una noche tenebrosa, alejados de cualquier indicio de civilización. Afuera, la lluvia amainaba, pero la humedad no, mientras que el frío crecía con el paso de las horas. Las ranas, a su vez, entonaban sus cantos en un gran concierto.

(continuará la próxima semana)

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