Jueves 9 de agosto del 2007
La madrugada se fue con pestañazos frecuentes, acompañados de movimientos por cambiarnos de posición. Cuando vislumbramos los primeros atisbos de claridad, nos incorporamos. Desayunamos dulce de guayaba con tostadas y unos buches de agua. Lo más difícil fue ponernos la ropa y los zapatos mojados. Después desarmamos las tiendas de campaña, empacamos y lo guardamos todo en el hueco, para taparlo todo con las pencas. Raine volvió a armar “La Talanquera y entonces partimos.
Subimos el difícil ascenso inicial y seguimos por el firme de arriba. En el entronque de Cedrón doblamos a la derecha, rebasamos el cañón y seguimos por arriba, desechando todo trillo que bajara por la derecha. Subiendo y subiendo, el trillo se fue estrechando hasta desaparecer. Yo seguí un tramo más entre la maleza y salí a un campo abierto, cubierto de helechos bajos; nada de palmeras ni helechos arborescentes. Volví atrás para unirme con los otros tres.
En un desliz, puse una rodilla en el suelo, con tan mala suerte que la apoyé sobre la penca de una palma pajúa. Más de diez espinas se clavaron al unísono en mi rodilla. Estiré el pantalón con una mano y seguí caminando hasta dar con los demás. Las dos muchachas, con gran meticulosidad, me fueron sacando cada espina. Pero Raine también tropezó con una penquita de la maldita palma y las chicas tuvieron que hacer lo mismo en la pierna aguijoneada.

Después de las extracciones de las espinas, descendimos por la derecha y llegamos a una aguada. ¿Salto Fino o Ana Laura?, era la pregunta que nos hacíamos. Descendimos la aguada, que se convirtió en arroyo y que nos llevó hasta el salto de Ana Laura nuevamente. Tercera ocasión en que unos malnombristas llegaban a aquel lugar creyendo que era Salto Fino. Y otra vez Yisel “trinó” por el hambre. Galleta de sal con dulce de guayaba y refresco preparado allí mismo fue la receta para la hambrienta, y para los otros tres también.
Raine tenía pensado hacer un documental sobre nuestra búsqueda de Salto Fino y para ello había preparado un guión. Activó su cámara digital y me puso a hablar a mí primero sobre cómo supimos de Salto Fino y acerca de las historias de nuestras excursiones a la zona. Después habló Yisel y le siguió Yanieyis. Terminamos con una tertulia, mientras el documentalista iba filmando en aquel paraje casi mágico.
Allí no quedaba más nada que hacer, sino irnos. Todavía seguíamos con la duda de si aquello era Salto Fino o no. Comenzamos a andar arroyo arriba. Doblamos a la izquierda para subir por un cañón. Después nos dispersamos en el ascenso por una ladera. Llegamos al tope, descendimos al otro cañón, lo subimos hasta el entronque marcado con una penca desde el día anterior, seguimos el firme, pasamos la primera placa y llegamos a la segunda, que está ubicada en el entronque de Cedrón. Del descenso al cocal nos llevamos algunas espinas clavadas. Vimos “La Talanquera”, recogimos las mochilas y seguimos loma abajo.
El siguiente tramo fue testigo de un debate entre Raine y Yisel por ver quién se burlaba más del que se caía, gracias a la enfangazón del trecho debido a la lluvia del día anterior. Las risotadas de ambos rompían la tranquilidad del monte. Pero yo me llevé las palmas en las caídas, porque no tuve paciencia con el enredo que formaba mi mochila con el tibisí. Llegando al final del firme, Yisel y yo nos adelantamos, bajamos por la ladera hasta el final y cruzamos el río. Al poco rato la otra pareja llegó también al arenazo.
Un buen tiempo de lo que quedaba de la tarde nos la pasamos bañándonos en el río Quibiján para refrescar nuestras pieles de la picazón, los arañazos y las espinas recibidas en la exploración. Saliendo del río, Raine volvió a la carga con su idea de hacer el documental. Nos juntamos los cuatro y comencé a hablar de nuestro viaje desde que salimos de Cienfuegos, mientras Raine filmaba.
En medio de mi perorata, un tábano entró por mi boca y continuó derechito garganta adentro. De inmediato la voz se me rajó y comencé a pasar trabajo para respirar. Pero no paré de hablar y con la voz ronca terminé mi relato, mientras Raine no dejaba de filmar. Después empecé a pujar, hasta que por fin el bicho salió de mi garganta y de mi boca. Las burlas de los otros no faltaron en el acto y, después que expulsé el bicho, siguieron un rato más.

Terminada la filmación, debíamos concentrarnos en cocinar. Sintiendo el acoso de los tábanos y los mosquitos, buscamos leña, encendimos la candela y pusimos unos espaguetis dentro del caldero con agua. En poco más de media hora ya estábamos comiendo y llenándonos. Después Raine y yo cargamos arena con la que rellenamos el piso donde alzaríamos las dos tiendas de campaña, y lo aplanamos. Al terminar el trabajo, armamos las tiendas.
Cayó la noche y nos colamos en las casas< de campaña. Poco a poco fuimos cayendo, vencidos por el sueño. Algunos truenos sonaron a lo lejos, pero no hubo lluvia sobre nosotros. Por fin podíamos dormir a gusto.
Viernes 10 de agosto del 2007
La madrugada transcurrió con una tranquilidad envidiable. Al amanecer, Yisel y yo nos despertamos y salimos de nuestra tienda de campaña, mientras Yanieyis y Raine se quedaron adentro de la suya, remoloneando un rato más. En una mañana despejada, los dos despiertos hicimos bastante leche con chocolatín. Después le pedimos la cámara digital a Raine y fuimos en trusa rumbo a la desembocadura de arroyo del Infierno.
Llegamos al frente de la salida del arroyo y crucé nadando el Quibiján, con la mano izquierda en alto sosteniendo la cámara. Después cruzó Yisel. El agua del Infierno estaba más fría que la del Quibiján. La entrada nos impresionaba por tener cierto aspecto tenebroso, amparado por la oscuridad en que lo sumían las sombras de los árboles. Ascendiendo sobre piedras, avanzamos varios metros arroyo arriba. Yisel se trepó en una gran piedra y yo coloqué la cámara sobre una piedra más baja, a unos metros de ella. Equilibré la cámara, apunté hacia Yisel, apreté el botón del automático y salí corriendo, pero un tropezón con una piedra me sacó una heridita en una pierna y me tiró al agua. Mientras Yisel me gritaba para que me parara, me levanté rápido y solo alcancé a soltar una sonrisa-mueca hacia la cámara. Así salió aquella foto que se nos volvió entrañable a los dos. (Ver foto de apertura del texto)
Después regresamos al arenazo y los cuatro comenzamos a desayunar, tras echarle boronilla de tostadas a la leche. En medio del desayuno, llegó hasta donde estábamos Emilio Paumier, el guajiro que un año atrás guió a Mal Nombre para cruzar el Quibiján crecido. Luego del saludo, le caí a preguntas sobre el trabajo en la montaña.
Se despidió Emilio y comenzamos a recoger para partir hacia el poblado de Quibiján. Esa tarde saldría un transporte para Baracoa, pero teníamos tiempo suficiente. Partimos por el arenazo, río abajo. Pasamos una aguada, un tramo llano, otro de rocas, el monumento y llegamos al primer cruce.
Recordando lo crecido que estaba el río en el lugar un año atrás, cargué a Yisel en las espaldas y pasé descalzo al otro lado, con mucha tranquilidad. Seguimos por la otra orilla, cruzamos un manantial y comenzamos el ascenso de la loma. Raine y Yanieyis se fueron delante, vencieron la altura y bajaron hasta la orilla del río para esperarnos allí. Pero Yanieyis no se pudo aguantar. Se quedó en trusa y se tiró en la cristalina corriente del Quibiján. Raine aprovechó para tirarle unas fotos. Cuando Yisel y yo llegamos al río, imitamos a Yanieyis y nos embullamos a tirarnos por un rápido.

Subimos caminando sobre las piedras y nos colocamos al borde del chorrero. Habiendo una piedra justo donde cae el chorro, pensé en un golpe en mis partes más sensibles, pero no me aguanté y me lancé. Yisel se tiró detrás y bajamos los dos entre el tumulto acuoso. La corriente nos sumergió y nos sacó del rápido, hasta que sacamos la cabeza en una pocetica que había después, que estaba custodiada por farallones. Yanieyis, que estaba abajo, al vernos pasar, se lanzó también a la corriente. Raine filmó un video de la escena.
El lugar estaba como para no irse de allí, pero nada es eterno; la camioneta debía partir a las cinco de la tarde desde Quibiján rumbo a Baracoa. Nos vestimos los tres, medio mojados, y seguimos la marcha los cuatro. Vinieron otros dos cruces del río, en los que volví a cargar a Yisel. Más adelante hicimos otro cruce, pero tomamos un camino errado, que nos llevó hasta un ranchón vacío.
Volvimos atrás, faldeamos un poco e hicimos el último cruce del río hasta una buena playa. Allí nos detuvimos para mejorar nuestro porte y aspecto. Sacamos los jabones y hasta nos afeitamos, las chicas las piernas y los hombres la cara. Aprovechamos también para comer los espaguetis que sobraron el día anterior. Una mujer que pasaba nos regaló una piña cubana y unos pepinos. Allí mismo pelamos la piña, picamos los pepinos y nos los comimos también.
Sin muchas ganas de dejar el río, nos secamos, nos vestimos y partimos. Como Quibiján estaba cerca, llegamos al poblado a los pocos minutos. Fuimos directo hasta la parada que está frente a la bodega y, llegando, comenzó a llover, pero ya qué importaba si la exploración había terminado. En la espera; Raine quiso aprovechar para entrevistar a Yisel para su documental. Pero la Yise se puso renuente, hasta que la llegada de la camioneta le puso fin al intento de Raine.

La camioneta era más bien un camión chico. Se vació la parada de gente y partimos rumbo a la ciudad primada, protegidos de la lluvia por el techo del camioncito. El trayecto por el terraplén no tuvo complicaciones. Llegamos a la carretera Moa-Baracoa, doblamos a la derecha y unos minutos más tarde estábamos entrando en la ciudad. El camión fue directo hasta la terminal intermunicipal y allí concluyó el viaje. Los cuatro penetramos en el salón de la terminal y se inició una larga espera.
Sobre las nueve de la noche se apareció una guagua con destino a la ciudad de Guantánamo. Nos montamos los cuatro y partimos sentados sin apretazón alguna en la guagüita Girón, conocida como Aspirina. Como pasajeros también había una gente con raras vestimentas y algunos trastes, que indicaban que tendrían alguna función en los carnavales de la Ciudad del Guaso.
Pronto el sueño nos dominó y recostamos nuestras cabezas sobre el borde del asiento anterior. En esa soñolencia pasamos La Farola, casi sin darnos cuenta. Siguió la guagüita rodando por la costa sureste de la provincia guantanamera, pasamos Imías y San Antonio del Sur, y entramos en la ciudad de Guantánamo al inicio de la madrugada.
Sábado 11 de agosto del 2007
El resto del viaje se nos fue viajando en un “picotillo” de transportes de provincia en provincia, hasta que en Ciego de Ávila nos montamos en una guagua que nos llevó directo hasta La Habana. Esto se debió en gran medida a que Raine perdió su carné de identidad, impidiéndonos apelar a las guaguas de Ómnibus Nacionales en las que es un requisito indispensable portar el carné.
El otro imponderable del viaje tuvo también a Raine como protagonista. Ocurrió al llegar en un camión a la terminal santiaguera de Calle Cuatro cuando comenzaba a amanecer. A pesar de la temprana hora, había bastante gente allí.
Fue entonces cuando a Raine se le desató un dolor de barriga. Desesperado, entró en la terminal buscando un baño. Alguien le dijo que no había baño, pero sí había y lo supo ya tarde. Salió apurado, caminando hacia nosotros con las piernas abiertas. Yanieyis le dio un short limpio al comprender que el mal era inevitable. Bajó Raine corriendo por unas escaleras y en un rincón oscuro soltó su nefasta “carga”. Al regresar, Yanieyis comprendió que su short había perecido en la cruenta acción. Finalmente, en el baño de un servicentro logró Raine cambiarse de ropa.
Con estas aventuras y desventuras terminó aquella intensa guerrilla de seis días, en la que volvimos a conquistar el Salto de Ana Laura, pero de Salto Fino, nada. Nuevamente quedaba pospuesta la conquista del mayor salto del Caribe insular por los malnombristas. Pero ya habría desquite.
