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La revancha de Salto Fino abajo (2009, segunda parte)

Miguel Alfonso Sandelis
02 octubre 2026 | 0 |

Miércoles 12 de agosto del 2009

Haciéndolo honor a esa frase del Chocky de que “siempre puede ser peor” y tal como venía ocurriendo en los días anteriores de la guerrilla, poco antes del amanecer cayó un aguacero. Así nos cogió el alba: entumidos y calados. Ello no restó ánimos para cantarle un “felicidades” a Ale, pues justo ese día cumplía trece años. ¡Vaya jornada para celebrar su cumple!

Para desayunar preparamos pan con dulce de guayaba y Magela nos convenció, sin ningún trabajo, de untarle también al pan un poco de puré de tomate que había quedado del día anterior. También preparamos refresco, que, por suerte, el agua sobraba. No quedaba otra que recoger y partir a conquistar la ansiada meta de Salto Fino abajo.

A las 7:11 minutos partimos de aquella “acogedora aguada”. Volví a repetir la frase de que “no pararía hasta que el chorro de agua de Salto Fino me golpeara en la cabeza”. Primeramente, subimos una inclinada ladera, que le regaló a nuestras ropas toda el agua que contenían en sus hojas las matas que en ella crecían. Ya arriba, tuvimos la cercana visión de Salto Fino, pero delante tenía un robusto promontorio que debíamos vencer. El plan inicial de llegar en un solo día a la base del salto se había roto, pero nuestra decisión de llegar era absoluta. Ese día en Quibiján los malnombristas que allí quedaron comprarían un puerco para recibirnos. Pero tanto esfuerzo derrochado y tantas ganas de llegar al salto no iban a ser en vano por un puerco.

Comenzamos una bajada sumamente complicada. Los troncos de los árboles caídos formaban una madeja difícil de atravesar y la zarza era sumamente abundante como para hacerle notables estragos a nuestras ropas y pieles. Helechos y bejucos se sumaban al enredo que debíamos superar. Avanzábamos como podíamos sobre aquella madeja, sin pisar la tierra. Yo iba en la punta sin usar el machete, pues usarlo allí demoraría demasiado el avance.

Culebreando por aquella endemoniada maleza llegamos a una aguada empedrada. Solo nos quedaba el promontorio para llegar al salto. La emprendimos por él, venciendo poco a poco la enredazón de la maleza en la ladera, hasta conquistar su altura. Ya arriba, dejamos el firme y nos fuimos directo en la dirección de Salto Fino. La zarza seguía endemoniada, agarrándonos la ropa y, con frecuencia, clavándose en la piel.

Fuimos avanzando a duras penas y yo seguía en la delantera hasta que me detuve. Ana me presionó para que siguiera, desesperada por acabar de llegar. Lorenzo hizo lo mismo, pero yo seguía inmóvil. La razón de mi actitud era contundente. Delante de mí tenía los penachos de unas elevadas palmas. Si aquellas eran las copas, cuál no sería la profundidad del abismo. Justo me hallaba al borde de una pared. Seguir hacia adelante sería lanzarme al vacío. Les traté de explicar y no me entendieron bien hasta que opté por no hacerles caso. Viré un tramo y comencé a bordear el abismo en la dirección de la bajada de Arroyo del Infierno. Llegué al borde de un barranco, pero no era muy profundo por lo que decidí nalguearlo hasta abajo sin el uso de la soga. Me lancé por la izquierda, pues algunas matas cercanas me permitían frenar algo el impulso. Los otros once hicieron lo mismo y pudimos vernos todos en el arroyo. Solo quedaba subir por él.

Ni el frío del agua ni las grandes piedras nos quitaron el impulso. Arrancamos en una carrera desenfrenada por el mismo cauce del arroyo. Íbamos venciendo los obstáculos que se nos interponían. Pisada a pisada, metro a metro, recorrimos lo que nos faltaba, hasta quedar los doce de pie frente a Salto Fino. Junto a una esquina de abruptas laderas caía el chorro de agua. Los árboles alrededor eran singularmente majestuosos. La exacerbada humedad se sentía en cada poro. El ruido del chorro en la caída ensordecía todo. Más de treinta metros de salto teníamos a la vista. La deuda de un año atrás quedaba saldada. En lo personal, solo me quedaba cumplir la decisión de que no pararía hasta que el chorro de Salto Fino me chocara en la cabeza, y a eso fui.

Realmente, fuimos los doce que, después de quedarnos en trusas, nos golpeamos con las gotas que caían con la fuerza de la altura. Desde unos 300 metros se abalanzaban y allí terminaban su vuelo juntas formando el chorro. La euforia nos llevó a gritar “victoria”. Después cantamos “Son los sueños todavía”, la canción que Gerardo Alfonso le dedicara al Che, y “Cuba, qué linda es Cuba.” Cantamos como colofón nuestro Himno Nacional. Al terminar, Aníbal comenzó a cantar el Himno Nacional de Uruguay y Ana y Magela se le sumaron, pues se lo sabían de memoria, gracias a su parentela charrúa. Raine aprovechó para filmar unos segundos y por último preparó una foto automática, que nos recogió a los doce recibiendo el chorro del salto, quedando la foto como una de las históricas de Mal Nombre.

Tras la euforia, vino el relax. Notamos a la derecha del salto un espacio algo allanado, con paja cubriéndolo, lo cual era una señal de que allí se había acampado y no podían ser otros que los de Extremo. Aníbal halló una cuchilla sobre la paja y vio una botella colgando de un árbol. La botella tenía un papel adentro, pero estaba llena de agua.

Llegó la hora de partir, para lo cual teníamos dos opciones. Yo estaba decidido a bajar por el arroyo, sabiendo de los veinte saltos que nos esperaban y que nuestra soga era una mínima cosa comparada con el equipamiento que tuvimos un año antes. No obstante, le dije a la gente que con esa soga haríamos “maravillas”. Lorenzo prefería volver por donde vinimos, tal vez para mayor seguridad o evitando el arroyo por su ineptitud al nadar. Pero el Loro no me hizo mucha presión y, después de ponernos la ropa, partimos arroyo abajo.

Lo hecho hasta el momento había sido duro. Pero lo más fuerte estaba por llegar sin que imagináramos en qué medida. Recogimos las mochilas, que las habíamos dejado más abajo, y seguimos por el cauce. Algunos piedras grandes y pequeños saltos fueron los primeros obstáculos con los que nos tropezamos, pero los vencimos sin dificultades, hasta que llegó un salto de respeto y nos detuvimos.

Entre los primeros en llegar surgió la opinión de que no se podía bajar. Pero cuando llegué y le eché un vistazo al lugar, noté una hendidura que permitía un apoyo. Amarré la soga a una mata y le dije a Yaser que bajara de primero, pues él era el más alto y podría ayudar mejor a los que bajaban. Yo bajaría de último, antes de recoger la soga.

Bajó Yaser sin problemas, agarrándose de la soga y poniendo un pie en la hendidura. Después bajaron los demás con la ayuda del Yase abajo. Al terminar el descenso, había que bordear una poceta por la derecha. Cuando solo yo quedaba, zafé la soga, la pasé sin amarrarla por detrás del tronco, le hice un lazo en un extremo y metí una mano por el lazo. Al bajar de último, tenía que quedarme con la soga para continuar el descenso de los otros saltos que teníamos por delante; por eso no podía hacer amarre. Comencé entonces a descender agarrándome de la soga, hasta que esta no dio más. Ya sin soga de la que aguantarme, seguí bajando agarrado a cuanta hendidura me daba un filo y finalmente me solté sin soltar la soga, mientras Yaser debajo trataba de amortiguar mi caída. A este modo mío de bajar lo nombré “media soga”. Si los demás tenían siete metros de soga para bajar, yo solo tenía tres y medio, pues al pasar la soga por detrás del tronco, solo contaba con la mitad de su largo.

Continuamos los doce la marcha. Rebasamos varios troncos atravesados en medio del arroyo. Los ciclones o tal vez crecidas crecientes debieron ser los causantes de las caídas de los árboles sobre el cauce. Llegamos a un nuevo salto, pero su descenso con la soga era impracticable. Sin embargo, hallamos un paso por la ladera derecha y avanzamos por él. La ruta nos llevó a una aguada que caía en un salto por la derecha para unirse al Infierno. Volvieron a equivocarse algunos afirmando que por allí no se podía bajar. Pero, tras analizar el lugar, les demostré lo contrario descendiendo hasta un peñón y amarrando la soga a un tronco cercano. Bajó nuevamente Yaser de primero y luego los demás sin problemas. Cuando me tocó el turno, zafé la soga y la agarré como en el salto anterior, en lo que la gente quedaba a la expectativa. Mientras algunos me esperaban abajo, aproveché el tronco estrecho y largo de una palma que estaba recostado al peñón y me deslicé por él sin necesidad de ayuda alguna, quedándome nuevamente con la soga agarrada por una mano. Ya abajo, le dije a la gente que la soguita de Monty ya estaba haciendo “maravillas”.

Arrancamos otra vez por el Infierno. Nuevos troncos caídos obstaculizaban el paso, aunque uno de ellos nos permitió vencer un salto al bajar deslizándonos a caballito. Como el otro extremo del tronco se hundía en una poceta, terminamos nosotros también en el agua.

Llegamos ante un hueco por el que seguía el arroyo en un salto. De inicio, nos pareció un trance complicado, pero, al acercarnos, notamos que podíamos bajar sin problemas y lo hicimos.

Continuando la marcha, noté que mi mochila me pesaba un mundo. Tal vez sería el cansancio, que me estaba entrando. Seguí un tramo así, hasta que, aconsejado por Ana, me detuve y me quité la mochila. La abrí, la revisé y noté que mi tanqueta con capacidad para catorce litros, tenía agua hasta la mitad. Adentro de ella llevaba parte de mi ropa y la de Lorenza, toda empapada. Vacié la tanqueta, exprimí la ropa, lo guardé todo, apreté bien la tapa de la tanqueta y, al cargar nuevamente la mochila, la sentí como una “pluma”, comparada a como estaba antes.

Llegamos a una empalizada y pasamos sobre ella con sumo cuidado. En el trance a Wilfredo se le cayó un pomo y, tras hacer varias piruetas osadas, logró rescatarlo. Aunque el sol calentaba con fuerza, no sentíamos su embate gracias a la frondosidad de los árboles y a los chapuzones que constantemente nos dábamos en el arroyo.

Apareció un nuevo salto a la vista, que no parecía gran cosa, pero abajo, después de una poceta, había un salto mayor que tenía todos los visos de imposible con nuestra soguita. No obstante, quise asegurarme. Bajé a la poceta, la crucé y me asomé al salto. La caída tenía unos diez metros de altura y nuestra soga de siete se quedaba bien corta. Desde mi posición le eché un vistazo a los alrededores y el panorama no se me mostró nada halagüeño. Por la izquierda, la ladera era casi vertical. Por la derecha, también, con el ingrediente extra de un derrumbe. Me pareció ver una aguada a la diestra, pero era solo una brecha con una gran inclinación. No había remedio; tendríamos que trepar por una ladera, porque para atrás, ¡ni pensarlo! Y no podíamos perder tiempo porque ya eran las tres de la tarde.

Mirando el derrumbe, vi que realmente eran dos y que entre los dos había como un descanso. La soga no daba para subir los dos derrumbes de un viaje, por lo que la opción era subir el tramo en dos momentos. Pero una cosa era mi idea, y la otra, ponerla en práctica. En lo que yo regresaba a donde estaba el resto, Ana se fue delante, pero, mal aconsejada por Wilfredo, se enredó en una maraña de la vegetación. En un intento del Wilfre por trepar, se agarró de un tronco débilmente enraizado y se le fue el tronco arriba, incluyendo la tierra pegada a las raíces. Por suerte, fue más el susto que otra cosa, pues el tronco era pequeño y no le dio ningún golpe contundente.

Aquellos incidentes me dieron margen para que retomara la punta de los doce. Abriendo la maleza al pecho, pasé por debajo del primer derrumbe en lo que Yaser, con cierta sospecha de que hubiera una brecha para bajar al Infierno después del salto, comenzó a descender hasta el borde de la poza. Llegó Yaser al borde y comprobó que el descenso era casi en caída libre. No había otro remedio que subir por los derrumbes.

Ayudado por mis seis pies y una pulgada de estatura, trepé por la pared para vencer el primer derrumbe y asegurarme en el descanso. En el trance, llevé la soga conmigo. Mi plan era que Yaser subiera hasta donde yo estaba y se quedara allí, mientras yo subía el segundo derrumbe. Como el descanso era estrecho, el que llegara allí tenía que subir de inmediato el segundo derrumbe. En resumidas cuentas, Yaser en el descanso y yo sobre el segundo derrumbe, nos iríamos tirando la soga para ayudar a subir al que le tocara, según el lugar donde estuviera.

Desde la altura del descanso, le expliqué a la gente el plan. Solté entonces una punta de la soga mientras agarraba con fuerza el otro extremo. Yaser cogió la soga y, con su ayuda, trepó hasta donde yo estaba. Dejando a Yaser en el descanso, comencé a trepar el segundo derrumbe. En medio de mi trepadera, desprendí una piedra con una mano y esta se fue abajo. Yaser gritó de inmediato: “¡piedra!”. Ana abajo lo oyó y se puso un brazo sobre la cabeza, ¡por suerte!, pues la piedra le golpeó con fuerza en un dedo. De inmediato, el dedo se le hinchó y, entre el susto y el dolor, Ana se desmayó. Rápidamente Ronny, el médico del grupo, fue hasta ella y le apretó con fuerza en el espacio que hay entre la nariz y el labio superior. Ana dio en sí al momento y al poco tiempo se paró. Aunque no tenía fractura, podía ser una fisura, pero no le quedaba otra que seguir guapeando, y valor a ella le sobraba.

Mientras esto sucedía, yo terminaba la subida del segundo barranco, llegando a un segundo descanso. Desde donde yo estaba aún quedaba un tramo para llegar al firme de la loma.

Estando Yaser en el medio con la soga y yo arriba, ya todo estaba listo para que comenzara la subida del resto de la tropa. Tal como lo hicimos Yaser y yo, el resto subiría sin las mochilas en la espalda. El primero sería Ale, quien, a pesar de sus trece años, había demostrado ser todo un guerrillero. Yaser le soltó la soga y Ale subió con agilidad hasta el descanso. Yaser me lanzó la soga, la agarré y solté una punta. Ale la cogió y trepó sin problemas hasta donde yo estaba. Le indiqué a Ale un lugar en el descanso para que se sentara a esperar por los demás, pues seguir de allí para arriba se presagiaba también como otra complicada aventura.

La tiré la soga a Yaser, pero una mata que había por el medio me obstaculizó el tiro. ¡Ya aquello era el colmo!, nada salía fácil. Enrosqué la soga, hice un segundo tiro y la dichosa mata volvió a atravesarse. Al tercer tiro logré por fin que la soga le llegara a Yaser.

Detrás de Ale subió Wilfredo. Me lanzó Yaser la soga y me llegó sin problemas. Subió Wilfredo hasta donde yo estaba y luego tuve que hacer dos tiros de soga para que esta le llegara a Yaser. Desde mi posición el lance era más complicado que desde la de Yaser. Subió Yanieyis hasta Yaser, Yaser me lanzó la soga y Yani subió hasta mí. A través de Wilfredo, Ale se enteró de lo que le había pasado a Ana y se le aguaron los ojos. ¡Bastante había aguantado la psiquis del chama, justo en el día de cumplir trece años!

A pesar de tener el dedo adolorido, Ana hizo sin problemas el ascenso en dos partes. Al llegar la accidentada adonde estaba el trío delantero, notó a Ale acongojado por no saber cómo continuaría la subida. En un intento de calmarlo, Ana le dijo: “Ale, no te preocupes, que el San sabrá como subir, y entonces, en un futuro, cuando tú tengas tu propio grupo, también sabrás cómo dirigirlo.” Pero inesperadamente, Ale le respondió: “Yo no voy a dirigir ningún grupo.” “¿Y eso por qué?” “Porque yo no quiero que piensen de mí lo ahora yo estoy pensando del San.” Aquello no requería ningún otro comentario.

Cuando le tocó el turno a Lorenzo, este subió apoyando las dos piernas de frente a la ladera, como si la soga fuera la más resistente del mundo. Le tocaba ya a Ronny, pero este había vomitado y no se sentía nada bien. Comenzó Ronny a trepar, pero en el último tramo le dijo a Yaser que tenía fatiga. El Yase se apuró en agarrarlo y logró llevarlo hasta su posición. Recobró aliento Ronny y pudo subir sin más problemas hasta donde yo estaba. Mis tiros de soga a Yaser seguían con problemas. En una ocasión tuve que hacer cuatro lanzamientos para que la soga le llegara.

Después de subir Ronny, hicimos un alto con la gente y comenzamos a subir las mochilas. Esa operación tardó bastante, pues había que atar cada mochila a la soga. Cuando le tocó el turno a mi mochila, pasé un poco de trabajo por el excesivo peso que tenía. Alrededor de donde yo estaba comenzaron a reunirse tábanos. Cada vez que tenía que agarrar la soga con las dos manos para que subiera alguien o halar una mochila, los tábanos me encendían y no tenía cómo espantarlos. Al ver mi angustia, Wilfredo vino en mi ayuda y comenzó a espantarlos a mi alrededor. Así yo halaba, el Wilfre espantaba.

Subió Magela sin problemas, pero, al juntarse con los de arriba, notamos que el espacio ya no daba para más. Le grité entonces a Aníbal para que subiera hasta donde estaba Yaser y lo relevara en su posición. Yaser entonces me relevaría a mí y yo continuaría el ascenso, sumando gente conmigo.

Cuando se terminaron de hacer los dos relevos, me acerqué a una esquina peligrosa del segundo descanso. El faldeo que continuaba era al vacío, por lo que no me quedaba otra que subir como fuera. Sin tener algún tronco o rama de qué agarrarme, afinqué manos y pies en un entramado de tierra, hierba y rocas y comencé a ascender con gran trabajo, hasta llegar a un nuevo, pero estrechísimo descanso. Había otro ascenso por delante, pero ya no tenía de qué agarrarme, por lo que pedí la soga y llamé a Yaser. Solté la punta de la soga y Yaser subió hasta donde yo estaba. El Yase flexionó una pierna y yo planté una bota sobre su muslo, pudiendo ascender así el tramo que me faltaba. Con la ayuda de la soga, Magela y Ale treparon hasta mi posición y les dije que siguieran subiendo para buscar un lugar donde acampar, pues la tarde ya estaba muriendo.

Cedí la soga para que subieran Jorge, Raine y Yanieyis hasta el segundo descanso y entonces continuamos todos loma arriba. Al sujetar la soga para que los que faltaban, subieran hasta donde yo estaba, me quedé de último. Cuando dejé la posición, la oscuridad estaba penetrando en el lomerío. Más arriba, Ale se había ido delante, pero, al verse solo, se detuvo y Magela cogió entonces la punta.

Hallar un buen lugar para acampar era imposible. El bosque estaba destruido, mostrando por todas partes los árboles caídos. Subió Mage buscando la cima de la loma, pero, antes de llegar a la cumbre, encontró un lugar relativamente menos complicado, donde cabíamos todos, y decidió hacer allí la acampada. Aunque los alrededores eran peores, allí también abundaba el tronco caído, a lo que se le sumaba la notable inclinación del terreno.

Más atrás, mientras la gente rebasaba mi posición, algunos se quedaban apostados por el camino para orientarnos a los últimos en la inminente noche. Los gritos que nos dábamos en la oscuridad ayudaron mucho a reagruparnos. Así nos fuimos juntando poco a poco, hasta dar con el sitio donde estaba Magela. Para Jorge todo fue más difícil, pues la retinosis pigmentaria que padece, afecta más en la oscuridad, por lo que su llegada al lugar de acampada fue casi a tientas. Desde donde estábamos y entre penumbras, nos pareció ver a lo lejos unas nubes muy bajas, o tal vez fuera humo. Pero ¡a quién se le podría ocurrir encender candela por aquellos tenebrosos lares! La dirección de la visión era más bien en la del descenso del arroyo del Infierno, pero tirando hacia su derecha. La tremenda odisea que habíamos vivido para ascender aquella endemoniada ladera había terminado, pero aún quedaban nuevas vicisitudes y hasta una sorpresa.

De inmediato, cada cual buscó su espacio para plantar. Aunque los troncos caídos nos estorbaban un mundo, aplastamos la hierba a nuestro alrededor para mejorar en algo el lugar. Notamos entonces que, después de haber pasado gran parte del día en el agua, no habíamos cargado la suficiente para la acampada. Es decir, a la tremenda hambre que nos agobiaba se le sumaba también la sed, y por supuesto que allá arriba no había dónde reabastecerse del líquido preciado. Para ahorrar el agua y ser más equitativos en su consumo, juntamos toda la que teníamos.

La foto icónica al conquistar Salto Fino abajo.

Según el plan inicial, esa noche debíamos acampar en Quibiján con un puerco a nuestra disposición. Por ello, aunque llevábamos alguna comida de más, no era la suficiente como para reponer las energías de la agotadora jornada. A ello se le sumaba que la comida del día anterior había sido escasa. Con las linternas alumbrando, sacamos lo que teníamos, que se resumía en unas latas con unas pequeñas albóndigas y el energético compuesto por leche en polvo, galleta molida, azúcar y chocolate en polvo. También quedaba una barra de dulce de guayaba, pero la dejamos para del desayuno del día siguiente. Al formarse el tiroteo, por persona tocó a dos albondiguitas, dos puñados de energético y dos buches de agua. Es decir, el “dos” era el número mágico en el “suculento” tiroteo.

Luego de sacar los nylon para protegernos de la humedad, no quedaba más que intentar dormir en aquellas nefastas condiciones, con aquella hambre sin matar y aquella sed sin saciar; y que el amanecer llegara pronto, lo cual parecía una quimera. Realmente, era imposible hallar una posición donde algún tronco no nos molestara. El escaso sueño que se lograba, duraba el tiempo de soportar la incomodidad de un tronco sobre la espalda, una pierna entumecida, un músculo montado o un deslizamiento debido a la pendiente del terreno. Solo el tremendo cansancio posibilitaba los intermitentes pestañazos. Pero la incomodidad no andaba sola. A ella se le sumaba una incertidumbre por lo que vendría en la próxima jornada. ¡Cómo rayos saldríamos de aquel perdido lugar!, era una preocupación que nos golpeaba a todos.

En la jornada que estaba llegando a su fin, una de las más duras en la historia de Mal Nombre, Ale había “celebrado” su cumpleaños por todo lo “alto”. El muchacho demostró cuánto había madurado como guerrillero desde su primer Turquino seis años atrás. A su vez, las tres mujeres del grupo, Ana, Magela y Yanieyis, estuvieron a la altura de las circunstancias, sirviendo de impulso para el resto.

Por allá por el poblado de Quibiján, acampados en una espléndida playa, otros trece malnombristas más los del grupo Extremo que ya habían terminado su guerrilla tras descender el arroyo del Infierno con el equipamiento adecuado, esperaban por los doce perdidos. Y las raciones de puerco también esperaban por nosotros.

(continuará la próxima semana)

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