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Salto Fino 2008 (primera parte)

Miguel Alfonso Sandelis
28 agosto 2026 | 0 |

Un paisaje del río Quibiján


Jueves 31 de julio del 2008

Tirados a la intemperie en el parqueo de la terminal de Calle Cuatro pasamos la madrugada, luego de llegar de varios días por la Sierra Maestra. Poco antes del amanecer, un camión que nos quiso cobrar a 80 pesos por persona el viaje hasta Baracoa, ahora iba a partir rumbo a Guantánamo por un precio de diez pesos. Al enterarnos que el viaje comúnmente costaba cinco pesos, le protestamos al chofer, pero este nos dijo que desde que se inició el verano el precio era diez. Nos montamos y partimos.

El amanecer transcurrió durante el viaje. Las “pescas” de los malnombristas se sucedían unas a otras por el tremendo sueño que cargábamos. A nuestros oídos llegó el siguiente comentario entre dos pasajeros, que hacía alusión a nosotros: “Eta gente no se baña.”

Llegamos a Guantánamo y nos apeamos en la rotonda que está ubicada después de pasar el río Guaso. Allí compramos unos panes con jamón, que nos sirvieron de desayuno. Después cogimos un camión que nos llevó hasta la rotonda del Pedagógico, que está en la salida este de la ciudad.

Al llegar, nos ubicamos en una parada techada y de inmediato paró una guagua de turismo que iba para Baracoa. Corrí hasta la guagua y, al saber que el precio del pasaje era de 30 pesos por persona, miré hacia el grupo dudando en avisarle. Esos instantes que perdí propiciaron que se montara otra gente, de modo que ya no cabía completa la malnombrada, por lo que perdimos la mejor oportunidad de la mañana.

Un tipo que se dedicaba a gestionar transportes por cuenta propia, nos habló de un camión que nos llevaría hasta la cuidad primada por 20 pesos cada uno. Nos dijo que lo siguiéramos. Atravesamos la rotonda y nos sentamos en una acera del otro lado. Pero el camión partió, según el chofer, para echar combustible.

Como el tiempo pasaba sin que apareciera el dichoso camión, volvimos a la parada inicial, pero Carlos Manuel, es decir, Blas, se quedó en la rotonda sacándole la mano a todo carro que pasaba. Lo más interesante era su estalaje: una pachanguita anunciando “Hollywood”, una bolsita con una correa cruzada sobre uno de sus hombros y un palo largo que le sirvió de bordón en la Sierra Maestra. Con aquella facha, el Blas lo mismo le pedía botella a un camión, que a una moto, que hasta a un ciclista.

La mañana en la rotonda fue escenario propicio para que los malnombristas compráramos de cuanto allí vendían de comer. Pizzas, frozzen, refresco, frituras y panes con tortillas devoramos insaciablemente.

Pasado el mediodía el camión estuvo de vuelta. Corrimos hasta donde estaba y nos enteramos que cobraba 30 pesos por persona. Le discutí al chofer que lo habíamos cuadrado a 20 pesos. Entonces el hombre llamó a Rayner, el ECO, y me dijo que él había cuadrado a 30 con Rayner. Como el ECO no dijo nada ya yo no tenía más nada que discutir. Aunque éramos 34, pagué por 30, descontando a los niños. Subimos, nos sentamos, subió más gente y por fin partimos.

La carreta que adelantó a los niños, a Ronny y a los bultos.

Comenzó el largo trayecto hasta Baracoa pasando un mediodía bastante soleado. Por el camino conocimos a un grupito de estudiantes de la facultad de Geografía de la Universidad de La Habana. Con ellos también iba una colombiana que estudiaba Derecho y un español que hacía un post-grado, ambos también en la UH. El grupito iba también en busca de Salto Fino, pero antes pasarían un día en Baracoa. El español era bastante locuaz.

Un alto en el camino permitió comprar unos mangos. Subiendo La Farola sobrevino otro alto junto a una aguada para echarle agua al radiador del camión. Refrescado el motor, seguimos la marcha y una nueva parada se produjo en el Alto de Cotilla y allí nos dimos un buen atracón con peter, cucuruchos de coco, panes con variedad adentro y plátanos maduros. La bajada de La Farola se nos fue cantando canciones de la nueva trova y rematando con temas de bares y cantinas.

Entramos en la ciudad primada y el camión fue directo hasta la terminal intermunicipal. Nuestra prioridad era seguir para Quibiján, pero nada saldría a esa hora de la tarde rumbo al intrincado poblado.

Yo había coordinado con el Partido Municipal en Baracoa para que nos consiguieran un lugar donde quedarnos y también para que la guagua nos recogiera en la sede del Partido para salir rumbo a La Habana al concluir la guerrilla. A partir de ese contacto, el Miky, un integrante del grupo de excursionismo ECO, quien participaría en la segunda parte de la guerrilla, debía esperarnos en el Partido para reencontrarse con nosotros. Rayner llamó al Partido desde la terminal y habló con el Miky. Después me pasó el teléfono y el Miky me dijo que el Partido había coordinado que nos quedáramos en Tabajó.

Nuestra idea era tener un lugar donde quedarnos a nuestro regreso de Salto Fino, para poder pasear Baracoa y regresar en la noche a acampar. Pero Tabajó es un poblado que se haya en el camino a Quibiján, bien alejado de Baracoa. Le dije al Miky que el lugar no nos convenía y que él debía venir a la terminal a encontrarse con nosotros para seguir juntos.

Estando en la terminal, a Alfredo se sintió febril y Adognis lo inyectó, tal y como lo había hecho al bajar de la Sierra Maestra el día anterior. Aprovechando el tiempo de espera, Monty. Wilfredo, Jackmel y yo jugamos fútbol al sol, contra unos muchachos de la zona en el parqueo de la terminal. El terreno de juego estaba empedrado, no obstante yo jugué descalzo, pues mis pies tenían un buen fogueo. Después Ichi entró a jugar y anotó un gol que nos dio una victoria. El segundo juego lo perdimos. Casi al final entraron a jugar Maikel y Adognis con botas, haciendo mucho más peligroso el juego para los contrarios.

Al volver a reagruparnos en el salón de la terminal, nos confirmaron que nada saldría par Quibiján y a las siete nos dirían si al otro día saldría el transporte regular. El chofer de un camión particular se comprometió a llevarnos más tarde rumbo a nuestro destino.

Al poco rato se apareció el Miky para sumarse a la tropa. A su vez, el Blas, se despidió del grupo, pues no iría a Salto Fino y, en cambio, se pasaría unos días en Baracoa. Como el camión de la promesa no aparecía, la gente comenzó a inquietarse, pues querían salir de la terminal a buscar algo que comer. Yo aguantaba la presión sin ceder, pues si se desperdigaban y se aparecía el camión, perderíamos la oportunidad. En una casa cercana vendían panes y refresco y el “asalto” al lugar no se hizo esperar.

Aurora estaba desesperada por el churre que traía encima y me pidió que la dejara ir a la playa a darse un baño, aunque fuera con agua salada. Cedí ante el pedido y ella se fue con la compañía del Blas, quien tenía pocas ganas de alejarse del grupo. Amos hicieron rápido el viaje y regresaron sin contratiempos. Ya de vuelta, el Blas volvió a despedirse de la tropa.

Como la tarde se iba esfumando sin tener transporte a mano, Ichi subió las escaleras que llevan hasta el ranchón y se dirigió a la casa de Edgard y Maribel, dos amigos de Mal Nombre. Allí encontró a la pareja y le pidió que nos dejaran quedarnos esa noche en el patio de su casa, a lo que accedieron los hospitalarios amigos.

A pesar de la inyección, Alfredo seguía sintiéndose mal y Lizet partió con él rumbo al policlínico. Si Alfre no mejoraba, correría un gran riesgo yendo para Salto Fino.

A las siete de la noche nos aplazaron una hora más la noticia de si saldría o no un transporte para Quibiján al día siguiente. A esa hora, el desespero en el grupo era grande. El chofer de un segundo camión nos anunció su salida para nuestro destino, pero finalmente también embarcó. Nada nos salía bien en la “dichosa” tarde. Yo seguía aguantando a la gente, pero el barco me hacía aguas.

Ana, Magela y Lorenzo salieron a buscar a Alfredo y a Lizet en la dirección del policlínico. Del churre que llevaban encima, un hombre le dijo a Magela que tenía “un bañito para ella”. Mientras los buscaban, Alfredo y Lizet regresaron a la terminal y al poco rato regresó también el trío buscador.

Con el hambre por las nubes, un grupito dio un corto periplo en busca de comida. Entre ellos estaba Katy, quien aprovechó para comprar una tienda de campaña a un buen precio.

A las ocho de la noche tuvimos una noticia segura: no saldría nada para Quibiján al día siguiente. No quedaba más que subir a la casa de Edgard y Maribel, y eso hicimos. Al llegar, fuimos muy bien recibidos por los anfitriones y, tras dejar los bultos en el portal y por el patio, invadimos el enorme tanque de agua que hay en las cercanías, para quitarnos el churre que comenzamos a acumular desde nuestra partida del caserío de Manguito en la Sierra Maestra, un día y medio atrás. Tras la delicia de restregarnos con agua y jabón y de vestirnos con ropa limpia, partimos a recorrer la ciudad en busca de comida, con la noche invadiendo a Baracoa y dejando las mochilas en la casa a buen resguardo.

Salimos por grupitos y comimos de cuanto hallamos. En un momento nos reagrupamos casi todos en el parque principal y el comentario generalizado era haber visto al Blas por todos lados. Antes de la medianoche cogimos el camino de vuelta y, con el sueño encima, nos tiramos en el portal y en el patio de la casa de Edgard y Maribel.

Viernes 1ro. de agosto

Pasó la noche tranquila y al aclarar nos levantamos. Recogimos todo y partimos 34 malnombristas, aún sin desayunar. Bajamos hasta las escaleras, y por estas hasta la calle. Bordeamos la ciudad por la calle sur que pasa frente al hotel El Castillo. Atravesamos el puente sobre el río Macaguanico, pasamos por el entronque del Turey, justo donde Yudimí se desmayó en el año 91, y seguimos hasta una parada ubicada a la salida de Baracoa, donde un Amarillo brindaba esperanzas para seguir en camino en algún transporte. En un quiosco que había en el lugar compramos pizzas y refresco y a una mujer le compramos pastelitos de guayaba. Así nos garantizamos el ya ansiado desayuno.

Poco tiempo después paró un camión, pero solo iba hasta Manayabo, un lugar bien cercano, por lo que lo desechamos. Como mínimo, nos iríamos en algo que nos llevara hasta la entrada del terraplén a Quibiján.

Lorenzo vio un camión de Flora y Fauna entrando en el Turey y fue hasta allá para hablar con el chofer, pues él había trabajado en la Empresa Nacional de Flora y Fauna. Al rato fui a buscar a Lorenzo y entré en el reparto, que estaba formado por edificios. Comencé a darle gritos, pero no me respondía. Sentí entonces un camión arrancando en la carretera y salí a la carrera. Le caí atrás al camión, que se detuvo en la parada donde estaba el grupo. Mi preocupación porque Lorenzo no aparecía se esfumó al verlo montado en el transporte.

El camión iba hasta el entronque con la carretera a Quibiján y tenía una caseta atrás para llevar gente. Comenzó la subida con los niños y las mujeres de Mal Nombre, pero ya adentro había pasajeros y la apretazon era cada vez mayor. Una mujer que no había subido, dijo que era impedida física y yo le respondí con un caminado de cojo profesional, no quedándole a la mujer otro remedio que reírse.

Siguieron subiendo malnombristas, pero cada vez se hacía más difícil. Al ver la situación, Wilfredo soltó una frase que después le costaría: “Ahí no cabemos.” Yo le respondí que eso no se decía, pues la única forma de no caber era creyéndoselo. Los últimos entramos casi horizontalmente, pero ningún malnombrista quedó abajo.

Partió el camión y la estrechez en la caseta era tal, que el aire estaba enrarecido. Pasamos Manayabo y llegamos ― por suerte ― sin mucha demora al entronque con la carretera de Quibiján. Nos bajamos los malnombristas junto a un caney. Según nos comentaron, la forma cónica del techo de los caneyes disminuye el efecto de los fuertes vientos, al evitar que estos golpeen frontalmente sobre una superficie plana.

Bajo un fuerte sol, entramos por el terraplén a Quibiján y a unos 200 metros acampamos a la derecha sobre una hierba, bajo una arboleda, para quedarnos a la espera de algún transporte. El plan del día era llegar al arenazo del río Quibiján, que sirve de base para la búsqueda de Salto Fino, por supuesto, pasando antes por el poblado de Quibiján.

Aurora aprovechó la sombreada espera para adentrarse en la arboleda, que estaba poblada por matas de cacao, mango, algarrobo, guayaba y jobos, entre otras especies.

En la esquina del entronque del terraplén con la carretera vivía el chofer de un camión Maz-500 pero, al visitarlo, no lo hallamos en la casa. Pasado el mediodía llegó el hombre a la casa, pero nos dijo que no tenía combustible.

En medio del ocio, Patry y yo nos adentramos también en la arboleda y cargamos un pulóver de guayabas, que luego repartimos en el grupo. A unos cientos de metros de donde estábamos se ubicaba una unidad militar y escogí un dúo formado por Magela (fémina) y Ale (niño), para que me acompañaran a gestionar allí un camión, pero nada logramos.

A las tres de la tarde, bajo un fuerte sol y luego de la infructuosa espera, decidimos comenzar a caminar por el terraplén que se extiende por más de 20 kilómetros hasta llegar a Quibiján. Pero el sol pronto se escondió y una breve lluvia nos humedeció la marcha. A la derecha de la vía, en bajada, vimos un tractor con una carreta donde cabía toda la tropa. Encontramos al hermano del chofer trabajando en un monte y nos dijo que el hombre no estaba. Algunos fuimos a la casa del chofer y allí hallamos a la mujer, quien nos explicó que había ido a Baracoa a un banco y a buscar petróleo, y debía regresar esa tarde. Pero no estábamos para más espera, por lo que le dijimos a la mujer que haríamos estancia en una tienda cercana, justo en el mismo lugar donde el año anterior el cuarteto de malnombristas recibió una gentil ayuda de Mirta, la bodeguera.

Continuando la marcha, luego de haber escampado, nos pasó por el lado una carreta halada por un caballo y convencimos al carretero para que llevara las mochilas, a los niños y a Ronny para que bajara la carga al llegar a la ya cercana tienda. Con el vaivén de la carreta, se cayó la mochila de Raine y su hermano la recogió y la volvió a montar. Llegó la carreta a la tienda y al poco rato llegamos los caminantes.

Unas galletas y unos grandes queques, vendidos en la tienda-bodega, sirvieron para aplacarnos el hambre. Raine, Yanieyis y yo saludamos a Mirta, quien recordó nuestro paso por el lugar un año atrás. Solo faltaba Yisel en la nueva ocasión.

De pronto, como caído del cielo, se apareció un súper Kamaz que iba para Quibiján. Montarnos y partir en aquel envío de “La Estrella” fue una misma cosa. Al fin relajados, hicimos el recorrido hasta La Perrera, donde, aprovechando un alto, Ichi se bajó, fue hasta un comedor, llenó un pomo de agua, regresó, y el pomo fue vaciado al momento, pues la sed era notable en el grupo. Ronny se bajó entonces con igual misión, llenó otro pomo y viró también con unas piñas cubanas que al momento fueron picadas y repartidas en trozos entre los malnombristas.

Siguió el camión su marcha, subió una loma y después bajó la larga pendiente que lleva hasta el poblado de Quibiján. Al fin terminaba el angustioso viaje que comenzó al pie de la Sierra Maestra dos días atrás. Nos bajamos frente a la bodega e Ichi habló con el chofer para que nos recogiera el jueves siete en el mismo lugar a las diez de la mañana, a nuestro regreso de Salto Fino. Dudosa gestión aquella con tantos días de antelación.

Sin perder tiempo, fuimos hasta la cafetería y allí nos dimos banquete con coquitos, torticas y una tal “pasta cubana”, que era una barra hecha con harina, con cierto sabor a chocolate. Mientras invadíamos la cafetería, Maikel y Adognis fueron a la casa de Rafael, un amigo de ellos, que vivía del otro lado del río Quibiján. En la casa de Rafael debían encontrarse con dos amigos habaneros, Baldoquín y Teherán, el primero, un profesor de Rescate y Salvamento, y el segundo, un actor, que recién había protagonizado una telenovela sobre bomberos. Pero los dos amigos no habían llegado y regresaron Maikel y Adognis con la propuesta de que el grupo entero acampara en la casa de Rafael.

La casa de Rafael en Quibiján

Yo me negué diciéndoles que el plan era acampar en el arenazo del Quibiján, pues al día siguiente partiríamos temprano en busca del sitio desde donde cae el agua de Salto Fino, es decir, Salto Fino arriba. Maikel, Adognis y Aurora, los tres del grupo Extremo, decidieron quedarse en la casa de Rafael, pero nos aseguraron que estarían al otro día en el arenazo antes de que saliera el grupo de exploración.

Partiendo el grupo de la cafetería, comenzó a llover, como para ponerle más tensión a mi decisión. Alfredo se me acercó y me propuso acampar en una casa más adelante, pero la escampada llegó pronto y continuamos la marcha con menos tensión.

A diferencia de los dos años anteriores, hicimos dos cruces de más del río Quibiján por seguir el desvío de un trillo. Al pasar Roque y Wilfredo junto a una casa, una mujer se les acercó y les dijo que a veces el río baja crecido sin avisar, y remató con la frase: “Ustedes están locos.” ¡¿Qué pensarían aquellos dos guerrilleros, que nunca habían visto un río de montaña crecido?!

Cruzando el río Quibiján con llovizna

Después de seis cruces de la corriente, comenzamos a caminar por la orilla izquierda sobre piedras. Luego iniciamos el ascenso de la loma que evita el largo desvío del río. Hicimos un alto en la altura y descendimos hasta la orilla. Atravesamos una aguada y cruzamos el río por séptima y última vez. Rebasamos los monumentos de los combatientes caídos en la lucha contra bandidos, avanzamos sobre piedras, pasamos un tramo llano, rebasamos otra aguada y llegamos al arenazo previsto para acampar.

De inmediato salieron afuera las tiendas de campaña y comenzó a conformarse el campamento. Propuse hacer comida fría, pero Alfredo, ya convaleciente de su enfermedad, estaba “fuera de caldero” y se opuso a mi propuesta.

La primera acampada en el arenazo del Quibiján.

Siguiendo el orden que traíamos de la Sierra, comenzó el grupo Dos de cocina a preparar la comida, con Ichi de guía, y se le sumaron otros guerrilleros a los que no les tocaba cocinar. Se buscó leña, se acomodaron los calderos, se levantó la candela y una buena tanda de espaguetis cayó dentro del agua caliente. Nos llamó la atención la ausencia de tábanos en la tarde. Abrimos varias latas con pescado y al anochecer armamos el tiroteo, completado con refresco. Luego el sueño silenció la noche malnombrista.

(continúa la próxima semana)

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