La trigésimo primera Conferencia de las Partes (COP 31) de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre Cambio Climático, a celebrase del 9 al 20 de noviembre en la ciudad de Antalya, Turquía, es uno de los eventos clave en materia ambiental, pues define el rumbo de los compromisos contraídos por los países en este sentido.
Uno de los aspectos a tener en cuenta en estas reuniones, donde se planifica cómo dar cumplimiento al Acuerdo de París (AP), es lo que dice la ciencia en relación a los impactos climáticos, cada vez más severos.
El informe “Limitación del sobreimpulso”, publicado en septiembre por el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA), advierte que pese a los avances para abordar el cambio climático, “el aumento de la temperatura global se encamina a cruzar los 1,5 °C por encima de los niveles preindustriales”, en los próximos años.
De igual forma, analiza los riesgos e impactos asociados a niveles más altos de calentamiento. También, las vías de mitigación necesarias para limitarlo y permitir que las temperaturas disminuyan, y cómo los enfoques de adaptación y desarrollo deben responder a las condiciones cambiantes.
La prioridad, señala el documento, debe estar enfocada en que el sobrecalentamiento y el pico de calentamiento sean lo más breves y bajos posible. En este aspecto, el escenario más optimista prevé un aumento máximo de la temperatura de 1,8 °C, mientras el resto pronostica cifras más altas.
Los datos aportados refieren que con un “calentamiento de hasta/menos de 3 °C, los glaciares podrían perder más de una cuarta parte de su masa para 2100, elevando el nivel del mar 12,5 cm, mientras que los ecosistemas degradados o fragmentados pueden acelerar el cambio climático”.
Esto provocaría una intensificación de los fenómenos meteorológicos extremos, pérdida de ecosistemas e inundación de los pequeños Estados insulares en desarrollo (PEID) y de las ciudades costeras de baja altitud sobre el nivel del mar.
Este incremento también traería graves daños para la salud humana, la seguridad alimentaria, los suministros de agua, la naturaleza, las infraestructuras y las economías, pues la producción mundial de alimentos podría disminuir hasta un 14 por ciento para 2050, en ausencia de medidas eficaces de adaptación.
No habrá resultados favorables si se permanece por encima de los 1,5 °C, asegura el documento. “Los riesgos e impactos se intensifican con cada fracción adicional de grado”, y “nuestra superación de umbrales se vuelven difíciles o imposibles de revertir en escalas temporales humanas”.
Entre los posibles puntos de inflexión expuestos en el informe, se encuentran cambios irreversibles en las capas de hielo, en la circulación de vuelco meridional del Atlántico (AMOC, por sus siglas en inglés) y en el bosque lluvioso amazónico.
Seguir la vía de “sobrepaso, pico y descenso” es la mejor opción para minimizar la magnitud y duración de este sobreimpulso e intentar que las temperaturas vuelvan a situarse en o por debajo de los 1,5 °C, lo antes posible.
Mitigación y adaptación
Otra de las cuestiones abordadas en el texto publicado por el PNUMA es la interdependencia que existe entre mitigación y adaptación, dos acciones que no deben verse por separado.
“Una mitigación insuficiente podría limitar la adaptación, cuando los riesgos climáticos se vuelvan tan graves que esta deje de ser una opción viable”.
Mientras, “las medidas de adaptación que implementemos ahora constituyen la base de los esfuerzos futuros, pero deberán ser transformadoras y capaces de responder a riesgos no lineales y que surjan abruptamente, incluidos aquellos que perjudicarán a los trabajos de mitigación”.
Los científicos contemplan tres etapas que pueden “coexistir en el tiempo y en distintos contextos geográficos: respuesta inmediata; fase de gestión y contención; y resiliencia a largo plazo”.
Estas tienen como objetivo minimizar el aumento máximo de la temperatura mediante reducciones rápidas y sostenidas de las emisiones de gases de efecto invernadero, incluyendo el metano, y que se logre volver a situarlas por debajo de los 1,5 °C, antes de finales de siglo mediante emisiones netas negativas sostenidas a largo plazo.
Además, de “estrategias, prácticas y técnicas de remoción de dióxido de carbono (CDR, por sus siglas en inglés), pero no como sustituto de una reducción insuficiente de las emisiones”, pues aunque necesaria, no es la solución definitiva porque solo contribuye con unas décimas de grado a la reversión del calentamiento global este siglo.
El documento también plantea que, aunque no sabemos cómo será el mundo en el caso de una disminución de las temperaturas y el clima se estabilice, sí se conoce que si se supera el 1,5 °C, los cambios en los sistemas ecológicos y humanos serán enormes e inevitables.
Y como estas transformaciones planetarias suelen desarrollarse a ritmos diferentes, saber qué cambiará (aumento del nivel del mar, deshielo de la criosfera, extinción de especies, alteraciones de los ecosistemas, desplazamiento de la población, los cambios en los sistemas alimentarios e hídricos…), cuándo y a qué escala resulta una gran incógnita.
El informe señala que una sólida voluntad política, el multilateralismo, una gobernanza inclusiva y financiación son condiciones esenciales para la acción. Y que la equidad y la justicia deben sustentar todas las respuestas.
“Los países con mayor responsabilidad histórica en la generación del cambio climático deben actuar con rapidez y determinación, y las naciones afectadas de manera desproporcionada, formar parte integral de la toma de decisiones y de la acción.
“Cada fracción de grado que se evita reduce los riesgos. Cada año que se acorta la duración del sobregiro reduce la exposición. Cada inversión en resiliencia preserva las opciones futuras”, afirma.
