Por Dr. C. Agustín Lage Dávila (tomado del perfil en Facebook del Dr. Armando Rodríguez Batista, ministro del CITMA)
El mundo vive un momento extraordinario y peligroso, que además evoluciona rápidamente: Se ignora el derecho internacional, se anuncian conquistas territoriales, se imponen sanciones y leyes extraterritoriales, se secuestran presidentes, se anuncian agresiones militares, se persigue y criminaliza a inmigrantes, se resucitan racismos, se miente con sofisticadas herramientas informáticas. Contra Cuba se refuerza el bloqueo más largo y cruel de la historia humana.
En todo esto, complejo y multicausal, hay una causa protagónica que cada vez más gente comprende: los Estados Unidos se han convertido en un problema para el mundo. Son el cuatro por ciento de la población mundial y concentran el 35 por ciento de la riqueza. Tal disociación solamente es posible mantenerla mediante el ejercicio del poder puro y duro.
Es lo que están haciendo. Y no es un fenómeno “coyuntural”, ni depende de la política de un partido político, ni de las patologías de sus dirigentes del momento: es la consecuencia esperable de tres siglos de construcción de desigualdades por el capitalismo y el fundamentalismo de mercado. Es lo que deriva de un sistema social basado en la propiedad privada y en la competencia depredadora entre los hombres. Rosa Luxemburgo formuló en 1916 la alternativa de “Socialismo o Barbarie”. Ante esa misma alternativa estamos.
La pregunta esencial es si la humanidad habrá sido capaz de acumular cultura y valores suficientes como para detener esas tendencias y construir alternativas. Cuba y los cubanos hemos estado, también desde hace siglos en la punta aguda de esa batalla. Así lo vio Martí en el Siglo XIX, así lo vio Fidel en el Siglo XX, así lo vemos millones de cubanos hoy.
Y la ciencia cubana, y sus científicos, tecnólogos e innovadores somos parte de esa batalla que hay que ganar, con las armas y con las ideas. “De pensamiento es la guerra mayor que se nos hace, ganémosla a pensamiento”, escribió Martí en 1895. Repitámoslo hoy. Y ganemos esa batalla con resultados concretos.
La Ciencia es un método estructurado de pensamiento para construir conocimiento nuevo y es una conquista de la cultura.
Debemos ser capaces de enraizar el método científico de pensamiento en la cultura cubana y conducir los debates de la vida cotidiana absorbiendo el conocimiento precedente donde quiera que esté, midiendo con objetividad los fenómenos que componen nuestra realidad, razonando con datos, diseñando alternativas con hipótesis comprobables, sometiendo a crítica objetiva las decisiones y evaluando el impacto de todo lo que hacemos. La necesitamos para las batallas de hoy.
Debemos ser capaces también de desplegar un sistema empresarial que sea en lo esencial propiedad socialista de todo el pueblo y que contenga empresas de base tecnológica que conecten la creación de conocimiento con la utilización práctica del conocimiento creado, con bienes y servicios de alto valor agregado con los que insertarnos en la economía mundial, cada vez más “globalizada”.
Debemos asimilar las nuevas tecnologías de la cuarta revolución industrial, y crear para ello la cantidad de empresas que sea necesaria, que emerjan de las empresas actuales o que deriven del sector académico. Serán muchas, y deben ser un espacio de creatividad, motivación y crecimiento para la inteligencia cubana, y un dispositivo de conexión con el mundo.
Debemos enfrentar el desafío energético con nuevas tecnologías de generación, distribución y almacenamiento de energía.
Debemos enfrentar el desafío de la producción de alimentos con un dominio cada vez mayor de los nuevos conocimientos y tendencias de las ciencias biológicas y de la potenciación entre las ciencias biológicas y las ciencias de la información.
Debemos enfrentar el desafío demográfico y salubrista, entendiendo cada vez mejor las dinámicas del envejecimiento poblacional en Cuba, los determinantes biológicos y sociales de la salud y su interacción con el medio ambiente, y capturar las grandes posibilidades de intervención sanitaria que esa interacción genera.
Esas tareas demandan fortalecer las dos herramientas básicas para el desarrollo científico: cultura e institucionalidad, y la potenciación entre ambas. Ninguna de las dos funciona por separado.
Y todo eso es para hoy. Pretender por acción o por omisión, que para el fortalecimiento de nuestro desarrollo científico y tecnológico “no hay condiciones ahora”, sería un error colosal que las próximas generaciones de cubanos no nos perdonarían. No se trata de ocuparnos de la resistencia O del desarrollo, sino de ambas cosas a la vez: la resistencia Y el desarrollo.
El Centro de Inmunología Molecular lo construimos desde el fondo del Periodo Especial (1991-1994), con los científicos y tecnólogos trabajando junto con el contingente de constructores, y yendo allí en bicicleta. Y ahí está hoy, haciendo ciencia, formando jóvenes científicos, ingresando divisas, contribuyendo al control del cáncer y otras enfermedades, produciendo alta tecnología y expandiéndose en el mundo con nuevas instituciones.
Esa capacidad de resistir y construir está en las raíces de nuestra cultura. Lo mismo indicó Martí en 1892 cuando preparaba la Guerra Necesaria: “La obra es ahora y extraordinaria, y hay que atenderla ahora, con un esfuerzo extraordinario”.
