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El “casi” Pico San Juan del 2007

Miguel Alfonso Sandelis
29 agosto 2025 | 0 |
Domingo 29 de julio del 2007

Al llegar a un alto del fangoso camino, vimos algo inesperado: una carretera salida de no se sabía dónde. ¿Para dónde iba aquello? ¿Qué había pasado con nuestro rumbo? Esa mañana habíamos partido 29 malnombristas desde el poblado del Nicho en busca del Pico San Juan, el primer objetivo de la guerrilla de verano del año 2007.

Un carro nos pasó por delante, como para demostrar que había tráfico por la zona. Una escuelita ubicada hacia la derecha, en la otra orilla de la carretera, me compulsó a averiguar. Mientras, la gente se sentó bajo un pinar, tras cruzar la calle.

Rodeada por una cerca de madera y con un jardín en la delantera, la escuelita mostraba un aspecto sencillo y agradable. Una profesora me aclaró las dudas; estábamos en la carretera de Crucecitas al Nicho. Le fui con la nueva a la gente. Algunos transeúntes nos dijeron, que yendo hacia Crucecitas se hallaba el mejor camino para llegar al San Juan. Le decían “el camino de la Cuevita”. Nuevo Mundo y Mundo Nuevo eran dos lugares ubicados en dicha ruta. Pero aquello era retrasarnos de nuestra dirección.

Dos intereses comenzaron a contraponerse. Por un lado, Ichi y el Tin proponían hacerlo todo por carretera. Es decir, bajar el Escambray y volver a subirlo por la Sierrita, para entrarle al San Juan por Lagunitas, es decir, como lo habíamos hecho en el 98. Esa variante implicaba varias “botellas” y poca caminata. Ichi pensaba en Yuslenis, su esposa, y en Bethsy, su hija. El Tin, en su novia Karina, novata en guerrillas. Ambos argumentaban que para los que querían explorar el monte, ya lo habíamos hecho, y era hora de buscar una vía más segura.

Yo era el mayor oponente del Tin e Ichi. Que esto estaba empezando y no podía ser que al ver una carretera ya quisiéramos dejar el monte, era mi argumento. Agregaba que vinimos a una guerrilla, no a coger carretera. Raine y Yanieyis insistieron en que esto era una guerrilla. La solución fue votar, y ganó el monte por amplia mayoría.

Noslén era una muchacha también de estreno, que había sido invitada por el Rafa. Ella no comprendía cómo había que volver al monte. Su comentario al terminar la votación quedó para la historia: “Ahora entiendo a los aberrados sexuales.”

Y los “aberrados” volvieron al monte. Regresamos por el camino hasta el bohío y allí un guajiro nos orientó cómo hallar el trillo que cruzaba el río. Seguimos desandando la senda antes de encontrar el cruce del río. Antes de subir la buena pendiente que nos esperaba, un chapuzón no venía mal.

Después de refrescar, comenzamos a subir por donde un arroyito le regalaba su agua al río. Pronto el frescor del baño se convirtió en sudor. Al principio íbamos con baja vegetación a los lados. Luego llegamos a un mirador natural desde donde se divisaba un asomo del río Hanabanilla, poco antes de su encuentro con la presa. Hery, como buen papá, cargaba a Lian (el menor de los 7 niños de la tropa, con 3 añitos) la mayor parte del tiempo.

Luisito comiendo una pera cubana o albaricoque

Más adelante nos detuvimos ante el bohío de Sarmientos, aquel campesino conocido en el 2002. Allí estaba él con su esposa. Nos comentó sobre los destrozos causados al monte por el ciclón Michel. Detrás de la casa había una mata de albaricoque, conocida en el Escambray como pera cubana. Esta fue la atracción de Luisito, y hasta que no le tumbamos un montón de aquellas frutas rojas por fuera y blancas por dentro, con sabor a agua dulzona, el chama no quedó conforme.

Aprovechamos el alto para tomarnos unos riquísimos batidos de guayaba y de plátano aún fríos, cargados en pepinos, que fueron gestionados por el Tin en el pueblo del Nicho. Un delicioso café montuno, ofrecido en la casa, completó la merienda.

Con las mochilas nuevamente en las espaldas y una perrita de compañía que se nos pegó, emprendimos la subida que le sigue al bohío. Las lajas de piedras sobre la senda complicaban la subida. Más arriba llegó el tramo empedrado, cual adoquines del monte. Luego un faldeo por la izquierda nos regaló otra vista del río Hanabanilla, tras ensancharse. Llegamos a un espacio con hierba, donde un hermoso caballo carmelita, de crin y colas negras, relinchaba a sus anchas. Era un bello espectáculo del que Raine tomó imágenes en video.

Yo buscaba el bohío donde hallamos a la joven pareja con la niña en el 2002. Estábamos ante un entronque; uno de los caminos regresaba por la izquierda y el otro seguía adelante. Cogí por el que regresaba, mientras la tropa esperaba sentada, disfrutando del espectáculo del caballo, que parecía inquieto al vernos.

Di con el lugar donde estaba el bohío, pero solo los cimientos habían quedado como huellas. Regresé al grupo y continuamos el camino que llevábamos. Un trillo por la derecha, nos hizo husmear a Yisel y a mí. Avanzamos por él hasta dar con un muro de piedras hecho evidentemente por la mano del hombre. Pero el camino se cerraba. A la derecha, en la altura, un pinar se elevaba para recordarme que en el viaje anterior pasamos cerca de él.

Volvimos con la gente. Seguimos en descenso, rebasamos una aguadita, a la que le continuó una pequeña lomita, y nos aparecimos ante una casa sin techo. Aquella casa y los cimientos del bohío parecían mostrar los estragos de Michel a su paso por el Escambray. No encontrar un camino bajo el pinar, parecía ser otra huella del ciclón. Este hecho era más preocupante, pues ponía en serio peligro la llegada en el día al San Juan, como sí lo hicimos en el 2002.

La casa tenía piso de placa. Constaba de dos habitaciones, más la cocina. Algunas paredes habían resistido malamente los embates del viento. En su inmediatez, una mata de guayaba se alzaba, pero un espacio de tierra ampliaba las posibilidades para una acampada. Cerca, una aguada le sumaba un requisito indispensable para hacer un buen campamento, pero a pesar de que el mediodía había pasado, aún era muy temprano para acampar.

Se imponía hacer una exploración y partimos siete con ese objetivo. Yaser, Yisel, Sosa, Jackmel (el Arquitecto), Piri, Alejandrito y yo conformamos el piquete explorador. Piri y Alejandrito, aunque adolescentes, ya tenían la experiencia de la guerrilla del verano anterior.

Cogimos un trillo que partía de la aguada. Comenzamos a caminar bajo una tupida vegetación, por un terreno más llano. Las bostas del ganado indicaban que el camino y otros trillos que le llegaban, eran formados por las pisadas de los animales, más que por algún ser humano. Íbamos bajo un verdadero laberinto, al que le llegaba poca luz solar.

Hallamos un parapeto de piedras hecho por el hombre. Lugo vimos otro parapeto, que servía de sostén a un terreno sobre el que alguna vez se alzó un bohío, pero ahora solo quedaba la placa del piso. Subimos al lugar, pero nada interesante hallamos.

Jackmel bajó del montículo y la emprendió solo por una ladera, dejando debajo aquel entramado de trillos y maraña de vegetación, que perdían a cualquiera. La ladera estaba cubierta de hierba. Al tomar buena altura, la vista se le ensanchó y pudo ver por primera vez, detrás de la ladera del frente, la esfera blanca del radar del Pico San Juan.

Yaser, el Piri, Alejandrito y yo subimos por otra ladera y también presenciamos el radar sobre el pico buscado. Un concierto de gritos comenzó entonces. Primero le gritamos al Arquitecto, al cual pudimos ver en su loma. Este nos respondió. La gritería siguió, pues Yisel y Sosa comenzaron a gritarnos desde abajo. Les respondimos y bajamos. Luego subimos todos a la loma donde se hallaba Jackmel y desde allí gritamos hacia la dirección que creíamos se hallaba el bohío destechado, donde estaba el resto de la tropa. Una voz nos respondió, que creímos fue la de Raine.

Realmente, la búsqueda del San Juan se había complicado bastante. Si no aparecía pronto un camino que nos avanzara en dirección al Pico, sería impracticable arriesgarse a continuar caminando esa tarde. Bajamos los siete y, luego de explorar una estrecha cuevita, conformada por una rajadura de la montaña. Esta tenía en su interior tres niveles. Entramos unos metros, pero la cueva se estrechaba rápidamente. Recogimos del suelo un cráneo. “De un gavilán”, dijo alguien. Pero era de un reptil.

Partimos de regreso casi al trote hasta detenernos junto a un cañón que avanzaba por la derecha. Un gran árbol señalaba el lugar. Me gustó la dirección que tomaba y me adentré por él con Yisel, quien disfrutaba mucho explorar. Avanzamos un tramo y luego regresamos. Dejé una marca en el árbol grande y partimos todos de vuelta a la casa donde estaba la tropa a la espera. Había terminado aquella pesquisa y los resultados no eran nada halagüeños. Al San Juan sí lo vimos, pero cómo llegar hasta él, seguía siendo una incógnita.

Mientras esto ocurría, el Rafa había subido una lomita que había detrás de la casa, para tener una vista panorámica. Luego cogió un trillo que surgía desde un lateral de la casa, avanzó unos metros sobre terreno más bien llano y entonces comenzó a subir por un camino empedrado por el que bajaba una aguada. Un bosque de cañas bravas se alzaba por la izquierda del mojado camino. Avanzó un tramo y luego decidió regresar en lo que el septeto también volvía a la casa.

Una decisión se tomó antes de continuar cualquier otra exploración: acampar ya en el lugar donde estábamos, para pasar la noche. El grupo Tres de cocina no perdió tiempo en buscar leña. La cocina de la casa tenía buenas condiciones para plantar los calderos, y como aún le quedaba ceniza de carbón, pronto la candela se alzó. Junto a Raine, Ichi se sumó ayudando en la cocina, aunque no le tocaba. Pero su gran experiencia cocinera siempre era bienvenida.

El Rafa ya me había contado de su exploración y subí con él y con Yaser la lomita ubicada detrás de la casa. El pinar, un poco más arriba, se veía completo. Hacia adelante imaginaba la dirección del San Juan, pero sin ver la esfera del radar.

Bajamos, y sin demora, el Rafa y yo partimos por el camino que este había descubierto. Eran las seis de la tarde y nos dimos una hora para avanzar y otra para regresar, y de ese modo evitar que nos cogiera la noche andando.

Rebasando la aguada por el camino empedrado, dimos con un entronque y nos dividimos. El mío, el de la derecha, pronto se cerró y regresé para reencontrarme con el Rafa. Continuamos juntos por el camino que él llevaba, sorteando, a veces con poca suerte, las hojas de chichicate que nos salían al paso. No solo la hoja de esa planta causa estragos, pues su tronco lleno de espinas, suele tomarse como agarre, inconscientemente.

Otro entronque nos sobrevino y otra división exploradora decidimos, pero pronto nos juntamos, pues se unían los trillos. Más adelante, un trillito subía por la izquierda y la emprendimos por él, pero pronto acabó sobre una altura pedregosa y enmarañada de vegetación. Bajamos, seguimos y un nuevo entronque nos puso en otra disyuntiva. Realmente el entronque era formado por un triángulo de caminos.

Nuevamente nos separamos y la derecha fue otra vez mi dirección. Bajé hasta un tramo más llano y me gustó la dirección para seguir. Regresé a buscar al Rafa, pero ya no lo veía. Luego de azorar unas vacas atravesadas en el camino, el Rafa había seguido avanzando, hasta que un nuevo entronque lo llevó a tomar la derecha y a comenzar a subir una fuerte pendiente enyerbada. Al conquistar una buena altura, logró ver el Pico San Juan.

Mientras, yo continuaba en su búsqueda, cuando otro dichoso entronque me hizo explorar por la izquierda hasta llegar a una talanquera. ¿Un bohío por allí? Aunque lo pensé, no debía perder tiempo, pues la noche ya era una amenaza. Regresé, le grité al Rafa, este me respondió, llegué hasta a la base de la loma enyerbada y comencé también a subirla. El cansancio de mi anterior exploración y las secuelas en los tobillos por el Gillain Barré que padecí en el año 93, me hicieron difícil la subida, hasta que por fin llegué a la altura del Rafa.

Al divisar el San Juan desde allí, me pareció mejor para seguir al día siguiente la ruta anterior, que me hizo descender al pequeño valle. Partimos de regreso, y tras descender sin tropiezos, llegamos al campamento poco antes de las ocho de la noche, aún con suficiente claridad. Grande era la incógnita para la próxima jornada; por ahora, acampar era lo inmediato.

Llegamos cuando el tiroteo ya se había disparado, pero, por supuesto, las cuotas de los dos exploradores estaban separadas y pudimos “fajarles” a unos espaguetis apetitosos. Algunos nos bañamos en la aguada. En mi caso, al caerme el agua con toda la frialdad que le cabe a un arroyo de montaña que corre bajo la vegetación, y con el notable esfuerzo realizado en la jornada, un fuerte escalofrío me recorrió todo el cuerpo y gracias a la ayuda de Yisel, quien me auxilió rápidamente con una toalla, pude salir del difícil trance.

La noche llegó cuando las tiendas de campaña ya estaban armadas. Solo Leyva, Jackmel, Yisel y yo no teníamos ese resguardo, pues nuestro techo era de nylon. La amistosa perrita buscó también su rincón para protegerse del frío, que ya empezaba a molestar. Un silencio cayó sobre el campamento, poniendo fin a un intenso y azaroso día. Me dormí con unas cuantas dudas en la cabeza sobre lo que nos esperaba al siguiente día.

Lunes 30 de julio del 2007

De madrugada, unos truenos lejanos le aportaron alguna tensión al sueño, pero solo una lluvia fina cayó sobre el campamento. No obstante, la humedad era alta y el frío campeaba por su respeto.

No se me ocurrió despertar a nadie al amanecer, sino cuando el calor aportado por la claridad contribuyó a desentumirnos algo. Nos fuimos levantando poco a poco, y cuando los integrantes del grupo Uno fueron a la cocina a preparar el desayuno, descubrieron a la perrita durmiendo entre los tizones. Sin dudas, pasó la noche más caliente que nadie.

Con el desayuno listo, se formó el tiroteo con leche y chocolatín, más galletas de sal con dulce de guayaba. Yaser, como uno más, cogió su desayuno, pero más tarde, cuando Mary fue a coger el suyo, pidió también el de Yaser, sin saber que él ya había recibido su cuota, y le di el buen “chucho”, como si lo hubiera hecho adrede.

A aquel “cuero” contribuía el hecho conocido por todos de que nadie come más que Yaser. Cuando en el grupo se reparte el tiroteo, se sirve una primera vez. Luego, de cada cosa que sobre, se da el doble, el triple, etcétera, hasta que se acabe. Para el triple y más allá casi siempre van quedando los mismos, según los integrantes de la guerrilla, pero siempre que Yaser está, ahí lo veremos extendiendo la mano con su módulo o plato, mientras no se acabe la comida. Y es que para llenar sus más de 1.90 de estatura, hay que echar comida adentro. De todo eso ha surgido una frase: “En Mal Nombre se reparte primero el uno, después el doble, el triple, el cuádruple y por último el Yaser.”

Después del momento de relax, recogimos el campamento y partimos por el camino descubierto por el Rafa. La perrita continuó como uno más de la tropa. Por supuesto que nunca le faltaba al fiel animalito su cuota de tiroteo.

Comenzamos a subir el camino empedrado por el que corría la aguada. Las hojas de chichicate pronto se hicieron sentir. Menos mal que su tronco es fácil de cortar con el machete, lo cual nos permitió ir despejando a la delantera. Llegamos al triángulo de caminos y bajamos por la derecha hasta llegar al pequeño valle donde el día anterior me había detenido.

El lugar era bello, custodiado a distancia por dos laderas y con una exuberante vegetación. Pasamos junto a un farallón al que le continuaba un charquito fangoso. Más adelante, Sosa y Leyva comenzaron a subir por la izquierda, según los impulsaba el camino. Algo arriba, se toparon con un entronque. Ambos trillos seguían faldeando hacia la derecha. Sosa siguió por el camino superior y Leyva por el de abajo.

Preocupado porque se enredaron en el puro monte tras perderse los caminos, comencé a gritarles, preguntándoles con frecuencia sin aún se veían claros los trillos. La tropa le fue atrás a Leyva, con la mala suerte de que su trillo pronto tuvo fin. Entonces vino un brusco ascenso “al pecho” para llegar al camino de Sosa, agarrándonos en la subida de cuanto tronco apareciera, incluyendo los espinosos troncos de los helechos arborescentes.

Por fin llegamos al camino que seguía Sosa y seguimos en ascenso bajo la elevada vegetación de la zona. Luego de sacarnos un poco de sudor, la ladera nos llevó al firme, justo donde otra ladera forma una esquina con la que llevábamos. Según el rumbo, me parecía mejor rebasar el firme de la otra ladera, pero hacia allá no había camino y creímos mejor “no dejar camino por vereda.”

El trillo nos hizo bajar hasta un guayabal crecido en otro valle entre laderas. Guayabas no había, pero un tiroteo no venía mal. Galletas de sal con dulce de guayaba y maní se juntaron para aportarnos material energético. El agua ya había que racionarla, pues no sabíamos qué nos deparaba la jornada. Mientras la mayoría descansábamos, comenzaron las exploraciones con la intención de rebasar la ladera que teníamos a la derecha. Primero el Rafa se lanzó “al pecho”, ladera arriba. A medida que ascendía, la altura de la vegetación disminuía para darle paso a ciertos arbustos espinosos que no perdonan la piel. Para colmo, el Rafa iba en bermuda. Cuando regresó, los arañazos hablaban por sí solos. Llegó hablando pestes de las espinas y sin querer saber más nada de la maleza.

Después de otras exploraciones, Ichi descubrió un trillo que se lanzaba ladera arriba, que era lo que hacía rato veníamos buscando. El camino se fue haciendo más claro y un grupito subimos por él. Tras llegar al firme, comenzamos a bajar del otro lado y un claro al frente nos permitió ver la esfera blanca del radar a la distancia más cercana vista hasta ese momento. También se veían otras antenas ancladas a la altura del Pico. La alegría se nos subió y volvimos sobre nuestros pasos para avisarle a la tropa y recoger nuestras mochilas.

Pero al llegar al guayabal, faltaban Hery, Sosa y Wilfredo, que andaban de exploración. Comenzamos a gritarles, pero nada. Fue entonces cuando a Juliet, la novia de Hery, la angustia se le reflejó en la cara y hasta soltó unas lagrimitas. Yo no podía perder aquella oportunidad especial para darle un soberano cuero, y así lo hice. “Mija, ¿y esos pucheros?” “¿Estás extrañando a tu papito?” Ella, novata en guerrillas grandes, trató de mostrar una cara menos dramática.

Como el mediodía había pasado y el tiempo ya era una preocupación, decidimos arrancar la mayoría y que un grupito se quedara esperándolos. Debíamos evitar a toda costa que nos cogiera la noche en aquella zona, donde el agua estaba ausente.

Arrancó la tropa loma arriba, mientras Leyva, Luisito, Raine, Yanieyis y, por supuesto, Juliet, se quedaron esperando al trío explorador. Ante la ausencia del padre, Yaser cargaba a Lian en hombros. Llegamos al firme y comenzamos a bajar. La imagen del San Juan les regaló alientos a los que no la habían visto. Cercanos al final de la bajada hallamos una base de concreto sobre la que supusimos alguna vez se apoyaron tanques de agua. Pero su total abandono alejó la ilusión de encontrar a algún humano por allí. Cogí a Lian un rato en hombros y por fin llegamos a otro valle entre laderas.

Aquello parecía una ratonera. Por la izquierda bajaba la ladera que acabábamos de atravesar. Hacia el frente, unos gigantescos y alargados farallones cerraban el paso. Por la derecha, el valle se iba estrechando hasta cerrarse, a medida que el terreno ascendía. En el valle crecían unos extraños arbustos de hojas grandes y troncos espaciados, cual verdaderos dueños de aquel perdido paraje. El San Juan quedaba hacia atrás de los farallones, a una distancia nada despreciable. Lorenzo y yo seguimos el trillo que penetraba por la derecha entre las laderas, pero se perdía finalmente en una maraña de dientes de perro y espinas, cuando ya la unión de las laderas era un agreste cañón. Todo estaba bien claro: los 29 malnombristas estábamos metidos en un buen enredo.

Pensando en lograr una vista panorámica, la emprendí por una lomita que se anteponía a la ladera izquierda. Comencé a abrirme paso entre la maleza y allí estaban las zarzas pacientes, esperándome desde hace no sé qué tiempo, pero sabiendo sin dudas que yo vendría. Me agarraban por las mangas de la camisa hasta clavarse en los antebrazos, y cuando lograba soltarme, me prendían por la cabeza.

Así avancé hasta llegar al tope, pero la gran ladera no me asomaba el San Juan por ningún lado y yo sabía que se escondía detrás. El rollo era precisar por dónde, para subir la ladera por la ruta más cercana. Por allá atrás, al Rafa ya se le había pasado la fobia-maleza y exploró la ladera opuesta, pero sin sacar nada en claro. Y como “siempre puede ser peor”, comenzó a llover.

El Loro y yo regresamos a donde estaba la gente, pero por el camino vi un pequeño cañón que subía y me pareció la mejor ruta para “fajarle” a la ladera. Hice con el machete una marca en un árbol y seguimos de regreso. El trío de retrasados y los que los esperaban en el guayabal ya habían llegado. La gente estaba guarecida de la lluvia al pie del farallón que, por su inclinación, ofrecía cierto techo.

Pronto escampó y formamos un equipo de hombres para abrirnos paso por la ladera. Dos machetes y una mocha que trajo Luis Enrique prestarían sus filos en la misión. Partimos por al camino y, tras guiarme por la marca en el árbol, comenzamos a subir por el cañoncito. Íbamos rotándonos los machetes y la mocha, avanzando sobre las piedras y la maraña. Raine, en un desliz, cortó más de lo debido y tres dedos recibieron su pequeño tajazo. No era para alarmarse, pero la herida soltaba bastante sangre. El Tin prestó su pulóver para detener el sangramiento y así regresó Raine a la acampada junto a los farallones. Pronto Yanieyis se “vistió” de enfermera para atenderlo. La mejor cura que podía hacerse en aquellas condiciones le fue hecha.

La mano herida de Raine tirando una foto desde la altura

Como la chapea era cosa que llevaba tiempo y la tarde estaba avanzada, el lugar donde el grupo esperaba ya había tomada cara de campamento. Varias tiendas de campaña habían sido levantadas, coloreando el extraño valle.

Mientras, los chapeadores habíamos llegado al firme, pero entonces el tibisí dijo “aquí estoy.” Aquel hierbajo enmarañado y filoso enredaba brazo y machete con mucha facilidad. Pero sin desistir, continuamos avanzando, tirando más a la derecha y manteniendo las rotaciones de los machetes y la mocha. Por el peso de la mocha, esta golpeaba con más fuerza, pero pobre del brazo al que le tocara empuñarla.

Mi opinión era que faltaba poco para el San Juan, pero Sosa pensaba lo contrario. Al rato nos asomamos a un borde del firme, donde pudimos tener una buena vista. Lamentablemente, Sosa tenía la razón. Allí estaba el San Juan, mirándonos burlonamente, pues primero un gran descenso que nos obligaba a un rodeo, y luego una loma, se anteponían al Pico. Y eso era lo que alcanzábamos a ver, pues detrás de aquella loma podía haber otra más.

Me quité la gorra ante Sosa, reconociendo que tenía razón. El tiempo que nos quedaba de luz solar no alcanzaba para llegar antes de la noche. Continuar al día siguiente, tenía el rollo de que en el nuevo campamento no había agua.

Dos opiniones se formaron en el momento. La primera la daba Hery. Desde nuestra posición se veía un largo firme hacia la derecha, que le llegaba al San Juan, y Hery proponía ascender por él. Para ello había que regresar y buscar la ladera opuesta a los farallones, no sin riesgo de que ese no fuera el firme señalado por Hery. La otra opinión proponía acampar esa noche junto a los farallones y regresar al siguiente día a la casa sin techo, para desde allí buscar un camino que nos acercara a la ruta del 2002.

Cualquier variante implicaba regresar al improvisado campamento donde esperaba el resto de la tropa. El Tin partió de regreso para dar las malas nuevas. Al llegar, las muchachas y otros que allí habían quedado estaban jugando al asesino como si estuvieran en un parque de La Habana. Cuando el Tin explicó la situación en la que estábamos, la gente siguió jugando como si nada, porque claro, estaban en un parque de La Habana. Incluso Noslén, que se encontraba entre los jugadores, continuó enfrascada en adivinar al asesino.

Pero la reacción de Karina fue completamente diferente. A aquella novata, que evidentemente añoraba su casa, el rostro se le transformó en el acto y, tras unos segundos de quedar petrificada, se refugió en su tienda de campaña sin el menor ánimo de volver a salir.

Desde la altura, Hery partió de inmediato. Pasó por el campamento y recogió la tanqueta como un bólido. Su destino era el charquito que habíamos visto en la mañana, pues el punto crítico de la acampada era el agua. Luis Enrique, Wilfredo y el Tin le siguieron detrás, cargados de pomos vacíos.

Después de algunas otras exploraciones infructuosas, nos juntamos todos en el campamento. Los buscadores de agua ya habían vuelto con el líquido preciado en los envases. Su tarea no fue fácil, no solo por la caminata con la carga, sino por lo complejo que fue llenar cada envase sin remover el fango.

Una reunión se imponía para ver qué hacer. Centralizar el agua fue la primera decisión tomada. Para ello, todos los pomos con agua fueron a un lugar determinado. La segunda decisión era la ruta a seguir el día siguiente. Tres variantes se pusieron sobre el tapete. La primera: chapear en la altura hasta llegar al Pico (esta era mi opción, pues no quería perder todo lo avanzado). La segunda: buscar el firme de Hery. La tercera: regresar a la casa sin techo para desde allí buscar un trillo bajo el pinar, tal como hicimos en el 2002. Venció la tercera opción, en gran medida porque si se enmarañaba la exploración, se podría regresar a la carretera en poco tiempo.

Definido todo lo inmediato, y con el hambre por el cielo, tocaba ahora cocinar. ¡¿Cocinar?! ¡A esa hora! ¡¿Y con qué agua?! Una comida fría era lo más aconsejable, aunque llenarse se convirtiera en una utopía. Con Hery al mando, el grupo Uno comenzó a trabajar. Galletas, pescado y refresco se juntaron para conformar el menú y con la noche cayendo se disparó el tiroteo. Que nos quedáramos con hambre y sed no era noticia. Pero algo había en el estómago, a lo que se le sumaban unos buchitos de agua.

Luego, cada cual buscó su lugar para dormir. Los de las tiendas de campaña tenían un suelo inclinado. Yisel y yo nos acomodamos al abrigo del farallón, para evitar la humedad del ambiente.

Martes 31 de julio del 2007

La madrugada, fría y húmeda, trajo sueños variados en la tropa. Asediados de laderas, en aquel extraño paraje, la imaginación tenía el campo abierto. Casi todos en las tiendas de campaña se corrieron durante la noche, por la inclinación del terreno. Los tres Alejandros: el mayor, el Piri y Alejandrito, casi salen de la tienda en la que estaban, rodando loma abajo. Yisel sintió algo extraño a sus pies y se dio un buen susto. Era la perrita, que buscaba calor a su lado. Allí la dejó acurrucada durante el resto de la noche.

El amanecer, cargado de humedad, comenzó a abrir las pestañas de los malnombristas. Había que pensarlo un rato para salir del espacio de calor que cada uno se había procurado. Poco a poco nos fuimos levantando y el grupo Dos comenzó a trabajar en el desayuno. Realmente su misión era sencilla: refresco y galletas con dulce guayaba para los 29. Calentar leche con la leña tan húmeda significaría perder un buen tiempo. Se optó por preparar la leche cuando llegáramos a la casa sin techo.

Partimos de aquel lugar con la certeza de haber sido sus únicos visitantes humanos en un buen lapso de tiempo. Hicimos sin muchos tropiezos el camino de regreso a la casa sin techo. Yo me retrasé un poco y cuando llegué a la casa, una opinión había cogido calor, con algunos matices de conspiración. La idea era regresar a la carretera, llegar a Crucecitas y tomar el terraplén que lleva a Lagunitas para luego subir el San Juan por la carretera que conduce hasta su altura.

Mirando las caras de la gente, comprendí que aquello estaba bien maquinado y no opuse resistencia. Partimos, obviando la leche con chocolate. Bajando en dirección al bohío de Sarmientos, nos detuvimos un rato bajo un mangal para tumbar mangos y “peras cubanas.” Luego llegamos al bohío y la mujer nos volvió a deleitar con su delicioso café. Nos despedimos finalmente de la pareja de campesinos y seguimos loma abajo hasta llegar al río rayando el mediodía.

Después de una jornada tan ajetreada como la anterior, en la que el baño estuvo ausente, con no sé cuántos olores y sudores encima, y con el sol trinando a su gusto, encontrarse un río de montaña es lo mejor que a uno le puede ocurrir. Soltar las mochilas y caer en el agua fue una misma cosa. Después salieron de sus escondites los jabones, los champuses, las máquinas de afeitar y toda esa parafernalia de cosas que los seres humanos han inventado para lucir mejor, pero que en medio del monte nada significan. Pero como íbamos a coger carretera y teníamos tiempo, valía la pena hacernos los presumidos. ¡Qué relativa llega a ser la felicidad! Allí la teníamos sin ninguna sofisticación. Un río de montaña y sol, con churre por quitar, bastaban para sentirnos en el paraíso.

El delicioso baño en el río para quitarnos el churre después de la perdedera

Pero el San Juan seguía pendiente. Del río nos fuimos a pie para Crucecitas. Después una carreterita que tomamos para cortar camino, pero que estaba obstruida, nos minimizó el margen para llegar al Pico, y quedaban unos cuantos objetivos por delante en la guerrilla. En fin, que lo del San Juan sería aplazado, pero solo por cuatro meses.

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