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Mariano Quintero Almeida: Del campo… hasta la raíz

Rosmery Pineda Mirabal
15 mayo 2026 | 0 |

Fotos: cortesía del entrevistado


El día de Mariano comienza cuando aún la noche está cerrada. A las cinco y media de la mañana el café hierve sobre el fogón, en breve sale al campo y justo una hora después la tierra lo ve llegar con las mismas ansias de siempre. Así es el inicio de la jornada de este pequeño agricultor que, desde hace años, se dedica a la agroecología en una comunidad del municipio de Corralillo, en la provincia central de Villa Clara.

Su dinámica diaria es diversa. Algunos días Mariano Quintero Almeida emplea la mañana para el corte del marabú; otros, para la siembra de cultivos. Luego, regresa a casa para el almuerzo y una pequeña siesta. A las dos, búsquenlo otra vez en el campo con la certeza absoluta de encontrar trabajando a un guajiro feliz debajo de su sombrero de guano.

Lo que hoy son esos sembradíos coloridos y llenos de vida en la finca El despertar era, hace un buen tiempo, un terreno agreste de marabú, con más de cuarenta años de abandono. Entonces Mariano se consagró –y es hoy uno de sus grandes orgullos– ha erradicar la maleza, sembrar cultivos de ciclo corto, fertilizar los suelos con abonos naturales y hacerlos útiles para que, en un futuro no muy lejano, puedan sustentar satisfactoriamente su próximo objetivo: la ganadería.

Tradición y talento

El amor por la tierra le viene a Mariano de sus ancestros, aunque poco a poco lo ha ido haciendo suyo, hasta dedicarse de forma definitiva a ello.

Mariano junto a otro campesino trabajando en el campo desde bien temprano en la mañana.

 “Cuando era muy niño pude ver, especialmente de mi abuelo, los logros que obtenía después de sembrar una semilla en la tierra. Él siempre me dejaba cultivar en algún pedacito y ahí me fui enamorando de lo que ahora hago por vocación”, confiesa.

Quizá el motor principal para llegar a este camino fue el propio azar en su vida. No pudo terminar la escuela porque era muy distante y contaba con pocos recursos; eso lo obligó a trabajar la tierra desde los 17 años. Después, para cumplir con su servicio militar, fue trasladado a Güira de Melena, en la provincia de Artemisa, donde se vinculó a tareas de la agricultura en el Ejército Juvenil del Trabajo.

 “En ese entonces conocí a un campesino llamado Hiram González, que practicaba un tipo de agricultura muy distinto al uso indiscriminado de herbicidas en la tierra, una agricultura lo más orgánica posible. Ahí supe que mi camino era la agroecología”.

Lo que brota del marabú

Hoy Mariano trabaja en una finca en su Corralillo natal, donde las producciones principales, todas de ciclo corto, son la piña, la calabaza, el maíz y el melón, además de incursionar recientemente en la siembra de flor de Jamaica.

 “Hasta el momento tenemos más de quince hectáreas con pastos naturales que ya no se emplearán más para cultivos y pronto se recogerá la última calabaza para comenzar a comprar el ganado”.

La idea de estas siembras se basa en una cosecha amistosa con los suelos para que, una vez en óptimas condiciones, estos se empleen en la nueva actividad agropecuaria. Esta idea tiene su raíz en el proyecto internacional “Resiliencia Climática en Ecosistemas Agrícolas de Cuba” (IRES por sus siglas en inglés), que ejecuta el Ministerio de la Agricultura, el cual ha beneficiado a varias iniciativas de desarrollo local, entre las que se encuentra la finca El despertar.

Con el apoyo de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) y financiamiento del Fondo del Verde para el Clima, IRES promueve la restauración productiva de más de 30 mil hectáreas de tierras con suelos degradados e invadidos por marabú, a través de la implementación de módulos silvopastoriles, forestales y agroforestales. En particular, Mariano está llevando a cabo cinco de un total de seis módulos.

A la vez que siembra, también erradica la maleza de los suelos. Para ello, a veces se apoya en el uso de maquinaria moderna que ha adquirido, gracias al proyecto; otras, emplea herramientas más tradicionales, dígase hacha, machete y motosierra.

Según asegura, la clave de cada uno de sus resultados actuales está determinada, muchas veces, por esa mixtura entre la técnica moderna y la sabiduría antigua: “Mezclar las tradiciones con la innovación es esencial para salir adelante. Heredamos de los abuelos la siembra y la recogida de semillas teniendo en cuenta las fases de la luna. Pero, a la vez, hemos sabido combinar esos saberes con nuevas técnicas para llegar a los productos biológicos con los que actualmente logramos inocular semillas”. Aunque también Mariano reconoce haber sido muy versátil a la hora de inventar herramientas, como una sembradora de hortalizas a partir de materiales reciclados.

La calabaza es uno de los principales cultivos de ciclo corto logrados en su finca. Son de una abundancia y belleza notables. 

A ello se suma el importante rol que han desempeñado en apoyar y fortalecer las potencialidades de la finca distintos centros científicos del país, como el Instituto Nacional de Ciencias Agrícolas (INCA), el Instituto de Viandas Tropicales (INIVIT), el Centro de Ingeniería Genética y Biotecnología de Camagüey, más los Institutos de suelo.

Sembrar para los que vienen

Detrás de cada semilla hay un propósito que trasciende la cosecha. El de este campesino villaclareño dio un salto importante, justo cuando lo que era una finca común se convirtió en una finca-escuela.

Y es que Mariano, al regresar en las tardes de los sembradíos, aún no termina su jornada de trabajo. Después de comer, de ver el noticiero y la novela, se sienta frente a la computadora a organizar proyectos y capacitaciones para prepararse en otra de las cosas que tanto le apasiona: enseñar.

“Mi mayor motivación es el amor que siento por la tierra, por sembrarla, por guardar esa semilla y ver cómo crecen los productos. Pero lo que más me apasiona hacer demostrarles a los jóvenes que se puede vivir del campo. Necesitamos que más gente se embulle a sembrar la tierra, porque si no sembramos, no nos sale adelante la familia, ni el país”.

Su finca es el claro ejemplo de que, trabajando en armonía con la naturaleza, velando por el cuidado de los suelos y el manejo del agua, además del empleo de semillas propias y el rechazo a los herbicidas, se pueden alcanzar grandes logros.

Como buenas prácticas, sugiere desarrollar una labranza mínima y apostar por el intercalo de cultivos.

Habla también de buscar semillas que se adapten a los suelos, al cambio climático, así como hacer uso de los cultivos más tradicionales de la zona. Igualmente apoya la idea de sembrar no menos de tres cultivos o variedades de semillas para aumentar las probabilidades de fertilización.

El éxito tiene otras dimensiones

Mariano asegura que hoy existen solo dos vías para ser campesinos agroecológicos: una por gusto propio y otra por la ausencia de productos que ya no se pueden encontrar en el país. 

Sin embargo, cuando comenzó a trabajar la tierra no esperó a que escasearan los insumos para usar bioproductos y métodos naturales. Él se preparó para este momento y confió en sus aprendizajes.

La crisis se fue agudizando y Mariano no detuvo sus planes. Él apostó por una agricultura más factible para desarrollar en medio de las complejidades económicas de Cuba, donde el éxito se mide en otras dimensiones.

“Hoy ser un campesino exitoso es difícil. O sea, creo que lo difícil es determinar el éxito de un campesino porque desde mi punto de vista para serlo hay que ser muy productivo, lo más rentable posible, y además no dañar el ecosistema ya creado.

Hoy la Escuela de campo El despertar reúne a jóvenes y campesinos del municipio de Corralillo para prepararlos en temas de agroecología.
 

“A lo mejor algún productor es `exitoso´ porque en una caballería obtuvo cien quintales, aunque para ello devastó la tierra, mató todos los microorganismos; no hay abejas, ni hay mariposas, no hay nada. Yo me siento exitoso cuando, con treinta quintales, le doy de comer a mi familia, trabajo la innovación, mantengo los suelos y los mejoro”.

La mayor satisfacción en la agroecología es eso que se denomina “una sola salud”: la de las personas, los animales y las plantas. “No hablamos de cifras altas, pero sí de un buen pasto de hierba de guinea, de mutaciones sin herbicidas (aunque demoren dos años), y de que podamos producir al mismo tiempo calabaza y flor de Jamaica, melón y girasol. Además de saber que la población está comiendo algo sano, porque nos hemos propuesto no llevar nada al mercado sin que pase por los certificados nuestros. Entonces, somos exitosos cuando compartimos y vendemos lo que comemos nosotros mismos”.

Mariano Quintero Almeida no tiene claro si ya pasaron las doce del día cuando se despide. Está en el monte, tumbando marabú, y aprovechó para responder cada una de mis preguntas. Entre hachazo y hachazo, entre la tradición y la ciencia, entre los deseos de enseñar a otros, Mariano se despide como un hombre feliz.

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