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Pasajes al Sur de la Isla de la Juventud 2023 (primera parte)

Miguel Alfonso Sandelis
13 marzo 2026 | 0 |

Después de haber transcurrido siete años de la anterior excursión al Sur de la Isla de la Juventud y de irse esfumando la pandemia de la Covid-19, una guerrilla de verano malnombrista volvió a tener a esta encantadora zona geográfica como destino. Acercándonos ya a la fecha de partida, que sería el 26 de julio, vinieron semanas de preparación de las bicicletas, de buscar las previsiones para protegernos de la plaga de mosquitos y jejenes, de gestionar los pasajes del grupo y el traslado de las bicicletas, y de tramitar los permisos del CITMA y del pase al Sur de la Isla.

Ya en la guerrilla, la nueva bicicletada por el Sur, como las anteriores, estuvo también plagada de interesantes vivencias, como para volverlas a recordar.

Los preparativos de las bicis en Nueva Gerona

Jueves, 27 de julio del 2023

En el parqueo de la UJC en Nueva Gerona ‒después de haber arribado los malnombristas a la Isla el día anterior, y las bicicletas esa mañana‒, ajustamos las cajas a las parrillas de las bicis y colocamos las mochilas adentro de ellas. Algunos con alforjas, las llenaron con todas sus pertenencias.

Lo de Marlon era diferente; llevaría tres grandes mochilas bien ajustadas a la parrilla con dispositivos creados por él. Sosa y Yaima llevaban a Andy y a Luis David sentaditos en as

ientos delanteros. Samuel y Lucía, los otros dos niños de la tropa, irían pedaleando todo el tiempo. Para la primera jornada de pedaleo nos aprovisionamos con agua. A las 2:01 de la tarde partimos 32 malnombristas rumbo a la playa El Colony, yendo Rivas y Alejandro Armando en la retaguardia. Fernando, el pinareño, se nos sumaría días después.

Pedaleando rumbo al Colony

Por un tramo largo en el que abundan las pendientes, la bicicletada se fue estirando. Un alto en un puente erigido sobre una laguna, al que llegué a las 3:03 de la tarde, permitió el reagrupe de la pandilla y la repartición del primer maní de la guerrilla.

A las 3:39 dejamos atrás el puente sin presentar ninguna rotura o ponche en las bicicletas. Un kilómetro después llegamos al entronque de La Demajagua y giramos a la izquierda para enrumbar hacia el sur.

Después de un tramo recto, llegamos a una Te de carreteras, donde debíamos doblar a la izquierda. Para evitar confusión, dejé una flecha de madera sobre el pavimento. Muy cerca de allí había otro entronque donde debíamos coger a la derecha para retomar la dirección sur. En el lugar fue Rovic quien dejó una flecha indicadora sobre el suelo.

Viendo por la izquierda hacia adelante las alturas de La Cañada, seguimos avanzando. Pasamos el entronque con la carretera que lleva a la autopista entre Gerona y La Fe, la cual debíamos tomar al regreso dos días después. Rebasamos la entrada al poblado de La Victoria, pedaleamos entre bellos pinares y los que íbamos en la delantera nos detuvimos a la entrada de la finca La Cañada, de Flora y Fauna, donde debíamos acampar al día siguiente. En ese momento eran las 4:33. Roberto e Ibis llegaron retrasados al lugar a causa de un ponche en la bici del Robe.

Alto en el entronque de La Cañada

Un accidente

La primera gran bajada después del entronque de La Cañada constituía un impulso para vencer los 13 kilómetros que restaban para llegar al Colony. Justo en ese descenso, una guagua que rodaba en sentido contrario al nuestro, se cambió repentinamente de senda para, supuestamente, esquivar un arenazo.

El cambio de dirección sorprendió a David, quien le iba de frente, pero pudo frenar a tiempo. Claudia iba detrás de David y su frenazo en bajada, con el peso de la mochila, la desestabilizó, provocándole una caída de la que salió golpeada en varias partes del cuerpo, aunque la más dañada fue la rodilla derecha, en la cual ya venía teniendo otros problemas. Hinchazón en la rodilla y una ligera herida fueron los daños visibles, pero el dolor que sintió fue bastante fuerte.

De la guagua se bajaron varios a asistirla y le brindaron toallitas húmedas para que se limpiara la sangre. Por supuesto que los malnombristas que tenía cerca también la ayudaron, hasta que pudo pararse y moverse. Ibis, quien iba bajando la loma cuando vio la guagua, las bicicletas en el suelo y el bulto de gente, se alarmó porque Lucía se le había ido delante. Al ver que era Claudia, también la ayudó. De ahí en adelante Adrián fue acompañando a Claudia el resto del tramo, dándole conversación y aliento.

Acampada en El Colony con lluvia, plaga y piscina

A la llegada del grupo a la playa El Colony, armamos las tiendas de campaña, justo en la parte trasera del hotel, entre matas de coco. Todo iba bastante tranquilo, hasta que con el inicio del oscurecer comenzaron a aparecer los jejenes y tuvimos que ponernos la vestimenta adecuada para reducir su acoso. También salieron a relucir los repelé.

Acampada en El Colony

Ya completamente de noche, entre varios comenzamos a organizar los bultos de comida para la redistribución, llegando a recoger los suyos las mujeres. Fue justo en ese momento cuando un fuerte aguacero se desató sobre el improvisado campamento, anegándolo en agua, con las tiendas de campaña incluidas. Mi súper nylon sirvió para proteger la candela de la cocina, aunque la humedad ambiente redujo la fuerza de las llamas.

Pasado el aguacero, la cocina se restableció y de las manos de los cocineros se logró disponer de un arroz amarillo. Unos perros calientes en mal estado recibieron bastante candela por parte de David. Pasadas las diez de la noche se formó el tiroteo, completado con el habitual refresco. La comida dio para llenarnos y a algunos les alcanzó también para guardar para por la mañana.

Después de la comida, algunos se acostaron, pero otros se enfrascaron en una tertulia al borde de la piscina del hotel, sentados sobre unas tumbonas. Un trabajador del hotel le dio libertad al grupo para bañarse y Adrián estrenó la piscina por Mal Nombre.

Tercer ascenso malnombrista a la mayor elevación de la Isla

Después de un baño mañanero en la playa El Colony, partimos a recorrer los 13 kilómetros que distancian a la quieta playa de la finca de Flora y Fauna de La Cañada, adonde llegamos sin grandes complicaciones, salvo el segundo ponche de Roberto. Allí nos esperaba Liset, la primera secretaria de la UJC municipal, junto a un grupo de jóvenes.

La finca de Flora y Fauna

Después de un aguacero caído en la finca, partimos para la loma de La Cañada siendo las 2;43 de la tarde, quedándose en el campamento algunos malnombristas, el chofer del camión que llevó a los de la UJC y un trabajador de Flora y Fauna.

Para la subida éramos 22 de Mal Nombre y nueve de la UJC. Salimos por una entrada trasera de la finca, tomamos un camino a la derecha, el cual giró a la izquierda y nos hizo bordear una cerca en un tramo donde abundaban las matas de hicacos y de guayabitas del pinar.

Al final del tramo, entroncamos con otro camino, cogimos a la derecha y luego a la izquierda para partirle directo a la loma. Nos fuimos acercando a la base hasta comenzar a subirla bajo un pinar y en el que abundaban lajas de piedra sobre el terreno. El ascenso se fue inclinando para hacer trabajosa la subida hasta una peña que se prestaba como un buen mirador. Sobre ella nos tiramos algunas fotos de grupo. Hasta allí nos acompañó el jefe de la finca de Flora y Fauna.

La continuación de la caminata fue también de ascenso por una fuerte pendiente. Al llegar a un firme, cogimos a la derecha y descendimos hasta una zanja. En el paso de la zanja hubo que dar manos para ayudar, y el pequeño Andy (de cuatro años) montó una perreta cuando quisieron pasarlo. Finalmente, Rovic lo cargó y lo pasó sin problemas.

Tras la zanja, retomamos el firme y enfilamos en ascenso rumbo a la cima, a donde llegué a las 4:16. En la cumbre se mantenía el pedestal para un busto de Martí, pero el busto faltaba. Allí, bajo los pinos y ante una amplia vista de 360 grados, que nos permitía ver gran parte de la Isla de la Juventud, nos tiramos nuevas fotos. A las 4: 41 partimos de la cima.

En el regreso, la novedad fue la de unos de la UJC, que siguieron de largo por el firme y tuve que corregirles la dirección. Ya en la base de la loma, nos reagrupamos y seguimos juntos hasta llegar de vuelta al campamento a las 6:02.

Una noche pasada por agua en la finca de La Cañada

Mientras se terminaba la comida, el baño tomó fuerza gracias al agua que cargamos del pozo de un guajiro que vivía cerca. Ya oscureciendo, formamos el tiroteo con arroz, carne en salsa y refresco, “para variar”, con la gran ventaja de no haber plaga. Con la noche y la llenura, se formaron varias tertulias. Algunos nos acostamos afuera de las tiendas de campaña para coger un poco de fresco, mientras una música puesta por David nos amenizaba el ambiente.

Sábado 29 de julio del 2023

La música y la conversación pasaron de la medianoche, lo que llevó a Sosa a hacer un regaño en voz alta porque no dejaban dormir. Pero el mayor atentado contra el sueño llegó después de la una, cuando comenzó a caer un fuerte aguacero, con viento incluido. Los que pernoctábamos a la intemperie tuvimos que protegernos en nuestras tiendas, pero, aun así, el agua penetró en varias de ellas. Después de la escampada, el mal estaba hecho, pero así mismo había que dormir, porque en la jornada entrante el pedaleo sería largo: 58 kilómetros, varios de ellos por maltrechas vías del Sur.

Penurias de un guerrillero

Rodando en busca de la zona protegida del Sur de la Isla, un poco antes del caserío nombrado “Frank País”, se me ponchó una cámara de repuesto que le había puesto a la goma delantera, luego de un ponche en la finca de La Cañada. Justo en ese momento, me entraron serias ganas de “bajar de peso”. Por suerte, no había nadie cerca, porque me hubieran visto en una situación bastante comprometedora al borde de la carretera. Cuando terminé, se aparecieron Rafa, David y Denis. Gracias a una cámara del Rafa, puede seguir rodando.

Oasis en Pino Alto

Luego de pasar el pobladito de Mella, al final del de Pino Alto, vi a un grupito cogiendo sombra bajo unos árboles, pues el sol estaba castigando fuerte. Tras lanzarme por la pendiente final del poblado, vi al resto del grupo detenido en una casa donde vendían cosas de comer. Regresé entonces y les avisé a los que descansaban bajo la sombra.

Quien servía en la casa era una mujer de buen carácter, que por nada se imaginó aquella invasión de bicicleteros hambrientos. Su apetitosa oferta estaba conformada por un grueso panqué achocolatado, batido de mango y jugo de limón. En el portal de la casa hicimos una larga “media” y algunos se llegaron a una casa que estaba más adelante, donde vendían pizzas y espaguetis.

Conociendo a dos nuevos amigos en Cayo Piedra

A las 2:10 de la tarde llegué al punto de control de Cayo Piedra. Allí los guardafronteras ya sabían de nuestra inminente llegada y tenían la orientación de dejarnos pasar. Para facilitarles el control, les di un listado con todos los integrantes del grupo, además de mostrarles el permiso que me habían dado en la UJC.

En el punto de control nos esperaba Orlando, el oficial que atiende el enfrentamiento a la droga en el Sur, que es una zona a la que llegan frecuentes recalos. Orlando ‒bastante carismático‒ andaba en una moto y tenía la misión de acompañarnos, en lo posible. También se nos uniría en igual misión, pero pedaleando con nosotros todo el tiempo, Jorgito, un guardabosques de muy buen carácter.

La lluvia nos persigue hasta en sequía

Antes de partir de Cayo Piedra reuní al grupo y le expliqué en detalles la ruta a seguir para llegar al Rincón del Guanal, que era el destino final de la jornada. Con buen paso, vencimos los ocho kilómetros que separan a Cayo Piedra del entronque de Playa Larga, donde tomamos a la derecha para girar nuestro rumbo hacia el oeste.

El nuevo tramo, aunque presentaba algunas partes maltrechas, estaba pavimentado casi completo, por lo que también pudimos rodar con buen ritmo. Al llegar al entronque del Rincón, dejamos la carretera y doblamos a la izquierda para coger el corto terraplén que lleva hasta el cercano campamento de Flora y Fauna, adonde me aparecí faltando seis minutos para las cinco de la tarde.

El Rincón del Guanal mostraba los síntomas de una severa sequía. La finca, de alrededor de una hectárea de extensión, tenía gran parte del suelo cubierta de hierba seca y tierra. Delante estaba la casa donde pernoctaban los trabajadores; detrás, a la derecha, un ranchón con mesas y taburetes; más atrás, un poco a la izquierda, un pozo bien conocido por los malnombristas que habíamos visitado el lugar con anterioridad. También detrás, pero en el extremo izquierdo, se podía ver el inicio del ancho camino que lleva hasta la playa Guanal. De día, en la sombra, había cierto asedio de mosquitos.

Tres trabajadores de Flora y Fauna nos recibieron muy amistosos a nuestra llegada. Ricardo era el que estaba al frente del Rincón y lo acompañaban José y Orozco. Con el arribo de la retaguardia, notamos que faltaban Sosa y Andy y llegamos a la conclusión de que se habían pasado del entronque, a pesar de mi advertencia en Cayo Piedra.

Para allá se fue Orlando en su moto, en busca de Sosa y del pequeño Andy. El encuentro de Orlando con ellos fue cercano a la mitad de los diez kilómetros que median entre el entronque del Rincón y el de Carapachibey. Al aparecerse en el Rincón, Sosa no tuvo otra cosa que explicar, que estaba comiendo lo que “pica el pollo.

En una buena cocina aledaña al ranchón los del grupo Tres, comandados por Yanetsy, prepararon la comida. La novedad del menú estuvo en el rico arroz amarillo que ofertaron. Lo demás, lo habitual: carne en salsa y refresco. El tiroteo estuvo listo antes del oscurecer y de él les brindamos a Jorgito, a Orlando y a los de Flora y Fauna. Orlando se hizo de rogar un poco, pero finalmente comió y se puso a hacer cuentos muy interesantes ocurridos en el Sur, a los de Flora y Fauna y a algunos del grupo. Cuando se le acabó el arsenal de cuentos que tenía para la noche, se fue en su moto.

Con la llegada de la noche, la plaga de jejenes se desató, acompañada de más mosquitos, por lo que tuvimos que vestirnos “para la ocasión” y echarnos repelé. Sobre una placa de concreto de una antigua casa que hubo en el extremo izquierdo de la finca, un grupito de malnombristas improvisaron una discoteca y estuvieron bailando casi hasta la medianoche, a pesar del acoso de los jejenes. A las 12 ya reinaba el silencio en el campamento.

Domingo 30 de julio del 2023

Con buen calor y una plaga regada por doquier, se inició la madrugada. Pero en aquel lugar reseco, todo se transformó en un instante al desatarse un feroz aguacero, como si la lluvia nos estuviera persiguiendo. Como en las noches de La Cañada y El Colony, en poco tiempo el campamento se inundó de agua, y varias tiendas de campaña también. La lluvia duró un buen rato y solo con el amanecer llegó la escampada.

Acampada en sequía antes del diluvio, en el Rincón del Guanal

Una gran idea de Ricardo

Mientras los del grupo Uno de cocina preparaban el desayuno en el Rincón, se apareció en una bicicleta Jorgito, el guardabosques, para sumarse a nuestra caravana ciclística. Como aporte alimenticio para el grupo, traía un tubo de jamonada. En el desayuno había refresco y no leche, teniendo en cuenta la corta pedaleada prevista para el día, de solo 12 kilómetros hasta Carapachibey.

Cuando organizábamos los bultos de comida para redistribuirlos, Ricardo, el de Flora y Fauna, dio una idea muy bien aceptada. En los próximos días iríamos hacia el oeste, teniendo como punto final Punta Francés, pero después teníamos que regresar para buscar Punta del Este.

La idea de Ricardo era que dejáramos en el Rincón del Guanal la comida que no consumiríamos en el recorrido hacia el oeste. Comenzamos entonces una nueva redistribución de bultos, después de sacar la comida de los últimos días de la guerrilla, la cual colocamos en el local del final de la casa de los trabajadores. Así nuestras bicis sufrirían menos, y nosotros también.

En el extremo sur de la Isla de la Juventud

Pasando el mediodía llegamos a la edificación donde se levanta el faro de Carapachibey y allí nos recibió un farero ya conocido por Mal Nombre. Después de asentarnos, algunos su fueron a pescar a la bella ensenada de la zona, mientras otros subimos hasta lo alto del faro para deleitarnos con la espectacular vista que se ofrece en aquella altura de 60 metros.

Vista desde lo alto del faro de Carapachivey

Cuando bajé del faro, aproveché la oportunidad para visitar la caleta de Agustín Jol, el punto más sureño de la Isla, que era un lugar desconocido para mí. Dada mi larga vida en Mal Nombre y el interés de los novatos por conocer los lugares de los que oyen hablar por los veteranos, constantemente estoy repitiendo la visita a muchos sitios de Cuba. Por eso siempre estoy a la caza de nuevos lugares en cada guerrilla.

En busca de mi desconocido objetivo, partí a las 3.19. Para acceder a la caleta, a poco más de cien metros del edificio, de regreso por la carreterita de acceso, se debe coger un camino ancho hacia la derecha, en dirección al este. El inicio del camino es pedregoso, por lo que tuve que pedalear con cuidado. Después prima la arena dura y pude subir la velocidad. La vegetación a los lados no es tupida y abundan los arbustos, aunque hay un tramo donde crecen las casuarinas.

En 21 minutos recorrí el camino, hasta que la vista se me ensanchó con la llegada a la caleta. Como al final del camino el suelo se convierte en arena, tuve que bajarme de la bicicleta y caminar con ella de la mano hasta la orilla de la playita que bordea el extremo occidental de la caleta. La boca de la caleta está más al este y el fondo se convierte en un ancho estero, que se pierde a la vista detrás de la vegetación.

Una barrera coralina se extiende en el mar frente a la boca. La tranquilidad del lugar, la brisa, la claridad del día, los colores del agua, la acogedora playita que tenía ante mí, todo, me llegaba en forma de un indescriptible éxtasis. Solo empañaban la mirada algunos objetos recalados sobre la arena y un gran armatoste, que parecía ser una nevera.

La caleta de Agustín Jol

Por supuesto que me bañé en la playita y también caminé por su orilla hacia el sur para luego subir por la duna y buscar la visión del faro de Carapachibey. Pero la lejanía, algunos árboles interpuestos y tal vez la curvatura de la costa, me impidieron verlo.

Al volver por la duna en busca de la bicicleta, escuché un ruido entre los matorrales, que bien pudiera ser provocado por una iguana, o tal vez por un cocodrilo, aunque el estero, no la playa, parecía ser el hábitat ideal de esos grandes reptiles, de los que ya me habían alertado de su existencia en la caleta. A las cuatro de la tarde partí de vuelta y en 17 minutos hice el trayecto hasta Carapachibey.

(Continuará la próxima semana)

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