Lunes 31 de julio del 2006
La madrugada se convirtió en una pesadilla. Llovía de manera intermitente, pero con fuerza. El agua nos fue calando poco a poco, haciendo intermitente también el sueño. El amanecer se convirtió en algo tan deseado, que no acababa de llegar.
Pero bueno, siempre amanece y lo hizo con una neblina, que, según los guajiros, es presagio de día soleado. ¡Ojalá!, pensamos todos. Teniendo en cuenta ese detalle, Lorenzo pronosticó un buen día, dándoselas de meteorólogo. El mayor problema al amanecer era que el río había crecido, lo cual hacía riesgosa la navegación; enterré entonces un palito en la orilla para ver cómo variaba el nivel del río. La crecida había ensuciado la corriente, por lo que no teníamos agua buena para tomar. No obstante, el arroyo La Isabel desembocaba en la otra orilla con un agua cristalina.

Con el fin de buscar agua limpia para preparar el desayuno, me monté en la buena balsa del Piri y, cargando con mi tanqueta, me tiré al agua. Desde el inicio tuve que dar un fuerte braceo para cruzar la corriente sin ser arrastrado por ella. Ya del otro lado, llené la tanqueta y, al volver al agua, tuve que salir nuevamente para no ser arrastrado aguas abajo. Caminé unos metros aguas arriba, volví al agua, braceé fuerte y llegué por fin a la playa de acampada.
En la jornada anterior avanzamos unos nueve kilómetros, pero atrás nos quedaban nueve malnombristas y no teníamos noticias de seis de ellos. La crecida había llegado hasta muy cerca de la tienda de campaña de Lorenzo. Aguas abajo, lo que normalmente son aguas relativamente mansas, podía haberse convertido en remolinos.
Le dije a la gente que empezara a recoger, pero temía otra crecida, pues el cielo no se había despejado. Dejé a la gente en pleno ajetreo y partí a pie río arriba a buscar a los que faltaban. Al dar con los Leyva, estos ya habían recogido su tienda de campaña y se iban a sumar al grupo. Seguí caminando unos cientos de metros más, hasta que vi al trío de Evelyn, Lizet y José Javier, cruzando el río a pie por donde bajaba un rápido. Al verme, me contaron cómo les había ido y, sobre todo, el hambre que cargaban. Les dije que siguieran avanzando y, cuando la crecida les impidiera cruzar, me esperaran.
Continué río arriba con una balsa que me dio Evelyn. Tras seguir varias vueltas del cauce, me encontré en una amplia playa a los tres últimos. Estos ni cuenta se habían dado de que el río había crecido. El ánimo lo tenían bien arriba, pues me contaron sus peripecias con un alto sentido del humor. Con las balsas por encima, durmieron apretados para disminuir el frío que les provocaba la mojazón. De lo que más se burlaban era del mejunje que se comieron para apaciguar el hambre.
En la balsa de Evelyn cargué la mochila de País para evitar que su balsa se volviera a ponchar de tanto peso. Así País se fue navegando sin mochila y marcos y Alfredo con las suyas. En el mismo lugar donde me encontré al otro trío, los volví a encontrar. Las dos parejas se besaron y los dos País se abrazaron. Al preguntarles por qué no habían avanzado, no me respondieron nada claro y no insistí. Para continuar, Lizet, Marcos, José Javier y yo seguimos en balsas, mientras Alfredo, Evelyn y País lo hicieron caminando. País se llevó una mochila cargada. Sin más contratiempos, los siete llegamos a donde acampaba el resto de la tropa.
Aunque el río había bajado algo su nivel, comenzó a llover. Presente en las mentes de algunos estaba la súbita y fuerte crecida del Toa en el 2003, por lo que decidimos no navegar en el día y estar a la expectativa por si el río volvía a subir.
A los nueve que no acamparon con la mayoría, se les dio espaguetis de los cocinados el día anterior. Además, se tragaron el desayuno de la mañana junto con el resto de la tropa. La tarde transcurrió bajo una lluvia intermitente, con una pereza no habitual en Mal Nombre. Algunos protegieron mejor sus tiendas de campaña y Lorenzo trasladó la suya a un nivel más alto que donde estaba.
El grupo Tres comenzó a cocinar, extendiendo un nylon sobre la candela para protegerla de la lluvia. Con la leña mojada, la cocina se volvió una odisea, y los mosquitos y los tábanos contribuyeron a ello, dejando sus marcas visibles en la espalda de Eduardo. Los del Tres tenían que soplar constantemente para avivar el débil fuego que se alzaba bajo los calderos.

Varias marcas se llevó el Tin de los rayos solares que lo acosaron en el primer día de navegación. Por vestir un pulóver de grandes rayas blancas y negras, su blanca piel también quedó rayada, pues, donde estaban las franjas blancas, el sol quemó, y donde estaban las negras, estas lo protegieron.
El tiroteo llegó con la noche. Después de comer y con una elevada humedad en el ambiente, hicimos los esfuerzos por dormirnos.
Martes 1ro. de agosto del 2006
La madrugada fue peor que la anterior. Llovía a ratos con una fuerza violenta. Nadie escapó a la mojazón y al amanecer el campamento parecía una tierra arrasada. Guiándonos por el palito que yo había hundido en la orilla, pudimos notar que el río estaba más crecido que el día anterior.
Pero al rato el día mejoró, llegando a salir el sol, lo cual propició que tomáramos la decisión de navegar. Era peligroso, pero no podíamos darnos el lujo de perder otra jornada sin avanzar. Hicimos guardia vieja, desayunamos, recogimos el campamento y comenzamos a preparar las balsas para la navegación.
Rondando las once de la mañana fue que comenzamos a navegar. Desde el inicio notamos que llevábamos una velocidad inusual. El río, de un color achocolatado, empataba un rápido con otro. Lo peligroso de la jornada se evidenció en el primer rápido.
En el lugar el río bajaba de prisa y por la izquierda formaba un remolino en una curva, que apretaba a los navegantes contra la orilla. A Lorenzo se le trabó una sandalia en el fondo y pasó un buen sofocón. Después de varios tirones, logró destrabar el pie de la sandalia, cuando ya había perdido la otra. Al alejársele su balsa, buscó otra desesperadamente para agarrarse. Halló la del Purito y se aferró a ella, pero, al no resultarle muy segura, se cambió para la de Douglas. Finalmente, el Loro se agarró de un gran tronco donde pudo relajarse del susto pasado, justó él, que es tan mal nadador. Hery y Douglas lograron rescatar las sandalias de Lorenzo y alcanzárselas.
Pero el rápido siguió dando quehacer. Luisito se complicó, Hery agarró a su hijo y lo sacó del rollo. El Purito se enredó en el remolino y pegó un grito, pero allí estaba Yamil, quien se había convertido en su padrino y lo sacó del trance. La Mami y Ariel también pasaron sus sofocones en el remolino de aquel rápido maldito.

El Puro mayor no iba navegando, sino caminando. Se echó en su espalda la “sacochila” que tenía por mochila y así mismo hacía los complicados cruces del río crecido.
En el rápido siguiente, la Mami se enredó en otro remolino y se agarró de una rama, ya sin la balsa. Nuevamente la balsa del Purito sirvió de rescate, pues la Mami se prendió a ella para salir del atolladero. En otro rápido, Yanieyis entró en un torbellino y Raine la sacó del rollo.

Yendo yo a la delantera, sentí el rugido de un fuerte chorro. El chorrero crudo bajaba por la derecha, mientras que por la izquierda el río se ensanchaba y bajaba entre piedras sin gran presión. Luego de echarle un vistazo al panorama, decidí tirarme por la derecha.
A medida que descendía, la velocidad de mi balsa aumentaba. En el centro del rápido el agua se levantaba al chocar con una piedra blanca que había en el fondo. Al llegar a ese punto, mi balsa se trabó y la fuerte corriente me hundió, entrándome el agua a presión por la boca y la nariz. Ya en el fondo, braceé y pateé con fuerza, logrando salir del lugar más turbulento, hasta que hallé la superficie y me atraganté con el aire al salir. Luego de estar trabada unos segundos, la balsa se liberó y la recogí al final del rápido.
Yisel, quien venía cerca de mí, se fue por la corriente sin que yo le pudiera avisar del riesgo. Pero la suerte la acompañó, pues la balsa pasó la turbulencia con ella encima. Al salir del rápido, le grité a Papiro para que le dijera a la gente que bajara por la izquierda. Pero Alfredo, quien iba detrás de Yisel, creyó que ella se había tirado conscientemente y el orgullo lo llevó a imitarla. Salió Alfredo ileso y Marcos también. Después se tiró Eduardo con Coquito. En medio del torrente Coquito se cayó de la balsa y Eduardo lo agarró con fuerza, logrando salir los dos del atolladero encima de la balsa. El último en lanzarse por la derecha fue Papiro y bajó sin complicaciones. Yisel pudo captar en fotos el suave descenso del resto por la izquierda. La Mami se obstinó de navegar e Ichi tuvo que subir a buscarla.
Luego de terminar el complicado trance, continuamos navegando. Si el día anterior el lastre de la tropa fue País, Ariel lo estaba sustituyendo en la nueva jornada navegante. Su lentitud para bajar un rápido era desesperante; al Tin, que iba de retaguardia, se le agotaba la paciencia. En cuanto a poncharse, fue Leyva quien sustituyó a País.
Entramos en una larga recta, pasamos el arroyo Los Lirios, que desemboca por la derecha, y un poco más adelante paramos en la orilla izquierda para armar un tiroteo de maní, pues el hambre nos tenía locos. Unos seis kilómetros habíamos avanzado desde la salida en la mañana hasta el sitio del alto.
Poco a poco fue llegando la gente al lugar. Llamaba la atención el Puro, quien continuaba caminando, pero se había colocado una cámara inflada en la cintura para tirarse al agua con mayor seguridad. Su osadía en los rápidos era notable. Se tiraba con la mochila en la espalda, con una confianza tremenda y así mismo bajaba impulsado por la corriente.
Para preparar la merienda, pusimos las barras de maní sobre una piedra algo lisa. Allí las picamos y las repartimos. Al terminar la distribución, Ale limpió la piedra minuciosamente, ampliando su bocado con los diminutos pedacitos que halló.
Muy próximos estábamos al mayor rápido del Jaguaní. Siguiendo la navegación, rebasamos un primer rápido, hasta que un rugido fuerte nos anunció la llegada del gran rápido. Me detuve en la delantera, me paré sobre una piedra y ausculté la corriente. Douglas, a mi lado, miraba con ojos de preocupación. Lo embullé para que se tirara y me dijo que “de primero, ni muerto”.
El rápido en cuestión se inicia con un largo descenso por la derecha. Después el río gira a la izquierda y cae con un estruendoso chorrero en una poceta. La ventaja para los navegantes es que el ángulo de caída no es tan fuerte, por lo que la corriente suele empujar a la balsa sin trabarla. El riesgo mayor está en caerse de la balsa antes de bajar el chorrero, pues hay piedras suficientes como para que no se salga ileso.
Con la gente a la expectativa, me senté en la balsa y me lancé. El primer tramo lo pasé cauteloso, pero sin problemas. Luego vino el giro a la izquierda y la entrada en el chorrero. Prendido de la balsa, bajé dando tirones hasta la poceta sin caerme. Ya abajo, anclé la balsa en la orilla derecha y me trepé sobre una gran piedra. Desde mi punto de observación noté que por la otra orilla del río se podía bajar, pero como la corriente era muy floja, el descenso estaría carente de aventuras. Como la gente desde atrás no podía ver el descenso por el chorrero, la expectativa crecía. Entonces les hice señas para que se lanzaran por la derecha en la bajada.
Comenzó a tirarse la gente con la adrenalina saliéndoles a chorros. Pero el descenso empezó bastante bien. Yisel llegó al final sin problemas y se trepó en la piedra donde yo estaba. Las imágenes que nuestra fotorreportera captó han ocupado un buen sitio en la historia fotográfica de Mal Nombre. Luisito y Bethsy tirándose en sus balsas por aquel río crecido, con sus padres vigilantes a pocos metros de ellos; Eduardo con Coquito; y Evelyn en medio el chorro, son buenos ejemplos de las instantáneas. Solo a Lizet la suerte no la acompañó. Un severo trastazo contra una piedra se llevó en su espalda, cayendo en la poceta con un gran dolor que la dejó encorvada por un rato.
La Mami estaba renuente a bajar el rápido y se quedó esperando a su maridito. Ichi, después de tirarse, tuvo que subir y bajó a Yuslenis de la mano, por la orilla izquierda. De aquel hecho sobrevino el cuero de que Ichi estaba haciendo el río tres veces: tirándose en los rápidos, subiendo a buscar a la Mami y bajando con ella.
Al terminar de bajarse el chorrero, las acciones continuaron. Alfredo intentó bajar un rápido siguiente por la derecha, pero se cayó de la balsa y terminó el descenso arriesgando la piel. A Mayté le ocurrió algo similar, lastimándose el lugar de la rodilla que ya se había lesionado el día anterior. El resto de la tropa bajó por la derecha sin problemas. A Yaser, en un despiste, se le fue la balsa y allá fue Alejandrito a recogerla ante la vista de todo el grupo. Pero su nado no fue efectivo y tuvo que ir Marcos a rescatar la inflable.
Continuó la navegación por una zona donde la vegetación pasó de ser tropical a tener un verde más austero debido a la pobre capa vegetal de las laderas aledañas al río. Varios rápidos seguidos nos hicieron avanzar a buen ritmo, hasta llegar a un lugar donde se hacía un remolino en una esquina a la derecha. En otros años ese sitio no nos había dado quehacer, pero con el río crecido la historia sería bien diferente.
Al llegar al lugar, logré esquivar el remolino con un nado intenso, pero Yisel no. Al verla en el atolladero, subí mi balsa sobre unas piedras de la orilla derecha y con una soga logré sacarla. El Purito, quien le seguía detrás, corrió su misma suerte. Aunque también saqué al Purito, a este se le fue la balsa y comenzó a hundirse en las inquietas aguas del río. Me tiré al agua, lo agarré y le alcancé la balsa para que siguiera en ella. Pero el Purito, en medio del susto, me pidió otra balsa, porque no se sentía seguro en la suya. Halé la balsa con él encima y los empujé hasta la orilla opuesta, junto a un cristalino arroyo. Allí se empezó a agrupar todo el que sobrepasaba el remolino.
Hery y el Tin llegaron también al remolino y, tras subirse en la esquina, comenzaron a ayudar con la soga a todo el que allí se enredaba. Leyva y Marcos cayeron en la trampa del río y lograron salir con la ayuda de la soga. El resto pudo esquivar la diabólica esquina, al ser alertados de que se pegaran a la orilla izquierda. Pero el Puro se apareció al final con su sacochila y una cámara de carro haciéndole de salvavidas. Cayó el Puro en el remolino y la tarea de Hery y el Tin fue titánica para conseguir sacarlo del atolladero.

Juntos todos en el arroyo, decidimos continuar a la búsqueda de una buena playa para acampar, pues ya habían pasado las cinco de la tarde. Por un tramo largo, bastante recto, nos movimos a gran velocidad, impulsados por varios rápidos en secuencia. País tomó la delantera y se detuvo al final de la secuencia, justo antes de que el río doblara brusco a la izquierda. Una playa a la izquierda se prestaba para la acampada. Allí mismo acampamos en el año 90 y, aunque en esta segunda ocasión la playa tenía alguna maleza, nos daba espacio suficiente para que cupiera la tropa entera. En la ladera opuesta, un derrumbe había eliminado la capa vegetal en un ancho de más de 150 metros. A la izquierda del pelado descendía una cristalina aguada. En la misma orilla, ya en la curva, un inmenso farallón mostraba un extraño colorido en el que resaltaba el color anaranjado debido seguramente a algún hongo que tenía allí su hábitat.

Después de asentarse, los del grupo Uno se enfrascaron en cocinar espaguetis, levantando la candela con la leña seca que abundaba en la playa. Ya de noche, se formó el tiroteo, completado con la consabida carne en salsa y también con el refresco. Marcos y Alfredo alzaron una fogata a unos metros de la improvisada cocina y con ella alumbraron a un interesante espacio de la cuenca del Jaguaní. Ambos, con sus respectivas parejas, Evelyn y Lizet, se orillearon un buen rato, hasta que el sueño los venció. Terminaba así una jornada de largo avance en la navegación, justo 11 kilómetros, luego de estar un día varados por crecida y mal tiempo.
(Continuará la próxima semana)
