Una vista del Toa desde Boca del Quibiján
Miércoles 2 de agosto del 2006
La estrellada madrugada fue una divinidad, comparada con las dos noches anteriores. Como debíamos adelantar lo más posible, di el de pie a las seis de la mañana. A algunos remolones tuve que darles un segundo pase para que se levantaran. Con el amanecer pudimos ver que el nivel del río había descendido y que el agua estaba bastante clara.
Mientras el grupo Dos preparaba un choco-leche de desayuno, el Tin se daba un viajecito hasta la aguada de la otra orilla. Después de desayunar, recogimos e hicimos guardia vieja y, a pesar del de pie tempranero, salimos a navegar próximos a las diez de la mañana bajo un espléndido sol. Nueve kilómetros nos restaban para llegar al encuentro con el Toa en el impresionante lugar conocido como Boca del Jaguaní.
Avanzamos un kilómetro los de la delantera de la flotilla e hicimos un alto para esperar a los retrasados. El Puro continuaba caminando con su sacochila, sin querer saber nada de la navegación en balsa. Marcos y Alfredo iban en misión de retaguardia, junto con Evelyn y Lizet.
Con la flota reagrupada, continuamos la navegación, pero no por mucho tiempo, pues los ponches nos hicieron parar nuevamente. Yisel, Lizet y Leyva eran los ponchados y algunos nos enfrascamos en resolver los problemas, para quitarle a Marcos la tarea que tan atareado lo tuvo en su primer día de retaguardia. La cantidad de bage que llevábamos había disminuido preocupantemente. La playa donde paramos tenía al frente un peñasco, que le sirvió de trampolín a buena parte de la tropa para tirarse unos clavados. Ichi logró levantar bastante agua tirándose un “cuatro”. Aprovechamos también el alto para tirotear el maní que tocaba en la jornada.

Continuando la navegación, bajamos varios rápidos en secuencia, hasta que en uno complicado se formó una trabazón. Douglas descendió casi sin balsa y Ariel hizo galas de toda su parsimonia. Ya se iban haciendo habituales sus demoras en los rápidos, pero en el de la ocasión se extremó. Se detuvo, infló la balsa, que tenía un ligero salidero, dio unos pasos, analizó el rápido, volvió a echar aire, dio otros pasos, y los que estábamos en la vanguardia ya no pudimos de la impaciencia.
Continuamos avanzando por una zona donde la ladera derecha se aleja algo de la corriente. Giramos a la izquierda, descendimos un buen chorro y doblamos a la derecha para entrar en un tramo recto y tranquilo. Algunos que me acompañaban en la delantera comenzaron a presionar para hacer ya la acampada, pero logré contenerlos exaltándoles la importancia que tenía llegar a Boca del Jaguaní. Pero mientras yo los calmaba, Ariel no acababa de llegar y, por supuesto, la retaguardia tampoco.
Al fin apareció Ariel al borde del rápido que acabábamos de pasar. Cargó la balsa y comenzó a descender por las piedras de la orilla izquierda. Al ver su lentitud, creció mi impaciencia y comencé a navegar en contra de la corriente para acercármele. En mi desespero, solté un grito de “¡Ariel!” y le hice señas con los brazos para que se apurara. Como no me respondió, seguí acercándomele lentamente. Le veía solo la mitad del cuerpo y me parecía que estaba ajetreado en algo, pero no avanzaba. Con más impaciencia, le solté varios gritos, hasta que al fin me respondió: “Estoy cag…” No me quedó otra que partirme de la risa. Después le fui con el cuento a los demás.
Por fin llegaron los retrasados y seguimos avanzando el tramo recto por aguas tranquilas. Al rato de navegar, llegamos a una esquina del cauce, donde el río dobla ligeramente a la izquierda. El paisaje que teníamos de frente era una preciosura. La vegetación ya se había tornado completamente tropical y mostraba varios niveles. Primeramente, pegada al agua, la hierba formaba una extensa franja. Más arriba las cañas bravas alegraban la mirada con sus largos troncos flexionados que, al decir de Ale, parecían delfines saltando. Encima de estas aparecían las palmas reales, y cerrando el verde panorama y debajo del cielo, la escandalosa jungla. No faltaban las colgantes lianas en el espléndido panorama. Lástima de no llevarnos unas imágenes de aquel provocativo lugar.
Tanto nos atrajo el sitio, que hicimos un alto en una playita de la orilla izquierda. Ya eran las seis de la tarde y Mary me propuso acampar allí, pero le dije que Boca del Jaguaní estaba a menos de un kilómetro de distancia. Seguimos por la corriente y comenzamos a girar una larga curva a la derecha, llevados por algunos rápidos que le pusieron prisa al avance.
En el largo giro llegamos a divisar un rápido ruidoso y detrás de él el paisaje se ensanchó. Allí estaba el fin de la jornada. Bajamos el aventurero rápido y nos vimos abocados al encuentro de los dos ríos. El bello Jaguaní por la izquierda y el taimado Toa por la derecha juntaban sus aguas para continuar con un cauce más ensanchado.
A la izquierda, un farallón le daba majestuosidad al paisaje. A la derecha, en el borde del encuentro, una inmensa duna con dos niveles, formada por los residuos de tantas y tantas crecidas, nos esperaba para brindarnos asiento. Aquella primera impresión le hizo decir a Yaser que ese es “el lugar más lindo del mundo”. Allí había acampado Mal Nombre en la guerrilla de verano del año 99.
El Puro llegó al lugar de primero y, al vernos, nos dio una dura noticia. Un guajiro que habitaba por la zona, el primer ser humano visto por el grupo después del último encuentro con Canelo, le dijo que Fidel estaba enfermo y Raúl había asumido por él al frente del país. Aquella noticia me pareció algo rara y no le di mucho crédito, pero no dejó de causar consternación e incertidumbre en la tropa.
Una pesquisa de algunos por los alrededores trajo como resultado unos cocos y unas guayabas, que sirvieron para mitigar el hambre en lo que estaba el tiroteo. Algunos palos se prestaron para armar tendederas y colgar en ellas parte de la ropa mojada. El grupo Dos cocinó arroz en buena cantidad y lo dejó listo con la llegada de la noche. Yo repartí la carne y el arroz, y Yisel el refresco. Ya se había hecho habitual nuestro dúo para repartir.
Cerca de la bandera malnombrista izada sobre un largo palo y a la luz de la candela que quedó de la cocina, un grupito armó una tertulia y el tema de conversación era Monty o, para ser más preciso, sus partes colgantes, siendo Douglas el principal protagonista del cuero. Tras las últimas risotadas, llegó el silencio al campamento que, nuevamente, tuvo como techo una noche maravillosamente estrellada.
Jueves 3 de agosto del 2006
La madrugada transcurrió tranquila, hasta que ya avanzada, el cielo se nubló y soltó una llovizna, pero solo para asustar, pues pronto escampó. El lugar donde acampábamos tenía la peculiaridad de pertenecer a la zona más lluviosa del país, alcanzando un promedio anual de cuatro mil milímetros de lluvia caída.

Llegó el alba sin más sustos y el grupo Tres de cocina preparó el desayuno a base de leche con chocolate, acompañada del siempre habitual dulce de guayaba, que fue aliado con tostadas. Ese debía ser el último día de navegación, pero la recogida se tardó por un ponche que le tuve que coger a la balsa de Yisel.
El Puro partió de primero a pie, como en los días anteriores, con mi encomienda de contactar con Vilmedi, quien vivía por Boca del Naranjo. Este era un lugareño del que Adognis me había hablado, pues conocía bastante de Salto Fino (el segundo objetivo de la guerrilla) y podía incluso servirnos de guía. Adognis dirigía el grupo Extremo y por él tuve bastantes detalles de Salto Fino.
A las once partimos los demás. Avanzando por las aguas del Toa ensanchado, la navegación se hacía más lenta. Hery llamaba la atención porque había ensamblado tres agujereadas balsas, y con una soga amarrada a su trusa, las remolcaba a nado.
Al doblar una primera curva a la derecha nos llevamos una grata sorpresa. En la orilla derecha un joven campesino nos esperaba con un racimo maduro de plátanos manzanos. Nos detuvimos en un pequeño meandro y crucé la corriente para recibir la donación, luego de agradecerle al joven. De inmediato volví a su encuentro con unas latas de carne y unos paquetes de espaguetis, que bien le servirían al solidario campesino. Los plátanos tocaron a dos y medio por malnombrista. A pesar de ser manzanos, eran bastante grandes y tenían un delicioso sabor. ¡Buena merienda al comienzo de la jornada!
Al continuar el avance, País dio muestras de lentitud, retrasándose de un modo llamativo. Junto a él navegaba su hijo José Javier. En medio de una recta del río vimos en la orilla izquierda, sobre una piedra, a una cuadrilla de nueve patos que nos observaban con curiosidad. Otro alto hicimos en una recta aún más larga que la anterior. Anclamos las balsas en la orilla izquierda y los niños aprovecharon para darse un rico baño sin balsas. Para la historia quedó una foto de Luisito, Alejo, Bethsy, Coquito y Yeyo en medio del agua, que tiró Yisel.

Después de reagruparnos, seguimos por la recta y vimos a la derecha una conocida estación meteorológica, con un cable colgando en la altura y atravesando el río, que servía para medir los niveles de las crecidas, aunque ya no estaba en uso, pues un sistema más moderno cumplía tal función.
Al final de la recta seguimos un giro del río a la izquierda y nos abocamos a descender un complicado rápido. En el lugar, la pendiente impulsa a la corriente hacia la izquierda, justo donde había unos troncos trabados. La gente pudo esquivar la presión del agua y seguir por el centro o por la derecha, excepto José Javier, que cayó con su balsa en la trampa y, del trance, un palo le ponchó la balsa. País logró llegar hasta el frente de “la ratonera” y, con sumo cuidado, pudo cruzar a pie la corriente para auxiliar a su hijo.
Yo había bajado ya el rápido, pero al ver la complicación de Javier, recosté mi balsa en la orilla derecha y subí caminando sobre las piedras. También con mucho cuidado logré atravesar la corriente y llegar hasta los dos País, justo a tiempo para escuchar un adolescente e infundado alarde de Javier, cuando le dijo a País: “Papá, ¿para qué viniste?” De inmediato le solté al chama: “Ni en un año tú lograrías salir solo de aquí.”
Entre País y yo, pasando no poco trabajo, logramos zafar la mochila de la ponchada balsa. Al conseguirlo, intenté ponérmela en la espalda para cruzar la corriente, pero no logré aguantarla por la presión del agua. Decidí entonces subir por la ladera izquierda con la mochila cargada. Avancé unas decenas de metros entre el monte y volví al río después de pasar el rápido. País bajó el rápido, cruzó la corriente con su balsa y le di la mochila.
Busqué mi balsa, le pedí a País la mochila de Javier y la monté en la balsa sin amarrarla, mientras mi mochila continuaba atada en su posición. Continúe así la navegación. Más adelante vimos a Hery enredado con su tándem de balsas, el cual llevó a la orilla y lo amarró nuevamente.
Una playa a la derecha nos sirvió para reagrupar otra vez a la tropa. Mientras, la tarde avanzaba luciendo un sol despampanante. Al alto llegó Dayana retardada, pues se dejaba lleva por la corriente sin hacer uso de sus brazos. De últimos, como retaguardia de la jornada, navegaban Yaser y el Tin, con Mary en compañía.
Antes de llegar a Boca del Naranjo, el Puro encontró a Vilmedi y se sentó con él en la orilla derecha del río para esperarme, de frente a una ladera erosionada. Los navegantes malnombristas, después del descanso, giramos a la derecha, seguimos por una recta y, más adelante, volvimos a doblar a la diestra para comenzar a avanzar entre laderas erosionadas. El Piri navegaba con fiebre, por lo que se sentía mal, Ariel continuaba con su insufrible lentitud, y Dayana, dejándose llevar sin darle a los brazos. Nos resultó agradable la visión de otros patos, que iban nadando por la corriente.

Leyva, con su balsa bastante desinflada, se lanzó por un rápido que corría justo frente al lugar donde me esperaban el Puro y Vilmedi. En el descenso, se cayó de la balsa y el amarre de la mochila se le zafó. Entre el agua que tragó y las cosas que comenzaron a flotar, fue tal el susto de Leyva, que al concluir el trance decidió no navegar más.
Cuando llegué al lugar vi al Puro y a Vilmedi y salí del agua. El Puro me presentó a quien sería nuestro amigo a partir de entonces. Le pregunté por Salto Fino y me dijo que había llegado hasta la misma base del salto. VIlmedi trabajaba en el Parque Alejandro Humboldt, perteneciente al CITMA, y conocía a plenitud la región. Le hablé del permiso que traíamos, pero ya el Puro lo había hecho y Vilmedi estaba satisfecho. Me dio algunos detalles, que corroboraron varias de las informaciones que recibí de Adognis antes del viaje.
Me despedí de Vilmedi y seguí navegando, mientras el Puro y Leyva continuaban a pie. Una curva amplia del río hacia la izquierda nos permitió pasar por delante de la Boca del río Naranjo, que desemboca bajo las sombras de grandes árboles, por la orilla izquierda del Toa. Pasando el Naranjo, hicimos un alto en una playa de la derecha del río, junto a una cayuca. El Piri aprovechó el descanso para tirarse sobre la arena, pues la fiebre no se le quitaba.
En el siguiente tramo de navegación tuvimos que nadar bastante, pues los rápidos eran mínimos y suaves. Pasamos frente a una playa que nos sirvió de acampada en el año 99, pero en esta nueva ocasión la maleza había cubierto gran parte de la arena.
Unos cientos de metros más adelante rebasamos la boca del río Quibiján y concluimos la navegación de la guerrilla en el largo y ancho arenazo que posa en la orilla izquierda, casi a las seis de la tarde. El Puro y Leyva se nos habían adelantado en la llegada al lugar. Poco a poco fue apareciendo el resto de la flotilla, hasta que finalmente atracó la retaguardia.
Al poco rato de llegar el último malnombrista, se podía ver la gran explosión de la bomba atómica sobre el extenso arenazo. La belleza del lugar era innegable, no solo por el encuentro de los dos ríos, sino también por el pintoresco paisaje que lo adornaba, con su exuberante vegetación tropical y el reguero de alturas que lo rodeaban.
Después de exprimir y tender nuestras ropas, Marcos, el Tin y yo salimos en busca de sustento para ampliar la comida de la extenuante jornada. Con un saco y dinero, pasamos a nado por la boca del Quibiján y llegamos a su orilla izquierda, tomando como referencia el río arriba. Subimos una lomita y llegamos hasta un bohío. El primer guajiro que vimos nos llevó hasta el dueño de la casa, a quien le dijimos nuestro interés alimenticio. El hombre nos dejó por unos minutos y volvió con un racimo de plátanos burros, o fongos, según le dicen en la zona. Tras entregarnos el racimo, partió nuevamente y regresó con unas naranjas agrias.
Al guardar los productos en el saco, le solté una pregunta ansiosa: “¿Le pasó algo a Fidel?” El hombre nos habló de una proclama firmada por el Comandante, en la que traspasaba sus funciones a Raúl, debido a su complicado estado de salud. Nos dijo que la Proclama fue leída por la televisión el día 31 por la noche y publicada en el periódico Granma al día siguiente. Buscó en unos periódicos que tenía y halló el del día primero de agosto. Leímos de prisa la Proclama, que fue bastante publicada en el mundo entero por aquellos días. Le pedí al hombre que nos prestara el periódico para leérselo a la tropa. Aunque no los quería aceptar, luego de bastante insistencia, le dimos 20 pesos en como pago por los plátanos y las naranjas, y partimos hacia el arenazo.
Al llegar a la boca del Quibiján, le gritamos al grupo para que nos trajeran una balsa y sobre ella poder cargar las cosas. Yaser respondió al momento, navegando hasta nosotros sobre una balsa, en la que cargó el saco y volvió al campamento. Marcos, el Tin y yo cruzamos a nado la corriente y nos sumamos al grupo.
Al llegar, llamé a la gente y les leí la Proclama. Con cierta conmoción se escuchó el texto de Fidel, donde hablaba de su enfermedad, del traspaso de sus funciones a Raúl y del importante papel del Partido en la difícil coyuntura. También alertaba sobre el riesgo de que Estados Unidos se quisiera aprovechar de la situación, por lo que hacía un llamado a la firmeza de todos los revolucionarios.
Al terminar de leer, País encendió un radiecito y por él pudimos oír, con trabajo, la Mesa Redonda. En ella se hablaba de la repercusión internacional que estaba teniendo la Proclama.
Para cocinar tantos plátanos nos hacía falta un gran caldero. Eduardo cruzó la corriente en su balsa y fue hasta la casa donde conseguimos las cosas. El hombre le prestó un enorme caldero y regresó Eduardo con él al sitio de acampada.
En lo que el grupo Tres de cocina trabajaba, una original conversación tuvo lugar entre varios malnombristas. El tema era pedir un deseo y cada cual dijo el suyo. La nota “más alta” la puso el Purito, al pedir “Esclavos y piscina”.
Aún de día, se apareció en el lugar de acampada el presidente del CDR de los alrededores. Le expliqué quiénes éramos, qué hacíamos y que acabábamos de enterarnos de la Proclama del Comandante. El hombre pareció satisfecho, se despidió y se fue. Evidentemente, tras la Proclama de Fidel, toda la zona estaba en estado de alerta.
Lo más demorado de la comida fue hervir los plátanos. Ya de noche, anunciamos el tiroteo, que incluía arroz por segundo día consecutivo. Realmente, el arroz estaba acompañado por una buena cantidad de arena, por lo que costó trabajo comérselo. La cantidad de plátanos era suficiente como para llenarnos y guardar para el día siguiente.
Al rato volvió a aparecerse en el campamento el presidente del CDR, pero acompañado en la ocasión por un miembro de la zona de defensa. El de la zona de defensa me hizo algunas preguntas y, tras mis respuestas, se marcharon definitivamente.

Aunque habíamos matado el hambre, Alfredo siguió atizando el fuego para cocinar los plátanos que quedaban. Como “barriga llena, corazón contento”; el sueño completó la obra de la noche. No obstante, comenzó a rotarse una guardia nocturna, previendo que estábamos en zona habitada, y mucho más después de conocer la Proclama. La linterna del Tin y la mocha de Marcos comenzaron a pasarse de mano en mano, según el que estuviera de guardia. El orden de la guardia fue diferente al del primer día, para aliviar a los que velaron en las horas menos gratas de la madrugada allá por La Melba.
Viernes 4 de agosto del 2006
De madrugada cayó una llovizna, pero por corto tiempo. Tras el de pie mañanero, el grupo Uno preparó el desayuno con chocolate con leche y le adicionó un fufú elaborado con los plátanos que cocinó Alfredo la noche anterior, que fue mejorado con un rico aliño.
Después de desayunar, el Puro, Enmanuel y Reinier se despidieron de la tropa y partieron juntos por la arena, pues ya concluían la guerrilla. El Puro y su hijo irían hasta Camagüey a ver a unos parientes, mientras Reinier se reuniría con su mamá en Jiguaní. Se les vio de lejos cruzar el Toa en busca del caserío La Perrera.
Mientras recogíamos el campamento, Vilmedi se apareció en un carrito parecido a un karting, pero algo mayor, sobre todo por sus grandes ruedas, que rodaban con ligereza sobre terreno empedrado. Conversando amistosamente, nos dijo que no podía acompañarnos a Salto Fino. Le dimos unas balsas ponchadas y unos sacos, los cuales les serían bastante útiles. Dejamos además sobre la arena un bulto de sacos para que la gente de la zona los pudiera utilizar. Se fue Vilmedi e hicimos una guardia vieja para sanear el lugar. Además de recoger todos los desperdicios, quemamos pomos plásticos y nylon.
Ya listos, partimos por donde mismo se fue el trío que nos antecedió en la ida. Nuestro primer destino de la jornada era el poblado de Quibiján, donde terminaría la parte de la guerrilla relacionada con el río Jaguaní.
Al cruzar a la otra orilla del Toa, Lorenzo se dio un baño en un charquito, con tan mala suerte que su cuerpo se impregnó de un mal olor, pues allí solían orinar los caballos. Las burlas al Loro no faltaron y tuvo que mejorar su aspecto bañándose en el río.
Cuando la gente terminaba de cruzar la corriente, Ale se entretenía mojándolos. Cuando le hizo la “gracia” a Eduardo, este le habló con fuerza, por lo que Alfredo le respondió que solo era un niño y yo apoyé a Alfre. Justo Alfredo y yo continuamos la marcha cargando el gran caldero que nos habían prestado la tarde anterior.
Subimos todos una lomita y recorrimos río arriba una ancha vereda sombreada por grandes árboles, hasta llegar a la casa del dueño del caldero. Entregamos el caldero, agradecimos y continuamos río arriba por un camino más estrecho. Mayte iba en la retaguardia, mostrando una cojera notable, debido a la lesión sufrida en su rodilla. Hery, al verla en aquel estado, le cargó la mochila.
Después de andar un tramo por la orilla izquierda, el camino nos llevó a cruzar la corriente y, al hacerlo, nos detuvimos cerca de un bohío para darnos un descanso. Varios aprovechamos para refrescarnos en el río y Alfredo inició un tiroteo de agua, en el que participaron varios y se alargó por un rato.
Continuamos la marcha por la orilla derecha y pasamos cerca de un bohío. Alejandrito, el adolescente, dejó un machete regado en el tramo, que Hery encontró y enganchó a su mochila. Hicimos otros dos cruces, pasando en el segundo junto a la boca del río Barbudo, hasta que finalmente llegamos al puente roto del río Quibiján, ya en el poblado que teníamos por meta. Era la séptima ocasión en la que un grupo malnombrista llegaba a aquel lugar.
Cruzamos el río sobre el puente bajo que sustituyó al roto, penetramos en el poblado y fuimos a la cafetería. Allí nos hicieron un cubo de refresco de naranja agria y nos vendieron plátanos maduros, todo muy oportuno para apaciguar el hambre que teníamos. Pero más oportuno fue el carro del pan, que llegó justo al poblado cuando los malnombristas merendábamos. En resumen, arrasamos con el pan destinado a la cafetería y siete de las flautas compradas nos agrandaron con azúcar la merienda del momento.
Así terminaba la primera parte de una guerrilla que nos regresó al río más lindo del mundo.
