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Pasajes del Sur de la Isla de la Juventud 2023 (segunda parte)

Miguel Alfonso Sandelis
20 marzo 2026 | 0 |

Cómo se puede hacer trizas la felicidad

La tarde en Carapachibey se completó con un baño colectivo en la ensenada, una buena dote lograda por los pescadores malnombristas, una amenaza de lluvia que no se concretó, la cocina del grupo Uno con gran carga proteica y el tiroteo formado al filo del anochecer con la plaga entrando.

Pero para dormir, la plaga no sería problema. El pasillo circular de lo alto del faro, a 60 metros de altura, nos libraría de su acoso, además de aportarnos una acogedora brisa. Y para allá arriba nos fuimos todos, salvo Alexis y Sosa, quienes prefirieron tirarse en el pasillo del edificio; Sosa con Andy adentro de su tienda y Alexis a la desbandada.

Allá arriba, tirados en el pasillo circular y protegidos por la baranda que bordea al radar, nos llegó la música del Rafa. La ventaja de nuestra posición era enorme: no había plaga ni calor. Por eso, la apretazón era lo de menos. En tan espléndido lugar el sueño se fue esparciendo poco a poco entre la tropa.

Lunes 31 de julio del 2023

Pero “la felicidad dura poco en casa del pobre”. Pasada la una de la madrugada me desperté con un dolor de barriga. Imagínese un problema de ese tipo a 60 metros de altura sin un baño al alcance. Lo primero es el sueño roto en aquellas divinas condiciones. Lo segundo es tener que bajar. Lo tercero, ¿me dará tiempo? Y lo cuarto es saber que la plaga me estaba esperando allá abajo como “cosa buena”.

Cuando me convencí de que aquello no tenía remedio, es decir, que tenía que bajar de todas, todas, comencé a descender las 30 escaleras que tiene el faro. Pasada la mitad del descenso, las ganas crecieron irremediablemente y faltándome menos de tres escaleras, me chispeé y tuve casi que seguir corriendo.

Ya abajo, “volé” por el pasillo viendo a Alexis dormido como una piedra, que ni se movió. Salí a la intemperie, me quedé en cueros, me alejé unas decenas de metros corriendo y solté el mal que me aquejaba sobre el reguero de concreto y cabillas que quedaron esparcidas como consecuencias de los destrozos causados por el huracán Iván años atrás. En esas condiciones, me convertí en un regalo para la plaga, pero no podía salir corriendo hasta que no estuviera seguro de que no me quedaba nada adentro. Allí estuve unos cinco minutos, completamente desnudo, recibiendo un feroz ataque de mosquitos, pero, sobre todo, de jejenes.

Cuando terminé mi labor, me di un baño a jarrazos de agua cogida de un tanque grande y plástico de color azul, donde se almacenaba agua de lluvia, enjuagué el calzoncillo y lo tiré por algún lugar para que se secara. Después subí ‒aún encueros‒ dos escaleras hasta pararme de frente a una ventana abierta por la que entraba un fresco que ahuyentaba la plaga. Allí estuve de pie más de diez minutos, sufriendo los efectos de las picadas, hasta que estos fueron pasando. Finalmente, me tiré en el suelo del pasillo entre escaleras para conciliar el sueño.

Pero ni creerme que yo fui la única víctima esa noche de un mal de estómago. Rovic también se las vio feas. Sus problemas comenzaron después de la comida, cuando se “chispeó” tratando de zafarse el pantalón. Ya de noche, también subió a lo alto del faro a dormir, pero como a las cuatro de la madrugada tuvo que bajar y hacer el “dos” en los alrededores de la construcción. Después pensó en volver a subir, pero la cordura le hizo desistir, y con mucha razón, porque como cuatro veces más se vio obligado a “dar del cuerpo”, por supuesto acribillado por la plaga.

De Carapachibey a Punta Francés

Al amanecer no di de pie, de modo que la gente se fue despertando relajadamente, aunque no tarde. Como le tocaba la cocina a mi grupo, herví agua para preparar el choco-leche que tendríamos en el menú del desayuno, al que se le sumó galleta con dulce de guayaba, churrupia y una agradable sorpresa: jamón picado en trozos del tubo aportado por Jorgito, el guardabosques.

Pasadas las nueve de la mañana la gente comenzó a salir. El destino del día era Punta Francés. A Roberto y a Alejandro Armando unos ponches les retrasaron la partida. Yo salí a las diez. Los últimos en irse fueron Yisel y Adrián por estar de retaguardias.

Luego de recorrer la carreterita de entrada al faro, tomamos la carretera larga en dirección al oeste, en un tramo bastante averiado y bajo un cielo despejado. A las 11:03 minutos llegué a la casa de Flora y Fauna del Jorobado, ocupada por un trabajador que nos recibió amablemente y nos brindó toda el agua que quisimos. El pozo de agua que hay detrás de la casa, como una vez anterior, le regaló un enjambre de mosquitos a todo el que fue hasta él a llenar sus envases.

Como la retaguardia se demoraba bastante, le dije a la gente que siguiera, mientras Rovic y yo virábamos a ver qué pasaba, y Janett y Jorgito se quedaban esperándonos en el Jorobado. Sin llegar al kilómetro en retroceso, nos encontramos con Gabriela, Alejandro Armando, Adrián y Yisel parados en medio de la vía. La causa del retraso era un nuevo ponche de Alejandro, que ya se lo estaba cogiendo Adrián. Pero al volver a montar, el ponche se fue y Adrián le tuvo que dar una cámara suya de repuesto. Por fin nos vimos rodando hasta llegar al Jorobado. Allí los retrasados tomaron agua y finalmente partimos del lugar a las 12: 48.

A partir del Jorobado habían mejorado el terraplén, por lo que pudimos rodar a buen ritmo hasta llegar al poblado de Cocodrilo, adonde nos aparecimos a la 1:34. En el pequeño y pintoresco poblado que bordea a una línea costera de farallones sobre un agua de mar cristalina, nos concentramos en la edificación de una planta que es como el poli servicio del lugar. Un largo portal techado nos brindó sombra a pedalistas y bicicletas, y en un pequeño restaurante con tres mesas nos sirvieron un imprevisto almuerzo de arroz, pescado, boniatos fritos y refresco; un verdadero manjar para los guerrilleros.

A las 3:21 de la tarde partimos de Cocodrilo en busca de uno de los paraísos que tiene Cuba: Punta Francés. El primer tramo de un terraplén blanquecino de una extensión de alrededor de 11 kilómetros, lo hicimos con buen ritmo. A las 3:54 llegamos Alexis y yo en la vanguardia al Hato de Milián, una finca de Flora y Fauna a la que se llega por un camino de unos ciento y tantos metros de extensión, tomando en sentido contrario a la costa.

El Hato de Milián

En la casa de madera del lugar nos encontramos a dos trabajadores de Flora y Fauna, quienes nos dijeron que el camino hasta Punta Francés estaba cerrado debido al azote del huracán Irma. Ante tal noticia, hicimos una reunión, porque había quienes querían regresar a acampar a Cocodrilo. Pero la decisión de la mayoría fue seguir rumbo a Punta Francés y acampar donde nos fuera factible. En el pozo que hay detrás de la casa tomamos agua y rellenamos los envases, pues de ahí en adelante no tendríamos más abastecimiento del líquido preciado.

A las cinco de la tarde partimos del Hato de Milián. El siguiente tramo, también de terraplén blanquecino, era bastante benévolo para nuestras bicicletas. Primeramente, pasamos un tramo sombreado por árboles sembrados unos pocos años atrás, seguimos luego al sol, después el camino giró hacia la derecha con la costa a la vista, pasamos un tramo pedregoso donde lo más aconsejable era bajarnos de las bicis y continuamos bajo un bosque de unos pintorescos yareyes, donde los mosquitos estaban a la caza de todo el que paraba. Yo los sufrí en carne propia cuando la caja de mi bicicleta se me fue de lado y tuve que hacerle unos improvisados arreglos bajo el acoso de los insoportables zancudos.

De las sombras, volvimos a pedalear bajo el sol y el tramo se hizo como de piedra allanada, hasta que llegamos a un entronque donde por la izquierda se iniciaba el llamado “Bosque Encantado”, un tramo de alrededor de un kilómetro de extensión completamente sombreado por grandes árboles y donde la humedad era elevada.

A las 5:54 llegué a la costa en medio de la larga bicicletada. Allí había un entronque de caminos: a la izquierda, Punta Pedernales; a la derecha, Punta Francés. Tomamos la derecha y comenzamos a avanzar trabajosamente sobre un camino de arena, paralelos a una playa en la que las uvas caletas bordean la orilla junto con una línea pedregosa. Cuando las piedras le dieron paso a una playa de arena, buscamos un lugar para acampar, hasta que al fin nos detuvimos cuando el reloj de mi móvil marcaba las 6:14. Comenzó entonces la acampada.

Acampada casi en Punta Francés

Acampada casi en Punta Francés

A la par de alzar las tiendas de campaña, el grupo Dos de cocina inició las labores, con Raine al frente y otros más en compañía. Como suele hacer, el jefe cocinero me asignó la misión de levantar y mantener la candela. Las Tres Marías (nombre que le di al trío conformado por Gabi, Dayana y Marian), Rivas y Alejandro también se enfrascaron en lograr unos buenos espaguetis con carne en salsa.

Mientras se cocinaba, el Rafa y David exploraban el fondo marino de las cercanías para agrandar la cuota proteica de la jornada. Otros se bañaban en la bella playa que se extendía al borde del campamento. La playa era larga hacia la derecha, terminando en una punta donde las uvas caletas le cortaban el paso a la arena. Más allá se encontraba la bella playa Punta Francés, pero su difícil acceso nos impedía llegar hasta ella, de momento.

Con el oscurecer llegó la plaga y todo el mundo tuvo que protegerse con la ropa que llevaba para la ocasión. En el lugar hallamos unas laticas con pajusa, encendimos la paja y de ellas brotó un humo que sirvió para aplacar un poco a mosquitos y jejenes.

Pasadas las nueve de la noche formamos el tiroteo. El refresco lo repartimos en polvo, para que cada cual se lo preparara y ahorrara así su agua. En medio de la repartición, llegó Fernando el pinareño, como guerrillero caído del cielo, venido desde La Habana. Raine después cocinó los pescados que sacaron Rafa y David y algunos esperaron hasta tarde para comerlos. Antes de las once el campamento estaba en silencio, mientras la plaga merodeaba en busca de carnada humana.

¿Uno o dos días en Punta Francés?

Martes 1ro. de agosto del 2023

Como permaneceríamos el día entero acampados en aquella playa, el de pie fue relajado; cada cual haría lo que quisiera en la jornada. El grupo de cocina de Yanetsy preparó como desayuno galletas con dulce de guayaba, y el refresco se volvió a dar en polvo.

Pero había inquietudes en la tropa. Unos querían permanecer dos días enteros en la zona, como estaba previsto inicialmente en el itinerario, mientras otros preferían regresar a Cocodrilo o a Carapachibey al día siguiente.

La razón fundamental era que las condiciones de Punta Francés no eran las mismas de otras veces, principalmente porque el acceso era más complicado y porque el muelle estaba destruido, pensando en que sobre el largo espigón la plaga no hizo acto de presencia cuando acampamos allí en el 2016.

Los principales líderes de cada opción éramos Ibis y yo, ella por un día en el lugar y yo por dos. En el debate me mostré algo incómodo, lo cual pudo haber influido en la decisión que se tomó, porque finalmente ganó ‒aunque apretadamente‒ la variante de quedarnos allí dos días enteros.

En busca de agua

Para permanecer en el lugar era necesario abastecernos de agua, al menos una vez. Por eso decidimos conformar un equipo para partir hacia el Hato de Milián. A las diez de la mañana salimos pedaleando hacia la misión Rivas, Marian, Jorgito el guardabosques, Adrián y yo, llevando en las cajas de nuestras bicicletas un buen cargamento de envases vacíos. El trayecto lo hicimos con un pedalear intenso, de modo que en 36 minutos llegamos al Hato. En el lugar encontramos al mismo dúo de trabajadores de Flora y Fauna.

Al poco rato de estar allí llenando los envases del agua del pozo y sufriendo a los mosquitos, se aparecieron tres del grupo, quienes iban de salida de la guerrilla para regresar ya a La Habana, Alexis por trabajo, Janett por un curso en la escuela Provincial del Partido y Olivia para sumarse a la guerrilla de verano del grupo Escambray. Durante la estancia en el lugar formamos un monotema sobre los sucesos del 11 de julio.

A las 11:49 partimos todos del Hato, luego de despedirnos los que seguíamos en la guerrilla de los que regresaban a La Habana. Por el camino se me cayó dos veces la tabla sobre la que se apoyaba la caja que iba en la parrilla de mi bicicleta, provocando que me quedara de último y que los mosquitos dieran cuenta de mí. A las 12:30 arribé finalmente al campamento de la playa cuando los demás ya habían llegado.

Conociendo Punta Pedernales

Por la tarde varios nos fuimos rumbo a Punta Pedernales. Caminamos por la vereda que daba acceso al campamento, llegamos al entronque con el Bosque Encantado y seguimos por la vereda que iba paralela a la costa, inmersa en un bosque. Luego de andar varias decenas de metros, entramos por un trillo que nos llevó a una cueva marina.

La cueva marina

El lugar estaba colmado de dientes de perro, la cueva tenía acceso desde la costa y mostraba otra boca que daba al mar. Toda la línea costera de la zona estaba conformada por acantilado. Desde la altura del farallón pudimos ver un agua transparente que invitaba a un baño. Alejandro y yo nos tiramos al mar y luego nos siguieron los demás. Después de disfrutar la cálida agua, nos sumergimos en la pequeña cueva y salimos por la boca que daba hacia la tierra.

Caminado por la vereda hacia Punta Pedernales

Después volvimos a la vereda y seguimos avanzando por esta. Pasamos un lugar donde el camino estaba interrumpido por varios árboles caídos y nos dirigimos a la costa, que era baja, con un tramo de arena y otro donde las uvas caletas y las piedras asaltaban la orilla. En el suelo abundaban los caracoles, incluyendo algunos cobos. Así llegamos a Punta Pedernales, donde el diente de perro ocupa un gran espacio de la orilla.

Punta Pedernales

De regreso al tramo de arena, me separé del grupo. Ellos siguieron por donde vinieron, mientras yo me lancé a nado para regresar al campamento cuando eran las 3:26 de una tarde bañada por un sol espléndido. Al pasar de vuelta por la zona de la cueva, pude ver al grupito recreándose un rato en el lugar. En el tramo previo a la playa arenosa que bordeaba al campamento tuve que nadar con cuidado, porque el fondo era bajo y estaba lleno de corales. A las 4:25 llegué al frente del campamento.

Una pequeña división

Al salir del agua, Denis fue a hablarme. Me dijo que él, Adrián y Yisel se iban a acampar a Cocodrilo porque no querían pasarse otra noche allí con la plaga. Aquello me calló de sopetón y me dejó pensando. Cuando tuve más claridad de lo que implicaba, salí disparado para alcanzarlos y los encontré en el entronque con la vereda de Punta Pedernales.

Adrián me dijo que ellos pensaban dormir en el muelle de Punta Francés, pero al no haber muelle, ya no era lo mismo, que esas eran sus vacaciones y no querían pasar por eso. Les dije: “¿Entonces para qué hicimos el debate y la votación, si ustedes no van a acatar lo que decidió la mayoría?”. Y les di más argumentos. Si todos los que votaron por irse, lo hubieran hecho, el grupo se hubiera dividido. De hecho, ellos estaban provocando una división. Por otra parte, no se iban del Sur, sino que se mantenían en una zona a la que entraron gracias a la gestión del grupo, por lo que seguían siendo responsabilidad nuestra. Les dije todas estas razones y me fui para el campamento.

El final de un día con pesca, boniatos y canciones

Al poco rato se apareció Orlando en su motor, cargando con un saco de boniatos y un tanque plástico con 25 litros de agua. ¡Una preciada carga para el momento! Con una cantata improvisada por los malnombristas con canciones de Serrat, Silvio y Sabina, y una amenaza de lluvia que no se concretó en aguacero, la tarde fue avanzando. A la par, el grupo Tres de cocina se enfrascó en preparar una comida compuesta por arroz, boniato, refresco preparado con agua y una buena carga de pescado logrado por nuestros pescadores, que incluía una picúa.

Antes del oscurecer formamos el tiroteo, cuando aún había pescados cocinándose. Con la llegada de la noche, la plaga dijo “·aquí estoy”, pero de las latas con pajusa salió el humo que aplacó el acoso sobre la pandilla de malnombristas que nos sentamos en tertulia encima de la arena. Una bella luna llena completaba el escenario. Más tarde se fue Orlando y antes de las 11 de la noche el silencio reinaba en el campamento porque cada uno ya había entrado en su refugio.

Segundo y último día de relax en Punta Francés

Miércoles 2 de agosto del 2023

Otro de pie relajado se adjudicó la tropa malnombrista. El grupo Uno preparó el desayuno habitual. Un piquete grande nos fuimos para Punta Francés y otra parte de la tropa que no había ido a Punta Pedernales, cogió en esa dirección. A diferencia de los que fuimos el día anterior, a ellos los mosquitos los “encendieron” en su visita a la cueva”.

Playa Francés

Los de Punta Francés hicimos el recorrido todo el tiempo por la orilla de la playa. La casa de Flora y Fauna, que ya no tenía trabajadores fijos, presentaba algunas diferencias a la anterior. Aquella estaba pintada de negro y esta tenía los colores naturales de la madera. Aunque tenía una disposición parecida a su antecesora, con su amplio portal techado delante y las habitaciones detrás, esta era algo más chica y el último ciclón la había inclinado algo hacia la derecha. El muelle estaba destruido; solo quedaban los horcones y unas pocas tablas en su final.

La casa de Punta Francés

El relax en el lugar fue grande: baño, sol, tiradas desde el extremo del muelle y descanso en el portal de la casa. En un tiempo les di algunas clases de natación a varios del grupo. También algunos le hicimos una visita a la rojiza laguna trasera de la playa, a la que llegamos por un muelle de madera. Aunque es habitada por cocodrilos, no pudimos ver ningún ejemplar. Por la tarde el cielo se puso negro, llovió un poco y se sintió algo de frío, por lo que nos protegimos en la casa. Al terminar la lluvia, regresamos al campamento, adonde la lluvia había sido fuerte.

En el día los pescadores lograron buena “cosecha”, de modo que el grupo Uno de cocina preparó para el tiroteo de la tarde una buena cantidad de pescado, evitándonos así gastar latas de carne. Como la leña estaba mojada, los cocineros hicieron un puré de papas que llevábamos de reserva, en sustitución del arroz y los espaguetis. La comida estuvo lista antes del anochecer. Luego vino la tanda de tertulia con laticas de humo ahuyentando en algo a la plaga, hasta que el sueño nos hizo sus presas.

(Continuará la próxima semana)

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