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De vuelta al Jaguaní (1999, segunda y última parte)

Miguel Alfonso Sandelis
24 abril 2026 | 0 |

El Chocky descendiendo el rápido más fuerte del Jaguaní


Lunes 2 de agosto de 1999

Amanecimos en la playa pensando en cómo la habrían pasado los cinco retrasados. El grupo Dos de cocina preparó el habitual desayuno, este fue repartido y, en medio del ajetreo de la recogida, se apareció Alberto. Le habíamos calzado el desayuno más que a los demás y el durmiente solitario se lo comió con gusto.

Pensando en el cuarteto que faltaba, decidí quedarme a esperarlo. Le hablé entonces a la gente. Les dije que me quedaría a esperar a los últimos, mientras el Chocky estaría al frente de la navegación del día. Les comenté que la jornada sería bastante larga, que en ella pasarían el rápido más fuerte del Jaguaní y otros de alguna consideración. La meta del día era llegar hasta Boca del Jaguaní, justo donde se encuentran el Toa con su mayor afluente, y debíamos hacerlo los 35.

Partió el grupo a navegar, incluyendo a Yamilia y Oscar con la balsa de Anna, mientras yo me quedaba en la playa esperando, con la balsa de Adrián y comida preparada para los cuatro.

Como a la media hora de espera, se apareció el cuarteto. Abrimos unas latas de pescado y desayunaron con todo los que les había previsto. Mientras comían, pasó un hombre con un perro y conversamos un rato. El hombre habló de la travesía que nos esperaba, de cómo debíamos ir siempre por la orilla del río. Era el primer ser humano ajeno al grupo, que veíamos desde nuestra salida de La Melba.

Se fue el hombre, los cuatro terminaron de desayunar y partimos entonces los cinco río abajo. Papá Adrián y nené Patricia iban en la balsa de Adrián, llevando además mi mochila, mientras Anna, el Ñaña y yo íbamos caminando; yo llevaba la mochila de Adrián, que era la más pesada. Al poco rato de caminar, el Ñaña resbaló y se dañó una rodilla. Se subió entonces el Ñaña también en la balsa y siguió el “navío” con tres encima, mientras Anna y yo seguíamos a pie por las orillas del río, y cruzábamos la corriente cuando la ruta nos lo indicaba.

La flotilla navegante, con el Chocky de guía, se fue estirando a lo largo del río. Terminando la mañana, comenzaron a pasar el mayor chorrero del Jaguaní y concluyeron el cruce sin grandes contratiempos. Realmente, lo que había a todo lo largo del río era un reguero de malnombristas; nuevamente los ponches se llevaban el protagonismo de la jornada. Joel seguía arrastrando a su maltrecho “Sultán”. Maribel y Karina también iban a la zaga, teniendo a sus balsas en mal estado.

En la tarde, los cinco retrasados rebasamos el chorrero del Jaguaní. Al continuar Anna y yo caminando por las orillas, comencé a tropezar con cierta frecuencia. En los finos músculos de los pies y las manos me quedaban las únicas secuelas del Guillain Barré que había padecido seis años atrás e, invariablemente, en las duras jornadas, siempre que llevaba horas de camino por terreno irregular, los pies comenzaban a fallarme.

Anna se dio cuenta y me dijo que cambiara con Adrián, es decir, que yo me fuera en la balsa y él caminara. Inicialmente le dije que no, que solo eran simples tropiezos, pero al repetirse los traspiés, ella comenzó a darme “chucho”, hasta que la sueca y Adrián me convencieron para hacer el cambio. El Ñaña se sentía mejor y decidió irse a pie, cargando su mochila.

En la delantera, el Chocky llegó por fin a Boca del Jaguaní cuando pasaban la seis de la tarde. En el bello escenario de la unión de los dos ríos, detuvo su balsa a la derecha, pasando la entrada del Toa. El enorme arenazo que allí se ha acumulado de las constantes crecidas de ambos ríos era el espacio propicio para la acampada malnombrista. Yaneli y otros más llegaron con el Chocky, pero una buena parte de la tropa faltaba por arribar al lugar, además del quinteto retrasado. Dio el Chocky las indicaciones para que comenzaran a cocinar los que allí estaban y partió río arriba a buscar a los retrasados.

Entre los que aún no habían dado con el encuentro de los dos ríos se hallaba Aimeé, quien pasó un buen susto al bajar el rápido final del Jaguaní. Mauricio, por su parte, se pasó caminando buena parte del tramo de la jornada; las ampollas en sus pies eran las mejores pruebas de ello.

Comencé a navegar con Patricia en la retaguardia. Ella iba muy feliz, pero yo llevaba la tensión de saber que nada le podía pasar a la niña. Ante un rápido fuerte, me bajé de la balsa y comencé a halarla con Patricia encima. Patry comenzó a reírse, disfrutando el momento, mientras yo halaba la balsa con todas mis fuerzas, aparentando con la expresión de mi rostro que nada pasaba. Finalmente, logré sacar la balsa del trance y ella ni cuenta se dio de mi tensión.

Mientras navegaba con Patry, los tres caminantes se nos adelantaron, pero llegaron a un punto en que el avance por la orilla izquierda se les complicó y no podían cruzar el río porque estaba profundo en el lugar. Aproveché el trance para adelantar. Los rebasé y seguí avanzando en momentos en que la noche comenzaba a llegar. Con la noche casi encima, lo más lógico era detenerme, pero justo en ese momento pude apreciar los inconfundibles colores de unas balsas en la delantera, y apuré el braceo con la intención de unir finalmente la retaguardia con la vanguardia malnombrista.

Con un fuerte braceo, reduje la distancia de las balsas que veía hacia adelante, pero estas llegaron a un rápido y las perdí de vista. Llegué entonces a una playa que había en la orilla derecha, puse la balsa sobre las piedras, le dije a Patry que me esperara tranquilita, que yo volvía en un momento, y salí corriendo para darles alcance a los malnombristas que acababan de lanzarse por el rápido.

Al doblar una curva a la derecha, vi a los malnombristas de lejos y regresé corriendo nuevamente en busca de Patry y la balsa. Ella, al verme, me llamó. Nos juntamos, nos montamos en la balsa y nos tiramos por el rápido, ya en penumbras. Con mi dudosa experiencia del día anterior de navegar de noche, logramos bajar el rápido sin problemas y les grité entonces “Mal Nombre” a los que nos antecedían. Al escucharme, se detuvieron; eran Karina, Joel y Maribel.

Llegamos hasta ellos, les dejé a Patry y viré corriendo a contactar con el trío que caminaba detrás. Llegué a la orilla desde donde había partido para bajar el rápido y vi a Adrián del otro lado del río, quien había llegado hasta allí corriendo, buscándonos. Pero Adrián andaba con un “señor” insulto conmigo, porque yo me había adelantado con Patry justo cuando cayó la noche. Me gritó desde la otra orilla, y en medio de su “berro”, le dio un golpe a la interna y esta se apagó, provocando que su ira creciera. Yo casi me reí al ver la escena. Le dije que había seguido navegando, al ver a los malnombristas que nos antecedían, en el afán de alcanzarlos. Cuando terminamos de hablar, el viró para encontrarse con el Ñaña y Anna y yo volví a donde estaban los adelantados.

Al llegar, Joel había seguido con “Sultán” y entonces les dije bajito a Karina y a Maribel que casi era seguro que Patricia no dormiría esa noche con Adrián, por lo que debían comportarse ecuánimes con la niña. Los dejé y partí de regreso a encontrarme con el trío de la retaguardia, llevando conmigo una cámara pequeña que ellas traían, para facilitar la carga de las cosas.

Al quedarse Karina y Maribel solas de noche con Patricia, sintieron cierto temor, pero se les quitó cuando Patry les dijo: “Vamos a canta la canción de La Gaviota”. La Gaviota era el nombre de una telenovela colombiana que pasaban por esos días por la televisión cubana. Aquella clara señal de que la niña estaba requetebién psíquicamente les hizo desaparecer el miedo a las dos malnombristas, pues ¡quien se iba a aflojar con una niña así!

Al rato de yo partir, llegó el Chocky hasta donde estaban las tres. Ellas lo actualizaron de la situación en la retaguardia y el Chocky les dijo que lo esperaran, que él avanzaría un poco más en retroceso para ver si daba con nosotros. Eso hizo el Chocky, pero ya yo me había alejado bastante y entonces él volvió a donde estaban las chicas.

Partieron entonces los cuatro, río abajo, para reencontrarse con el grueso de la topa en Boca del Jaguaní. Durante el complicado trayecto, Patricia se mostró con el ánimo por el cielo, lo cual contribuyó a que los demás también se sintieran animados. Sobre las diez de la noche llegaron al campamento en Boca del Jaguaní y pudieron comer la comida que les guardaron, conformada por arroz, pescado, boniatos y guapén. El boniato y el guapén lo consiguieron por los alrededores, donde hallaron a algunos lugareños.

Por mi parte, crucé el río donde me había encontrado con Adrián. Más adelante tuve que ir al agua nuevamente y seguí corriente arriba un tramo, navegando a duras penas sobre la pequeña cámara, sin ver absolutamente nada. Dentro de tanta oscuridad, me llamaba la atención no ver ninguna luz, pues me parecía muy lógico que el trío prendiera algún fuego. Al doblar una curva del río, vi entonces un resplandor, que se fue agrandando a medida que me acercaba.

Llegué por fin al encuentro con los tres. Anna estaba de buen humor y se sentía bien, a Adrián se le había quitado el “berro” y el Ñaña se sentía mejor. Habían preparado una merienda a base de tostadas y dulce de guayaba y comimos los cuatro aquel menguado bocado que, por supuesto, solo apaciguó en algo la enorme hambre que cargábamos.

Conversamos un rato más hasta que fuimos cayendo, vencidos por el sueño. Anna me prestó una sábana seca para taparme, pues mi mochila había seguido adelante junto con Patricia y yo solo tenía puesto un short que, además, estaba mojado. Como tampoco tenía balsa para dormir, acurruqué mi alargado cuerpo dentro de la cámara de carro.

Martes 3 de agosto de 1999

De madrugada pasé frío y me desperté unas cuantas veces. En medio de aquel monte al lado de un río, con una sábana solo como protección, era irremediable temblar, al menos un poco.

Al amanecer en Boca del Jaguaní, el grupo grande preparó refresco para el desayuno, sumó tostadas al bocado y cocinó un arroz con leche, que significó todo un lujo. Sonó el tiroteo en el gran arenazo y la gente tragó con deseo.

Parte del grupo en Boca del Jaguaní

Los cuatro retrasados nos despertamos con el alba, recogimos y partimos sin desayunar. Tras varios cruces del río, llegamos hasta donde dejé a Patricia, a Karina y a Maribel en la jornada anterior y, por supuesto, ni rastro de ellas. Adrián se contrarió un poco. Seguimos caminado bordeando el cauce, dando algunos tropezones, hasta que al fin llegamos a Boca del Jaguaní y nos reencontramos con el resto de la tropa.

El reencuentro significó alegría y también la posibilidad para los cuatro de matar el hambre vieja que cargábamos, que era considerable. No solo teníamos como oferta el desayuno con el arroz con leche, sino también la comida del día anterior, que nos la habían guardado. A su vez, Adrián volvía a tener a Patricia a su lado. Por los alrededores vimos a algunos lugareños.

Terminado el atracón, nos preparamos todos para partir. La situación de las balsas era complicada, por lo que un grupo se iría a pie. Katherine, Aimeé y Remberto partieron delante a pie. Detrás les siguieron País y el Tin, quienes se metieron en un cocal y tumbaron varios cocos. El Puro y el Ñaña también se fueron a pie; esté último había superado su malestar.

Entre los navegantes había innovaciones. Yo me lancé con la cámara de Remberto. En la cámara llevaba la mochila y la arrastraba nadando delante con una soga amarrada a la cámara y en la otra punta tenía un lazo donde metía un pie.

Unos muchachos de la zona le hicieron una balsa a Katy y a Frank. Era una balsa conformada por largos troncos de cañas bravas y Frank la hacía avanzar a través de una larga vara que afincaba en el fondo. El río era más ancho y los rápidos menos fuertes, por lo que la balsa podía avanzar sin grandes daños. Toa arriba aquella balsa duraría muy poco tiempo. Al partir los dos balseros, casi ponchan la balsa de Anna con los palos de su embarcación.

Así la tropa fue avanzando, algunos a pie y la mayoría navegando. Los navegantes tuvimos que nadar fuerte, con un río más tranquilo que en los días anteriores. Después de pasar el mediodía, rebasamos la boca del río Naranjo. Más adelante, tras doblar a la derecha, hallamos una larga y ancha playa y decidimos acampar allí. En el lugar nos esperaban Katherine, Aimeé y Remberto, quienes nos dijeron que el Puro y el Ñaña se habían ido adelante. Estos dos siguieron hasta el poblado de Quibiján, donde se quedaron a pasar la noche.

Al llegar el Chocky a la playa, proclamó que es posible navegar con un forro de balsa, pues su balsa estuvo casi sin aire todo el tiempo. Por su parte, Joel resaltó la fidelidad de “Sultán”, su ponchada balsa, a la cual llevaba arrastrada casi todo el tiempo. Eduardo se apareció retrasado con su Tutankamón Segundo, que pesaba un mundo, por lo que tenía menos flotabilidad que las demás balsas. Ya de últimos, llegaron Frank y Katy en su lenta balsa de madera.

De izquierda a derecha Pablo, Katy, Lorenzo y Frank en Boca del Jaguaní

Con la bandera malnombrista ondeando amarrada a un palo que estaba encajado en la arena, y con la bomba atómica expandida sobre el arenazo, el grupo Uno de cocina comenzó su labor. Buena misión les tocó, pues pusieron frijoles colorados a cocinar, algo inusual en Mal Nombre.

Por supuesto que la cocina se demoró, y el Tin, novato en guerrillas de verano, comenzó a desesperarse. Al verlo en ese estado, le dije: “Tú y yo tenemos igual esta (señalándole al estómago), pero diferente esta (señalándole a la cabeza).” Es decir, pasábamos la misma hambre, pero nos comportábamos diferentes. También a la espera, me enfrasqué en un monotema con Eduardo Aneiros.

Al oscurecer, se formó el tiroteo. A los frijoles colorados se les sumaron arroz, pescado y refresco. Del buen atracón, pudimos llenarnos. Después organizamos una guardia nocturna, pues vivía gente por los alrededores. Finamente, nos quedamos rendidos tras la última jornada de navegación.

Miércoles 4 de agosto de 1999

Despertamos con la claridad de la mañana. La recogida se hizo lenta con la bomba atómica expandida. Tras desayunar con lo preparado por el grupo Dos, comenzó a partir la gente por la orilla del río. En un lugar había que dejar la orilla y subir para coger un camino que avanzaba entre el monte. Pero el Tin y País siguieron de largo. El Tin es sobrino paterno de Carlos Lage, quien en esos años tenía una alta responsabilidad en la dirección del país. Al ver desde el lugar de acampada que el dúo se alejaba en una dirección errada, se comentó en el grupo que “este País está perdido cuando tiene a Lage al frente.” Les gritamos al dúo y corrigieron la dirección.

Después de recoger, nos insertamos todos en el camino del monte y fuimos a parar al río Quibiján, en un lugar cercano a la desembocadura con el Toa. En el trayecto pudimos divisar en varias ocasiones la original forma de la loma El Yunque de Baracoa. El camino que seguimos nos obligó a cruzar varias veces el Quibiján.

Un grupo adelantado subió una ladera y salió al terraplén que va desde el poblado de Quibiján hasta el entronque con la carretera Moa-Baracoa. Ya en la vía, siguieron caminando hasta el caserío de La Perrera, donde se encontraron con el Ñaña y el Puro. Estos dos habían gestionado un camión para el grupo, que nos llevaría directo hasta la base de campismo El Yunque, y esperaban allí por el resto. Alguien dijo que no hacía falta que el camión llegara hasta Quibiján. Pero el resto íbamos en dirección a ese poblado, que era lo convenido desde que salimos de la playa de acampada.

En nuestra marcha bordeando el río o cruzándolo, Karina cogió a la derecha por un trillo y se nos perdió de vista. Le gritamos y algunos fuimos a buscarla hasta dar con ella. Cruzamos todos a la orilla izquierda del Quibiján y subimos una empinada ladera. Tras vencer el firme, descendimos hasta el poblado de Quibiján.

Los que llegaron a La Perrera merendaron mango y bacán, que es una especie de fufú de plátano con chicharrones, envuelto en una hoja de plátano. Los que llegamos a Quibiján, merendamos en la cafetería pan con picadillo y refresco de piña, y partimos loma arriba por el terraplén que lleva hasta boca del Toa.

Katy y Frank sobre la balsa de cañas bravas.

Tras subir una larga loma, descendimos un poco hasta llegar a La Perrera y allí supimos que el camión nos había pasado por el lado, pues llegaba hasta Quibiján. Es decir, podíamos habernos ahorrado la última caminata. Adrián, Anna y yo estábamos molestos por lo ocurrido, y el Chocky se echó toda la culpa, aunque estábamos conscientes de que él solo no era el responsable.

Mi molestia se acabó de inmediato al conocer de boca del Puro una muy buena e inesperada noticia. Cuba había ganado los Panamericanos de Pelota, a pesar del mal comienzo. Dos días atrás había sido la semifinal y Cuba se desquitó ganándole a Canadá. En el juego final, realizado el día anterior, Cuba venció a Estados Unidos, desquitándose también de la derrota en las eliminatorias.

Llegó el camión, nos montamos todos y partimos rumbo a la base de campismo El Yunque, quedando detrás las aventuras vividas en nuestra segunda navegación por el “río más lindo del mundo”.

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