Inicio / Monte Adentro / Jaguaní 2006 (primera parte)

Jaguaní 2006 (primera parte)

Miguel Alfonso Sandelis
22 mayo 2026 | 0 |

Entre los objetivos que quedaron pendientes de la guerrilla de verano del año 2005, estaba la navegación del río Jaguaní desde La Melba, y ese fue el primer objetivo de la guerrilla de verano del 2006.

Viernes 28 de julio del 2006

En F y 15, sede del Comité Provincial de la UJC, quedamos en veremos a las ocho de la noche, pactando la partida para las nueve. Una Yutong nos llevaría hasta Moa en un extenso viaje. A las ocho ya estaba la mayoría del piquete en el punto de partida, más otros malnombristas que fueron a despedirnos.

El perezoso Ariel se apareció a las ocho en punto. Lorenzo llegó con tiempo, pero tuvo que salir a buscar algunas cosas y regresó fuera de hora. Yamil se apareció a las 9:05 y se llevó una descarga de mi parte.

A las 9:14 partimos. Éramos 38, más Libia, que se quedaría en la ciudad de Holguín, aunque en la guerrilla iba su hijo Reinier, quien se estrenó en Mal Nombre con diez años y ya tenía 16. Niños eran nueve: Bethsy, Ale, Coquito, Yeyo, Enmanuel, Luisito y los adolescentes Alejandrito, el Piri y Yosmel. Dos cumplían años justo ese día: Alfredo y Alejandrito. Alfredo fue amenazado de recibir alguna trastada, pero solo fueron intentos.

Aun moviéndonos por La Habana, anuncié los tres grupos de cocina: Hery sería el jefe del Uno, Ichi el del Dos y Marcos el del Tres. Tomamos por la Autopista Nacional en el acogedor ambiente del aire acondicionado de la guagua.

Sábado 29 de julio del 2006

En la madrugada, en plena Autopista, dos inspectores detuvieron la guagua. Uno de ellos pidió el contrato de la transportación y me quedé en blanco, pues no me lo habían dado. Uno de los choferes dijo que lo que debía hacer era regresar a La Habana. Pero el problema no pasó de ahí y continuamos la marcha.

El amanecer nos llegó en tierras holguineras. Llegamos a la terminal de la Ciudad de los Parques y Libia concluyó allí su viaje. Siguió rodando la guagua, rebasando las cabeceras municipales de Cueto y Mayarí. En Sagua de Tánamo hicimos un alto, pues Mary estaba mareada y, al bajarse, soltó la bilis. Le recordé a Yanieyis que ella había nacido allí, para que “no se hiciera la habanera”.

Al mediodía entramos en Moa y concluimos el viaje en el reparto Rolo Monterrey, justo frente a la sede del Comité Municipal del Partido, en el mismo lugar donde un año atrás Yaser recibió la confirmación de la muerte de su padre en un accidente de tránsito. Bajamos las mochilas y las colocamos sobre la acera. Despedimos a los choferes y algunos malnombristas se cambiaron de ropa para ponerse la de guerrilla, en un baño del Partido. También tomamos agua y vaciamos las vejigas.

Al poco rato llegó el padre de Yanieyis en un jeep, quien trabajaba en el puerto de Moa y vivía en Sagua. Antes del viaje él se comprometió en buscarnos un camión que nos llevara hasta La Melba. El camión aún no había llegado y partió en el jeep a buscarlo. No tardó mucho en cumplir su palabra, al aparecerse con el camión. Nos despedimos de él, nos montamos y partimos.

Realmente no llegaríamos hasta La Melba, sino hasta un kilómetro antes, aproximadamente. El permiso del CITMA aclaraba ese punto. El propio CITMA nos permitía acampar en La Melba, pero el MINFAR no, y este organismo también daba su visto bueno. Le aclaré eso al chofer antes de partir y quedamos en que nos dejaría en un entronque antes de bajar al pueblo, para que nosotros descendiéramos por la izquierda y acampáramos en la orilla del río, sin tener que llegar a La Melba. Yo había pensado inicialmente bajar por el arroyo que se forma de la confluencia de los saltos La Comadre y El Compadre, pero el chofer me alertó del entronque que estaba más abajo, el cual nos evitaría hacer un descenso por el arroyo, bastante guerrillero y, sobre todo, demorado.

El camión se detuvo a la entrada del puerto y allí nos preguntaron cómo se pagaría el viaje. Yo no sabía qué decir, pero en eso llegó el padre de Yanieyis y dijo que él asumía el pago. En el tiempo en que el camión estuvo parado, se formó una guerrita singular. Resulta que el suelo de la cama del camión estaba embarrado de tizne y Alfredo comenzó a tiznar a la gente sin compasión, que hasta el genioso de Leyva cogió su embarre. Por supuesto que la gente no se quedó dada y al poco trato casi todo el mundo estaba embarrado y embarrando.

Siguió el viaje por la carretera y doblamos a la derecha para coger el terraplén que va a La Melba. Algún apuro tenía el chofer, que no le importaban ni las curvas ni los barrancos para pisar el acelerador, mientras tanto la adrenalina del Tin se disparaba. Después de una larga subida entre vegetación tropical, comenzamos a rodar sobre un terreno algo erosionado, rodeado de arbustos.

El camión se detuvo ante un puente peligroso, mientras el Tin ya pensaba en seguir a pie; su mamá le había advertido antes del viaje sobre las locuras de los choferes de la región oriental. Se bajó el chofer, le echó un vistazo al puente, volvió a subir y pasamos por encima sin problemas.

Poco a poco nos fuimos pegando a la ladera de la Meseta del Toldo, hasta que la vegetación volvió a coger su tinte tropical. Al rebasar los saltos de La Comadre y el Compadre, Yisel les tiró una foto en movimiento. Desde ya, Yisel había asumido la función de ser la fotorreportera de la guerrilla.

Comenzamos un largo descenso, hasta que nos detuvimos en el entronque del que me había hablado el chofer. Allí nos bajamos con toda la carga y nos despedimos del chofer. Este me alertó de que nos había visto un guardabosques, pero le dije que yo llevaba un permiso para acampar en la zona, excepto en La Melba. Mary seguía indispuesta y tuvo que sentarse un rato. Cuando se paró, comenzamos a caminar por el terraplén de la izquierda, desechando la vía que lleva hasta La Melba.

Tras descender del camión en el entronque de La Melba

Descendimos un tramo, pasamos junto a un aserrío y llegamos finalmente al bello río Jaguaní cuando eran alrededor de las cinco de la tarde. En el lugar había una ancha playa para acampar y el río tenía un poco más de agua que en otras ocasiones. La exuberante vegetación completaba el bello paisaje.

Comenzó a plantarse el campamento, alzándose las vistosas tiendas de campaña. Resaltaba la del Tin, que era bastante larga. Las aguas del Jaguaní nos recibieron también en un refrescante baño. A la par, la gente fue sacando los bultos de comida y empecé a organizarlos para redistribuirlos. Veintiún bultos de hombres, ocho de mujeres y tres de adolescentes quedaron listos para ser recogidos, quedando seis niños exonerados de la carga.

Mi primera conversación con Canelo

En medio de aquel ajetreo, se aparecieron dos hombres en el sitio de acampada. A uno ya lo conocía; era el mismo que el año anterior nos había impedido seguir navegando el Jaguaní cuando llegamos a La Melba, por no tener un permiso que lo aprobara. Me les presenté a ambos y les comenté lo que haríamos.

El desconocido tenía experiencia en excursiones y se notó más amistoso. El conocido, al que le decían “Canelo”, según supe en viajes posteriores, me dijo que no podíamos navegar. Saqué entonces el permiso y se lo mostré, aclarándole que no habíamos acampado en La Melba porque el permiso lo negaba.

El hombre me dijo que desconocía de aquello y que el año pasado me había aclarado que debía pasar por la Dirección del Parque Nacional Alejandro Humboldt. Le respondí que el permiso lo aprobaba el CICA, Centro de Inspección y Control Ambiental, que es la entidad del CITMA que a nivel nacional tiene la responsabilidad de otorgar los permisos. Canelo me dijo que averiguarían y al día siguiente vendrían a decirnos. Le contesté que vinieran temprano, porque nosotros no podíamos demorarnos y saldríamos a navegar lo más rápido posible. Partieron los dos hombres y el campamento continuó en su ajetreo.

Ichi, jodedor incansable, notó que Monty tenía puesta una trusa que más perecía un calzoncillo, y comenzó a comentar en voz alta cómo se notaban las colgaderas en el supuesto calzoncillo. Varios se sumaron al “cuero”, quedando Monty como un tipo “bien provisto”.

El grupo Uno, con Hery al mando, cocinó arroz y abrió seis latas de carne. El refresco, como en otras guerrillas, lo prepararon en mi tanqueta. Al oscurecer, con una fogata encendida, se armó el tiroteo. Dada la cercanía de La Melba, decidimos organizar una guardia y Alejandrito Alfonso la estrenó, con un machete suyo, mi reloj, el listado por hora y una linterna del Tin, que era pura pacotilla, pues su transparencia permitía ver su mecanismo interior. Con las balsas infladas y el cielo hermosamente estrellado, el sueño se esparció por el campamento.

Domingo 30 de julio del 2006

Pero la madrugada trajo su susto. Aquella noche estrellada se nubló y dejó caer su cuota de agua. Por suerte, no pasó de un chubasco y volvimos a conciliar el sueño.

A las 6:30 le di el de pie a la tropa, cuando ya el alba alumbraba a la playa de acampada. El grupo Dos, con Ichi a la cabeza, preparó el desayuno con leche y chocolate, más dulce de guayaba con galletas. Después de tragar, recogimos el campamento e hicimos guardia vieja, quemando todos los pomos plásticos y nylon que quedaron de deshechos.

Se acercaba al fin la tan anhelada hora de comenzar la navegación. Una frase dejó el Tin grabada para guardar el momento: “La guerrilla es la vida y, lo demás, la espera”. Pero la preparación navegante se hizo lenta y, sobre las diez de la mañana, fue que pudimos estar listos, sin que hubieran aparecido por el campamento los dos visitantes de la tarde anterior. Conmigo en la vanguardia y Marcos en la retaguardia, salimos a navegar.

En la flotilla solo había una cámara, la de Monty; el resto eran balsas playeras. Llamaban la atención las del Piri y Alejandrito Alfonso, que llevaban más aire que las demás y tenían en las cabeceras una especie de apoyo para los brazos. La balsa del Yeyo también era fuerte y Eduardo llevaba a Coquito en otra buena balsa. Pero había varias que eran de un fino nylon, por lo que se presagiaban no pocos ponches y no teníamos baje en abundancia. Los niños más chicos llevaban salvavidas puestos.

Teníamos como plan navegar en tres días hasta el encuentro con el Toa ― unos 20 kilómetros ―, para, en una cuarta jornada, llegar a Boca de Quibiján, rebasándose en total los 30 kilómetros de navegación. Pero en una zona tan lluviosa, donde las crecidas son frecuentes, una cosa es lo que uno desea, y otra, la realidad.

Además de Yeyo, otros niños iban navegando solos en sus balsas. Estos eran Luisito, Ale, Bethsy y Enmanuel, este último también llamado El Purito, en alusión al apodo de El Puro, que le destinábamos a su veterano papá. El primer tramo de navegación se mostró tranquilo. No obstante, la flotilla comenzó a estirarse, por lo que hicimos un alto en una curva del río, donde había una playa.

En pleno receso, se apareció en la playa Canelo con un acompañante diferente al del día anterior. Me dijo Canelo que no podíamos seguir navegando, pues, averiguando con sus jefes, estos le dijeron que nada sabían de nuestra excursión. Ahí mismo se formó mi discusión con ellos, a la que se sumó el acompañante del día anterior, apoyando a Canelo.

Con bastante insulto, les dije que el CICA es quien daba el permiso y que yo había llamado a Guantánamo para avisar, agregándoles los nombres de la gente con las que había hablado. Les agregué que, si unos “burócratas” no les habían informado, eso no era problema nuestro. Canelo me soltó que no debimos salir a navegar sin esperar su respuesta. Le respondí que no podíamos esperar por ellos, lo cual les alerté el día anterior, pues teníamos un itinerario que cumplir. “Si quieren ayudarnos, llamen al CICA, si quieren fastidiarnos, sigan detrás de nosotros, pero no vamos a parar la navegación.”

Aquella discusión transcurría a la vista de todo el grupo. Les recordé que no acampamos en La Melba porque el permiso lo prohibía, no porque nos estuviéramos escondiendo de nadie. Eduardo también les dijo que no nos íbamos a parar. Terminé la discusión diciéndoles que, con el permiso en la mano, no nos detendríamos a esperar una decisión, pues, si nos cogía una crecida, se nos iba a retrasar el plan de la excursión. Quedándose los tipos con las palabras en las bocas, nos montamos en las balsas y seguimos navegando. Esa fue la última vez que los vimos en todo el viaje. Tal vez les confirmaron sus instancias superiores sobre nuestra excursión o quizás comprendieron que no había forma de pararnos.

El primer ponche del viaje se lo llevó País. Su excesivo peso (era el único gordo del grupo) hacía que su balsa sufriera más que las demás. Al coger una balsa de repuesto, dejó regada la ponchada y Yaser y yo fuimos en su rescate. Tras atrapar la balsa, le echamos aire y nos tiramos los dos juntos por un rápido, llegando al final ya sin aire. La escena fue filmada por Yisel con su cámara digital.

A punto de iniciar la navegación

Sobrevino una recta larga con rápidos seriados, que pasamos sin problemas. Al final, una curva a la derecha fue la antesala del primer rápido fuerte, que ya tenía historia en Mal Nombre, sobre todo de Eduardo con aquel Tutankamón de la guerrilla de 1999. El rápido baja inquieto pegado a la orilla derecha, con los gajos de las pomarrosas rozando las cabezas y, en su final, da un giro brusco a la izquierda con un chorro fuerte del que es difícil salir airoso.

Yaser y yo bajamos a la delantera y ambos salimos con heridas en una de las piernas, gracias a una piedra que aguarda al final del chorro y a nuestras largas extremidades, que sobresalen de las balsas. Después nos instalamos en una playa a la izquierda para coger buena platea. Detrás bajó Yisel, llevándose sus golpes. Al terminar, se encaramó en la playa para captar escenas con su cámara fotográfica.

La foto de Lorenzo quedó para la posteridad: las dos piernas arriba y más nada se veía. Mary se cayó y soltó una sonrisa, pero Yaneyis no, pues del golpe se llevó un morado. Por su parte, Raine salió sin balsa del chorro. Pero la gran protagonista del rápido fue Dayana. Ella, al igual que Lorenzo, es bastante escasa nadando. Pues cuando la Daya vio el chorrero que le venía encima, soltó la balsa y se quedó agarrada de una rama. Así estuvo un rato, hasta que se arrimó a la orilla derecha y siguió avanzando casi a rastras.

Yanieyis bajando un rápido

Yo me embullé y me volví a tirar, aunque no por el medio del chorro. Eduardo, quien había bajado bien con el Coqui, se volvió a tirar, pero solo, tal vez como desagravio a los varios virones que se dio en el 99.

Sin que la retaguardia llegara al lugar, los de la avanzada partimos para adelantar un poco más. A las 4:30 vimos una playa buena, pero seguimos navegando. En el próximo tramo no aparecía un buen lugar de acampada, hasta que una playa en la orilla derecha, con poca arena, nos hizo dudar. Nos detuvimos y el Tin fue a averiguar detrás de una curva en la orilla contraria, donde parecía iniciarse otra playa. Volvió el Tin para avisar que fuéramos para allá. La nueva playa tenía condiciones suficientes para una acampada: algo de arena y suficiente espacio, aunque también tenía piedras. Si acaso una crecida enturbiara el agua del río, teníamos al frente el arroyo La Isabel.

Eran casi las seis de la tarde cuando iniciamos la acampada y, al mismo tiempo, comenzó a llover. Los del grupo Dos se movieron rápido y guardaron leña dentro de un nylon ecológico, para que no se mojara. Mayte había llegado al final del día con una rodilla adolorida, debido al trastazo que se dio contra una piedra.

Luisito, Hery y Luis Leyva (niño, papá y abuelo) venían navegando con retraso. Al ver la breve playita de la orilla contraria, con la lluvia cayendo, decidieron acampar allí, sin saber que solo estaban a unos 200 del lugar de acampada de la tropa. Como faltaba gente por llegar, decidí ir de regreso con mi balsa en la mano y el Tin me hizo compañía.  Hery, al verme, me dijo que no le descargara, mientras yo pensaba todo lo contrario, pues me sentía responsable por haber decidido tarde la acampada del grupo. Ya él y Leyva habían alzado su tienda de campaña y decidieron quedarse allí.

El Tin y yo seguimos caminando río arriba, pues aún nos faltaban seis malnombristas por hallar. Avanzamos, mientras yo pegaba algunos gritos sin obtener respuesta. Finalmente, nos detuvimos, pues la tarde se iba en picada. Iniciamos el regreso al campamento navegando los dos en mi balsa. Ya llegando, nos tiramos en un rápido a oscuras y salimos ilesos casi por insttinto.

Alto para reagrupar

El atraso de los seis faltantes se debió a cuatro ponches que sufrió la balsa de País. Marcos y Alfredo se enfrascaron en cogerlos, pero la demora fue inevitable. Con ellos iban también Evelyn, José Javier y Lizet. En un último alto, José Javier se adelantó, y Evelyn y Lizet se reunieron con él. Con la noche encima, los tres alzaron una tienda de campaña para acampar en un pequeño arenazo. Pero no tenían nada que comer, por lo que deberían soportar la tremenda hambre acumulada durante la jornada.

Más atrás, Alfredo, País y Marcos recibieron la noche sin tienda de campaña a su disposición. Para comer, prepararon un mejunje conformado por carne y pan mojado. Los primeros bocados se los dieron con ferocidad y después tragaron con más calma. En resumen, de los dos tríos más retrasados, uno acampó con techo y sin comida y el otro con comida y sin techo.

En el campamento mayor costó trabajo hacer los espaguetis de la jornada debido a la lluvia. Varios ayudamos al grupo Dos, hasta que al fin se armó el tiroteo, luego de sufrir los embates de los tábanos y los mosquitos. Dos hallazgos entretuvieron un tanto a los niños: un pichón de cernícalo encontrado por Mary, la cual lo confundió con un pollito, y un jubito hallado por Lorenzo. Con la noche llegó el tiroteo y se esfumaron los tábanos y los mosquitos.

La primera acampada junto al río

Con la lluvia intermitente, el Tin les dio cobija en su gran tienda de campaña a varios que no tenían buena protección. Por su parte, Jackmel alzó una rara choza para dormir, conformada por unos palos y un nylon anaranjado. El trío de los Leyva comió comida fría y se acotejó en la tienda de campaña. Los tres del final, al no tener techo, se tiraron las balsas por encima para protegerse de la lluvia. De este modo, la pandilla malnombrista acampó en cuatro partes en una noche lluviosa, como colofón del primer día de navegación por el Jaguaní.

(Continuará la próxima semana)

Deja un comentario

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *