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De la Meseta del Toldo al Jaguaní (primera parte, 2005)

Miguel Alfonso Sandelis
02 mayo 2026 | 0 |

Para la guerrilla de verano del año 2005 Mal Nombre acordó recorrer por primera vez la meseta del Toldo, ascender su mayor cumbre, bajar al río Jaguaní y navegarlo hasta La Melba (algo que también era una primicia), para luego continuar su cauce hasta más allá del encuentro con el Toa, como en otras ocasiones. En las reuniones previas a la partida algo llamaba la atención: la gran cantidad de malnombristas inscritos para la guerrilla.

El día de la partida se fijó en el viernes 29 de julio a las siete de la mañana, desde el Comité Provincial de la UJC en La Habana. Una guagua Yutong nos llevaría directo hasta un pueblito llamado Veguitas, ubicado en la periferia de Moa. Posteriormente adelanté la hora para las cinco de la mañana y, para estar a esa hora en el lugar de salida, previmos la posibilidad de que, el que quisiera, acampara allí.

Jueves 28 de julio del 2005

Pasadas las diez de la noche estrené la llegada de los malnombristas a la Juventud Provincial. Poco después llegaron el Puro con su hijo Enmanuel, de nueve años, y más tarde País padre e hijo; el chama con los 15 cumplidos.

Casi a las 12 de la noche llegó Alfredo y me acordé que era su cumpleaños, pero nada la hicimos, pues a los pocos minutos pasó la fecha.

Viernes 29 de julio del 2005

La gente siguió llegando de madrugada y llenamos el suelo de malnombristas pretendiendo dormir algunas horas. A las 6:40 nos montamos todos en la guagua y partimos, mientras amanecía en La Habana. Una guagua con aire acondicionado para llevarnos directo hasta Oriente era algo inédito en Mal Nombre.

La cantidad de 47 participantes era récord para una guerrilla de verano. En la composición del grupo se incluían 10 niños, 15 féminas, 17 novatos en guerrilla de verano y 11 novatos de estreno absoluto en Mal Nombre. Realmente, faltaba uno por incorporarse: Jesús, el único extranjero que tendría el grupo, un español invitado por Eduardo. Este nos esperaría en Veguitas. Llamaba la atención Lizet, quien, luego de unos 15 años alejada del grupo desde su etapa estudiantil en la CUJAE, reaparecía para participar en su primera guerrilla de verano.

Luego de una larga jornada de viaje, hicimos un alto junto al hospital de Sagua de Tánamo, pues Eduardo necesitaba dejar allí un encargo de su mamá. Varios aprovecharon para vaciar las vejigas, pero el Puro necesitaba algo más, pues sus tripas así lo reclamaban. Antes de ir a su “encomienda”, el Puro se lo comentó a Ramón para que lo esperaran. Pero a este se le olvidó y partió la guagua dejando al Puro en Sagua.

Entramos por fin en Moa. Dejamos a un lado la parte principal de la ciudad, doblamos a la derecha en un entronque y, bajando una lomita, doblamos entonces a la izquierda. El tramo que sobrevino estaba enfangando y lleno de huecos, y no había casas por los alrededores. Finalmente, llegamos al poblado de Veguitas, donde culminó el extenso viaje de la guagua. Allí nos esperaba Jesús, el español amigo de Eduardo, que sería apodado como “El Gallego” en la tropa. Nos despedimos de los chóferes y estos partieron en la guagua.

De inmediato busqué al delegado del Poder Popular, quien estaba informado de nuestra presunta llegada, pues yo había llamado antes del viaje al Partido en Moa. En lo que hablaba con el hombre, la gente se dio cuenta de la ausencia del Puro. Empezamos a averiguar quién sabía de él y entonces Ramón recordó que él había ido al baño en Sagua. Aunque no era el momento de las críticas, las miradas que le echamos a Ramón lo expresaban todo. En medio de aquel desafortunado trance, Enmanuel, a quien también le decíamos “El Purito”, preguntó por su papá. Traté de calmarlo diciéndole que tenía que esperar un poquito, pero que él vendría. Como el Puro sabía que nuestro destino era Veguitas, no le quedaba otra que llegar al lugar por la vía que fuera, y a nosotros no nos quedaba otra que esperarlo.

Le pedí al delegado un lugar para acampar, y justo al lado nos ofreció una escuela, que tenía varias naves donde estaban las aulas y las oficinas, y un gran espacio exterior. En la escuela nos habían abierto un aula y a su interior fueron varios a acampar, pero unos cuantos nos tiramos en los pasillos techados, que abundaban.

Allá por Sagua de Tánamo, al terminar su “misión”, el Puro comprendió la situación en la que estaba. Fue caminando hasta la terminal, pero, al notar que no eran muchas las esperanzas de salir de allí rumbo a Moa, caminó hasta la salida del poblado, con la buena suerte de que no tuvo que esperar mucho para coger un camión rumbo a su destino.

Sábado 30 de julio del 2005

Esa noche soñé con que llegaba el Puro a nuestro lugar de acampada. De madrugada creí escuchar a Eduardo diciendo que el Puro había llegado. Me levanté y busqué por los alrededores, pero no lo hallé y me volví a acostar. Pero el Puro sí había llegado y dormía dentro un jeep. Después de bajarse del camión que lo llevó hasta Moa, se gastó una larga caminata y, con la orientación que le dio un lugareño, descendió la lomita tras el entronque y dobló a la izquierda para continuar por el tramo enfangado y lleno de huecos. Avanzó un trecho más, hasta llegar a un tramo completamente oscuro. Dio unos pasos en la oscuridad y volvió atrás. Repitió la acción otras veces más, hasta que se decidió a pasar el tramo lúgubre. Llegó por fin a Veguitas, entró en la escuela, fue al aula donde dormía su hijo y, sin despertarlo, salió para “acomodarse” dentro del jeep.

Una lluviecita de madrugada puso húmeda la noche y nos obligó a apretarnos a los que dormíamos en los portales. Al amanecer la gente se regocijó con la presencia del Puro. A partir de entonces, la acción de “parar el camión”, llamada así por la necesidad que tuve de parar un camión en el año 2003 para “evacuar”, pasó a llamarse “perder la guagua”, gracias a la desventura del Puro.

Junto a la camioneta que cargó las mochilas

El grupo Uno de cocina cruzó la calle y trabajó en una cocina que había al frente. Preparó leche con chocolate, que vertió en mi nueva tanqueta de 14 litros de capacidad. También alistaron galletas con dulce de guayaba. Una llovizna malogró la mañana en aquella zona colmada de una tierra de un rojo intenso.

Los cocineros llevaron el desayuno preparado para la escuela y anunciaron el tiroteo. Además de lo preparado, una “gurunilla” cayó “accidentalmente” dentro de la tanqueta con leche, cuando se iba a servir el doble.

En el día se presagiaba una caminata de más de 10 kilómetros. Nuestra meta era el pico El Toldo, con 1175 metros de altura sobre el nivel del mar. Nos despedimos de la gente de la escuela y del delegado, y comenzamos la caminata por una carretera enfangada, con rumbo este. Yo llevaba un mapa para evitar un desliz. En un entronque doblamos a la izquierda y, al subir una pendiente, nos rectificaron que debíamos doblar por un entronque que habíamos dejado atrás. Algunos siguieron de largo y tuvieron que virar. País tuvo el primer tropiezo de la guerrilla; un tenis se le despegó.

Un gigantesco camión marca Volvo se nos acercó y le hicimos señas al chofer para que parara. Al detenerse, le pregunté qué ruta seguir para ir a la meseta del Toldo. Un terraplén cogía en esa dirección, pero queríamos estar seguro. Pero el hombre no supo qué responder. Entonces Joel y yo bajamos hasta una carpintería y le preguntamos al carpintero, quien nos dijo que el terraplén que subía, nos servía. Al hombre le faltaban varios dedos de sus manos, pero lo vimos cortando una tabla en la sierra con suficiente precisión.

Al regresar Joel y yo hasta donde estaba el grupo, vimos una camioneta y un hombre que de ella se bajó, conversando con los malnombristas a quienes les decía que por allí no se podía seguir porque era muy peligroso debido al paso constante de los Volvo que trabajaban para la empresa geominera. Para calmarlo, le dije que en el Partido Municipal sabían de nuestra excursión, entonces el hombre se relajó y nos dijo que lo mejor era regresar y subir hasta una carpa inmensa que quedaba al suroeste de donde estábamos. Por la carpa pasaba el camino que seguía ascendiendo la meseta.

Desde donde estábamos podíamos ver una extensa franja de tierra hacia el sur, que iba ascendiendo la meseta sin mucha inclinación. Toda esa área estaba despoblada de árboles debido al trabajo de extracción de los minerales. Era un paisaje lunar, de un fuerte tinte rojizo.

El hombre dispuso su camioneta para que subiéramos las mochilas y se treparan algunos del grupo. Los demás partimos a pie, pero pronto nos recogió un camión que nos llevó nuevamente hasta Veguitas.

De Veguitas partimos por un nuevo terraplén enfangado. Este iba ascendiendo poco a poco, hasta que llegamos a la inmensa carpa, donde había varias oficinas de la geominera. También había tráileres por los alrededores, donde seguramente dormían los trabajadores. En el lugar tomamos agua fría de un pisa y chupa, y nos brindaron café. La camioneta no estaba, pues había seguido para dejarnos los bultos más adelante.

Seguimos la marcha bajo un cielo ligeramente nublado, por lo que no sentíamos el acoso solar. En las laderas erosionadas podíamos ver retoños de pinos, que fueron sembrados en función de la reforestación. A medida que la pendiente iba en declive, la vegetación de montaña iba surgiendo. Llegamos a una arboleda donde hallamos a un trabajador de la geominera y a un guajiro que allí vivía. Al preguntarles cuánto nos quedaba para llegar al Toldo, el trabajador nos dijo que ocho kilómetros, mientras el guajiro que 40. ¡Vaya contradicción! Le discutí al guajiro que no eran 40, pues el mapa me lo decía. No obstante, el guajiro seguía empecinado. Unas piñas recogidas en la arboleda nos propiciaron una inesperada merienda. Al llegar Emma al lugar, se preocupó por no hallar a Ramón, pero le dijeron que había cogido la camioneta por el camino.

Seguimos la marcha y, más adelante, en un entronque, Adrián siguió por la derecha, pero tuvo que regresar cuando le avisamos de que esa no era la ruta. La camioneta, que andaba por otros rumbos, enfiló por la ruta nuestra con su carga de mochilas y algunos malnombristas. Al vernos, se detuvo un momento y, al continuar, Ichi y Yaser se engancharon en la parte trasera sin ser vistos por el chofer. Un poco más adelante terminó el viaje el vehículo y la carga fue bajada. Al llegar al lugar con el resto de los caminadores, le pregunté al chofer por el Pico El Toldo y este me dijo que primero hallaríamos el Alto de la Galinga. Después, continuando hacia adelante, veríamos el pico más alto, es decir, El Toldo, pero debíamos llegar hasta el final para subirlo por un trillo.

Lloviendo por el Alto de la Galinga

Agradeciendo la ayuda brindada, los 47 malnombristas continuamos la marcha. El Tin iba con Talía de la mano, por lo que un comentario comenzó a esparcirse por la tropa; que él le daba un trato especial, que ella era su Princesa y él su Príncipe dispuesto a acompañar a su alteza.

La pendiente comenzó a empinarse y un serio nubarrón empezó a amenazar. A la delantera iban Ale, Enmanuel y Cherehisa, con un paso de ágiles infantes. El panorama que nos rodeaba estaba colmado de helechos, pinos y sobre el terraplén abundaban las piedras de cuarzo.

Con la tarde avanzando, la lluvia empezó a caer y las mochilas a mojarse, por lo que nos pesaban más. Hicimos un alto para reagrupar a la tropa y repartir un trozo de maní por persona. Las nubes bajas nos impedían tener una buena visión del lomerío. Buscando mayor visibilidad, Ichi y yo nos trepamos en un piquito que teníamos a la izquierda, avanzando sobre la empapada madeja de helechos. Al llegar a la máxima altura, notamos que nos rodeaban otros picos mayores.

Bajamos hasta el grupo y, siguiendo el terraplén, este comenzó a descender. Al despejarse el paisaje de nubes, luego de haber escampado, mejoró la visibilidad y pudimos ver hacia adelante, a la izquierda del terraplén, una cordillera donde se distinguía perfectamente su pico más alto. Aquel no podía ser otro que El Toldo.

Pero la tarde iba perdiendo esplendor y ya teníamos que acampar. Luego de bajar la pendiente, comenzamos a caminar por un terreno más llano, aunque relativamente ondulado. Los de la delantera llegamos a un arroyo que mostraba una bella poceta. Nos obstante, decidimos avanzar más. Más adelante se nos mostró otro arroyo y allí le pusimos fin a la caminata del día. El ascenso al Toldo quedaría para la siguiente jornada, pues la noche andaba cerca. A ambos lados del terraplén se alzaban grandes árboles. Por la izquierda, a unos cientos de metros de distancia, se extendía la cordillera sobre la que se distinguía el Toldo. Pero Adrián estaba más adelante. Entonces avancé para ver si había otro arroyo cercano y, al no hallar, alcancé a Adrián y le dije que regresara.

Más atrás, el Tin, Yaser y otros más se detuvieron un rato en la poceta del arroyo anterior, hasta que decidieron continuar y así llegaron por fin al sitio de acampada.

Comenzamos a armar el campamento en el medio del terraplén. El colorido de las tiendas de campaña le transformó la faz al lugar. Al sur del arroyo organizamos los bultos de comida, y el grupo Uno preparó la cocina y una fogata para alumbrar en la noche. Al norte, sobre una pequeña altura, se juntaron varias tiendas de campaña. A las dos orillas del arroyo les seguían unos pequeños llanitos, y algunos que nos taparíamos con nylon, decidimos acampar allí.

Los cocineros pasaron buen trabajo con la candela, pues la leña estaba mojada. Anocheciendo estuvo lista la comida y se armó el tiroteo. Como menú tuvimos arroz, carne en salsa y refresco. La fogata no fructificó por la humedad que tenían los troncos. Con los estómagos llenos, la gente fue buscando su sitio para dormir y el campamento malnombrista fue quedando en silencio.

Domingo 31 de julio del 2005

La madrugada se convirtió en un infierno. Un ciclo cerrado y repetido un montón de veces de lluvia viento y calma, acabó con el sueño de la mayoría. La mojazón y el frío penetraron en tiendas de campaña y nylon. Las siguientes historias ayudan a describir lo vivido esa noche.

La humedad le provocó falta de aire a Enmanuel, y el Puro se pasó la noche protegiéndolo. Ale y Luisito durmieron a piernas sueltas, pero para ello, sus madres Mary e Idalmis prácticamente no durmieron protegiéndolos. Monty y Leyva pasaron la noche ateridos, pues sus nylon no impidieron la mojazón. Alfredo, el Tin y Yaser durmieron en una misma tienda de campaña, pero la parte donde estaba a Alfredo se filtró y durmió empapado.

Caminando por la meseta del Toldo

Yo estaba enroscado en mi súper nylon, pero un dolor de barriga me obligó a abandonar mi comodidad para resolver la necesidad. Crucé el arroyo, junto a un montecito solucioné el problema y, al regresar, me enrosqué en un enorme súper nylon de Joel, que hacía bastante ruido. Lizet escuchó la bulla y se preocupó pensando que el arroyo había crecido, hasta que asomó la cabeza y me vio enroscado en el nylon. Después comenzó a reír a piernas sueltas durante un buen rato. Sandra, amiga de Lizet, fue adonde yo estaba y le di cabida dentro de mi refugio.

El ciclo lluvia, viento y calma parecía interminable, como la noche. Al amanecer escampó. Cuando salimos de nuestros refugios, apreciamos la deprimente imagen de un campamento que más bien parecía una tierra arrasada. Yusleni se asomó con una cara de no querer ir más a una guerrilla.

Joel tuve un serio desliz mañanero. Con el mismo problema que yo tuve de madrugada, cogió un papel y se fue al monte. Pero no se fijó bien que el papel ya había sido usado por mí. Nos logramos enterar y el “cuero” le fue encima.

Después de la modorra del despertar, el grupo Dos preparó el desayuno con el mismo menú del día anterior, que muy bien nos venía un chocolate caliente para calentar nuestros cuerpos. Después del tiroteo, se fue terminando la recogida y partimos sin estar toda la tropa lista.

Desde el terraplén veíamos perfectamente al Pico El Toldo a nuestra izquierda, como punto culminante de una cordillera que distaba unos cientos de metros del camino. Varias entradas iban en la dirección de la cordillera y Eduardo entró por una de ellas, pero regresó pues esa no llevaba al Pico. Yo estaba esperando a que llegáramos al final de la cordillera para buscar un camino, como nos dijera el chofer de la camioneta. Seguimos bordeando las lomas a distancia y, casi al final, Joel penetró por otro camino, pero regresó como Eduardo al comprender que aquel tampoco era. Más adelante tuve que “parar la guagua”, retrasando un poco la pesquisa.

Tras una curva que le ponía fin a la cordillera, apareció un camino hacia la izquierda. Entré por él y, tras subir un poco, vi un cartel con letras borrosas. Ya no tenía dudas; por allí se subía al Toldo. En el lugar donde hallé el cartel había un claro pedregoso. Bajé y le dije a la gente que subiera para dejar los bultos en el claro, para ir por el Pico sin carga. A Jesús no le gustó la idea de dejar los bultos allí, además de que dudaba de que por allí se llegara a la cima del Toldo.

Comenzamos la trepada. Yo tomé la punta, teniendo detrás, bien cerca, a Yahyma y a Karel. Joel cargó a Cherehisa en hombros; ella y Luisito tenían siete años. Avanzamos primeramente sobre piedras, hasta perder el camino. Luego apareció el trillo entre una maleza de arbustos enrevesados, pero volvió a perderse, y definitivamente. Ascendíamos al pecho por una maleza de arbustos espinosos, tropezando además con las piedras del terreno y con los propios troncos de los arbustos.

Con gran esfuerzo, fuimos llegando a un firme y a partir de ahí me adelanté, avanzando como un loco. Llegué a una altura desde la que se dominaba gran parte de la Meseta del Toldo, pero con la disyuntiva de tener por delante dos picos, uno mayor a la derecha, y a la izquierda el menor. Le partí directo al mayor y, al conquistarlo, no vi nada que señalara el lugar.

Según nos habían dicho, en la cima del Toldo había un busto de Martí, por lo que fui hasta la otra cima. Allí había un promontorio y delante de este un pequeño busto del Maestro, cementado sobre una roca. Más abajo se veían unas bolsas de cemento solidificado, que evidentemente les sobraron a quienes colocaron el busto, o no quisieron construir un pedestal.

Subiendo al Toldo

Regresé al pico mayor y hallé sobre rocas una placa del Instituto de Geodesia y Cartografía en la que estaba grabado “Pico El Toldo”. También encontré por los alrededores una mandarria grande, pesada, sin imaginar con qué fin la subieron hasta allí. Poco a poco fueron llegando los demás a la cima. Varios podíamos mostrar en la piel los arañazos de la subida. Cuando ya estábamos todos, sacamos la bandera de Mal Nombre y nos tiramos varias fotos de grupo. Fue entonces cuando el Purito me preguntó: “San, ¿para qué subimos?”. Aquella pregunta se quedó grabada en la historia malnombrista. ¿Para qué conquistamos cimas, para qué tanto esfuerzo, para qué tantos planes? ¿Cómo hacerle entender el valor espiritual de una conquista?

Aparte de “El Purito”, Enmanuel ya tenía otro sobrenombre, que, además, le gustaba: “El Tigre”. Después de un relax en la cima, disfrutando de un paisaje sin límites sobre la Meseta del Toldo, comenzamos la bajada. El descenso fue menos complicado, pues en la subida habíamos abierto un trillo a nuestro paso. Ichi cargó a Cherehisa y Yaser a Luisito. En un mal paso, el Yase se comió un “boniato” y se cayó de bruces con el Luisi, sin tener que lamentar algún golpe o arañazo serio, pero pasando un susto de respeto.

Al llegar al lugar donde estaban las mochilas, armamos un tiroteo de galletas con dulce de guayaba. Terminamos de tragar y bajamos al terraplén para continuar la marcha. El primer objetivo del viaje había sido vencido; nuestra próxima meta era el río Jaguaní.

El terraplén comenzó a descender sin gran pendiente. En algunos tramos la erosión era visible. El camino se encimó por la derecha a una gran zanja llena de piedras, por donde en otros tiempos fluía la corriente de un río, pero a nuestro paso estaba seca, o al menos no tenía agua superficialmente. Más adelante vimos una espléndida poceta y algunos no perdimos tiempo para darnos un baño. Idalmis le prohibió a Luisito bañarse, pero este resbaló y su baño ya estaba justificado. Varios enjuagaron la ropa mojada de la madrugada anterior en el agua limpia de la poceta.

Primera acampada en la meseta del Toldo

Como ya la tarde estaba avanzada, no debíamos perder tiempo, pues aún nos quedaban unos cuantos kilómetros de meseta. Llegamos a una bifurcación en una bajada, pero ambos caminos se volvían a unir. Unos cogimos por la derecha y otros por la izquierda. Como nos acercábamos a las cuatro de la tarde, comenzamos a pensar en hallar un buen lugar para acampar, sobre todo, con algún arroyo cercano. Esta oportunidad se nos dio al llegar a un arroyo, pero lo cruzamos y seguimos adelante para avanzar un poco más.

Más adelante, otro arroyo en una zona llana le puso fin a la caminata de la jornada. El arroyo no era visible desde el terraplén, pero se escuchaba a unas decenas de metros por la izquierda. Karel fue hasta el lugar caminando por un trillo lleno de malezas y pudo ver el agua cristalina que por allí corría. De inmediato desbrozamos el camino hasta el trillo a machete limpio.

Comenzó entonces cada cual a buscar un lugar para acampar. Varias sogas fueron amarradas a matas y palos encajados en la tierra y la ropa mojada fue expuesta sobre ellas al sol de la tarde, para que se secara. A la par, el grupo Dos, con Ichi a la cabeza, inició las labores de la cocina con la encomienda de preparar unos ricos y abundantes espaguetis. Como el acceso al arroyo era algo complicado, impidiendo que se bañara mucha gente a la vez, decidimos que se bañaran primero las muchachas y después los hombres; bueno, los que quisieran.

Aún de día, estuvo listo el tiroteo, que se completó con carne en salsa y refresco. La cantidad de espaguetis fue suficiente como para que nos llenáramos los más comilones. Terminamos el atracón ya de noche y comenzaron a formarse algunas tertulias dispersas. Yaser se entretuvo en tirarle, solapadamente, terrones a la gente, provocando algunas protestas. Poco a poco el campamento fue quedando en silencio, mientras la frialdad crecía con el avance de la noche.

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