Una nueva camada de malnombristas ansiaba conocer el río “más lindo de Cuba”, el Jaguaní. Habían escuchado las historias de los veteranos sobre la transparencia de sus aguas, superior a las del Toa, confabulada con los bellos paisajes que rodean al mayor afluente del más caudaloso. Pero el Jaguaní ya no sería el paseo del año 90; las balsas ya no eran las mismas, y ello tendría sus consecuencias.
Viernes 30 de julio de 1999
Luego de una movida primera parte de la guerrilla de verano de ese año, que nos llevó a conocer hermosas playas del norte de Holguín, a recorrer Pinares de Mayarí y a hacer el primer intento de búsqueda del Pico Cristal, partimos una mañana de un campamento de pioneros ubicado junto al río Cabonico, en busca del objetivo más preciado de la guerrilla: el río Jaguaní. A través de un puente colgante, cruzamos la corriente hasta llegar a la base de campismo también nombrada “Cabonico”, ubicada en el noreste holguinero. Atravesamos la base y caminamos hasta la carretera que recorre por el norte todo el este de la provincia. Bien rápido nos paró un camión particular y en él su fue un primer grupito, bastante apretado. Al partir, quedamos en vernos todos en Moa. Luego nos paró otro botero y nos fuimos los restantes. En Sagua de Tánamo terminaron el viaje los del primer camión, pero casi de inmediato cogieron otro para Moa. Finalmente, alrededor del mediodía, nos reagrupamos en la terminal de ómnibus de Moa.
Primeramente, fuimos para unos quioscos que había cerca de la terminal y allí matamos el hambre con cuanta cosa encontramos. Después fui a la Juventud Municipal, que quedaba cerca, y allí pregunté cómo llegar hasta La Melba. Me sugirieron que lo mejor era ir hasta Punta Gorda, rumbo a la salida de Moa para Baracoa, desde donde salían camiones para las minas que están por la zona de La Melba.
Regresé a la terminal y fuimos todos a pie hasta una cercana autopista. Allí nos montamos en una guagua, pasamos junto la planta de níquel “Che Guevara” y seguimos rumbo a Punta Gorda. En el trayecto, País le lanzó a Katy una mochila y, sin quererlo, la muchacha recibió un fuerte golpe en el ojo izquierdo, del que le quedó como huella un morado.
Nos bajamos en Punta Gorda y, atravesando una barrera, llegué a unas oficinas para pedir que nos dejaran montar en un camión de los que recogían material en las minas. Me dijeron que estaba a punto de salir uno, que esperáramos afuera. El camión se demoró y salió otro, accediendo el chofer a que nos montáramos en él.
El transporte era un enorme camión de volteo marca “Volvo”. Nos subimos todos encima y nos entrelazamos para agarrarnos mejor. Partió el camión a su destino a gran velocidad.
Al dejar la carretera y coger el terraplén en dirección a La Melba, la velocidad del camión no menguó mucho. Aquello era una locura sobre ruedas bordeando barrancos y venciendo curvas y pendientes. Algo sí quedaba claro: la gran destreza del chofer. Su apuro estaba matizado por la necesidad de que no nos cogiera la noche, pues la tarde ya estaba en picada.
En la primera parte del trayecto, la vegetación tropical era notable. Pero al ganar más altura, esta se hizo menos vistosa y se apreciaron las huellas de la erosión en el terraplén.
El camión que inicialmente nos llevaría, se nos acercó, rodando también a gran velocidad. Pero al parecer, La Estrella malnombrista lo sancionó por no llevarnos, pues se ponchó en aquel solitario paraje, con la noche a punto de llegar. Poco a poco nos fuimos pegando al borde de la meseta del Toldo y apreciando nuevamente la vegetación tropical. Pasamos junto a los saltos de la Comadre y el Compadre, y un largo descenso final nos llevó a La Melba, ya prácticamente de noche.
Nos bajamos junto al círculo social y allí nos concentramos. Al poco rato se nos acercó una muchacha, que era la instructora de arte del poblado. La joven conversó un rato con nosotros e improvisó una actividad cultural para celebrar nuestra llegada. Con decenas de pobladores de espectadores, comenzó a sonar una improvisada conga, salida de los sonidos de una guitarra desafinada, que no tenía clavijas para afinarse, y de un cajón de madera, ambos instrumentos tocados por dos lugareños. Un rato estuvo sonando la conga y varios malnombristas aprovecharon para bailar al son de su ritmo. Después les agradecí a todos y, especialmente, a la muchacha por aquel bello gesto, y terminé, guitarra en mano, cantando Yolanda y la Gota de Rocío, que fueron coreadas por varios de los presentes. Realmente, impresionaba aquella muestra de hospitalidad, donde primaban la sencillez y el deseo de brindarnos lo mejor que tenían. Los malnombristas quedamos conmovidos por el gesto, pensando en cuántos valores hay en la gente sencilla de nuestro pueblo.
Terminó la actividad, los pobladores se fueron para sus casas y preparamos, antes de acostarnos, solo una merienda, pues el atracón que nos dimos en los quioscos de Moa nos había aguantado bastante el hambre. A la par, organicé una guardia. Tragamos la consabida tostada con dulce de guayaba, más pescado de las latas, y nos tiramos finalmente sobre las balsas infladas, en el suelo del círculo social.
Sábado 31 de julio de 1999
Nos despertamos con la claridad mañanera y, preparando el habitual desayuno, se apareció un hombre vendiendo queques. Por supuesto que les “fajamos” a los queques, agrandando así el menú matinal.
Después comenzaron los preparativos para la navegación. A pocos metros del círculo social corría el bello Jaguaní y las expectativas por navegar, sobre todo en los novatos, crecían por minutos. Pero la preparación se hizo lenta. Fuimos llevando hasta la orilla del río las balsas y las mochilas, y allí se fue poniendo a punto cada embarcación. Los veteranos en navegación aconsejamos a los novatos sobre cómo amarrar las mochilas a las balsas. La embarcación de Eduardo era la más complicada. Había llevado una enorme cámara camión y, con un forro bien ajustado y una soga, le estaba dando una forma más hidrodinámica que la forma circular que ofrece una cámara al ser inflada sin ningún aditamento. Como en el año 90 el Chocky y Moné habían hecho aquel invento de balsa articulada, a la que nombraron Tutankamón, la de Eduardo ahora sería Tutankamón Segundo.
Pasadas las diez de la mañana rompió la navegación por un río Jaguaní que tenía el nivel un poco más bajo que en el año 90. El primer rápido, donde Elién se había trabado, fue rebasado con relativa facilidad por los 35 navegantes que conformábamos la tropa.
Siguió la navegación sin grandes contratiempos, hasta que llegó un rápido donde, en su final, el río gira brusco a la izquierda para caer en chorro. La gente lo fue bajando como pudo y se fue agrupando en la playa del final, ubicada en la orilla izquierda de la corriente, para cogerle platea a Eduardo en su Tutankamón. Llegó el cibernético, y al bajar por el chorrero, se viró con el “supertanquero”, saliendo disparado hacia un lado. El “cuero” sobre Eduardo no se hizo esperar, pero empecinado el hombre, volvió a la “batalla”. Cargó Eduardo el “navío” y se volvió a tirar, repitiéndose la primera escena: Eduardo por un lado y su balsón por otro. Pero dicen que a la tercera va la vencida. Volvió Eduardo a cargar su balsa y a tirarse, teniendo mejor suerte en la ocasión, pues salió del rápido sin virarse. Un cuarto intento hizo Eduardo, con Díaz y Frank detrás de él, subidos también en su cámara. Al tirarse los tres, Frank se cayó por detrás, pero el dúo delantero logró bajar sin dificultades. Un quinto intento hizo Eduardo, con Díaz nuevamente, y ambos lograron salir airosos una vez más.
Pero las acciones en aquel rápido aún no habían terminado, y la platea tampoco. Mientras un cuarteto se iba acercando al borde del rápido, las expectativas fueron creciendo. Katherine, Remberto, Aimeé y Diago, a la vista de la platea, se lanzaron, y Aimeé salió por la “borda” de su balsa. Detrás se fue acercando Joel, arrastrando su balsa, pues se le estaba saliendo el aire desde el principio de la navegación y ya la llamaba por el nombre de “Sultán”, como si fuera un perro lo que arrastraba. Se tiró Joel como pudo, y salió también como pudo.

Continuamos navegando cuando aún faltaban algunos por alcanzarnos. Una playa a la derecha se nos prestó para hacer un alto. Viré entonces río arriba, en busca de los retrasados. Tuve que caminar bastante para dar con un cuarteto que cerraba el avance de la flotilla. Alberto, Kenya, Amaury y Eduardo Aneiros estaban sentados en una playa, debido a los ponches sufridos por Amaury y Alberto. Cuando Amaury terminó de coger el ponche, partió con Kenya y Eduardo, pero Alberto aún no había concluido de remendar su balsa. Le puse atención al asunto y comprendí entonces cuál era la causa de su demora. La pereza de Alberto era insufrible para mi temperamento. Además, vi algo inconcebible, que superaba hasta al Chardo: el hombre había cosido a la balsa un maletín que había llevado. Para coger el ponche, primero zafaba el maletín de la balsa, después sacaba las cosas para coger el ponche, después, ponía a secar la balsa, después…, y ahí mismo me quedé; no pude más y partí hacia la delantera, diciéndole un imposible: que se apurara.
Me junté con el grueso de la flotilla y seguimos navegando, quedándose Alberto a la zaga. Más adelante, le dije al Chocky que continuara y a las cuatro buscara una playa para acampar, mientras yo regresaba nuevamente, con el Tin de compañía. Al poco rato empezó a caer una llovizna fina. El Chocky halló por fin una buena playa a la derecha y decidió acampar allí. Quien no hubiese protegido ropa, no podría tener nada seco para dormir, pues el sol estaba oculto y las piedras de la playa habían perdido el calor con la humedad de la lluvia.
El Tin y yo dimos con los últimos. Le di mi balsa a Alberto y cogí la de él, quedándome al final, pues casi tenía que arrastrar la balsa porque seguía saliéndosele el aire. Con mi llegada, se terminó la navegación del primer día.
El grupo Uno, comandado por el Chocky, cocinó pasta alimenticia. Al terminar, mezclaron en mi tanqueta espaguetis, coditos y macarrones. En una vejiga prepararon el refresco. El tiroteo se anunció en un momento en que el desespero del Tin era notable, pues el novato no estaba acostumbrado a pasar tanta hambre. Cayó la noche, nos acotejamos y después reinó el silencio en la playa.
Domingo 1ro. de agosto de 1999
Amaneció y el grupo Dos se dispuso a preparar el desayuno, que tuvo como particularidad que la tostada fue dada por puñados. Anna (sueca; la única extranjera del grupo) amaneció con fiebre y el Ñaña tampoco se sentía bien. Ambos decidieron irse caminando, en vez de navegar; Adrián (esposo de Anna y padre de Patricia) y Patricia (la niña del grupo, con seis años) se irían también a pie con ellos.
Anna le prestó su balsa a Yamilia y a Oscar, quienes seguían con problemas. Alberto había ponchado mi balsa en el poco tiempo en que la usó el día anterior, por lo que Adrián me prestó la suya. Alberto también se iría caminando. En fin, que el “ponche” iba siendo el protagonista de la segunda navegación de Mal Nombre por el río Jaguaní.
Comenzó la navegación, tan retrasada como en la primera jornada. A diferencia del día anterior, la pandilla se movía en balsas y a pie. Ya podían notarse algunas peculiaridades en ciertos navegantes. Mauricio era el que más resaltaba; jamás nadie había bajado los rápidos de una forma tan peculiar, y tan absurda. Llegaba Mauricio al borde de un rápido y tiraba la balsa, mientras él cogía a pie por una orilla. Ya abajo, recogía la balsa, la llevaba hasta la orilla, zafaba la mochila, sacaba la ropa, la exprimía y la ponía a secar un rato. Después la guardaba y volvía a amarrar la mochila a la balsa. Si seguía así, le harían falta el triple de los días previstos para bajar el Jaguaní.
En otro sentido, se destacaban dos novatas: Irene y Laida. Ambas navegaban con gran soltura, yendo siempre en la delantera. La gruesa balsa de Irene la elevaba del agua más de lo normal. Laida iba con la quijada pelada del roce con la balsa, por lo que tuvo que entizársela con esparadrapo. Lorenzo, por su parte, volvía a demostrar que no hacía falta saber nadar para navegar por un río.

Detrás se iban quedando los caminantes, aunque no tanto Alberto. Patry se bañaba en el río cada vez que quería, mientras Anna y el Ñaña seguían con malestar. Anna iba un poco estresada con su malestar, su retraso y el hecho de no poder navegar. Tal parecía que los imprevistos que se le habían presentado, en un ambiente tropical al que no estaba acostumbrada, la habían sacado de paso.
La navegación del día fue bastante tranquila. Por la tarde, durante un rato, cayó una llovizna más fina que la del día anterior. Próximos a las cuatro de la tarde, comencé a buscar una buena playa para acampar, hasta que la encontré nuevamente a la derecha del río. No quería retrasar la parada, pues en todo el día no habíamos visto a los caminantes.
Comenzamos a exprimir la ropa y a ponerla a secar, y el grupo Dos empezó a la par con las labores de la cocina. Aún faltaban por llegar Yamilia, Oscar, Alberto y el cuarteto caminante en el que iban los dos enfermos. Remberto y yo viramos en busca de los retrasados, él con una cámara de carro y yo con la balsa de Adrián. En algunos tramos, nos metíamos en el río a contracorriente.
Recorriendo varios cientos de metros, hallamos a Yamilia y Oscar junto a una fogata. Los alentamos a que recogieran y siguieran, y eso hicieron junto con Remberto y conmigo, pues la noche ya caía y no tenía sentido seguir de regreso. Partimos los cuatro rumbo a la playa de acampada.

Aunque ya era de noche, me tiré en el río a navegar en balsa, prácticamente sin ver nada. Llegué al borde de un rápido y me dejé llevar por la corriente. Fue una rara sensación; sentí cómo la corriente me impulsaba sin saber qué venía. El chorro me haló de súbito, pero logré mantener el equilibrio con los brazos sin caerme. Vino un tramo tranquilo y luego un rápido más suave del que salí también sin caerme. Llegamos al lugar de acampada y comimos la comida que nos habían guardado.
Más atrás, Alberto creó condiciones para acampar solo. El cuarteto final hizo lo mismo. En resumen, Mal Nombre dormiría en tres partes en su segunda noche en el Jaguaní.
(Continuará la próxima semana)
