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El Jaguaní, el río más lindo del mundo (1990, segunda y última parte)

Miguel Alfonso Sandelis
11 abril 2026 | 0 |

Boca del Jaguaní. El Toa llega por la izquierda y el Jaguaní por el frente


Martes 31 de julio de 1990

Lugo de una primera jornada navegando en balsa por el escandaloso río Jaguaní, acampados en una hermosa playa de su ribera, soñé de madrugada con la navegación. En más de una ocasión me desperté luego de dar una inconsciente brazada. En las noches junto al Toa, los años anteriores, también me sucedió algo parecido.

La claridad del amanecer, durmiendo a la intemperie, es el mejor reloj despertador que se pueda tener en tales circunstancias. Poco a poco nos fuimos levantando y empecé a agitar a la gente, pues en el día debíamos navegar bastante para llegar en tres jornadas a nuestra meta en el Toa. Les conté a varios mi sueño con “brazadas” y algunos me dijeron que les había pasado lo mismo.

El desayuno fue de escándalo. Además de las variantes de leche y los ricos aditivos, además de los panes y galletas, abrimos varias latas de pescado como para “ponerle la tapa al pomo”. Aquello era casi un “sírvase usted”.

Sobre las nueve de la mañana partió la navegación. La transparencia del río era divina, mayor que en el Toa, pero los rápidos no eran tan fuertes ni seguidos, por lo que había que bracear más. Abundaban las bellas playas con arena gris tirando a blancuzca.

Un rápido pedregoso del Jiguaní

A media mañana pasamos junto a un lindísimo salto de agua que caía por la orilla derecha. Años después supimos que le llamaban el “Salto del Infierno”. Dentro del monte se escuchaba caer el agua sobre unas piedras, y luego continuaba su descenso hasta el río. La flor de la mariposa abundaba por los alrededores. El lugar era tan excitante, que al “Pepe” se le ocurrió la cómoda idea de hacer un hotel allí y que lo llevaran en helicóptero.

El salto del Infierno

Pasando el mediodía, avanzamos por una recta ancha del río, a la que le llegaba un arroyo por la derecha. Un poco más adelante, la vegetación tropical fue sustituida por otra de un verde menos intenso, causado por el suelo rocoso de escasa capa vegetal, sobre el que esta crece. Sentimos entonces la bulla de un chorro de agua. Era el rápido mayor del Jaguaní, que ya Leopoldo nos lo había anunciado.

El mayor rápido del Jaguaní

El rápido era precedido por una curva del río hacia la derecha. Después la corriente principal se arrimaba a la ladera derecha y descendía entre piedras hasta una curva a la izquierda, para de inmediato comenzar a saltar en forma de un gran chorrero, que finalmente se abalanzaba sobre una ancha y profunda poceta. La prioridad era llegar sobre la balsa hasta el chorrero mayor, para evitar coger los golpes desde arriba. La ventaja del rápido era que la caída final del agua no era muy inclinada, lo que posibilitaba llegar airosos a la poceta.

Comenzó la gente a tirarse, algunos con mejor suerte que otros. Yo alenté a Leyset para que se tirara delante de mí, y así poder socorrerla en caso de que tuviera algún percance. La balsa de la rubia dio un giro en medio del rápido y Leyset llegó de espaldas a la poceta, pero sin caerse. Detrás llegué yo sin problemas. Lourdes, la hermana de Pedrito, también conocida como “Peter Sister”, no corrió la misma suerte, pues se cayó de la balsa y dio unos cuantos tumbos antes de llegar a la poceta.

Después venía otro rápido, pero menos intenso, hasta llegar a otra poceta, más profunda aún, que tenía delante un enorme farallón, al cual esquivaba el río por la izquierda. Seguimos navegando por un tramo más bien recto, con algunos rápidos ligeros, y donde abundaban enormes piedras grises. Al final del tramo, un arroyo llegaba al río por la izquierda y allí nos detuvimos para esperar a los más retrasados.

Ulises, ingeniero químico al fin, halló una partícula de piedra dorada y dijo que aquello era oro. “Al parecer”, los españoles no llegaron hasta allí en su saqueo del oro cubano. Con la tarde avanzada, seguimos navegando en busca de una playa para acampar, a pesar de que los últimos no habían llegado hasta nosotros.

Vino un tramo bastante recto, con rápidos seriados entre las piedras, que eran sumamente disfrutables. Luego de avanzar alrededor de medio kilómetro por la recta, el río hizo un ligero giro a la izquierda y sobrevino otra recta más corta. Casi al final, antes de una curva brusca del río a la izquierda, una larga playa, también a esa mano, nos “invitó” a acampar. Frente a la playa, la ladera opuesta mostraba un gran pelado debido a algún derrumbe ocurrido. Por esa misma orilla descendía un arroyito hasta el río. Siguiendo el cauce del río, justo en la curva cerrada, un gran farallón mostraba una roca viva y colorida, también a la derecha.

Vista alejada de la playa de la segunda acampada con el pelado y el farallón al frente.

La gente fue “atracando” en la playa y la “bomba atómica” se fue expandiendo. Eran cerca de las cinco de la tarde, es decir, una hora después de la parada final del día anterior. Al rato de haber llegado la mayoría, aún nos faltaba una retaguardia en la que estaba incluida Lourdes, la “paracaidista”. Cogí entonces mi balsa inflada y comencé a caminar por la orilla, aguas arriba. Iba descalzo, tal y como había navegado hasta allí, gracias a lo curtidas que estaban las plantas de mis pies de tanto mataperrear de niño por los dientes de perro de la Playita de 16.

Por el camino me encontré a Yaí, quien se había quedado sola en la navegación, pero ya estaba cerca del lugar de acampada. En la curva del arroyo donde Ulises se encontró la “pepita de oro”, encontré a Barbón, a Despaigne y a Lourdes.

La escena que se presentaba ante mis ojos estaba como para filmarla. Barbón y Despaigne ya no sabían qué más hacer para que Lourdes avanzara. Le empujaban la balsa y le decían cosas, pero la susodicha no se apuraba por nada. Al llegar al lugar, le di mi balsa sin mochila y cogí la suya, no sin antes decirle que siguiera navegando, mientras yo me quedaba con Despaigne y con Barbón acotejando las cosas de su mochila, sobre todo la pesada colcha.

Cuando terminamos, partimos a navegar y cual no fue nuestra sorpresa al ver a Lourdes delante de un ligero rápido, esperando por nosotros, porque tenía miedo tirarse. Esperó la “Doña” a que nos tiráramos primero nosotros y después decidió dejarse llevar por la corriente. Así, con titubeos constantes de Lourdes, llegamos hasta la playa de acampada.

En la parte trasera de la playa había una mata de coco y hacia allá se había ido Leopoldo. Al rato se apareció con unos cuantos cocos, y el agua y la masa sirvieron para suavizar el hambre en lo que estaba la comida.

El Chocky, Alexis y mi hermano guiaron las acciones cocineras, pero el arroz les estaba dando trabajo para ablandarse y la tarde ya se iba esfumando. Con el hambre en demasía, decidimos repartir el arroz, aunque no se había ablandado del todo. Comenzamos a comer oscureciendo y Diana, al probar el arroz, dijo que no se lo tragaría. Pero con toda su dureza, el arroz es esfumó, devorado apetitosamente por la tropa.

Por cierto, sobre Diana y sobre Alina había caído un “cuero” abundante. El origen del cuero eran sus consejeros padres. A Alina, el suyo le había dicho que en el río había cocodrilos. ¡Habría que imaginarse a un cocodrilo tirándose por un rápido! En el caso de Diana, el consejo era que tuviera cuidado con la empalizada que bajaba cuando el río crecía. A cada rato alguien le gritaba a Diana: “¡Cuidado, que viene la empalizada!” Años después, cuando la crecida del Toa nos sorprendió en una tarde del 2003, conocimos que era real lo de la empalizada.

La historia de Lourdes en su segundo día de navegación llevó a que se llevara su nombrete. Si a su amiga Elién el año anterior la designamos “Princesa”, su amiga “paracaidista”, quien la había superado con creces, debía tener un rango mayor, y “La Reina” fue su título.

Bañados por el resplandor que aportaban los restos de la candela de la cocina, tertuliamos un poco, hasta que el sueño nos convidó a caer sobre las balsas. Terminábamos así la segunda jornada en el Jaguaní, con el aliciente de haber navegado en el día unos 14 kilómetros, es decir, el doble que en la jornada anterior.

Miércoles 1ro. de agosto de 1990

De madrugada volvieron los sueños con brazadas. Al amanecer, nos despertamos y preparamos pronto el desayuno con una similar carga energética y proteica que la de la mañana anterior.

Alistándonos para la navegación, notamos una innovación. Los inventores eran el Chocky y Moné, quienes habían sufrido ponches en sus balsas el día anterior y la solución que hallaron fue armar un “articulado”. Como a cada uno se le había ponchado una de las partes de su balsa, amarraron las dos, formando un largo navío inflable, en el que se montaron ambos con sus dos mochilas incluidas. Al conglomerado lo nombraron “Tutankamón”.

Comenzó la navegación, teniendo como meta inicial el río Toa, es decir, el lugar llamado “Boca del Jaguaní”, donde ambos ríos juntan sus aguas.

A Despaigne no le iba muy bien navegando; él había perdido tres dedos de la mano izquierda en un accidente laboral y, al navegar, no halaba parejo el agua. Mi hermano le resolvió el problema, dándole las paletas de acrílico que había inventado.

A media mañana, la vegetación volvió a mostrar sus bellos colores, típicos del trópico. Aparecieron a la vista las pintorescas cañas bravas y, a mayor altura, las palmas reales, mientras que las lianas colgantes se veían por doquier.

Cuando eran alrededor de las dos de la tarde, el paisaje se ensanchó y los que íbamos a la delantera vimos una corriente que desembocaba en el Jaguaní por la derecha. Al ver el nuevo cauce, se lo señalé a los que me acompañaban, pero Diana me dijo que aquello era un arroyo.

Aunque la corriente era algo más estrecha que la del Jaguaní, no quedé convencido y me dirigí a la orilla derecha, pasando la desembocadura. Dejé la balsa sobre la arena y caminé aguas arriba, por la orilla izquierda del supuesto “arroyo”. Tras avanzar unas decenas de metros, las dudas se me despejaron: aquello era el Toa, que llegaba subrepticiamente a su encuentro con el Jaguaní, como para que nadie imaginara lo tremendamente accidentado de su cauce aguas arriba.

Volví a la Boca del Jaguaní y le anuncié a la gente que habíamos llegado al Toa. Algunos se habían adelantado, navegando ya por el ensanchado cauce, parando en una playa ubicada en la orilla izquierda del Toa. De ahí en adelante ese era el nombre del río.

La Boca del Jaguaní nos mostró toda su belleza. A la izquierda, un peñón mira al encuentro de los dos ríos. A la derecha, pasando el encuentro, posa un inmenso arenazo, formado por la arena y otros residuos acumulados en tantas y tantas crecidas. Después, en la misma orilla, la ribera es ocupada por una franja de flores de mariposa.

En el monte trasero al lugar donde se había hecho un alto, había unas matas de coco y hacia allá se fueron Alejandro (el hermano del Chocky) y Ulises, a buscar coco. Al rato regresaron con el fruto de su pesquisa y repartieron entre la gente.

Cuando llegaron los últimos navegantes, continuamos la travesía. Se apareció un largo rápido, que más bien era un intenso oleaje, y lo bajamos sin dificultades. Más adelante, otro rápido movió a la flotilla y Despaigne perdió la paleta de la mano afectada. Como tenía otra, se la cambió de mano.

Entramos en una larga recta, donde había que bracear bastante. A mitad de la recta, vimos un cable en la altura, que atravesaba el río. El cable tenía unas marcas cada un metro y partía por la derecha de una caseta que se anunciaba como una estación hidrológica. Con él se podían determinar las alturas de las crecidas del Toa.

Llegó un rápido que halaba fuerte hacia la izquierda, pero lo logramos sortear. Más adelante, en una curva a la izquierda, se apareció otro rápido, que tenía a su derecha una extensa playa. Ya eran más de las tres de la tarde y decidimos parar, pues por aquella zona pasaba un camino que, bordeando el río, llegaba hasta Boca de Quibiján, el cual podríamos recorrer a pie al día siguiente, según nos aclaró Leopoldo.

Zafamos las mochilas de las balsas, sacamos la ropa y la tendimos. Era importante que se nos secara la mayor cantidad de cosas, incluyendo las mochilas, pues la navegación había concluido y para la caminata del día siguiente debíamos cargar con el menor peso posible, y para nada era conveniente andar con ropa mojada guardada. Pero teníamos un gran aliado: el sol. La temperatura esa tarde era más alta que los días anteriores y se hacía insoportable estar un rato sin sombra.

Un grupo cruzó el río y se sentó al borde del rápido, protegido por la sombra de los árboles. Otros nos quedamos preparando la cocina, entre ellos Tony, quien sacó una sábana y se la tiró por encima, comprendiendo mejor la ancestral costumbre árabe.

Un rato después se apareció un guajiro navegando en un gran bote, con un perro. El bote era alargado y de fondo plano ‒la típica cayuca del Toa‒ y el hombre llevaba una vara larga en sus manos, con la que se empujaba del fondo para hacer avanzar la embarcación.

Pero lo curioso era que la cayuca navegaba río arriba. Todos nos quedamos expectantes. Al llegar al rápido, el guajiro se bajó del bote y comenzó a empujarlo río arriba por las inquietas aguas, caminando sobre las piedras. El hombre era todo fibras musculares. En unos segundos, bote, guajiro y perro ya habían rebasado el rápido y continuaban navegando por aguas más tranquilas.

Más tarde, Leopoldo se apreció montando a caballo. Se había encontrado al equino en un monte cercano y, sin pensarlo dos veces, lo montó y lo arreó hasta la playa de acampada. Al verlo, varias muchachas se embullaron, con Lizbethe (estudiante de Mecánica) a la vanguardia. Comenzaron entonces las vueltas en el pobre caballo, bajo el feroz sol que acosaba. Lizbethe, Aimeé (estudiante de Civil) y Bety (estudiante de Medicina y hermana de Alfredo) se sucedieron en la cabalgada, hasta que al fin Leopoldo devolvió el caballo a su lugar de origen.

La comida estuvo lista más temprano que los días anteriores. El arroz y las carnes en lata permitieron llenarse a los hambrientos. Con la llegada de la noche, formamos un ruedo de malnombristas y comenzamos una tertulia. Entonces Despaigne se embulló a cantar una parodia que inventó en el momento. Por esa época estaba de moda una canción que interpretaba la cantante mexicana Ana Gabriel. “Soledad” era el nombre de la canción, pero Despaigne se lo cambió por “Humedad”, y seguidamente parafraseaba las demás estrofas, incluyendo algunas malas palabras, que reforzaban el sentimiento de estar mojado varios días enteros.

Pasadas las diez de la noche se calló por fin el enardecido cantante y pudimos todos caer en brazos del reconfortante sueño.

Jueves 2 de agosto de 1990

Dormimos apaciblemente nuestra última noche junto al río. La suerte meteorológica nos había acompañado desde que salimos de La Melba, porque ni un solo aguacero nos había caído en la zona más lluviosa de Cuba.

Desayunamos como “reyes”. Cada cual escogió el saborizante que le quiso agregar a la leche. De las latas de pecado, algunas se quedaron abiertas sin que nadie las probara. Recogimos todo y partimos sobre las nueve de la mañana. La meta de la caminata era el poblado de Quibiján, ya conocido por varios malnombristas en los dos años anteriores.

Dejamos detrás la playa de la acampada y nos adentrarnos en el monte por un claro camino. En un tramo, el camino bordeó un barranco y desde allí pudimos ver en la orilla contraria del Toa una ladera erosionada debido a los desprendimientos de tierra que causan las crecidas. La senda nos llevó a un bosque en terreno llano, desde donde se podía ver en la otra orilla, emergiendo de la vegetación, la boca del río Naranjo, uno de los tres mayores afluentes del Toa. Por los alrededores había varios bohíos.

Curva del Toa después de su encuentro con el Jaguaní. A la izquierda comienza el tramo de orilla erosionado

El camino se ensanchó y seguimos caminando paralelo al Toa. Más adelante aparecieron algunas pendientes cerca de la boca del Quibiján, pero el camino no llegaba hasta la desembocadura. Siguiendo por zona boscosa, pasamos un arroyo, subimos una pendiente y descendimos hasta la orilla del río Quibiján, dejando a la izquierda el Toa.

El camino comenzó a llevarnos junto al río, en dirección contraria a la corriente. Lo cruzamos, según nos indicaba el camino y, ya del otro lado, llegamos a una curva del río a la izquierda. Allí el camino se bifurcaba. Una dirección llevaba de inmediato al río y la otra seguía paralelo a la corriente, a unos metros de altura sobre el Quibiján.

Leopoldo siguió por arriba y yo me adentré en el río, ambos sin mochilas; yo también me había quitado la gorra. El camino de Leopoldo pronto puso fin. En mi caso, al avanzar por el río, este se profundizó en un tramito, lo cual era complicado para Leyset y Yolanda (graduada de Química), que no sabían nadar.

Crucé hasta la otra orilla y, ya del otro lado, escuché un grito de “¡auxilio!” detrás de unos arbustos. Al fijarme bien, pude ver a unos niños ocultos detrás de las matas. Al momento comprendí lo que pasaba. Yo, con mi elevada estatura y relativa flaquencia, andaba en short, desnudo de la cintura para arriba, descalzo, algo enfangado y con los cañones de la barba apuntando. Pero lo que más impresionaba era mi blanca calvicie producto del efecto de los sueros citostáticos. Al ver aquella aparición, los niños deben haber pensado en la visita de un extraterrestre o algo por el estilo.

Seguí mi marcha corriendo por el camino que continuaba del otro lado y llegué hasta la entrada de un bohío. Allí vi a algunos residentes y les pregunté la ruta para llegar a Quibiján. Con caras un poco incrédulas por la extraña aparición, me dijeron que debía seguir por la orilla del río en la que yo estaba. Volví al río, lo crucé de vuelta y preparamos el cruce de toda la tropa.

Poco a poco la gente fue pasando con la mochila sobre la cabeza, pero a Yolanda – bajita y sin saber nadar – la tuve que halar para sacarla de cierto apuro. Los demás pasaron bien, incluyendo a Leyset. Del otro lado, río abajo, teníamos cerca la desembocadura del río Barbudo en el Quibiján.

Continuamos la marcha río arriba y, antes del kilómetro recorrido, ya estábamos en el poblado de Quibiján, junto al puente destruido por el ciclón Flora. Cruzamos la corriente sobre el puente bajo y, sin perder tiempo, le partimos directo a la cafetería del poblado. Refresco de naranja agria y coquitos conformaron el menú improvisado de la hambrienta tropa. Luego subimos hasta la parada que se halla frente a la bodega y, sin esperar mucho, llegó una guagua en la que nos montamos todos, junto con gente del lugar.

Terminaba así la primera guerrilla malnombrista por el río Jaguaní, con final ya en aguas del Toa. La belleza de aquel cauce y sus inquietos rápidos eran suficientes motivos para volver al “río más lindo del mundo” en repetidas ocasiones.

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