Miércoles 3 de agosto
Después de una noche tranquila, el grupo Dos preparó el habitual desayuno y la tropa comenzó a alistarse para el segundo día de navegación. Algunos estaban hastiados por los ponches en sus balsas y por el bajo nivel del río, de modo que decidieron irse caminando. Adrián encabezaría ese grupo, pero dejó claro que, si llegaba a La Melba, regresaría por los demás. Con él también se iban a pie Lorenzo, Tamara, El Puro, Enmanuel, Erick, Sandra y Osiel. Los caminantes partieron de inmediato, luego de desayunar. Jesús mejoró al coger la balsa de Osiel; ahora el gallego no tenía que ir con las piernas afuera.
Pasadas las diez de la mañana y más tarde que el día anterior, rompió la navegación bajo un cielo despejado. Ya era prácticamente imposible llegar navegando a La Melba en el día. Karel y Yahyma bien pronto se comenzaron a retrasar con su inoperante embarcación, en dos primeras curvas que mostró el cristalino torrente. Ale y Luisito iban disfrutando el río al gusto. Los rápidos de la jornada eran más intensos que los del día anterior, permitiendo incluso coger platea, y las caídas no se hicieron esperar.
En una poza profunda a José Raúl se le hundió la gorra y se sumergió a rescatarla. Pero al intentar volver a la superficie, se le vio en apuros y Sosa lo tuvo que ayudar para salir del peligroso lance.
Luego de pasar cuatro días sin ver un alma humana ajena a los malnombristas, comenzaron a aparecer lugareños por las orillas del río. Después de rebasar un arroyo, nos detuvimos para reagrupar la tropa donde un claro camino cruzaba la corriente. Allí nos esperaban los malnombristas caminantes. Justo a la llegada de los primeros navegantes, vimos un boyero que andaba por los alrededores con una yunta de bueyes. El hombre tenía un visible absceso en la cara, pero así seguía trabajando y nos ofreció ayuda para cargar las mochilas si decidíamos seguir a pie en busca de un cercano terraplén que llevaba hasta La Melba. Él primeramente iría río arriba por el camino para buscar un cargamento.
La posibilidad de coger el terraplén nos puso a pensar, pues esa era la única alternativa real para llegar a La Melba en el día, a pesar de que el poblado aún distaba ocho kilómetros de donde estábamos. Teniendo la propuesta del boyero, partió Adrián río arriba para planteársela a la gente y agitarlos para que no se tardaran mucho. Cada vez que se tropezaba Adrián con un malnombrista, le decía la propuesta de coger el terraplén dejándole las mochilas al boyero.
Nos fuimos agrupando todos junto al camino, hasta que llegó la retaguardia del Tin y Yaser, acompañando a los siempre últimos Karel y Yahyma. Al llegar, la gente ponía a secar la ropa. Los niños no perdieron la oportunidad para darse un buen chapuzón. Ya se estaban haciendo habituales las discusiones entre dos niños de siete años: Luisito y Cherehisa; la gente empezó a decir que cuando crecieran, seguro se casarían. Aprovechamos también para repartir una merienda de turrones de maní.
Como el boyero se demoraba y eran más de las tres de la tarde, decidimos partir a pie cargando las mochilas. Lo recogimos todo y enrumbamos por el camino. Siete veces tuvimos que cruzar el río hasta que una loma nos llevó al terraplén, sintiendo el rigor del sol. A la ancha vía llegó la tropa dispersa. Algunos esperamos a los últimos y otros partieron a la delantera.

El terraplén avanzaba faldeando la meseta por lo bajo. El propio faldeo impedía que las pendientes de la vía fueran pronunciadas. Algunos nos quedamos al final y, mientras estábamos enfrascados en una tertulia, un camión nos paró. Después de montarnos en la descubierta cama, siguió el camión rumbo a La Melba. Cada vez que alcanzábamos a algún malnombrista caminante, el chofer paraba y lo recogía.
El Tin, Yaser y yo íbamos en la parte delantera de la cama, justo en el extremo izquierdo, cuando un hombre se le acercó al Tin para comentarle algo preocupante. Le dijo que andaban buscando a un grupo en el que iba un hijo de Lage, sin especificar qué Lage. El hombre le explicó que la búsqueda se debía a que unos familiares de alguien del grupo tuvieron un accidente y fallecieron. El Tin (hijo de Agustín Lage) de inmediato me contó lo escuchado. De primera instancia, no creí mucho en aquella historia, pero después comprendí la gravedad del problema. Yaser, como estaba cerca, oyó algo y le tuvimos que explicar. Entonces les pedí a los dos que no comentaran nada hasta que nos aclaráramos.
Siguieron subiendo malnombristas al camión. Al alcanzar a los primeros, estos prefirieron seguir a pie, pues ya les quedaba bien poco para llegar al destino. Estos eran Osiel, Sosa, Alexander, Erick, Natacha, Joel, Ariadna y Cherehisa.
Tras descender una pendiente, llegamos a La Melba. Al bajarnos del camión en una explanada, nos convertimos en todo un acontecimiento en el poblado. Las fachas que llevábamos contribuían a que nos vieran con cierta rareza. Un hombre vino a mi encuentro y fui con él hasta una caseta donde había una planta radiofónica. Al hombre le decían “Canelo” y representaba en la zona al Sistema de Áreas Protegidas, específicamente, al Parque Alejandro Humboldt en La Melba. Detrás de mí llegaron a la caseta el Tin y Yaser, en busca de información sobre el accidente que Canelo me confirmó.

Mientras tanto, Alfredo y Adrián regresaron por el terraplén para ayudar a los que siguieron caminado, y los vimos de vuelta cargados de mochilas junto con ellos. Salvo los que estábamos en la caseta, los malnombristas se agruparon en el círculo social del La Melba, el cual ya conocíamos algunos de dos viajes anteriores. Era una construcción techada y grande, de piso de granito y abierta por los laterales. Allí cabíamos todos ampliamente. El Tin y Yaser fueron también para el círculo, mientras yo me quedaba con Lizet en la caseta, pues esta había llegado allí para apoyarme en lo que hiciera falta.
Detrás de Lizet llegó el jefe del sector de la policía. Fue entonces cuando Canelo me dijo que para continuar navegando por el Jaguaní debíamos mostrar una carta del CITMA. Le dije que no traía la carta ni conocía que fuera necesaria, y que llamaría desde allí para aclarar la situación. El jefe de sector me dijo que podía llamar adonde quisiera, pero sin carta no seguiríamos. Le respondí molesto que no me podía tratar así y entablamos una discusión el policía y yo, hasta que este me soltó un chiste y el ambiente se relajó.
Le pregunté entonces al policía por el accidente. Este me dijo que él mismo había ido con un custodio a buscarnos a la meseta. Fueron hasta allá teniendo que caminar un montón de kilómetros. Pero el hombre no nos halló porque el grupo siguió el camino de Piloto y no el que lleva directo a La Melba. Él llegó a Piloto, bajó al río y vio rastros del grupo, pero sin hallarnos. Me dijo entonces que el apellido del familiar era Jiménez. Al revisar el listado, noté que el único que tenía ese apellido en el grupo era Yaser.
Por el círculo social se apareció el delegado del Poder Popular. Al preguntarle por el accidente, mencionó también el apellido “Jiménez”. Entonces Yaser volvió con el Tin hasta la caseta a averiguar y le confirmé la información, aunque aún sin saber a ciencia cierta qué había pasado.
A la par, Canelo trataba de comunicarse por la planta, pero no lo lograba. Comenzó a caer un aguacero con truenos y Canelo apagó la planta para evitar que se dañara. En aquellas condiciones y sin un transporte que saliera para Moa, a Yaser no le quedaba más remedio que acostarse con la enorme duda y coger la guarandinga que saldría temprano al día siguiente.
Los que estábamos en la caseta de la planta fuimos para el círculo social. Allí le habían pedido al delegado un lugar para cocinar, pues, con el aguacero, la leña se había mojado. En una caseta exterior a una casa se hallaba la cocina que nos propiciaron. Una amable mujer era la dueña y, junto con Ichi y el grupo Dos, trabajó intensamente hasta lograr hacer el arroz de la comida y unos plátanos hervidos que nos donaron, además de preparar la carne en salsa. El Dos también preparó refresco.
Con la llegada de la noche, escampó y, como resultante, quedó una elevada humedad en el ambiente. La mujer brindó comida para los niños del grupo y Alfredo se la llevó a los menores. El delegado gestionó un local con literas para que los niños durmieran, pero, tras darle las gracias, le dijimos que estarían mejor acomodados sobre las balsas, acampando con el resto de la tropa en el círculo social. Armamos el codiciado tiroteo y la tropa quedó en mejores condiciones para dormir.
Antes del sueño, organicé una guardia nocturna entre la mitad de los hombres, tocándole 40 minutos a cada uno. La mocha de Marcos, un reloj, una linterna y el listado con el orden de la guardia se empezaron a pasar de mano en mano por los guardianes nocturnos. En la próxima noche, a la otra parte de los hombres les correspondería velar por la seguridad el grupo. No hubo tertulia nocturna. La preocupación por Yaser nos invadía a todos, manifestándose en cierta tensión en el ambiente.

Jueves 4 de agosto del 2005
La madrugada se fue tranquila, con la guardia velando. Al amanecer, algunos nos espabilamos más rápido que el resto, pues partiríamos hacia Moa en la guarandinga por diferentes razones. La razón de Yaser estaba más que clara, y su gran amigo El Tin lo acompañaría. Yo iba por dos razones, acompañar a Yaser y conocer lo sucedido, y ver también si podíamos seguir navegando, siempre en dependencia del problema de Yaser.
Para el Puro, la navegación fue dura debido a su maltrecha balsa y prefirió irse con Enmanuel, teniendo por destino a Santiago de Cuba, donde se quedaría en la casa de unos familiares; ya se nos unirían cuando llegáramos a la ciudad santiaguera al final de la guerrilla, para regresar juntos a La Habana. Jesús iba ya en camino de La Habana, pues el día 12 debía partir de regreso a España. Ramón, Emma, Ichi y Yuslenis tenían por destino a Baracoa, pues no querían seguir navegando.
Antes de las siete de la mañana partió la guarandinga, mientras el resto de la tropa se quedaba a la espera en el círculo social. Era la tercera ocasión en que yo recorrería aquel camino, pero por primera vez lo haría desde La Melba hasta Moa y no al revés. La gran pendiente de salida del pueblo, los saltos de La Comadre y el Compadre y el tramo erosionado, con vegetación rala, me resultaron familiares.
Tras el descenso final, rodeados de vegetación tropical y algunos pinares, llegamos a la carretera Moa-Baracoa y doblamos a la izquierda, en busca de la ciudad del níquel. Pasamos junto a la planta Las Camariocas, que se encontraba parada. Llegamos al reparto Rolo Monterrey, ubicado a la izquierda de la vía, pero el chofer se pasó de la parada y tuvimos que gritarle. Allí nos bajamos Ichi, Yuslenis, Emma, Ramón, el Tin, Yaser y yo. Nuestro destino era el Comité Municipal del Partido.
El policía de La Melba también se bajó y nos pidió el carné de identidad. Yo le había entregado un listado con los nombres y carnés de todos y, de momento, el policía quería sabe quiénes se habían bajado de la guarandinga. Le mostré nuestras identificaciones, menos la del Tin, que andaba sin carné de identidad. Entonces el policía le dijo al Tin que debía acompañarlo para aclarar su situación y me preguntó cuántos se habían quedado encima de la guarandinga, a lo que le respondí que dos: el Puro y Enmanuel, con el interés de ocultarle a Jesús, el gallego, para que no se formara enredo. Se montaron nuevamente el Tin y el policía en la guarandinga y el transporte partió.

Los otros seis nos adentramos en el reparto. Este tiene unos edificios construidos por la Revolución, que su frente da a la carretera, pero está conformado principalmente por casas de muy buenas condiciones. Según nos contaron, en ellas vivían los norteamericanos dueños y especialistas de la industria niquelífera; aquellos que se llevaban la gran tajada de un recurso natural del país. Ichi tenía una intoxicación en una mano y se quedó con la Mami, Ramón y Emma en un médico de la familia, mientras Yaser y yo seguíamos directo hasta el Partido. El Yase estaba desesperado por conocer lo ocurrido.
El Partido radicaba en una casa grande, que estaba ubicada en la calle final del reparto Al llegar, nos presentamos y Yaser intentó llamar por teléfono en la recepción, pero no pudo comunicar. En ese intervalo de tiempo llegaron los cuatro que estaban en el médico de la familia. La tensión de los seis malnombristas era grande.
A los pocos minutos nos llamaron a Yaser y a mí y fuimos conducidos hasta la oficina de un miembro del buró municipal. El dirigente nos recibió gentilmente, acompañado por otro funcionario del Partido. Yaser marcó de inmediato el número telefónico de su mamá en Holguín, pero le dio ocupado. Llamó entonces a una vecina de su papá en La Habana y la mujer le dijo que su papá había fallecido en un accidente. Además, falleció su madrastra y otros más que iban en el carro.
La angustia y las lágrimas corriendo por el rostro de Yaser hicieron que los dos funcionarios del Partido nos dejaran solos en la oficina. Yaser pudo entonces comunicarse con su mamá en Holguín. Habló con ella y con Mayito, su padrastro, y después me dio el teléfono para que me dieran detalles. El accidente ocurrió en la Autopista Nacional, por Jagüey Grande. Ellos habían recogido a unas personas en la Autopista, cuando el carro se metió debajo de una rastra. En total fallecieron cuatro personas; solo dos sobrevivieron. Como el accidente ocurrió días atrás, los entierros ya se habían realizado.
El padre de Yaser trabajó durante varios años en la dirección de la Empresa Eléctrica de Moa. Allí lo recordaban bien y, al conocer de lo ocurrido y de la ubicación de Yaser, alistaron un carro para llevarlo hasta la ciudad de Holguín. Conociendo de ello, en el Partido dispusieron un carro para llevarlo a la Empresa Eléctrica. Nos despedimos de Yaser, e Ichi se fue con él para acompañarlo y después regresó al Partido en el mismo carro, mientras Yaser partía rumbo a Holguín.
Al parecer, la cara de hambre que llevábamos provocó que nos invitaran a almorzar en el comedor del Partido unas riquísimas judías con arroz, más picadillo y refresco; todo un manjar para los guerrilleros. Ichi, Ramón, la Mami y Emma almorzaron, en lo que yo aplazaba el delicioso momento para seguir haciendo gestiones en función de poder navegar.
Mientras estas cosas ocurrían por Rolo Monterrey, en la guarandinga el policía se dio cuenta que iban aún montados tres malnombristas y no dos como yo le había dicho. Al terminar el viaje, el Puro y Enmanuel se fueron a la terminal mientras el oficial se llevaba al Tin y a Jesús a la estación de policía de Moa. Tras “tirar por la planta” al Tin, comprobaron su identidad y lo dejaron ir. Pero con Jesús hubo su enredo, pues su pasaporte indicaba que podía ir a instalaciones turísticas y a las ciudades, pero no a las montañas. Después de una advertencia, decidieron no imponerle ninguna multa, y hasta lo ayudaron a montarse en un carro que partió rumbo a Holguín.
El Tin llegó rápido al Partido y le dio tiempo a almorzar conmigo. A su vez, Ichi, Yuslenis, Emma y Ramón partieron rumbo a Baracoa, pero antes quedamos en que yo dejaría en el Partido de Moa la información de adónde iría el grupo para que el cuarteto lo supiera. Me reuní con el miembro del buró del Partido, una funcionaria del CITMA y después se incorporaron uno de la seguridad, el jefe del sector de La Melba y otros policías. Todos me trataron muy bien y me aconsejaron que hiciera algunas gestiones en La Habana para lograr el permiso de navegar el Jaguaní.
Salieron los del MININT y me quedé un rato más con el del Partido y la del CITMA. Después salí del local y Agustín y yo llamamos a la casa de la mamá de Yaser y hablamos con ella. Le dijimos que lo mejor era que Yaser se quedara unos días allí, pues, como ya había ocurrido el entierro, él no tenía nada que hacer de momento en La Habana. Al rato volvimos a llamar y pudimos hablar con Yaser. Este le pidió al Tin que estuviera con él unos días.
El Tin salió del Partido, compró unas latas de carne y de puré de tomate en una tienda cercana, y regresó. Yo hice varias llamadas a La Habana para gestionar el permiso para bajar el Jaguaní, pero el resultado fue negativo, pues me enteré que debí sacar el permiso con 30 días laborales de antelación al viaje. Esto era desconocido para mí e implicaba que tenía que hacer una nueva gestión para cada guerrilla de verano que tuviera en su itinerario zonas de acceso restringido. Es decir, en la guerrilla no navegaríamos el Jaguaní. Aún me quedaba alguna posibilidad, pero el trámite tardaría más de un día y lo mejor era aplazar la navegación para el año siguiente y así Yaser podría participar.
Al Tin le gestionaron quedarse en la casa de visita del Partido, con comida incluida, para que al día siguiente pudiera irse para la ciudad de Holguín a reencontrarse con Yaser. La guarandinga de regreso a La Melba debía pasar a las tres de la tarde, pero una rotura la retrasó, lo cual me convino, pues si no, la hubiese perdido. Pasadas las cuatro de la tarde, la guarandinga fue directamente hasta el Partido a recogerme y partí en ella hacia La Melba.
Allá por La Melba el día se fue tranquilo para el grueso del grupo, que se quedó bajo la dirección de Adrián. En el río Jaguaní se bañó la gente al gusto y lavaron bastante ropa, que luego tendieron en un parquecito. Una cercana sala de televisión se prestó para que los niños del grupo vieran bastantes muñequitos. Un juego de ajedrez propició que se echaran algunas partidas, y la más llamativa fue la de Yamil y José Javier, perdida por la falta de paciencia de Javier, dada la tremenda demora de Yamil en realizar cada jugada.
Por la mañana se agrupó toda la comida. Eduardo gestionó un puerquito y fue con Adrián y Yamil a buscarlo, regresando al mediodía con el fruto de la gestión. De inmediato, el grupo Tres comenzó a cocinarlo en una escuela cercana, con la ayuda de un maestro. Por la tarde llovió un ratico, pero nada anormal en aquella zona. Con el hambre que arrastraba el grupo, no faltaron otras gestiones de comida, las cuales permitieron la adquisición de plátanos maduros, guapén, queques y refresco.
Con la tarde cayendo, la gente se empezó a preocupar por mi tardanza. Cuando al fin llegué tras concluir mi viaje en la guarandinga, llamé a reunión. Conté lo ocurrido al padre de Yaser, hablé de la estancia de unos días de Yaser y el Tin en Holguín y también expliqué por qué no podíamos seguir navegando el Jagauní.
Como el recorrido planificado quedaba trunco, propuse nuevas variantes. Una era Salto Fino, el mayor salto del Caribe insular, con 305 metros de altura, cayendo el agua de un arroyo que desemboca en el río Quibiján. Otra, navegar el Toa después de su encuentro con el río Quibiján. También propuse visitar la punta de Maisí. Alfredo propuso dejar el Jaguaní y Salto Fino para la guerrilla de verano del año siguiente, de modo que Yaser pudiera ir.
Después de que hablara Alfredo, hice una propuesta concreta que consistía en pasar dos días en la base de campismo el Yunque, con un ascenso a la loma del Yunque de Baracoa. Luego pasar dos días en la ciudad de Baracoa, incluyendo la visita a algún lugar natural cercano a la villa primada. Mi propuesta concluía con tres días en la ciudad de Santiago de Cuba, incluyendo una subida a la Gran Piedra y acampando esos días finales en el palacio provincial de pioneros de Santiago. La gente estuvo de acuerdo y de inmediato Joel propuso formar el tiroteo.
Con todo el surtido menú, se repartió la comida cuando la noche penetraba en La Melba. Al parecer, había un “enamorado” en el grupo Tres, pues la carne quedó salada. Tal vez ello contribuyó a que se produjera un hecho insólito en el grupo: la carne sobró. Yo aproveché para bañarme en el río antes de comer. Después del tiroteo redistribuimos los bultos de comida para protegerlos mejor y, al mismo tiempo, facilitar una ágil recogida al día siguiente.

Más tarde hubo baile en el círculo social, pero los malnombristas estábamos muertos de sueño y nos agrupamos en un extremo del amplio local para rendirnos en los brazos de Morfeo. El grupo Dos de guardia comenzó su rotación para evitar una pérdida.
Viernes 5 de agosto del 2005
Con un de pie a las cinco de la mañana, se inició la jornada malnombrista. El miembro del Buró del Partido en Moa había previsto que la guarandinga partiera con el grupo a las seis de la mañana desde La Melba, para llevarnos a todos a Moa y allí reembarcarnos en una guagua que nos trasladara a Baracoa. Lo recogimos todo en el círculo social, hicimos guardia vieja y nos montamos en la guarandinga. El viaje se fue tranquilo y soñoliento por el conocido trayecto.
Luego de salir a la carretera Moa-Baracoa, entramos en la planta Las Camariocas, donde nos esperaba un barbudo con un camión cuadrado, por si acaso. Le dijimos que preferíamos la guagua y seguimos rumbo a la terminal de Moa. Al concluir el viaje, nos esperaba la mentada guagua. Pagamos cinco pesos por persona y partimos hacia Baracoa, cargando encima una buena hambre, pues solo habíamos desayunado queques.
Así concluía la etapa Meseta del Toldo-Río Jaguaní en la guerrilla. La navegación del “río más lindo del mundo”, tronchada en La Melba, continuaría al año siguiente con interesantes e inesperadas aventuras.
