Domingo 6 de agosto del 2006
En la madrugada, se inició un ciclo de lluvia y escampada, que se repitió unas cuantas veces. En la tienda del Tin buscaron refugio varios malnombristas, quienes, temiendo una crecida, la alejaron un poco de la orilla del río, con lo que la tienda ganó en altura sobre el nivel del agua. No obstante, Jackmel, que era el más cercano a la orilla, siguió dentro de su anaranjado vara en tierra, sin moverlo de donde estaba. Por suerte, la lluvia caída no logró hacer crecer el río y al amanecer ya había escampado.
Cuatro seríamos los que iríamos de exploración en el nuevo día: Marcos, Lorenzo, Monty yo. Yisel también quería ir, pero tenía los pies bastante dañados por la humedad de tantos días. A duras penas logramos convencerla de que se quedara en el campamento. Su buen espíritu guerrillero la dejó incómoda por tener que perderse la nueva aventura.
Antes de que estuviera listo el desayuno de la tropa, a los cuatro que exploraríamos nos adelantaron el nuestro con una mayor cuota que para el resto. Ya desayunados y con la carga de comida y agua necesaria para el viaje, cruzamos el río y a las nueve de la mañana comenzamos el ascenso. Al vencer el faldeo inicial, la emprendimos por el firme, que estaba bastante enfangado. En 39 minutos ― un tiempo bastante breve ― hicimos el trayecto desde la orilla del río hasta el cocal. Sin perder tiempo, enfrentamos la corta pero fuerte pendiente que continúa y la vencimos llevándonos nuestras respectivas cuotas de arañazos y espinas clavadas.
Ya arriba, continuamos por la derecha recorriendo el firme, mientras una breve lluvia hizo acto de presencia. Al llegar al entronque donde Leyva, Hery y yo nos habíamos adentrado por la derecha el día anterior, Marcos dejó un tronco atravesado en el camino para que nos sirviera de guía para el regreso. Allí mismo nos sentamos y merendamos refresco y galletas con dulce de guayaba.
Después de tragar, partimos por la derecha en descenso. Un húmedo bosque inundado de helechos arborescentes, nos recibió. Llegamos hasta un cañón que estaba seco y subimos a un alto en el que distinguimos un camino que tenía continuación después de la altura. A aquel lugar no llegamos los malnombristas en la anterior jornada.
Comencé a bajar por la derecha mientras Marcos avanzaba más arriba. Entré a un cañón por el que corría un hilo de agua. A medida que descendía, la cantidad de agua aumentaba. Al arroyito que yo seguía se le unió otro, hasta que llegué a una aguada mayor. Marcos, quien con el interés de poder orientarnos al regreso fue marcando con un machete a varios troncos de árboles, también llegó a la aguada, pero más arriba. Lorenzo y Monty siguieron mi ruta y Marcos descendió hasta donde yo estaba. Así nos reencontramos los cuatro. En el lugar del reencuentro dejamos una penca de yarey como marca.
Comenzamos a bajar por la aguada, inmersos en un bosque impresionante. Por encima de los grandes helechos arborescentes se alzaban unas exóticas palmas. La humedad reinante era bastante elevada; los troncos podridos por todos lados eran una consecuencia de ello. En nuestro descenso nos topamos con varios cañones que llegaban por la derecha a la aguada, aportando su cuota de agua. Avanzábamos caminando por las orillas del arroyo y también descendiendo con cuidado sobre grandes piedras. Toda nuestra ropa estaba mojada, pues de vez en cuando nos caía encima una llovizna. Aunque saliera el sol, no podríamos verlo, pues un gran techo de hojas nos lo impedía. Íbamos girando levemente a la izquierda, según nos llevaba el arroyo.
Luego de un buen rato andando por aquel paraje, notamos hacia adelante una abertura en el bosque. Nos acercamos con cuidado al borde y pudimos ver desde nuestra posición cómo saltaba el agua en un chorro, para descender súbitamente sobre una inclinada y empedrada ladera de unos 45 grados de inclinación. Más de 30 metros de caída podíamos ver, pero el fin del inclinado descenso se nos perdía de la vista entre la vegetación.
La alegría nos invadió a los cuatro, pero de inmediato nos asaltó una duda. Aunque la caída de agua era bastante inclinada, según la visión que tuvimos de Salto Fino nos parecía que su caída era en una pendiente de casi 90 grados. Lamentamos no haber llevado una cámara fotográfica para mostrarle el salto al grupo y también a Adognis a nuestra llegada a La Habana.

Ante la duda, decidimos seguir explorando. Eran más de la una de la tarde y no podíamos perder tiempo. Realmente, aquella caída de agua no era Salto Fino. Eso lo supimos al ver posteriormente a Adognis en La Habana, quien nos dijo que el salto al que llegamos se llamaba “Ana Laura”, que era el nombre de la hija de un explorador que hasta allí llegó. Pero en nuestro encuentro antes de la guerrilla él no nos habló de ninguna caída de agua anterior a Salto Fino.
Al regresar por el arroyo, no hayamos el yarey que habíamos dejado como marca. Subimos entonces separados para peinar el monte, por la ladera de la izquierda. A cierta altura, Marcos halló un trillo y nos concentramos en él para continuar el ascenso. Ya arriba, dimos con el camino que buscábamos y lo seguimos hacia la derecha, en una dirección que no habíamos explorado. Marcos volvió a su función de hacer marcas en los troncos de los árboles.
Andando por un firme bajo la vegetación, llegamos a un alto donde el camino se perdía. Allí nos detuvimos y aproveché para hacer el “dos” en la ladera izquierda. Decidimos entonces descender por la ladera derecha y sustituí a Marcos en la función de marcar las matas.
Al adentrarnos en la jungla, nos entraron dudas de la dirección y regresamos, costándonos trabajo ver las marcas. Con mayor seguridad, iniciamos otro descenso hasta ver una aguada con un difícil acceso. Para descender, amarramos a un tronco una soga que Monty llevaba.
Bajamos sin problemas por la soga y seguimos avanzando por el cauce de la aguada. Con cuidado pudimos vencer algunos tramos, donde grandes piedras complicaban la bajada. Lo demás era caminar por las orillas del arroyo, como lo hicimos anteriormente.
En un momento del avance, Marcos notó que pasábamos por un lugar conocido para él en nuestro anterior trayecto hasta el borde del salto. Es decir caímos en el mismo cauce, pero por otro lado. Monty se empeñó en continuar y avanzó unos metros pero después regresó. Con el interés de cerciorarnos de lo que decía Marcos, buscamos huellas de nuestro paso y hallamos el yarey que habíamos dejado como pista. Ya no había dudas, si seguíamos el cauce, llegaríamos al mismo salto. Comenzamos entonces la retirada.
Subimos por el cañón que yo había bajado inicialmente, sin rescatar la soga de Monty. Llegamos a la altura del firme, descendimos por él hacia el otro lado, pasamos el cañón seco y subimos hasta el entronque donde Marcos había dejado un tronco atravesado como señal. Giramos a la izquierda y seguimos el firme, que estaba ocupado en gran parte por helechos arborescentes, mientras un breve aguacero renovó la mojazón en nuestras ropas. Al llegar al borde del descenso abrupto hasta el cocal, descubrimos una placa de geodesia y cartografía medio oculta entre la maraña del suelo. Aquel hallazgo nos sería útil en una guerrilla posterior.

Descendimos la pendiente resbalando y arañándonos, hasta caer debajo de los cocoteros. Allí nos tomamos un breve descanso y luego continuamos bajando por la pendiente fangosa que le seguía, patinando y cayendo en incontables ocasiones. Lorenzo se llevó las palmas en lo de llevar sus nalgas al suelo.
Al final del firme nos detuvimos contemplando la visión lejana de Salto Fino y me ilusioné erróneamente creyendo que era el mismo que habíamos conquistado. Desde la altura en la que estábamos pudimos ver por la ladera opuesta a la de Arroyo del Infierno, las tiendas de campaña sobre el arenazo y a varios malnombristas en movimiento, además de escuchar algunas voces.
Mientras los cuatro explorábamos en la montaña, el campamento recibió varias dosis de lluvia, tal como nos ocurrió a nosotros. Ichi buscó el puerco y se enfrascó en cocinarlo, pero la demora fue grande debido a lo mojada que estaba la leña. Al Tin, el mismo guerrillero que dijo una vez que “la guerrilla es la vida y lo demás la espera”, las condiciones adversas, dadas principalmente por la lluvia, los mosquitos y los tábanos, le torturaron la psiquis de tal modo que solo pensaba en regresar a La Habana.
A nuestra llegada al campamento fuimos recibidos con una tanda de chicharrones, un rico caldo y unos trozos de malangas; ¡una verdadera divinidad para una jornada tan desgastante! Las fachas que traíamos dejaban mucho que desear. Después del oportuno bocado, nos reunimos con los demás para contarles nuestras experiencias. Siguiendo en el error, le afirmé a la gente que habíamos llegado a Salto Fino. Pensando en la subida masiva del día siguiente, le dije a la gente que la exploración estaba difícil por lo que no debíamos llevar a los niños. Surgió entonces la variante de que Marcos llevara a los menores a la ladera cercana desde donde se veía a lo lejos el salto. Es decir, la del sembrado del guajiro que le dio los plátanos y las malangas.
Ale, con diez años a punto de cumplir, se mostró inquieto con la decisión, pues quería subir, pero se le insistió en que no debía ser, y aceptó finalmente. Detrás Alfredo propuso que subiéramos a Salto Fino en otra guerrilla, pero le respondí que ese era un objetivo de esa guerrilla y no debía vetarse tal posibilidad a quienes lo desearan cumplir. Termino así la reunión y de inmediato se anunció el tiroteo.
Pocas veces en la historia de Mal Nombre el menú fue tan surtido y apetecible. Puerco frito, puerco asado, tostones, malangas con mojito, bastante arroz amarillo y refresco conformaban casi una mesa sueca para aquellas condiciones guerrilleras. El mérito de Ichi y el grupo Dos era grande, sobre todo por el trabajo que pasaron con la leña.
Mientras comíamos, la lluvia, los mosquitos y los tábanos no dejaron de molestarnos. La noche se apareció después de que nos lo habíamos comido todo. Cada cual fue a su guarida para protegerse, pues las nubes en tren no daban un buen augurio.
Hasta un bohío que quedaba no muy lejos del arenazo, donde vivía un tal Chichí, se fueron a pasar la noche Papiro, Alejandrito, el Piri y Yosmel. Bajo el techo del portal de la casa se cobijó Papiro con los tres adolescentes, para protegerse de lo que parecía ser una noche angustiosa por la lluvia, y no se equivocaron.
Lunes 7 de agosto del 2006
La lluvia comenzó antes de la madrugada y a medida que avanzaba la noche la situación iba tomando tintes de diluvio. De tanto llover, el río comenzó a crecer. Salvo los niños, casi todos podíamos apenas pegar los ojos de la mojazón y la preocupación por la crecida. La voz del Tin se escuchaba constantemente, preocupado porque el río no se llevara a alguien, sobre todo a los que estaban más cerca del río, y convocando a todo el que estuviera algo desprotegido para que entrara en su tienda de campaña.
Cuando por fin aclaró, el panorama que se abrió ante nuestros ojos fue impresionante. El río rugía en su crecida y su color carmelita denotaba todo el arrastre que cargaba. Un brazo del río dividió el campamento en dos. El brazo tenía poco caudal, pero logró inundar a varias estancias de malnombristas. Jackmel se quedó en una pequeña isla y su vara en tierra estaba anegado en agua. El gran vara en tierra de Eduardo sufrió una inundación y desde el inicio de la crecida hasta el amanecer él no pudo pegar un ojo, pues las balsas de Coquito y Yeyo comenzaron a flotar y Eduardo las tenía que agarrar para que no se fueran con los dos niños encima. La tienda de campaña de País y José Javier estuvo a punto de irse a pique, por no tener en cuenta los consejos de que acamparan más arriba de donde lo hicieron.

En la historia malnombrista ha habido ciertas noches para no olvidar, y la acabada de vivir se unía a ese especial listado. La decisión para el nuevo día no podía ser otra que partir de aquel endiablado lugar. Pero llevar a cabo tal decisión no sería fácil, pues había que hacer cinco cruces del río con su fuerza inusitada y sin verle el fondo. Con esa preocupación de todos, pasó por el campamento rumbo a su sembrado el guajiro que le dio las viandas a Marcos, acompañado de su perro. Al verlo, le pedí que a su regreso nos guiara para hacer los cruces de la corriente por el lugar menos riesgoso. Emilio Paumier, que era su nombre, nos aseguró que volvería pronto.
En medio de los asombros, se apareció Papiro con sus “ahijados”, quienes pudieron dormir sin problemas en la casa del tal Chichí. Para desayunar, tiroteamos dulce de guayaba con galletas, pero sin refresco, porque la suciedad del agua del río no aconsejaba tomarla.
Después de recoger el campamento y hacer una guardia vieja, partimos de regreso a Quibiján sin esperar al guajiro. Bajo un cielo completamente nublado pero sin lluvia, fuimos avanzando por la orilla izquierda. Con el agua por encima de la cintura, vencimos con dificultades un tramo que anteriormente estaba completamente seco. Rebasamos un arroyo también crecido, otro tramo completamente anegado en agua y más adelante unas grandes piedras. Al llegar a la base del monumento, notamos que la playita donde Mary propuso acampar, había desaparecido de la vista. Avanzamos unos metros por un trillo encharcado, hasta que nos vimos abocados al primer y más riesgoso cruce. Sin el guajiro de ayuda, no hallábamos otra solución que acampar en el monumento hasta que descendiera el nivel del río. Pero el guajiro llegó en el momento oportuno.
Ante la crudeza del río, el primer consejo que nos dio fue andar rápido, más bien dando salticos, para no dejar que la corriente aglomerara el agua sobre nuestros cuerpos. Lo segundo era cruzar el río en una dirección diagonal. Luego de cargar unas mochilas de malnombristas sobre su espalda, Emilio entró de primero en el agua y comenzó a andar, para señalarnos la dirección a seguir. Detrás le siguieron algunos hombres de Mal Nombre, cargando mochilas también. Yo me corrí un poco a la izquierda para iniciar el cruce y, ya con la mochila cargada, casi me caigo al dar el primer paso, pues una piedra me puso un traspiés y con gran esfuerzo evité irme hacia adelante. Todos los que cruzaban iban dando salticos, siguiendo el consejo de Emilio. Rebasaron los primeros metros y entraron en la parte más complicada, donde la corriente hacía olas. Pudieron vencerla, pasaron a los metros finales, donde la corriente aflojaba, y llegaron a la orilla. Allí dejaron las mochilas y algunos regresaron a cargar más mochilas, a ayudar a las mujeres y a cargar a los niños.
Para evitar un percance funesto, comencé a gritar por una soga, esta apareció y varios hombres nos pusimos en cadena de un lado al otro. La soga alcanzaba para asegurar el tramo central del río. Con la cadeneta armada, comenzaron a pasar las mujeres sin ningún titubeo. También iniciaron el cruce algunos hombres con los niños en hombros.
El Tin y Hery estaban en el extremo del inicio mientras Papiro y Ariel cerraban la cadeneta humana. Emilio, Alfredo, Yaser y yo cruzamos en más de una ocasión. Cada vez que Emilio cruzaba, su perro, nadando, también lo hacía; solo se le veía la cabeza.
Llegaron las mujeres a las primeras manos y continuaron asegurándose con los demás eslabones. Tras la última mujer, fuimos desarmando la cadeneta y, finalmente, sin que nadie cayera al agua, logramos completar el complicado primer cruce del Quibiján.
Recogimos las mochilas y continuamos por la orilla derecha. Pasamos una aguada e iniciamos la subida de la loma. El fango nos recibió para complicarnos el ascenso y el grupo se fue estirando. Vencimos la cima y emprendimos la bajada cuidando no caer de nalgas de un patinazo. Llegamos a la orilla, avanzamos un tramo sobre piedras y charcos y nos vimos abocados al segundo cruce.
El pedregal con matas espinosas se había convertido en una islita. Evelyn tomó la delantera con decisión y llegó a la isla. Al arribar el guajiro adonde estaba la tropa, indicó seguir la ruta de Evelyn. Ya allí, continuamos el cruce sin mucha complicación, salvo un desliz de Leyva, a quien la corriente le llevó un nylon amarillo que usaba para dormir. Siguiendo por la izquierda, llegamos a la playita donde nos bañamos a la ida, pero esta estaba bastante inundada. El nuevo cruce lo hicimos con mayor cuidado que el anterior, porque había cierta profundidad en el centro del río. Seguimos bajo una arboleda, luego por un césped y llegamos nuevamente a la orilla del río.
El cuarto cruce comenzó sin problemas. País se retrasó y cruzó con lentitud, pero sin percance. Pero José Javier, de último, estuvo a punto de perder el equilibrio, por lo que tuvo que ser ayudado.
Luego del cruce, atravesamos un charco y subimos una pendiente para comenzar a faldear a una altura de unos tres metros del nivel del agua, por un trillo bastante estrecho y enfangado, lo que nos obligó a andar con sumo cuidado para no caer al río. Bajamos para rebasar una aguada, volvimos a subir y finalmente descendimos hasta la orilla del río.
El quinto y último cruce transcurrió sin problemas y, luego de andar un tramo por la derecha para reagrupar a la tropa, nos tiramos en el arenazo de una playa que tenía una parte sumergida. El tramo de río que le continuaba tenía un largo rápido y por él se tiró Alfredo sin mochila, disfrutando cómo se lo llevaba la corriente, hasta que salió por la misma orilla en la que estábamos. Al volver a caminar, un aguacero nos dio la despedida del río.
Andando bajo una gran arboleda, pasamos entre unas casas y entramos en la cafetería del poblado de Quibiján para aprovechar su techo y averiguar qué vendían para matarnos el hambre. Conseguimos almuerzo para los niños y unas flautas de pan para todos, a las que les untamos requesón. También hicimos refresco en mi tanqueta. Mientras comíamos, la lluvia continuó cayendo un rato más.
Esa tarde logramos irnos para Baracoa en dos transportes. Así concluía nuestra primera expedición en busca de Salto Fino. Aunque logramos ver el Salto, no pudimos llegar hasta él, y en Mal Nombre las metas se alcanzan, aunque haya que insistir más de una vez.
