La cocina activa en el campamento del arenazo.
Martes 5 de agosto del 2008
En Arroyo del Infierno Mal Nombre vivió otra madrugada de las que parecen interminables. Llovió más de una vez y fue grande la incomodidad del terreno. Cuando comenzó a aclarar, la gente fue incorporándose “molida”, después de un sueño a retazos. Preparamos un desayuno con dulce de guayaba y refresco, y partimos arroyo abajo.
Rebasamos un tramo algo allanado y después aparecieron algunos saltos pequeños, que bajamos sin tener que usar equipamiento. Después se nos apareció un pelado en la ladera derecha y Adognis propuso terminar el descenso del arroyo cogiendo el firme y descendiendo por él hasta el río Quibiján, para ganar tiempo y porque ya habíamos pasado lo más interesante. En su idea logró captar a otros cuatro, pero yo me molesté porque el plan era descender el arroyo completo hasta la desembocadura en el Quibiján, y era temprano. Abortada la idea de Adognis, continuamos por el arroyo.
Un poco más adelante se nos mostró el primer y último salto que había que descender con cuerdas. La bajada se haría tipo funicular. Los de Extremo armaron el funicular y comenzó el descenso con Maikel, Baldoquín y Teherán ubicados arriba para preparar a cada uno antes de soltarse. Yo bajé de primero y me siguió Alfredo, quien, ya abajo, subió por unas piedras hasta un lugar intermedio, para orientar a la gente. Frente a la poceta formada en la base del salto Adognis recibía a la gente y yo bajaba la cuerda para aumentar la inclinación y facilitar el descenso.

Ichi se quería jugar una cerveza Bucanero con cualquiera, para cuando llegáramos a Baracoa, diciendo que él se tiraba de los saltos, y como este era el último, tenía que aprovechar. Por eso bajó un primer tramo con el equipamiento, hasta quedarse parado sobre unas rocas intermedias. Se quitó entonces el funicular y se tiró desde la altura, tras haber apostado hacerlo con Alfredo.
Ya todos abajo, los malnombristas continuamos por el arroyo, mientras los bomberos se quedaban zafando el funicular. Los delanteros nos íbamos tirando en las pocetas que encontrábamos, sin esperar por los de Extremo.
Al llegar a una amplia poceta, comenzamos a tirarnos con la precaución de coger impulso para no golpearnos con unos salientes de rocas. Todos íbamos saltando bien, hasta que le tocó el turno a Rayner, el carpintero, quien bajó casi rozando las rocas. Ahí mismo paré las tiradas, previendo que hubiese un accidente.
Al llegar a una bajada complicada a una poceta, Ailín y Roque se fueron quedando de últimos por no saber nadar. La gente se empezó a tirar, pero Rayner, aconsejado, prefirió descender por la orilla izquierda, agarrándose de las piedras. Cuando les tocó el turno a Ailín y a Roque, les pusimos delante unas mochilas que flotaban, para que se agarraran de ellas, y los fuimos llevando mientras cruzaban la poceta


Llegamos finalmente al río Quibiján rondando el mediodía. Algunos cruzaron la corriente para caminar hasta el campamento, mientras la mayoría preferimos seguir navegando por el río.
Llegando al arenazo, encontramos a los integrantes del grupo de Geografía, quienes en un segundo viaje llegaron, con Vilmedi de guía, a la base del Salto. Después de saludarlos, seguimos hasta llegar a nuestro campamento. Allí supimos que Meitín había ido a Quibiján a comprar cigarros y ron, y ya había regresado. ¡Vaya vicioso! También conocimos de una buena noticia: tendríamos almuerzo, además del consabido trozo de barra de maní, que de por sí, fue abundante.
Por la tarde los bomberos amarraron una cuerda a un árbol en la otra orilla y con ella prepararon un funicular para que la gente se tirara. Algunos comenzaron a tirarse en la tranquilidad de una tarde junto al río en la que Maikel, el de ECO, partió de regreso, pues tenía que llegar pronto a La Habana. Yo me lo encontré mientras andaba de exploración por el río.
Más tarde comencé a cocinar impidiéndole a Alejo que lo hiciera, pues ya había cocinado bastante en los días anteriores. En la guerrilla yo había organizado cuatro grupos de cocina. Por eso a mi labor cocinera, a la que se sumaron otros, le llamaron el grupo “Cinco”.
En medio de nuestra cocinadera de espaguetis, se apareció el Miki de regreso, quien, tras haber subido la loma que tiene el camino, creyó estar perdido y decidió regresar al campamento. Por supuesto que recibió un gran “cuero”, agrandado porque el año anterior los del grupo ECO se habían perdido por el Toa. Por los espejuelos fondos de botella que usaba el Miki, Ichi lo apodó “Lennon”.
Con la llegada de la noche disparamos el tiroteo. Detrás de la comelata hubo fogata nocturna, a la cual invitamos a los de Geografía que ya nos habían invitado a una fogata suya. Los geógrafos comentaron sobre las “dinamitas” que habían dejado los malnombristas por el arenazo. Después un geógrafo cantó una canción de su propia inspiración y yo le seguí cantando algunas mías, además de recitar las décimas de mis enfermedades. Luego siguió una cantata en grupo, hasta que yo, viendo que en el oscuro cielo habían desaparecido las estrellas, improvisé la siguiente cuarteta:
“Este grupo en su conjunto
canta bien y pone esmero,
pero en verdad está a punto
de caer un aguacero.”
Y comenzó a llover. De inmediato, se fueron los de Geografía y algunos más. Al poco rato escampó y nos quedamos varios malnombristas cantando hasta más tarde junto a la fogata, hasta que el sueño nos venció.
Miércoles 6 de agosto
El de pie fue sin apuro, pues ya habíamos terminado las exploraciones. En mi tanqueta llena preparé lactosoya, pero se tomó solo hasta la mitad como desayuno, por lo que quedó liberada. También hubo tostadas con dulce de guayaba para cada uno, que al final también fueron liberadas. La gente me decía que estaba regalado con la comida, pero es que ya estábamos terminando la guerrilla y sobraban algunos alimentos.
Temprano, el MIki partió, por segunda vez. Se recogió el campamento y se hizo guardia vieja, pero a punto de partir el resto del grupo, propuse ir hasta la base de Salto Fino, porque había quedado pendiente y yo estaba “picado” con eso. Alfredo entonces dijo que él no iba. Yo le seguí diciendo que los que querían ir, que lo dijeron, y que había riesgos de perderse. Para el atrevimiento se dispusieron Ana, Wilfredo y Rayner. Al final, desistí, pues la mayoría de la tropa iría directo para Quibiján, ello provocaría una división del grupo y yo tenía responsabilidades con toda la tropa.
Finalmente, partió toda la tropa rumbo a Quibiján. No obstante, Wilfredo, Roque y yo nos demoramos en salir, dándonos aún vueltas en nuestras cabezas el no haber llegado a Salto Fino abajo. Teherán y Baldoquín se fueron nadando por el río con las mochilas flotando. Antes de partir, ambos terminaron la guardia vieja.
La tropa avanzó, cruzó el río, subió la loma, la bajó e hizo los otros cruces de la corriente. Llegamos al poblado de Quibiján y fuimos directo para la casa de Rafael, pasando sobre un puente bajo que sustituyó al derrumbado por el ciclón Flora. La continuidad de ese trayecto es la Vía Mulata. En una playa ubicada frente a la casa de Rafael plantamos el campamento.
Para el tiroteo de la tarde, la idea era cocinar un puerco y para ello Maikel y Adognis salieron a gestionarlo y lo trajeron. Adognis mató al animal, que después fue pelado y comenzó la cocinadera. Como yo me demoraba en llegar, empezaron las especulaciones en el grupo y Maikel llegó a decir que me había ido para la base del Salto.
Teherán y Baldoquín llegaron más tarde al poblado a nado, mientras que Wilfredo, Roque y yo partimos del arenazo y avanzamos con gran calma rumbo a Quibiján. Al bajar la loma, nos bañamos un rato en un rápido. Finalmente, llegamos al lugar de acampada con la tarde avanzada.
Pasadas las seis, Raine, Yanieyis, Lorenzo, Wilfredo, Magela, Roque y yo salimos a hacer visitas sociales por el poblado. Primeramente, fuimos a la casa de Erasmo Luperón, un mulato mayor de edad de ojos claros, quien años atrás me pidió tener algún recuerdo del grupo. A Erasmo le llevábamos cuatro fotografías impresas, de guerrillas malnombristas por la zona, y un periódico Juventud Rebelde donde estaba publicado un artículo sobre el grupo, escrito por mí. Erasmo vivía a la salida del pueblo hacia Baracoa, pero, lamentablemente, no estaba.
Después fuimos a la casa de Emilio Paumier, el amigo que nos guío para cruzar el Quibiján crecido en el 2006. Emilio vivía con su esposa y sus dos hijas del otro lado del río, en la ladera de una loma, en una casa de paredes de madera, techo de guano y piso de concreto, bastante acogedora, con vistosos detalles en los muebles y adornos. Allí encontramos a la familia completa e hicimos una visita muy amena, en la que nos brindaron un rico café del lomerío y conversamos bastante. Al terminar la conversación, Emilio se trepó en una mata de cocos y nos tumbó varios, pero a Wilfredo se les fueron loma abajo. Finalmente, nos tiramos fotos juntos, nos despedimos y partimos de regreso a la playa del campamento.
En el campamento, el resto de la tarde estuvo bastante movida. Varios del grupo jugaron en la arena con unas pelotas de un plan recreativo para el verano. Se repartieron trozos de piña entre los malnombristas e Ichi compró ron y se tomó entre todos. Mientras se cocinaba el puerco, fueron repartidas también macitas de hígado y otras vísceras. Apareció un< fruta de guapén, que se adicionó al menú que se preparaba y que incluía arroz congrís y refresco. Pero todo aquello no bastó y se compró otro puerco. Estábamos en los finales de la guerrilla y la gente quería darse un buen banquete, como contraparte a todas las hambres pasadas.
Ya de noche, Rafael colocó un bombillo en el lugar donde teníamos toda la comida y se armó el tiroteo, en el que incluimos a una pareja de holguineros que habían compartido con el grupo en la tarde, además de Rafael con su familia.
Después del banquete, un grupo se fue al centro del pueblo a un lugar donde ponían música y bailaron al gusto. Otros se quedaron conversando o se duermieron temprano en el arenazo de la playa. Tania se quedó dormida sobre el puente, le pusieron una vela y le tiraron una foto. Gran parte de los bultos se guardaron en la casa de Rafael.
Jueves 7 de agosto
El grupito que bailaba regresó de madrugada al campamento. Por la mañana el de pie fue relajado, pues ya tocaba la partida para Baracoa y no había apuro. Teniendo cerca la cafetería del poblado, no se preparó desayuno. Los puercos causaron sus estragos en los malnombristas y varios tuvieron que ocultarse en matorrales aledaños. La comida de la guerrilla que no consumimos la dejamos en la casa de Rafael. Algunos se dieron un último baño en el río Quibiján.

Cuando fuimos a Quibiján en camión, en busca de Salto Fino, Ichi habló con el chofer para que nos recogiera en este día, pero el camión no aparecía y nos fuimos todos para la cafetería. Allí solo había refresco de naranja agria y comida que alcanzó solo para los niños. Después nos fuimos hasta la parada del poblado a esperar por algún transporte de ocasión.
Avanzada la mañana se apareció la carreta del pan y, después de descargar su mercancía, nos montamos todos en una gran apretazón y partimos rumbo a Baracoa. El viaje hasta la ciudad primada se hizo bastante largo. Atrás dejábamos a una de las zonas más bellas de nuestro archipiélago. Dentro de ella, quedaba el mayor salto de agua del Caribe insular, después de habernos parado sobre sus 300 metros de altura, e irnos con la deuda de no haber llegado a su base. Pero al año siguiente habría revancha.
