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El desafío legal y sanitario de la quema de la basura en la ciudad

Yanel Blanco Miranda
06 marzo 2026 | 0 |

El 27 de febrero uno de los vertederos ubicados en el barrio de la Güinera en Arroyo Naranjo fue incendiado, como medida contra la acumulación de basura. Foto/Yanel Blanco.


Para Yadira Prieto, vecina de Marianao, su rutina ha cambiado desde hace algún tiempo. Todas las tardes cuando el resto de la ciudad se prepara para comer, ella debe cerrar las puertas y ventanas de su casa, pues el olor a quemado se cuela como un intruso.

No es un incendio accidental, comenta la joven, sino la quema de la basura acumulada en algunos lugares, práctica que se ha tornado rutina; sus emanaciones tóxicas afectan a toda la comunidad.

“En mi cuadra (124 y 49) afortunadamente no lo hacen, pero en 130 y 49 a dos de donde vivo hay un basurero y cada dos días le prenden candela, a cualquier hora.

“En cualquier momento las llamas van a alcanzar los cables del tendido eléctrico y será un gran problema. Además, en esta zona hay muchas casas, lo cual se hace insoportable para esas personas”, asegura Yadira.

Sin embargo, aclara, no solo se queman los desperdicios que proceden de los hogares de los vecinos. “En 122 y 43, al nuevo vertedero surgido a partir de los desechos de los nuevos negocios de la zona, también le prenden candela a menudo. Esto hace que la peste a quemado sea insoportable”.

Pero lo que más preocupa a esta residente de Marianao es la salud de su familia. “Yo tengo tres niños, todos alérgicos. Uno de ellos tiene serios problemas respiratorios, pues a raíz de una neumonía grave le quedaron secuelas en un pulmón, se imaginará mis temores con esta nueva moda de incinerar la basura”.

Y aunque ahora el problema visible es la quema, “remedio que está siendo peor que la enfermedad”, para Yadira el “verdadero dilema radica en la acumulación, consecuencia de no recogerla frecuentemente”.

El ciclo legal de la basura

Pese a la alerta de las autoridades sobre los riesgos que representa quemar los residuos sólidos (RS) para la salud o el medio ambiente, la basura continúa ardiendo en la ciudad.

Pero, ¿existe un marco normativo en Cuba que prohíba estas acciones y penalice, no solo la quema sino el manejo de estos desechos en la vía pública? ¿Qué dicen las leyes y normas?

El Decreto 272 del 2001 “De las Contravenciones en materia de ordenamiento territorial y urbanismo”, si bien no hace alusión expresa a la incineración de la basura, sí establece las conductas a seguir y medidas aplicables en cuanto al ornato público y la higiene comunal, entre otras cuestiones.

En este sentido, advierte que serán castigadas aquellas personas (naturales o jurídicas) que, por cualquier medio o forma afecte los depósitos colectivos domiciliarios, vierta escombros o cualquier otro material en la vía u otros espacios públicos e incumpla las normas sobre extracción, transporte y descarga de residuos sólidos.

Por su parte, el Código penal vigente (Ley 151 de 2022) dispone en su sección de delitos contra el medio ambiente, sanciones a quien emita gases o sustancias contaminantes que pongan en peligro la salud humana o el equilibrio de los ecosistemas. Estas van desde multas elevadas hasta privación de libertad, lo cual perfectamente aplica en estos casos, pues la quema de desechos sólidos es una fuente constante de emisión de compuestos dañinos.  

No obstante, son las Normas Cubanas (NC) 133, 134 y 135 del 2002 (de cumplimiento obligatorio) las que conforman el tridente legal que debería impedir que la basura terminara ardiendo en una esquina.

Y aunque estas diseñan un camino científico para el residuo: desde el cesto hasta el vertedero controlado, en la práctica no sucede así. La quema de desechos se ha convertido en el “método de urgencia”, violando todos los requisitos higiénico-sanitarios establecidos en el país.

Pero, que establecen estas normas. Según la NC 133 “Residuos Sólidos Urbanos. Almacenamiento, Recolección y Transportación” los servicios de comunales tienen la obligación de garantizar que la recolección y transportación se realice con una frecuencia tal que no se produzca la acumulación excesiva de los mismos en los depósitos, evitando su descomposición y la proliferación de vectores.

También que los puntos de recogida estén situados de modo que no afecten el tránsito ni la estética urbana, pauta que se incumple cuando el vertedero crece hasta ocupar la calle y termina incendiado.

Asimismo, el texto señala que la extracción o dispersión de algún componente de los RS, en el área circundante a los depósitos, está prohibida terminantemente. Esta restricción implica que cualquier acción que altere el estado de los desechos, incluida la incineración descontrolada, vulnera las condiciones de seguridad higiénica que la norma exige para las zonas residenciales.

La NC advierte en su acápite 5.1 que la recolección y transportación de los residuos es una actividad que debe realizarse de forma tal que “no se produzcan vertimientos, ni dispersión de estos”.

Por su parte, la 134 y 135 que hablan sobre el tratamiento y la disposición final dejan claro que, la única forma legal y sanitaria de eliminar la basura es a través de métodos controlados (como rellenos sanitarios o plantas de tratamiento) y nunca mediante la incineración a cielo abierto o descontrolada en zonas urbanas.

Mientras la 134 regula cómo se deben procesar los desechos para reducir su volumen o peligrosidad, la NC 135 define los requisitos para los rellenos sanitarios, pues la basura debe ir a sitios donde se compacte y cubra con tierra diariamente para evitar incendios espontáneos y malos olores.

A este andamiaje se suma la Ley 150 de 2022 “Del Sistema de los Recursos Naturales y el Medio Ambiente”, sustentada en el artículo 75 de la Constitución de la República, que reconoce el derecho de todas las personas a disfrutar de un medio ambiente sano y equilibrado y la responsabilidad del Estado de protegerlo.

Según su articulado cualquier actividad que degrade la calidad del aire o dañe la salud pública es responsabilidad directa de quienes la ejecutan o permiten, obligándolos a la rehabilitación del entorno dañado.

De igual forma, expresa que el Ministerio de Ciencia, Tecnología y Medio Ambiente (CITMA) tiene la responsabilidad de promover el desarrollo de empresas encargadas de gestionar residuos, y los organismos de la Administración Central del Estado, en particular los que tienen a su cargo el control estatal, uso y administración de recursos naturales de controlar y gestionar la prevención y minimización de la generación de desechos, el aprovechamiento, movimiento, así como el tratamiento y disposición final aquellos generados en los procesos productivos y de servicios.

Y los órganos locales del Poder Popular quienes deben aportar la solución para la recogida y disposición final de residuos líquidos y sólidos, entre otros servicios públicos provistos de manera segura, inclusiva y accesible a la comunidad.

Más allá del olor

Los recientes incendios a vertederos comunitarios, que tuvieron a parte de la ciudad sumida en un humo pestilente por varios días despertaron la preocupación de profesionales de la ciencia y la salud.

Una alerta publicada por el Centro de Neurociencias de Cuba (CNEURO) en su página de Facebook, señala que esta práctica es gravemente tóxica para el cerebro.

“Al quemar desechos (plásticos, baterías, electrónicos) se liberan metales pesados y dioxinas. Estas sustancias atraviesan la barrera protectora del cerebro (barrera hematoencefálica)”.

Los compuestos liberados a la atmósfera actúan como “venenos neurológicos y afectan la memoria, el desarrollo cognitivo de los niños y pueden desencadenar enfermedades neurodegenerativas”.

Sin embargo, estos no son los únicos perjuicios que ocasiona la incineración de los residuos urbanos. Los gases tóxicos y partículas peligrosas emitidos se mantienen en la atmósfera durante semanas y penetrar profundamente en los pulmones agravando las enfermedades respiratorias y cardiovasculares, amén de aumentar el riesgo de mortalidad prematura.

basurero
Foto: Yanel Blanco

Pero las consecuencias no terminan con el fuego. Las cenizas cargadas de metales pesados y químicos se infiltran en el suelo y fuentes de agua, alterando su composición y dañando ecosistemas enteros.

Esto provoca daños en la cadena alimentaria humana a través de los cultivos y el ganado. Además, ciertas sustancias químicas liberadas por la quema pueden acumularse en las grasas de los animales y dañar a las personas al consumir carne, pescado y productos lácteos.

Otras de las secuelas de la incineración de basura, en particular cuando hay presencia de madera y hojas es que aquellos expuestos a los contaminantes atmosféricos experimentarán irritación ocular y nasal, dificultad para respirar, tos, dolor de cabeza y agudización de las alergias.

Las “Directrices mundiales de la Organización Mundial de la Salud (OMS) sobre la calidad del aire: partículas en suspensión (PM2.5 y PM10), ozono, dióxido de nitrógeno, dióxido de azufre y monóxido de carbono”  publicado en 2021 plantea que, “La carga mundial de morbilidad asociada con la exposición a la contaminación del aire tiene un enorme impacto para la salud humana en todo el mundo”.

Asimismo, el informe apunta que esta carga de morbilidad es comparable a la de “otros riesgos importantes como la dieta malsana y el tabaquismo; y se ha reconocido que este tipo de contaminación constituye la amenaza medioambiental más peligrosa para la salud humana.

“A pesar de algunas mejoras notables en la calidad del aire, el número mundial de muertes y de años de vida saludables perdidos apenas ha disminuido desde la década de los 90”.

Otros datos aportados por la OMS estiman que en 2019, aproximadamente el 68 por ciento de las muertes prematuras relacionadas con la contaminación del aire exterior se debieron a cardiopatías isquémicas y accidentes cerebrovasculares.

De igual forma, 14 a enfermedades pulmonares obstructivas crónicas y otro 14 a infecciones agudas de las vías respiratorias bajas, mientras un cuatro por ciento correspondieron a cánceres de pulmón.

Gestión de residuos sólidos

La quema de desechos es una práctica generalizada impulsada, en parte, por la falta de recolección sistemática de estos. Incluso aquellos conscientes de las consecuencias lo siguen haciendo por costumbre o porque no existen otras opciones para su eliminación.

Ahora, qué se considera residuo sólido. Son subproductos inevitables de las actividades humanas y abarcan una amplia variedad según su origen (doméstico, industrial, sanitarios), composición (orgánicos, inertes o peligrosos) y etapas de su gestión (minimización, segregación, almacenamiento, transporte, tratamientos y disposición final).

Según datos de la OMS, anualmente se originan más de dos mil millones de toneladas de RS: 54 millones de electrónicos, como televisores, computadoras y teléfonos (cifras de 2019), y se prevé que este número aumente a 75 millones para 2030.

Por su parte, la Organización Panamericana de la Salud (OPS) señala que “en América Latina y el Caribe se genera un promedio de un kilogramo de residuos al día por habitante”.

Y estos representan entre el tres y el cinco por ciento de las emisiones directas de gases de efecto invernadero a la atmósfera, si también se toma en cuenta el empleo de combustibles fósiles para su transporte o las inadecuadas prácticas de incineración.

Igualmente la OPS expone que el siete por ciento de la población en América Latina y el Caribe carece de cobertura básica de recolección, incluso existen países en la región, donde más del 40 por ciento de la disposición final se realiza en botaderos a cielo abierto, lo que representa un factor de riesgo de enfermedades.

Todo se transforma

Involucrar a las personas en soluciones sostenibles y en la gestión de residuos pudiera ser una opción en estos tiempos, donde la carencia material afecta hasta a la disposición de los desechos sólidos urbanos. Las acciones para evitar la quema de basura son diversas y van desde hechos concretos como el compostaje comunitario o el fomento del reciclaje y la reutilización, hasta la educación y concienciación ciudadana sobre el problema.

De todos es conocidos que existen personas buscando entre los residuos (los mal llamados buzos) materiales valiosos como cartón, metal, botellas. El problema radica en que lo hacen de manera desordenada. Una solución sería organizarlos, darles instrumentos de trabajo y uniformes adecuados y otorgarles un área de acopio. En este caso ellos se encargarían de limpiar los microvertederos para extraer aquellos artículos con valor económico.  

Otra opción, la ideal, es clasificar los residuos desde la casa. Proyectos tan antiguos como Ponte Verde, en Alamar, o La Lisa Recicla, en el barrio de Los Avioncitos, han trabajado en esa dirección.

Una alternativa a la falta de combustible y transporte es emplear para la recogida carros de tracción animal o motos con remolque o triciclos de carga. Estos son más baratos de mantener y pueden transitar por calles estrechas. 

En cuanto al compost, la mayor parte de lo generado en los hogares es materia orgánica, que representa el 50 por ciento del peso de la basura. Al quitar estos para su compostaje, solo quedarían desechos secos (plástico, papel) que no apestan el ambiente ni traen vectores como ratas.

Otro de los beneficios de crear composteras en los barrios (con material desechado) es que al fermentar los restos de comida se obtiene abono para huertos urbanos, jardines o para vender a los agricultores locales.

Una experiencia comunitaria reciente es el Proyecto de Compost público ideado por los vecinos de la zona 23 y G en el Vedado. El objetivo es organizar a la comunidad y disminuir la producción de residuos, separando los orgánicos para que se descompongan localmente.

Las autoridades de la capital también impulsan un proyecto de inversión extranjera para mejorar la recogida y el manejo de los desechos sólidos en La Habana.

Según una nota publicada en el Portal del Ciudadano de la provincia, Miguel Almeida, impulsor del programa desde Portugal mencionó que en la primera fase “se pondrán en marcha todos los camiones y contenedores disponibles en la ciudad, se incorporarán nuevos equipos para el lavado y se instalarán más contenedores en el territorio, evaluando la frecuencia de recogida en cada punto”.

De igual forma, el texto refirió que el compromiso ciudadano será clave para alcanzar el éxito “a la par de que se aplicarán multas y una fiscalización más estricta, y se establecerá una ordenanza territorial que defina las obligaciones de la población y las empresas”.

En esta etapa aseguró Almeida “se separarán los residuos domésticos, las podas y los desechos de construcción, que deberán gestionarse mediante permisos especiales”.

Este proyecto igualmente proporcionará un cambio salarial para los trabajadores de comunales, lo cual incluirá el estímulo y, “dado que el 50 por ciento del gasto anual de esta entidad se destina al combustible, se exige la eficiencia en la operación”.

Por su parte, “la segunda fase, que contempla el tratamiento de los desechos sólidos, solo podrá implementarse si la primera etapa funciona correctamente”.  

Más allá de las leyes, normas y proyectos un detalle importante a tener en cuenta es que cuando se prende fuego a un vertedero de basura no solo se quema plástico, también se corre el riesgo de encender bolsas de metano atrapadas haciendo que los incendios sean difíciles de apagar y altamente tóxicos.

Esta práctica vista como una solución económica y rápida para eliminar grandes cantidades de desechos en poco tiempo, presenta consecuencias graves que pueden mantenerse a largo plazo.

El problema de la quema de basura en Cuba no es la ausencia de leyes. El país cuenta con un blindaje normativo que detalla un manejo de clase mundial. El problema es de por supuesto de escasez de recursos, de combustible, pero también de poca organización.

Recuperar la higiene de nuestras calles no es tarea nada fácil en las condiciones actuales, pero tampoco es imposible. Requiere rescatar propuestas desde la ciencia, impulsar la creatividad colectiva y que construir modelos de solución desde lo comunitario, con apoyos territoriales. Solo así podremos intentar un entorno saludable.

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