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La migración de las babosas

Redacción JT
22 mayo 2026 | 0 |

Por Eduardo Stincer Mederos


Vivimos en uno de esos búnkeres de “aguas curadas”, de los que aparecieron durante la guerra para refugiar a los supervivientes. Los químicos que se vierten al mar para eliminar los efectos de la radiación en el agua y el aire próximos a la superficie, se extienden por varios kilómetros, dándole color negro, el color de nuestra nueva vida. Somos otro reducto olvidado; sobreviviendo de la pesca y la siembra de helechos en los respiraderos. Supuestamente, pues de eso pocos tienen certeza, nos encontramos en una costa. Esculpida nuestra ciudad en el acantilado de una isla mucho más alta que el nivel del mar, nuestro búnker se alza varios metros sobre este. Fue mi madre quien me contó de nuestra geografía. Llegó de pequeña, cuando viajar por la superficie aún era posible; y me habló sobre los quilómetros de aguas negras que se encuentran allá afuera, sobre los kilómetros de aguas azules.

Nuestra aldea maldita es pobre. Somos del tercer mundo sobreviviente. Palafitos de madera y vieja mampostería se extienden sobre las aguas negras del viejo búnker marítimo, sosteniéndose sobre troncos enterrados y pilares de acero. Sobre nosotros, a unos treinta metros, se crece la bóveda cilíndrica del fuerte. Pocos reniegan de la seguridad de nuestra fortaleza aventurándose al exterior. Ni la selva tropical sobre nosotros, con sus misterios y frutos, ni la ingente masa de agua con sus tesoros exquisitos, ni la rasa mareal con sus moluscos y especies náufragas parecen merecer el peligro.

La puerta al exterior, la única puerta, mantiene el paso en tanto brille el sol. Paso que solo se permite al comercio, asegurando la sobrevivencia interna aún a desdén de los tontos. Guardias en chalupas cuidan el perímetro mientras otros escrutan el cielo y el horizonte. Si te acercas, incluso puedes atisbar la franja azul brillante que se extiende hasta el confín de tu imaginación. En el día, los respiraderos del techo fulguran con la poca luz que dejan pasar; según mi madre, lo más similar a las estrellas que podremos tener. Añora su infancia; sueña con salir de aquí adonde la lleven sus pasos, a otro búnker con mejores condiciones, quizá.

Los viejos navegantes del Sistema de Comercio hablan siempre de búnkeres inmensos de puertas amplias donde no hay que destilar agua, pues se encuentran sobre ríos de aguas negrísimas con peces de sabores distintos a los de aquí; donde hombres y mujeres cosechan directamente de los terrenos circundantes bajo la mirada siempre alerta de tropas destinadas a vigilar los cielos. No hay que dejar que los tomen por sorpresa las aves. Las mercancías que llegan de esos terrenos no duran mucho tiempo en los bazares locales. “Las desaparecen”, dice mi tía, experta en los molotes y riñas de esos lugares donde los más vivos son los que logran acaparar lo poco que hay. Los afortunados son casi siempre los más acomodados, gente bien que ha sabido sacar el jugo a su herencia o a su posición, o comerciantes de poca monta que se las ingenian para abarrotar sus mantas y con ellas, una nueva tablilla de precios. Cuentan también los comerciantes que las gallinas de allá son más gordas que las de aquí y que en las cenas se sirve vino de plantas costeras y cerdo. Es gracioso, no sé lo que es, pero lo imagino delicioso.

La vida en el búnker no es fácil. Nos movemos constantemente sobre muelles y puentes de soga y madera crepitante; a veces, sobre chalupas caseras que permiten el trasiego fácil de carga entre las plataformas. Los tablados donde se amontonan, por lo general, una docena de casuchas y tiendas andrajosas, pueden dar a los canales principales o a los rincones más oscuros de esta improvisada ciudad. En sus centros se extienden zonas comunales donde se practica la vida social y se hallan las más variadas construcciones: baños y cocinas públicas, corrales, plazas y mercados de abarrotes, o un

simple hueco negro donde echar un cordel. En las plazas, donde se acumula la gran masa negociante y sus marchantes, se venden anzuelos y arpones, licores de hierbas y carne de gallina. Algunos venden carne de rata y otros muestran una colección variopinta de escarabajos y larvas; nada que resulte apetitoso a la vista, aunque se coma igualmente. Lo más caro son las plantas; los animales se alimentan de cualquier desperdicio, pero las plantas necesitan luz y en los pequeños respiraderos solo se da el helecho.

Aún con todo, el hambre no ataca tanto como pudiera. Desde pequeño se aprende a usar el sedal. El pescado es plato principal y muchas veces único. Se vende muy barato, casi siempre a esposas de funcionarios que no tienen tiempo para la pesca, ocupados en hacer y deshacer a su antojo las leyes que nos rigen, sin preguntar a nadie su opinión. La razón de más peso para esta práctica, más allá de la alimentación, es otra. El aceite que se saca de estos animales, mezclado con nuestras aguas negras, reacciona lentamente proyectando fulguraciones verdes. El milagro de la luz. Una botella de este, bien mezclado después de un tiempo de añejamiento al aire libre, puede brillar por una semana. Aquellos que no dedican tiempo a la pesca, deben prepararse para pagar por su iluminación. La gente sin dinero y con mala suerte para las picadas, aparte de no comer, pasa noches muy oscuras.

El portal de nuestra casa se abre al canal principal, el mismo que muere en la puerta del búnker. De cara, se halla el gran muelle flotante que permite el paso a las embarcaciones, moviendo su voluminosa figura mediante cables y poleas, a requerimiento de las necesidades del momento. Su flotación depende de barriles enormes que deben ser reparados a menudo, pues la madera tiende a podrirse y dejar pasar el líquido; es común que se transite por esta vía con el agua por los tobillos, semihundidos con la estructura. Nuestra mayor suerte es la iluminación artificial, la avenida es de las pocas que aún mantiene funcionando cierta cantidad de luminarias. Somos de los afortunados que pueden pasar las noches bajo luces eléctricas. Los miembros de la familia, todos, aportamos a la economía del hogar. Mi tío, pescador reputado, asegura el alimento básico, mientras su esposa y mi madre, hábiles artesanas, venden en el mercado los preparados de aceite a los compradores del gobierno, así como algún excedente de pescado del que se pueda prescindir. Por nuestro lado, mi primo y yo trabajamos estibando barriles de petróleo y grasa para los engranajes de las maquinarias industriales. Estos productos vienen de plataformas petroleras y refinerías aún en funcionamiento. Son traídos en submarinos medianos de abastecimiento, como todo lo que se comercia en estos lares. Cuentan los tripulantes que en las plataformas los ciudadanos viven al aire libre. Allí se han vuelto expertos en cazar a las aves. En esas regiones el hombre es el depredador y las aguas son las más negras nunca vistas.

Si bien el combustible se usa para hacer funcionar las máquinas responsables de la generación eléctrica, son tan pocas las luces del búnker que toda la compra no es más que un derroche. Un derroche que vacía los bolsillos del pueblo a través de los impuestos por iluminación. El grueso del petróleo va a los barriles y tanques del gobierno para mantener funcionando los motores de sus lanchas y los pequeños generadores que sirven a la plaza administrativa las veinticuatro horas. Sus noches son de música y veladas, las nuestras transcurren bajo una farola verde, soñando con un lugar mejor.

Fue en una de estas tertulias que mi primo y yo nos decidimos. Mi madre, como tantas veces, soltaba su monólogo sobre la vida en otro refugio, donde las condiciones eran buenas, sin tanta miseria. Habíamos oído hablar de gente que desapareció para, al cabo de unos meses, enviar noticias a su familia de su llegada a otro búnker donde todo era mejor. Recordé entonces aquellas enseñanzas de mi abuelo sobre las babosas. Decía

que los moluscos que cubrían los pilares sobre los que se asentaban nuestras casas, cuando se sentían incómodos, eran capaces de emigrar a otro poste después de años de estancia en el mismo lugar. Solían reaccionar así ante la falta de alimento, la llegada de un tiburón a su zona de anidación o incluso los cambios drásticos en la iluminación. Si se quería echar para siempre a una babosa solo había que hacerle la vida insoportable durante un tiempo.

Así fue que nos pusimos a indagar. Tras dos meses de preguntas sin respuestas dimos con un anciano, maltratado por los años de servicio en la defensa, que nos proporcionó la manera. Negociamos precio y condiciones, y todo quedó pactado. Es preciso traspasar el umbral de la puerta del refugio a la hora del ocaso, justo antes del cierre de la fortaleza. La abertura sobre la superficie es pequeña tanto en alto como en ancho, además, es vigilada fuertemente desde los puntos de control y las chalupas de guardia. Bajo el agua, sin embargo, todo cambia. El tramo de puerta sumergido se prolonga decenas de metros hasta tocar el fondo y pasar sin toparse a un buzo de la brigada es posible, más si para ese momento nos hacemos uno con la oscuridad de las aguas negras. Una vez fuera, nos recogerá uno de los submarinos de carga que nos llevará a nuestro destino.

Para lograr la empresa se requiere de habilidades bajo el agua, nada con lo que no contemos. Con un par de botellones de esos que mi tío llena de oxígeno como trabajo extra nos encontramos, dos semanas después de hablar con el viejo, en uno de los extremos del muelle principal. Con nuestras ropas más oscuras, sin ponernos aún las caretas, echamos un último adiós a nuestra casa y nuestra gente, ignorantes de nuestra decisión. El Sol da su roja señal y nos zambullimos. Cumpliré tu sueño, mamá. Lo haré por ti.

Los buzos de la brigada de defensa no esperan normalmente salidas de este tipo. Su oficio se reduce a inspeccionar las aguas para evitar la intrusión de alguna especie peligrosa. Los tiburones no son de cuidado, brillan tanto que delatan su posición fácilmente, ahuyentando a otros peces. Varios de ellos pasan cerca, se han acostumbrado a comer moluscos del fondo. Las linternas no resultan, por el momento, de mucha utilidad, si acaso para esquivar algún obstáculo como un viejo poste o los restos de un hundimiento. Debemos mantenerlas apagadas y así evitar que algún guardia vea los destellos.

Al fin nos separamos, acorde al plan. Enciendo nuevamente la luz y ¡¿qué es esto?! Doy cara a cara con un buzo. No puedo creer mi mala suerte. Veo en su rostro la comprensión y me tranquilizo. Comprendí mal la situación, es un simple pescador; pasa a mi lado saludando con la mano con la que no sostiene el rifle neumático. Hago destellar la linterna una vez más, ya veo el marco inferior izquierdo del portón. Debo pegarme lo más posible al fondo y rezar… Espero que a mi primo le vaya igual de bien.

Llevo casi veinte minutos fuera del búnker. El Sol debió ponerse ya. No veo mis manos a menos que las acerque a la bengala. Maldita agua negra. No tengo señales de mi primo y eso me inquieta; parece que no logró pasar a tiempo o, tal vez, se habrá arrepentido. El oxígeno se me agota. Si el transporte sigue sin aparecer tendré que salir a la superficie para respirar. Prefiero no hacerlo, pueden quedar gaviotas revoloteando aún. ¿Dónde estarán? ¿Me habrán estafado? ¿Y si cuando salga el Sol aún estoy aquí afuera? ¡No! ¡Ahí está la bengala! Es roja, no puede ser un pez. Ya me voy, mamá

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